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Lucha contra la trata de personas: encubriendo los programas de lucha contra la inmigración

Los programas contra la trata de personas proporcionan una apariencia humanitaria a los controles nacionales contra la inmigración, pero las políticas migratorias y de ciudadanía de los Estados nación siguen siendo el mayor peligro al que se enfrentan muchas personas migrantes. English

Israeli-Egyptian border. Cornelius Kibelka/Flickr. CC (by-sa)

Las políticas migratorias nacionales y su aplicación constituyen los mayores peligros para las personas que intentan cruzar las fronteras nacionales. Además, las categorías en las que los Estados nación clasifican a la mayoría de las personas que emigran («ilegales» o «trabajadoras y trabajadores extranjeros temporales» son dos de los más utilizados) son las mayores amenazas a su libertad. Categorizarlas de «ilegales» o «temporales» es lo que atrapa a un número (y proporción) cada vez mayor de personas migrantes en trabajos precarios, al tiempo que limita gravemente sus derechos y su movilidad. En resumen, las políticas nacionales de inmigración legislan las condiciones que hacen que algunas personas sean «baratas» o «desechables». En pocas palabras: sin políticas nacionales de inmigración, no habría «personas migrantes» a las que subordinar, ni chivos expiatorios, ni abusos.

Los relatos cada vez más abundantes sobre «trata de seres humanos» y «esclavitud moderna» no hablan sobre ninguno de estos peligros y abusos que se dan en la vida real. Hace tiempo que tengo curiosidad de saber por qué. Sospecho que tiene algo que ver con la forma en que las campañas contra la trata de personas convierten a los Estados nación en los «salvadores» de las «víctimas de trata», en lugar de mostrar que los Estados nación son el origen de muchos de sus males. Para aquellas personas cuya movilidad se ve seriamente amenazada por los controles migratorios y fronterizos; que han recurrido a pagar a alguien para que les ayude a cruzar fronteras cada vez más militarizadas; que se ven obligadas a trabajar por salarios de miseria en condiciones precarias; que son detenidas y deportadas cada vez con mayor frecuencia; y para quienes se preocupan por las personas que se han ahogado en el mar o han muerto de sed en los desiertos mientras intentaban llegar a otro lugar, la idea de que el estado nacional es un amigo de las «personas migrantes» es claramente mortificante.

Las políticas de lucha contra la trata de personas perjudican mucho a quienes migran, especialmente a las personas más vulnerables. Desvían nuestra atención de las prácticas de los Estados nación y de los empleadores mientras canalizan nuestras energías para que respaldemos una agenda de respeto por la ley y el orden consistente en «ponerse duros» con los «tratantes». De esta manera, las medidas contra la trata son ideológicas: colocan a los controles migratorios y fronterizos fuera de los límites políticos y hacen que su abundancia no sea problemática. Las razones por las que cada vez es más difícil y peligroso para las personas desplazarse con seguridad o vivir con seguridad en nuevos lugares son ignoradas, mientras que los Estados nación se apresuran a criminalizar a los «tratantes» y (en gran medida) a deportar a las «víctimas de trata».

Para tener una discusión útil sobre la «trata» y la «esclavitud moderna», necesitamos tomarnos en serio cómo los regímenes de gobernabilidad nacionales e internacionales y la legislación dan forma a las experiencias de las personas que intentan salir, desplazarse, o vivir y trabajar en varias sociedades nacionalizadas. Las Naciones Unidas estiman que en el 2013 hubo 232 millones de personas migrantes a nivel internacional, 57 millones más que en el 2000. Hoy en día, gran parte de la migración humana (pero no toda) está determinada por las enormes disparidades territoriales en cuanto a prosperidad, paz y poder. En contraste con la «gran época de migración masiva» de finales del siglo XIX y principios del XX, cuando la migración provenía principalmente de Europa, la mayoría de la migración transfronteriza actual procede del «mundo pobre». Esto no es una sorpresa dado que la nacionalidad es un factor clave para predecir la disparidad de ingresos a nivel mundial. Branko Milanovic demuestra en su libro Worlds Apart: Measuring International and Global Inequality (Mundos separados: Medir la desigualdad internacional y global) que la ciudadanía de los Estados nación del «mundo rico» disfrutan de una enorme «prima de ciudadanía». Por ejemplo, una ciudadana de los Estados Unidos con unos «ingresos promedio del decil inferior de los EEUU está mejor que 2/3 de la población mundial» (Milanovic 2005, p. 50, énfasis añadido).

¿Cómo han respondido los Estados nación, especialmente en el «mundo rico», a este crecimiento de la migración internacional y al crecimiento de las disparidades globales? No lo han hecho ayudando a las personas a desplazarse o haciendo que sus rutas migratorias sean seguras, sino aplicando controles migratorios y fronterizos más restrictivos y punitivos que nunca. Sin embargo, esto no ha impedido que la gente se mueva, y posiblemente no sea éste el objetivo de los estados. A medida que más y más personas se desplazan, estas tienen cada vez un acceso menor a derechos y privilegios. Por ejemplo, en Estados Unidos, la categoría más grande de «migrantes» (en una proporción de alrededor de 15 a 1) son las personas a quienes se les niega el permiso estatal para entrar o permanecer en el país. En Canadá, el grupo más numeroso de «migrantes» se clasifica como «trabajadoras y trabajadores extranjeros temporales» que no tienen libertad para elegir ni su empleador/a, ni su ocupación ni su lugar de residencia.

