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El nuevo (contra) ciclo político chileno

Chile parece vivir un nuevo revés al cuestionar tardíamente el consenso neoliberal y la lógica política de la transición democrática que permitió su perpetuaciónEnglish

La candidata presidencial chilena Beatriz Sánchez muestra su voto en una mesa de votación durante la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Santiago, capital de Chile, el 19 de noviembre de 2017. Cristóbal Escobar / Press Association. Todos los derechos reservados.

Los recientes resultados de las elecciones presidenciales en Chile, aunque sorpresivos, confirman una tendencia que ha venido esbozándose desde la elección que llevó a la socialista Michelle Bachelet a su segundo mandato (2014-2018): la emergencia de un nuevo ciclo político abierto y posibilitado por el ciclo de movilizaciones signado por el movimiento estudiantil del año 2011.

El “invierno chileno” de aquel año continua haciendo eco en el sistema político del país andino. Así lo muestran, entre otros aspectos, la significativa votación de la candidatura presidencial del Frente Amplio (FA), referente fundado hace menos de un año, que reúne a un gran número de agrupaciones de izquierda y que se articula en torno a las figuras de destacados dirigentes estudiantiles de dicho ciclo de movilizaciones. La votación de Beatriz Sánchez, la abanderada presidencial del FA, alcanzó aproximadamente el 20% de las preferencias, quedando a tan solo 2,5 puntos porcentuales de alcanzar al candidato de la centro-izquierda oficialista Alejandro Guiller, quien finalmente terminó disputando (y venciendo) la segunda vuelta contra el mega-empresario conservador Sebastián Piñera.

Esta irrupción electoral se tradujo en la elección de 20 diputados y 1 senador por parte del FA, prácticamente equiparando a la actual alianza de gobierno en su representación en la Cámara de diputados y, con ello, convirtiéndose en una fuerza que gravitará sustantivamente en la agenda legislativa del próximo gobierno. Buena parte de los congresistas electos por esta agrupación provienen del mundo social, la mayoría, de hecho, del movimiento estudiantil. Este sector social también obtuvo sendas victorias entre los partidos que apoyaron la continuidad del actual gobierno, representada en la candidatura presidencial del sociólogo y periodista Alejandro Guiller. Ese es el caso, por ejemplo, de la reelecta diputada por el Partido Comunista Camila Vallejo.

Es más, al interior de los partidos que apoyaron la continuidad del actual gobierno, los resultados para la representación en el Congreso tendieron a favorecer a aquellos sectores que más se identificaron con las reformas implementadas por Bachelet en su mandato: una reforma educacional que pretendió demercantilizar el sistema, una reforma tributaria que introdujo una función redistributiva de los impuestos y una reforma política que permitió dejar atrás el sistema electoral legado por la Dictadura, abriendo la posibilidad de que el Congreso representara más fielmente la diversidad del país. En la misma medida, los resultados perjudicaron a quienes, dentro de la coalición del gobierno de Bachelet, se opusieron o buscaron moderar lo más posible la agenda reformista de un mandato que pretendió canalizar y capitalizar institucionalmente las expectativas de cambio abiertas por el movimiento estudiantil de 2011.

¿Un nuevo ciclo político?

Para algunos autores, sin embargo, no hay indicios suficientes del inicio de un nuevo ciclo político, porque estas reformas de Bachelet no habrían consolidado derechos sociales (sobre todo en el ámbito educacional) y porque la colonización empresarial de las decisiones políticas seguirían vigentes. La “Nueva Mayoría” (NM), la amplia coalición de centro izquierda que apoyó el segundo gobierno de Bachelet y que reunió desde la Democracia Cristiana hasta el Partido Comunista, sería, más bien, un intento de humanizar el neoliberalismo del período anterior. Para sus críticos de izquierda la NM  simplemente  renovó a las elites dirigentes mediante la incorporación de liderazgos sociales (sobre todo provenientes del movimiento estudiantil) a los cuadros políticos de la coalición de gobierno y recicló las viejas dinámicas que marcaron una transición democrática que se subordinó al itinerario político que legó la dictadura.

