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Organizándose contra la economía de los pequeños encargos (gig economy): ¿lecciones de América Latina?

Las nuevas estrategias de organización y control de las trabajadoras y trabajadores en América Latina sugieren formas de abordar la inseguridad de la economía de los pequeños encargos. English

Alex Steffler/Flickr. (CC 2.0 by-nc)

Quienes trabajan en la llamada «economía de los pequeños encargos» se enfrentan a condiciones de precariedad y explotación cada vez mayores. Desde mensajeras y mensajeros con entrega a domicilio a taxistas, esta serie ha demostrado que las condiciones de trabajo son cada vez más perjudiciales y se observan pocos signos de mejora.

Para combatir esta situación se han desarrollado nuevas e innovadoras estrategias de organización y movilización. Estrategias nuevas y más directas de lucha sindical han estado en el centro de disputas exitosas lideradas por el Sindicato Independiente de Trabajadoras y Trabajadores de Gran Bretaña en Londres, y por medio de huelgas espontáneas por parte de las conductoras y conductores de Uber y otros grupos a lo largo de Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y otros países.

Hasta ahora, estas formas de economía de los pequeños encargos han tenido menos calado en América Latina. Esto puede estar a punto de cambiar ya que, de acuerdo a un informe reciente de Bloomberg, la oficina central de Uber está respondiendo a la reciente representación negativa de la prensa recurriendo a la región como su nueva «tierra prometida».

Tres razones pueden explicar por qué la economía de los pequeños encargos ha tenido poco éxito hasta ahora en la región. En primer lugar, se basa en un modelo de negocio que requiere condiciones particulares de mercado, es decir, un gran volumen de personas que consumen, que tienen ingresos relativamente altos y que viven junto a una cantidad significativa de mano de obra excedente. Tales condiciones no son comunes en América Latina al mismo nivel que en Europa y América del Norte.

En segundo lugar, es posible que exista poca necesidad de impulsar una mayor precariedad en la mano de obra de la región. El sector informal domina en estas áreas y, después de décadas de ajuste estructural y del retorno de un neoliberalismo severo a los países de la región, el trabajo precario es la norma.

En tercer lugar, en las ocasiones en que Uber y Lyft –las dos empresas predominantes de viajes compartidos en la economía de plataformas– han querido establecerse en las principales ciudades –de Argentina y Brasil, por ejemplo– una combinación entre las protestas de la clase trabajadora y la regulación ha contenido su ambición.

Trabajadoras y trabajadores de la región se han movilizado a través de tácticas innovadoras para enfrentar y, en algunos casos, superar el impacto negativo de la creciente precariedad que caracteriza el trabajo en la economía de los pequeños encargos. Solo tenemos que recordar la variedad de formas de organización horizontal y prácticas radicales que surgieron de la crisis de 2001 en Argentina, por ejemplo, y que siguen resonando en las fábricas recuperadas por la clase trabajadora e incluso en la huelga de mujeres de 2017.

En este artículo reflexionaré sobre algunas de las lecciones que pueden extraerse de los trabajadores y trabajadoras latinoamericanas para organizarse en contra de condiciones similares a las que sustentan el crecimiento de la economía de los pequeños encargos en el Norte global. Específicamente, tendré en cuenta lo que podemos aprender de las experiencias de ocupación del lugar de trabajo y control obrero como estrategias para hacer frente a la economía de pequeños encargos.

El control obrero en América Latina

La experiencia reciente de ocupación del lugar de trabajo y el control obrero en América Latina es muy variada. Abarca contextos político-institucionales enormemente diversos y una amplia gama de sectores económicos: desde Unidades de Producción Socialista creadas a través de comunas y apoyadas por el estado en Venezuela, a incautaciones de tierras y agricultura comunal organizada por el Movimiento de Trabajadoras/es Sin Tierra en Brasil bajo el lema «Ocupar, Resistir, Producir».

Sin embargo, las más conocidas son las empresas recuperadas por las trabajadoras y trabajadores en Argentina. Surgieron masivamente después de 2001, según un informe reciente de la Facultad Abierta  en Buenos Aires, y ahora existen 376 lugares de trabajo controlados por quienes trabajan en ellos y que emplean a 15.948 personas.

Como ha documentado Marcelo Vieta, estos lugares controlados por quienes trabajan allí —que van desde fábricas industriales y hoteles hasta servicios de parques y centros médicos— han enfrentado una serie de desafíos que han sido superados a través de innovaciones muy variadas.

Estas incluyen obtener acceso a fondos como colectivos, a través de la solidaridad de los vecindarios, y mediante la construcción de nuevas «economías solidarias»; establecer estructuras de trabajo horizontales mediante asambleas de trabajo y rotación de empleos; imponer pagos equitativos en todos los lugares de trabajo; comunicación abierta a través de asambleas, con detalles claros de tareas, objetivos de trabajo y cuentas; y ofreciendo espacio y servicios —desde viviendas hasta atención médica— a las comunidades aledañas.

Es importante destacar que estas ocupaciones y las transformaciones posteriores del lugar de trabajo y de las relaciones sociales entre las personas trabajadoras derivaron, al menos inicialmente, de la auto-actividad independiente de trabajadoras y trabajadores precarios que operan en condiciones cada vez peores. Estas personas se unieron para resolver directamente los problemas que enfrentaban en el trabajo y en la vida cotidiana.

