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¿Salvará la economía colaborativa a la sociedad civil de América Latina y el Caribe?

La economía colaborativa tiene el potencial de volver a crear “comunidades” en América Latina, donde la mayor parte de la población desconfía de su vecino, de su gobierno, de su organización comunitaria y de su iglesia. English

Yaniris, una mujer de 19 años y madre de cuatro hijos en San Juan de la Managua, República Dominicana, 3 de marzo de 2009. Imagen: Erika Santelices/DPA/PA Images. Todos los derechos reservados.

Este artículo es parte de nuestra serie sobre la Semana Internacional de la Sociedad Civil 2017, donde CIVICUS y la Asociación de Organizaciones No Gubernamentales de las Islas del Pacífico (PIANGO) reunieron a miembros de la sociedad civil y activistas de todo el mundo para discutir algunos de los desafíos clave de nuestro planeta se enfrenta. Puedes ver más de lo que salió del evento aquí.

Intercambiar no es nada nuevo. Los seres humanos han intercambiado habilidades, información, conocimiento y/o activos entre sí desde el principio de la historia. Lo nuevo es la tecnología que está permitiendo que las personas compartan con personas de todo el mundo.

Sin embargo, el intercambio se basa en la confianza y en América Latina y el Caribe la confianza se ha ido perdiendo en las últimas décadas. El estudio  “La confianza en América Latina 1995-2015” muestra un dato alarmante: solo el 17% de los latinoamericanos  afirma que se puede confiar en un tercero. 

En la práctica, la falta de confianza se refleja en la dificultad de articular sectores diversos para trabajar juntos por un mismo objetivo. A pesar de que problemas tales como la violencia y la corrupción afectan a  todos, rara vez vemos a la sociedad civil y el sector privado o a la sociedad civil y a la academia trabajando juntos para solucionar algunos de estos desafíos.

La desconfianza de y en la sociedad civil

El sector que más está sufriendo la falta de confianza es la sociedad civil. La inexistente relación de confianza con el sector privado les impide colaborar y en muchos casos el sector privado prefiere crear sus propias fundaciones, duplicando lo que ya existe, en lugar de destinar fondos a organizaciones de la sociedad civil tradicionales. 

Encima de esto, la cultura filantrópica ha decrecido enormemente en América Latina y el Caribe en los últimos años, tal como lo demuestra el Índice Mundial de la Generosidad y las organizaciones de la sociedad civil tienen cada vez más problemas en atraer voluntarios porque muchos de ellos no confían en el trabajo de estas organizaciones o  las ven en muchos casos como muy politizadas. 

Por tanto, las organizaciones de la sociedad civil se enfrentan a un dilema: ¿cómo sobrevivir en una era en la que los fondos de la cooperación internacional decrecen y en la que la desconfianza predomina en la región?

El potencial de la economía colaborativa para revitalizar a la sociedad civil 

En el año 2011, la revista TIME mencionaba a la economía colaborativa como una de las 10 ideas que iban a cambiar el mundo porque el principal beneficio de la economía colaborativa es social: “En una época en que las familias están dispersas y es posible que no conozcamos a las personas que están en la calle, compartir cosas, incluso con desconocidos que acabamos de conocer en línea, nos permite establecer conexiones significativas”. 

Los modelos de economía colaborativa son espacios seguros para practicar la democracia, la interdependencia y la confianza.

Amanda Cahill, directora del Centre for Social Change, explicaba durante la Semana Internacional de la Sociedad Civil (ICSW), los modelos de economía colaborativa son espacios seguros para practicar la democracia, la interdependencia y la confianza. Además, Cahill no consideraba a plataformas como Uber o Airbnb como modelos de economía colaborativa porque no se adherían a los que ella considera los principios de la economía colaborativa: Sustentabilidad ecológica, colaboración, justicia social y redistribución de la riqueza. 

Lo anterior evidencia que la economía colaborativa tiene el potencial de volver a crear “comunidades” en una región donde la mayor parte de la población desconfía de su vecino, de su gobierno, de su organización comunitaria y de su iglesia, e indica un camino a seguir para una sociedad civil seriamente amenazada. 

El gran desafío de la sociedad civil 

La sociedad civil de América Latina y el Caribe debe entender que la economía colaborativa significa volver a construir comunidades en donde las personas estén dispuestas a compartir, o intercambiar, su tiempo, recursos financieros y conocimiento para fortalecer y potenciar a las organizaciones. 

Esto significa esto es que la sociedad civil tiene que volver a “enamorar” a la población porque nadie comparte su bien más valioso, su tiempo, u otros bienes con alguien en el que no confían. Tal como explicaba Luis Bonilla, director de Techo Internacional,  durante la ICSW: “TECHO es capaz de movilizar a más de medio millón de voluntarios al año a que compartan su tiempo con nosotros porque les convence de que al hacerlo están cambiando el mundo”. 

La ilusión vuelve al darse cuenta de que algunas organizaciones sociedad civil en América Latina y el Caribe ya ha establecido comunidades de economía colaborativa exitosas

Volver a ilusionarse 

La ilusión vuelve al darse cuenta de que algunas organizaciones sociedad civil en América Latina y el Caribe ya ha establecido comunidades de economía colaborativa exitosas que están solucionando algunos de los problemas más graves de la región. 

En Guatemala, Jóvenes Contra la Violencia ha establecido una aplicación llamada EspantaCacos en torno a la cual se ha formado una comunidad en la que se comparte información sobre puntos en los que se están cometiendo crímenes en la Ciudad de Guatemala. EspantaCacos funciona porque existe confianza dentro de la comunidad y los miembros ven un beneficio real en compartir la información. 

En Chile, el emprendedor Cristian Lara ha creado una aplicación llamada ReciclApp la cual permite conectas a personas que desean compartir sus objetos para reciclar lo cual ha creado una comunidad de recicladores. Antes de la aplicación, las personas, los objetos y las intenciones ya existían pero no se habían integrado en comunidad. 

En Colombia, la aplicación Biko ofrece una idea al sector de la sociedad civil sobre cómo trabajar en comunidad con el sector privado. Básicamente, Biko es una aplicación que promueve que las personas ocupen bicicletas en lugar de automóviles y empresas se han unido a la comunidad y ofrecen incentivos, tales como cafés gratis, a las personas por usar sus bicicletas y ayudar al medio ambiente. ¿Se imaginan hacer algo similar para la sociedad civil en por ejemplo una comunidad de voluntariado en el que el sector privado diera incentivos a los voluntarios?

A nivel regional, el Hub de America Latina y el Caribe de Innovación para el Cambio ha creado una plataforma llamada ComuniDAS que promueve el intercambio solidario entre organizaciones de la sociedad civil. Adicionalmente, TECHO esta desarrollando una plataforma para darle voz a las personas, más de 100 millones de personas,  que viven en asentamientos informales en la región para incorporarlas a una sociedad que las tiene marginadas. 

Los ejemplos anteriores demuestran que la economía colaborativa avanza y presenta una gran oportunidad para la sociedad civil para innovar y volver a crear comunidades porque tal como explicó Rachel Botsman, una de las investigadoras más reconocidas en el tema de la economía colaborativa: “Esto funciona porque las personas son capaces de confiar en el otro”.

About the author

Gerardo Torres es Asociado de Programa en la Iniciativa de Innovación de la Sociedad Civil en Counterpart International en Washington, DC.

Gerardo Torres is a Programe Associate in the Civil Society Innovation Initiative at Counterpart International in Washington, DC. 


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