A pesar de este escepticismo, el ciclo iniciado el 2011 parece seguir modelando el paisaje político chileno, aunque no necesariamente a voluntad. Es evidente que la irrupción electoral del FA es resultado de esa capacidad modeladora, pero también lo es, aunque como efecto no esperado, la confirmación de un gobierno heredero de la Nueva Mayoría en el poder.

Ahora bien, estos síntomas no son el trazo definitorio del nuevo ciclo político. El estallido de las  movilizaciones estudiantiles del 2011, permitieron cuestionar el corazón mercantil de la educación y con ello tematizar el consenso neoliberal que reinó desde el golpe de estado de 1973 y hasta ese momento. El fin de este consenso ha alterado completamente el escenario político. Puede que sus consecuencias no sean “hijos deseados” para quienes aspiran a cambios más profundos, pero los recientes resultados electorales muestran, por un lado, el fin del “consenso transicional”, basado en la subordinación de lo político a los equilibrios macroeconómicos, y que dominó la política chilena desde los años ‘90 y, por otro, la consolidación de un “consenso reformista” expresado en el oficialismo de Guiller y en la alternativa de izquierda del FA. Lo más característico de este nuevo ciclo parece ser, entonces, que el escenario político está abierto y se ha potenciado la posibilidad de que la sociedad chilena se construya conflictivamente a sí misma.

Para el sociólogo chileno Manuel Antonio Garretón, las movilizaciones ocurridas en Chile el año 2011 habrían tenido un alcance para el país tan grande como el mayo del 68 o el levantamiento chiapaneco en 1994 en sus respectivas realidades, ya que expresarían: “más allá de la protesta o rechazo a una determinada situación, una ruptura entre la política clásica de las sociedades modernas y la sociedad civil, los movimientos sociales, la ciudadanía o la gente, o como quiera llamársele, y en ese sentido anuncian una nueva era o época de constitución de los actores y sujetos sociales”. Las movilizaciones eran portadoras de un proyecto societario que entraba en tensión con los actores políticos tradicionales, quitándole parte de la iniciativa política. El mundo político tradicional buscó incorporar el horizonte de expectativas liberado por las movilizaciones, al menos eso fue lo que el gobierno de la “Nueva Mayoría” de Michelle Bachelet pretendió. Sin embargo, la participación electoral del país ha disminuido más que en cualquier otro momento de la historia del país, abriendo, para Garretón, una profunda brecha que se podría sintetizar en la fórmula de “una política sin sociedad y una sociedad sin política”.

¿En qué medida los recientes resultados electorales nos obligan a repensar este modelo? Si bien la reemergencia de los movimientos sociales ha permitido cuestionar un modelo neoliberal chileno que ha sido presentado como exitoso y deseable para el resto del continente, mostrando las fisuras del mismo en cuanto proyecto de desarrollo, al mismo tiempo este protagonismo social no ha venido asociado a un incremento, con la misma fuerza, de la capacidad instituyente de este nuevo imaginario. Aunque el segundo gobierno de Bachelet y su coalición (2014-2018), pretendió representar y canalizar ese malestar en una serie de reformas y, a pesar de que se ha producido la emergencia de una izquierda impugnadora (Frente Amplio) en vías de desarrollo, pero con alto impacto electoral; los puentes entre el malestar social y la participación política institucional todavía no terminan de edificarse, aunque ya se esbozan.

Los efectos políticos del ciclo reciente de movilizaciones no se han agotado, de hecho, se debe considerar el potencial crítico que puede tener para un escenario de alza de gobiernos pro estrategias neo-clásicas el hecho de que el país modelo del neoliberalismo en la región avance tardíamente a la tematización del consenso de Washington.

