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BTS en Español

No nos dedicamos al trabajo sexual porque seamos pobres, lo hacemos para terminar con nuestra pobreza

Muchas mujeres tailandesas se convierten en trabajadoras sexuales no porque sean pobres, sino para escapar de la pobreza. Al hacerlo, se transforman en proveedoras y cabezas de familia, y merecen respeto por esos logros. English

Photo by author. All Rights Reserved.

Las mujeres en Tailandia asumen la responsabilidad y el orgullo de mantener a la familia. En los tiempos modernos las necesidades de la familia no se pueden cultivar a mano, sino que las mujeres deben encontrar el dinero en efectivo para el sustento. Las oportunidades para las mujeres sin formación y sin recursos financieros son limitadas. El trabajo que podemos encontrar está infravalorado y es siempre el mismo, todos los días. Hay pocas sorpresas y no hay primas.

Algunas de nosotras, después de muchos trabajos con salario mínimo, decidimos solicitar trabajo en salones de karaoke, salones de masajes, burdeles o bares: decidimos convertirnos en trabajadoras sexuales. Elegimos entre las opciones que tenemos a nuestra disposición. No podemos elegir opciones que no existen.

Como trabajadoras sexuales obtenemos como mínimo el doble del salario mínimo. Ganamos lo suficiente para mantener a otras cinco personas adultas de nuestras familias. El trabajo puede ser duro, y a veces aburrido, pero rara vez es repetitivo. Hay muchas sorpresas y muchas gratificaciones.

En la forma moderna de trabajo sexual en Tailandia, pedimos trabajo y nos contratan o nos rechazan. Nuestros lugares de trabajo cuentan con reglamentos. No existe el proxeneta, la mafia o la pandilla, sólo está el tipo de la moto-taxi y el gerente del negocio. Nuestras preocupaciones laborales son similares a las de otras trabajadoras, por ejemplo: permisos laborales con retribución inadecuada, falta de cobertura de seguridad social, de salud y de seguridad en el trabajo.

Trabajamos para comprar terrenos y construir casas. Trabajamos para pagar impuestos (incluyendo sobornos a policías corruptos), para pagar las tasas universitarias de nuestros hermanos o los costos de alquiler de tiendas para nuestras hermanas y para cubrir cualquier otra emergencia. Nos convertimos en el sostén de la familia y, por lo tanto, tomamos muchas de las grandes decisiones familiares. Las trabajadoras sexuales también construyen el país. Ya en 1998, la Organización Internacional del Trabajo informaba de que estábamos enviando 300 millones de dólares a las zonas rurales cada año, mucho más que cualquier proyecto de desarrollo. También somos la columna vertebral de la industria turística, que representa alrededor del 10% del PIB anual de Tailandia.

Para nosotras y nuestras familias el trabajo sexual se ha convertido en una forma de salir de la pobreza generacional, además de ayudar a nuestro país a enriquecerse. No hacemos trabajo sexual porque seamos pobres, hacemos trabajo sexual para terminar con nuestra pobreza.

Photo by author. All Rights Reserved.

Adaptarse para sobrevivir

Las trabajadoras sexuales en Tailandia se han estado organizando, resistiendo y respondiendo al cambio durante siglos.

Cada generación de trabajadoras del sexo ha tenido que ingeniárselas y aprender nuevas habilidades nunca imaginadas en años anteriores. Nos adaptamos al final de la esclavitud y a la llegada de la economía monetaria. Seguimos de cerca los acontecimientos mundiales, la política, la economía y los deportes para entender a nuestros clientes. Aprendimos sobre pasaportes, visados y viajes. Utilizamos tarjetas postales, telegramas, buscapersonas, correos electrónicos, teléfonos móviles, cámaras web y ahora aplicaciones.

También hemos dado la bienvenida a numerosos nuevos clientes a lo largo de los años. Comenzando con los inmigrantes chinos de finales de 1700, la lista también incluye soldados japoneses durante la Segunda Guerra Mundial, soldados de los EE.UU. durante la guerra de Vietnam, tropas estadounidenses y de otros países aliados de permiso durante sus conflictos bélicos en los países del Golfo. A pesar de que se nos negó la escolaridad, aprendimos nuevos idiomas: chino, japonés e inglés. Aprendimos a lidiar con el trauma de la guerra. Aprendimos las costumbres de muchos países. Hoy en día trabajamos con más de 15 millones de hombres de todos los rincones del mundo cuando visitan Tailandia cada año.

La sociedad ha dependido de que las trabajadoras del sexo continúen trabajando y ganando el dinero necesario para solucionar sus problemas.

En 1960, cuando la «Ley de supresión y prevención de la prostitución» prohibió por primera vez comprar o vender sexo, tuvimos que aprender otra nueva habilidad: ingeniárnoslas para trabajar a pesar del derecho penal. Rápidamente aprendimos que las autoridades corruptas usan la ley para hacernos pagar por nuestros derechos humanos básicos: el derecho al trabajo, el derecho a la seguridad y el derecho a la justicia. Aprendimos que el derecho penal no está diseñado para promover nuestros derechos sino que es una forma de suprimirlos.