Así, lejos de eliminar o incluso restringir severamente la circulación de personas, lo que han hecho las reformulaciones neoliberales de las políticas de inmigración y asilo es impedir que la gran mayoría de las personas que migran reclamen al estado (en términos de servicios sociales) o a quienes les emplean (en términos de salarios mínimos y condiciones dignas de trabajo). Así es como se crea una mano de obra «barata» y «desechable». Esta es la verdadera historia de la migración internacional en la era del neoliberalismo (a partir de finales de la década de 1960): la creación de un grupo de personas legalmente subordinadas etiquetadas como «migrantes».

Es precisamente en este mismo período que han surgido las narrativas sobre «esclavitud moderna» y «víctimas de trata». No es ninguna coincidencia. Justo cuando los Estados nación han hecho casi imposible vivir y trabajar legalmente en sus territorios como personas con plenos derechos, se han incluido medidas contra la trata en las leyes nacionales. Las historias de «trata» (o «tráfico»), que han dado lugar a una mayor intervención estatal en la frontera y a medidas más punitivas para tratantes y/o traficantes, realizan el trabajo crucial de legitimar nuevos controles sobre la movilidad humana mundial, todo ello bajo la excusa de «ayudar» a las víctimas de la trata. Al filtrar ideológicamente sus esfuerzos a través de políticas de rescate, las campañas contra la trata proporcionan un barniz fundamental de humanitarismo a las prácticas explotadoras y represivas de los estados y las empresas. Debido a su carácter ideológico, las campañas contra la trata coinciden muy bien con las agendas oficiales contra las personas migrantes.

En particular, las medidas de lucha contra la trata de personas no reconocen que hoy en día, ante controles fronterizos y de inmigración cada vez más restrictivos, para muchas personas es prácticamente imposible desplazarse sin la ayuda de otras personas dispuestas a ayudarles y capaces de hacerlo de una manera u otra. Es posible que para viajar necesiten documentos falsos (visados, pasaportes, etc.) Que necesiten ayuda para atravesar las rutas migratorias clandestinas y para conseguir un empleo remunerado. Es cierto que muchas personas migrantes sufren coacción e incluso abusos durante sus viajes, pero ciertamente no todas. También pueden experimentar cierto nivel de engaño al no ver materializados los empleos, salarios o condiciones de trabajo que esperaban. ¿Significa esto que son «víctimas de trata», como algunas ONG, casi todos los gobiernos nacionales y las Naciones Unidas quieren hacernos creer?

No, no lo son. En cambio, la mayoría de las personas que emigran, especialmente las consideradas «ilegales» o «trabajadoras extranjeras temporales», son víctimas del funcionamiento cotidiano y banal de los mercados mundiales capitalistas de trabajo dirigidos por los Estados nación. Estas prácticas hacen de la migración una estrategia de supervivencia. Las prácticas de control fronterizo y las ideologías racistas, sexistas y nacionalistas victimizan aún más a las personas y hacen que sus experiencias de opresión y explotación se vuelvan cotidianas y no merezcan nuestra atención. Al vilipendiar al «tratante», los cruzados contra la trata despolitizan las políticas estatales de inmigración, los controles fronterizos y el mercado capitalista.

Para abordar las necesidades y los deseos de las personas que se desplazan –y reconocer las disparidades globales existentes en cuanto a poder, riqueza y paz– necesitamos volver a politizara los Estados nación y a sus controles migratorios y fronterizos. Esto requiere que abandonemos el marco de la lucha contra la trata y la legislación que le da cobertura. Sólo un número muy pequeño de personas migrantes ha obtenido un estatus legal temporal como resultado de su condición de víctimas de trata. Sin embargo, para la gran mayoría de las personas que migran, la atención prestada a los «tratantes» ha hecho que sus viajes clandestinos sean más caros y más peligrosos, ya que cada vez resulta más difícil evitar la detección y la detención. En lugar de objetivar a las personas que migran como «víctimas de la trata», tenemos que volver a centrar la atención en la forma en que la inmigración estatal y los controles fronterizos las han obligado a entrar en rutas migratorias peligrosas. También debemos ser conscientes de cómo la intersección de las legislaciones penal y de inmigración crea las condiciones propicias para la explotación de quienes necesitan ganarse la vida y formar nuevos hogares cruzando fronteras. Hacerlo conduce a reconocer que sólo podremos impugnar la explotación y el abuso a nivel mundial movilizándonos para terminar con las prácticas de desplazamiento, al mismo tiempo que nos aseguramos de que las personas puedan moverse de acuerdo con sus propias necesidades deliberadas y deseos. Tenemos que eliminar todos los controles de inmigración y erradicar las relaciones sociales organizadas a través del capitalismo mundial y hacer lo mismo con el sistema mundial de Estados nación.  


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BTS en Español has been produced in collaboration with our colleagues at the Global Alliance Against Traffic in Women. Translated with the support of Translators without Borders. #LanguageMatters

About the author

Nandita Sharma is an Associate Professor of Sociology at the University of Hawai‘i at Manoā and Director of its International Cultural Studies Graduate Certificate Program. She supports No Borders movements and those struggling for a global commons.

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