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Argentina: el regreso de la terapia de choque

Argentina bajo Macri es un intenso campo de batalla, un laboratorio conflictivo que anticipa una amarga disputa entre visiones políticas opuestas en toda la región. Português English

Michel Temer, presidente de Brasil, y Mauricio Macri, Presidente de Argentina, durante una conferencia de prensa en Buenos Aires. 3 octubre 2016. AP Photo/Natacha Pisarenko. Todos los derechos reservados.

La terapia de choque está de vuelta para la economía argentina, o al menos esta es la alocución más habitual para describir la política de los 10 primeros meses de la presidencia de Mauricio Macri. Sin embargo, a pesar de los titulares llamativos, esta descripción no es completa. En realidad, mientras que Macri ha implementado una serie de medidas de liberalización de largo alcance, en clara ruptura con las políticas de sus predecesores, Cristina Fernández y Néstor Kirchner, este cambio no significa una vuelta en toda regla al llamado “Consenso se Washington”.  Además, tampoco existe un acuerdo generalizado sobre si la política de Macri es acertada o no.

En otras palabras, el giro de 180 grados en la política no viene acompañado por una completa sensación de desencanto frente al modelo anterior –un modelo de izquierda populista. Es por esto que, para rellenar el vacío, Macri ha desplegado una estrategia de doble sentido: por un lado, se ha mostrado bien dispuesto a mantener algunos de los programas sociales más populares, adoptados por el gobierno anterior; por otro lado, ha estado intentando presentar como catastrófica toda la herencia económica recibida de los Kirchner. Arremeter contra los predecesores no es algo que sea nuevo en la política Argentina pero, si bien estaba de alguna manera garantizado tras las crisis económicas de 1989 y de 2001, esta vez esa descripción calamitosa parece estar más guiada por motivos ideológicos que por un verdadero malestar socio-económico. En este sentido, Argentina bajo Macri es un intenso campo de batalla, un laboratorio conflictivo que anticipa una amarga disputa entre visiones políticas opuestas en toda la región.

El giro de 180 grados en la política no viene acompañado por una completa sensación de desencanto frente al modelo anterior

Al apelar a los principios de emprendeduría y modernización, y bajo el lema “que cada día estemos un poco mejor”, Macri fue elegido con la promesa de mejorar una economía que, desde el 2011, ha venido ciertamente fallando y ha puesto en evidencia algunos cuellos de botella. La elevada inflación (aunque de ninguna manera hiperinflación), el bajo crecimiento y el déficit fiscal, estaban entre los males más visibles que Macri prometió remediar. Tras nombrar un gobierno repleto de directores y altos ejecutivos de grandes empresas, Macri se decidió a abolir la política de control de cambios, con la consiguiente devaluación del peso; a eliminar los subsidios al gas y a la energía, lo que resultó en un encarecimiento desproporcionado de la factura energética; y a eliminar o rebajar las tasas a la exportación de productos agrícolas, perdiendo de esta manera una importante fuente de ingresos para el gobierno.

Como resultado, la inflación bajó ligeramente, pero no tanto como se esperaba (el objetivo del 10% al final del mandato de Macri está todavía muy lejano), mientras que el déficit primario continua siendo un factor de preocupación, al profundizar el endeudamiento del país. Pero han sido las cifras del crecimiento las que han generado el mayor descontento, con una contracción del PIB en torno al 1,8% para el 2016, de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Incluso The Wall Street Journal, que tradicionalmente apoya las reformas de liberalización del mercado, anticipaba en un artículo reciente una cierta perplejidad ante la evolución económica.

De esta manera, la luna de miel entre el presidente y el electorado se ha deteriorado, y el apoyo popular a Macri se ha desplomado desde el 63% al 40%, según la encuesta de opinión de la consultora Hugo Haime. Junto al encarecimiento de la factura energética, ahora parcialmente mitigado por una sentencia de la Corte Suprema, lo que ha provocado mayor oposición ha sido la política de despidos puesta en marcha por el nuevo ejecutivo. Tras haber despedido, por motivaciones políticas, a alrededor de diez mil funcionarios, Macri ha vetado una ley anti-despidos que pretendía mitigar una oleada mucho mayor de despidos en el sector privado. El veto presidencial llegó tras una derrota parlamentaria que puso en evidencia las primeras fracturas en el interior del bloque que apoya al gobierno. Un contratiempo de este tipo contrasta con la exitosa gestión, por parte de Macri, de la falta de mayoría parlamentaria en ambas cámaras: por un lado, ha conseguido soslayar al Congreso a través de decretos presidenciales; por otro lado, ha conseguido forjar una alianza post-electoral con otros actores políticos.