Chile y la posible reactivación del giro a la izquierda

En efecto, todo parece indicar que la marea de gobiernos progresistas en América Latina está a la baja, sea por las derrotas electorales que los gobiernos de izquierda han sufrido recientemente (Argentina, Bolivia y Venezuela) o por la emergencia de dudosos mecanismos institucionales que han apartado presidentes democráticamente electos de sus cargos (Paraguay, Honduras y Brasil). ¿Cómo concebir la posición de Chile en este reordenamiento de las fuerzas políticas continentales?

Se podría afirmar que la política chilena de los últimos 20 años ha tendido a ser más bien contra-cíclica en relación a la realidad regional, es decir, la política del país andino ha acompañado con ritmo propio las tendencias latinoamericanas del poder, anticipando o incorporando tardíamente las inclinaciones del resto de los países del vecindario. La metáfora económica no es casual, busca referenciar, por un lado, la asincronía  de los ritmos políticos locales de este país y, por otro, también remarcar las potencialidades contra-tendenciales que eventualmente puede activar Chile en el contexto regional.

De hecho, según Jorge Castaneda el giro a la izquierda latinoamericano contó con dos tipos: una izquierda incorrecta, o sea, populista, refundacional y anti-globalización; y otra correcta, o sea, responsable, moderada e institucionalista. Chile, por la mantención del “consenso neoliberal” en su economía, era la principal encarnación de esta última, siendo un modelo potencialmente atractivo para revertir las aspiraciones post-neoliberales de la región. Ahora bien, con el ocaso del ciclo progresista latinoamericano, cabe preguntarse: ¿en qué medida este nuevo momento político en el país andino marca un descompás potencialmente contra-cíclico en relación al declive progresista que se observa en la región?

El fin del giro a la izquierda no quiere decir que los proyectos de ese cariz desaparezcan, lo que retrocede es la dimensión continental de su impronta. Además, por más que se diagnostique el final del ciclo progresista, es probable que sus consecuencias continúen operando más allá de su perecimiento. Aún queda por ponderar la influencia que los gobiernos “refundacionales” ejercen y ejercerán sobre nuevas experiencias de construcción de izquierda en Europa o en otras regiones del mundo, donde el caso de PODEMOS en España, de “Francia Insumisa” y del laborismo de Corbyn han reivindicado esa inspiración. A su vez, habrá que considerar el impacto de vuelta que un posible nuevo ciclo progresista europeo, si es que algo así llega a ocurrir, podría tener en América Latina y en la posible reactivación de estos proyectos a escala regional. Parte de ese retorno ya se refleja en Chile en los resultados electorales recientes del Frente Amplio.

Chile parece continuar marchando con un ritmo diferente del resto de la región. Hoy, cuando estos gobiernos, en buena medida, han perdido capacidad para reproducirse o mantenerse en el poder, abriendo paso a gobiernos que recogen trazos del proyecto neo-clásico, Chile parece marcar un nuevo descompás, cuestionando tardíamente el consenso neoliberal y la lógica política de la transición democrática que permitió su perpetuación. Aunque el fin del consenso neoliberal no supone el fin del neoliberalismo, sí contribuye a la deslegitimación de su propuesta y, por tanto, a disminuir el alcance de la vía chilena al neoliberalismo como modelo regional. Es posible que la recomposición de la opción neoliberal en América Latina se realice sin su principal emblema local. En ese sentido, la política chilena, gracias al ciclo de movilizaciones recientes, puede llegar a tener un potencial contra-cíclico en la región, inspirando y viabilizando nuevos proyectos alternativos al neoliberal.

El autor agradece a Leesa Rasp por la traducción al inglés y Geoffrey Pleyers por sus generosos comentarios. Cualquier error es responsabilidad únicamente del autor.

 

 

About the author

Alexis Cortés is faculty member of the Sociology Department of the Alberto Hurtado University (Chile). He has a PhD in Sociology by the Instituto de Estudos Sociais e Políticos (IESP-UERJ, Brazil). His research interests are: urban social movements, Latin-American social theory and the performativity of social science.


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