Esta es la base fundamental de la acción colectiva autónoma que resulta vital para reflexionar sobre la importancia del control obrero como medio para enfrentar y superar las condiciones de precariedad e inseguridad laboral.

La posibilidad del control obrero en la economía de pequeños encargos

Pero, ¿cómo podemos trasladar estas experiencias en América Latina a la clase trabajadoras que se organiza dentro de la economía de pequeños encargos en condiciones y contextos tan diferentes? Para empezar, muchos de estos ejemplos de control obrero se relacionan con lugares de trabajo más tradicionales, con instalaciones fijas —fábricas, tierras, hoteles, centros médicos, etc.— que pueden controlarse ingresando, ocupando y limitando el acceso a ese espacio.

La economía de pequeños encargos, por su propia naturaleza, es flexible y móvil: en la mayoría de casos está representada por una plataforma virtual con trabajadores y trabajadoras «autónomas» que operan independientemente, repartidas en ciudades principales sin ocupar un espacio concreto.

Sin embargo, los propios términos de trabajo ofrecidos en la economía de pequeños encargos se prestan a pensar —y actuar— sobre la utilización de esta independencia para tomar el control. Ann Pettifor, una analista financiera del Reino Unido, hizo recientemente este llamado a las trabajadoras y los trabajadores de Uber:

«Así que las y los conductores son dueños del automóvil, lo han comprado, han invertido en él, lo mantienen, invierten en su mantenimiento, lo aseguran... Pagan por todo eso y además pagan algo por la aplicación. Entonces Uber en California, en Silicon Valley, les permite retener parte de las ganancias, pero ¿por qué razón debería Uber ser una compañía de este tipo? ¿Por qué tiene que funcionar de esta manera? ¿Por qué las y los taxistas no se juntan y forman un colectivo?»

Es esta opción  —asociarse a través de una experiencia de trabajo compartida y precaria, y desarrollar una forma colectiva y cooperativa de organización del trabajo—, lo que representa una clara posibilidad de oposición a los caprichos de la economía de pequeños encargos. El control obrero puede parecer un sueño lejano, pero es posible que, como ya lo imaginó Marx, los contornos de un modo alternativo de organización del trabajo y la vida se puedan ver ya dentro de las innovaciones del capital.

Las cooperativas en EE.UU., por ejemplo, han logrado desafiar el dominio de Uber. Las cooperativas de taxis creadas en Austin  y en Denver han demostrado cómo las y los conductores pueden competir con —y vencer a— las empresas de transporte compartido de la economía de pequeños encargos. Además, las condiciones de trabajo precarias que forman parte de la economía de pequeños encargos son claramente análogas a las experiencias de trabajo precario en toda América Latina, por lo que pueden ofrecer algunas lecciones importantes de organización estratégica.

En un artículo, Maurizio Atzeni explora las nuevas posibles bases de solidaridad que han surgido entre las trabajadoras y trabajadores precarios en Buenos Aires, centrándose en profesionales técnicos del teatro y —aún más interesante para la discusión acerca de la economía de pequeños encargos— los servicios de mensajería en moto. Partiendo de un concepto desarrollado en sus escritos anteriores, describe las condiciones de los nuevos modos de solidaridad que surgen del «encuentro vivo» que ocurre en el lugar de trabajo.

Atzeni muestra cómo, a pesar de las modalidades de trabajo fragmentadas, difusas y cada vez más precarias, es en la experiencia compartida de este proceso laboral, influida por los contextos institucionales e históricos específicos de la organización laboral en Argentina, donde pueden comenzar a surgir las bases de la acción colectiva.

A partir del aumento de una precariedad similar —amenazas de desempleo y mayor inseguridad en el trabajo— es que se desarrollaron los ejemplos de control obrero anteriormente destacados en Venezuela, Argentina y Brasil. Las decisiones aparentemente espontáneas de movilizar, ocupar y reutilizar lugares de trabajo fueron posible gracias a nuevas solidaridades que surgieron «desde abajo».

En combinación, estos factores pueden apuntar a nuevas direcciones estratégicas para las personas trabajadoras de la economía de pequeños encargos. Las denuncias conjuntas y la solidaridad emergente entre las trabajadoras y trabajadores precarios pueden resultar en nuevas tácticas impulsadas por los sindicatos, pero también pueden ofrecer la base para establecer formas colectivas de propiedad basadas en las experiencias en América Latina.

A medida que el capitalismo cambia, aumentando la inseguridad y agravando la explotación, también lo hacen los fundamentos de las medidas colectivas y los términos en que las personas trabajadoras pueden comenzar a luchar. América Latina proporciona un ejemplo útil de cómo establecer nuevas formas de vida y de trabajo, y cómo impulsar el control obrero frente a la inseguridad y la precariedad de la economía de pequeños encargos.


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BTS en Español has been produced in collaboration with our colleagues at the Global Alliance Against Traffic in Women. Translated with the support of Translators without Borders. #LanguageMatters

About the author

Adam Fishwick is Senior Lecturer in Urban Studies and Public Policy, De Montfort University.

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