Un área en la que Macri ha sido ampliamente aplaudido ha sido en el restablecimiento de relaciones internacionales “normales”. Como dijo enfáticamente el Presidente en una reciente entrevista con la Agencia EFE, “Argentina ha regresado al mundo, no hay mejor lugar para invertir”. Su discurso en el World Economic Forum de Davos, y las visitas a Buenos Aires de Barack Obama, François Hollande y Matteo Renzi, fueron vistos como señales inequívocas de un renovado dinamismo internacional. Sin embargo, detrás de estos elogios estuvo la decisión de rendirse a las demandas de algunos “fondos buitre” norteamericanos, y autorizar que se pagasen miles de millones de dólares en lo que había sido, sin ligar a dudas, una operación especulativa.

Un área en la que Macri ha sido ampliamente aplaudido ha sido en el restablecimiento de relaciones internacionales “normales”. 

Esto permitió que Argentina regresase al mercado de capitales tras el bloqueo impuesto por un tribunal de Nueva York, pero introdujo un nuevo lastre al presupuesto gubernamental. Esto ha venido, además, acompañado por una amnistía fiscal que pretendía traer de vuelta dinero que los evasores fiscales argentinos tenían en el extranjero –una iniciativa que, según sus críticos, beneficia al propio Presidente, él mismo vinculado a ocho empresas domiciliadas en paraísos fiscales, según los “Papeles de Panamá” (la lista de documentos filtrados sobre cientos de compañías offshore publicada recientemente).

En lo que a las relaciones regionales se refiere, Argentina se apresuró a reconocer al nuevo gobierno de Michel Temer en Brasil, cuyo poco ortodoxo acceso al poder levantó más de una sospecha, incluso entre los presidentes más moderados del continente, pero que ha ayudado a Macri a encontrar un poderoso aliado, alguien que piensa como él. Sin embargo, no todos los esfuerzos internacionales han resultado exitosos. Presionado por la opinión pública, Macri reconoció recientemente que había acordado de manera informal con Theresa May entablar conversaciones sobre la soberanía de las islas Malvinas, si bien eso fue inmediatamente desmentido por Londres y por su propio ministro de exteriores.  Más problemática aún ha sido su relación con el Vaticano. El Papa Francisco, argentino como él, ha mantenido una relación fría con Macri, señalada por numerosos comentaristas, y ha rechazado recientemente una donación a la fundación del Vaticano. El aumento de la pobreza desde el inicio del mandato de Macri puede haber contribuido a la actitud circunspecta mantenida por Bergoglio.

Pero a la oposición a Macri tampoco le va especialmente bien. Cristina Fernández se ha visto implicada en una serie de investigaciones por corrupción, aunque ella aduce que están motivadas políticamente. Su reciente vuelta a Buenos Aires tras pasar varios meses en su residencia de El Calafate sugiere que podría volver a liderar el Frente para la Victoria. Dentro del Partido Justicialista, del cual el Frente es su ala izquierda, se habla de celebrar elecciones primarias el año que viene: una perspectiva apoyada por Sergio Massa, un Peronista moderado que actualmente está apoyando al gobierno en el parlamento pero que tiene ambiciones propias, aunque esto sea rechazado por muchos exponentes del Frente, que preferirían tener tras ellos el apoyo de todo el partido. A nivel de las bases, los movimientos sociales de las distintas orientaciones políticas han empezado a recuperar cierta fuerza. Además, el encarcelamiento de la activista social Milagro Salva, una acción que le ha supuesto muchas críticas sociales a Macri, está aún muy vivo entre la gente.

 A nivel de las bases, los movimientos sociales de las distintas orientaciones políticas han empezado a recuperar cierta fuerza.

Tras trece años de hegemonía política, el campo del populismo izquierdista ha provocado su propia condena. Pero sería un error inferir que las incertidumbres de la oposición la hayan anulado completamente. Por el contrario, la situación actual sugiere un equilibrio más matizado: la promoción de los derechos sociales y la dinámica consumista que impulsaron los Kirchner representan una barrera para la plena implementación del proyecto de Macri.

En este sentido, el caso argentino es indicativo de que, a pesar de algunos síntomas de agotamiento, debidos a la crisis económica mundial y a sus propias contradicciones, los experimentos de la “marea rosa” en América del Sur no podrán ser barridos tan fácilmente.

About the author

Samuele Mazzolini is a political theory researcher at the University of Essex. He has worked as a political analyst and consultant for the Rafael Correa government in Ecuador, and was columnist at the public newspaper El Telégrafo.

Samuele Mazzolini  es investigador en teoría política de la Universidad de Essex. Previamente trabajó para el Gobierno ecuatoriano de Rafael Correa y fue editorialista del diario público El Telégrafo.


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