A finales de los años ochenta, el turismo y la industria comenzaban a desarrollarse en el país. Tailandia recibía millones de turistas. Las trabajadoras sexuales tailandesas viajaron por todo el mundo, mientras nuestras vecinas de Laos, Camboya, Vietnam, Myanmar y China venían a Tailandia para construir una vida mejor. Trasladarnos para trabajar es nuestra forma de resistencia. Nos negamos a aceptar las situaciones o condiciones en las que nacimos y soñamos con una vida mejor. La migración es nuestra solución, no nuestro problema.

Sin embargo, en lugar de que los gobiernos trabajasen para promover la migración segura, fue la «Ley contra la Trata» lo que cayó sobre nosotras. Aprendimos que la ley contra la trata no mejora nuestras condiciones de trabajo, no aumenta nuestras opciones ni acaba con nuestra pobreza. No reduce los conflictos armados en nuestros países de origen. No reduce la corrupción. No aumenta el apoyo destinado a las niñas, niños y adolescentes. No exige que los gobiernos o la sociedad respeten nuestros derechos humanos. Es importante dejar claro que las leyes y los métodos de lucha contra la trata no reducen la «trata» ni hacen justicia a las trabajadoras y trabajadores en esas circunstancias en ninguna industria, tampoco en la industria del sexo. Sabemos esto porque nuestra organización detalló el impacto de la ley y la práctica contra la trata para los derechos humanos de las trabajadoras sexuales en su informe de investigación comunitaria de 2012, «Hit & Run».

La necesidad de estar unidas

En lugar de ser admiradas como activistas, líderes, trabajadoras y proveedoras, nos llaman malas mujeres, delincuentes y víctimas. Somos representadas como mujeres débiles, estúpidas e infantiles. Se ignora nuestra contribución a las familias y al país, o se la define como una carga o como explotación.

El aumento del estigma y de la ley han destruido los vínculos entre nosotras. Nuestras amigas que se quedaron trabajando en la fábrica, en la tierra o en una tienda, se han vuelto distantes y tienen miedo de asociarse con mujeres malas y delincuentes. Las organizaciones que solían cooperar entre sí, ahora se encuentran confundidas tanto a nivel nacional como internacional. Los grupos de mujeres no están seguros si trabajar con las organizaciones de trabajadoras sexuales o no. No están seguras si deben considerar a las trabajadoras sexuales y a sus organizaciones como delincuentes, como víctimas de delincuentes o como compañeras en igualdad de condiciones que merecen respeto. El movimiento de mujeres está fragmentado. La financiación de los proyectos se vio amenazada cuando George W. Bush, el ex-presidente de Estados Unidos, introdujo el «compromiso contra la prostitución» en el año 2003. Este acuerdo fue declarado inconstitucional en 2013, pero sólo para las organizaciones que trabajan en los Estados Unidos. Exige que las organizaciones financiadas por USAID no tomen ninguna acción o posición que pueda «promover, apoyar o abogar por la legalización o la práctica de la prostitución». La información sensacionalista y la histeria han reforzado la confusión, lo que ha derivado en que muchos grupos temen apoyar abiertamente a las trabajadoras sexuales.

Así que debemos permanecer unidas.

Durante 30 años nos hemos estado organizando como Empower, la organización nacional de trabajadoras sexuales de Tailandia. Alrededor de 50.000 profesionales del sexo han formado parte de Empower. Abogan por sus derechos y contra el estigma, y sus esfuerzos se ven facilitados por su presencia en los lugares de trabajo y en los centros de salud, y por la capacitación en ámbitos como la alfabetización, la educación sanitaria, inglés, informática y derechos legales. Somos trabajadoras sexuales que ejercemos en todos los sectores de la industria. Nos gusta nuestro trabajo, odiamos nuestro trabajo, y, como la mayoría de las personas trabajadoras de cualquier sector, con frecuencia nos encontramos en un punto intermedio. Apenas estamos empezando o tenemos años de experiencia, estamos pensando en cambiar de trabajo o en jubilarnos. Somos tailandesas, pertenecientes a minorías étnicas e inmigrantes de países vecinos.

Nos gustaría saber qué leyes y regímenes podrían concebirse si se pidiera a la sociedad en general que nos considerara, no como mujeres delincuentes, inmorales o víctimas indefensas, sino como seres humanos, madres, trabajadoras y proveedoras. ¿Cómo debería tratar el Estado a las mujeres que son cabezas de familia?

Mientras esperamos las respuestas en todo del mundo, el público en general seguirá preguntándose: «La prostitución... ¿es buena o mala?» «Legal, ilegal, despenalizada... ¿qué es lo mejor?» El debate continúa mientras seguimos manteniendo a nuestras familias, construyendo el país, asesorando a cada uno de los gobiernos que se acercan, tratando de colaborar con otros colectivos mientras seguimos trabajando en la cima de una montaña de estigmas y leyes.


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BTS en Español has been produced in collaboration with our colleagues at the Global Alliance Against Traffic in Women. Translated with the support of Translators without Borders. #LanguageMatters

About the author

Empower is a Thai sex worker organisation that has been promoting rights and opportunities for sex workers since 1985. It is led and largely managed by sex workers in Thailand. The majority of its support comes from international donors e.g. Mama Cash, American Jewish World Service, but Empower also receives contributions from the Thai government as well as our own fundraising.

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