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Ficciocracia: la democracia como ilusión

Latinoamérica, con sus dificultades para consolidar el estado de derecho, es la región de la democracia como ilusión. Ilusión que relatan los gobiernos y democracia capturada por la corrupción y el delito. English. Português

Casa Rosada. Wikimedia Commons.

En los últimos treinta años América Latina logró darle continuidad a los sistemas democráticos de gobierno. Sin embargo, algunos datos demuestran que en la región se consolida una ilusión de democracia que no es correspondida por una institucionalidad democrática que garantice el bienestar y la vida misma de los latinoamericanos.

Una ilusión de democracia sostenida desde relatos gubernamentales que no se condicen con democracias consolidadas en políticas de estado. Surge así la Ficciocracia, escenarios que ficcionalizan las bondades de la democracia mientras la realidad es dominada por diversas facciones de poder que convierten, desde la administración de delito y pobreza, al sistema democrático en una ilusión.

Estas facciones integradas por asociaciones ilícitas en los ámbitos de la política, las fuerzas de seguridad y defensa, la justicia, los sindicatos, el sector empresarial y el delito organizado han provocado más muertes en democracia que las ocurridas en aquellos países durante los períodos que debieron sufrir gobiernos dictatoriales.

Esta administración de delito que penetra los gobiernos democráticos, provocó, por ejemplo en la democracia colombiana, envuelta en un proceso de violencia que involucra a paramilitares, guerrilleros y narcotraficantes, que en 2013 se superara el total de 218 mil muertos acumulados en los últimos 55 años, de acuerdo a la investigación llevada adelante por el Grupo de Memoria Histórica.

El sistema democrático mexicano, jaqueado por el narcotráfico, registra desde 2006 –según un informe de la organización italiana Libera- un total que supera los 116 mil muertos vinculados a crímenes generados por el comercio de droga.

En Argentina, en lo que se considera la dictadura militar más sangrienta de la región, la justicia logró documentar casi 10 mil muertes y desapariciones ocurridas en la década del ’70. Estas cifras demuestran la dimensión y el alcance de la violencia organizada cuando los dirigentes de los diversos sectores se dedican a administrar o convivir con el delito en lugar de denunciarlo y condenarlo. Y muestra cómo sufren las sociedades cuando las autoridades se deciden a combatirlo ya habiéndose el delito enquistado en los espacios de poder y en la sociedad misma.

Otra forma de distorsionar la democracia es administrando pobreza de manera deliberada, a partir del clientelismo y el asistencialismo. América Latina es la región más inequitativa del planeta. En Argentina, la diferencia de ingresos que existía en la década del 70 entre los segmentos de mayores recursos y los sectores más empobrecidos era de 7 a 8 veces.  En la actualidad oscila entre 28 y 32 veces. El dirigente piquetero Héctor “Toty” Flores, líder del Movimiento de Trabajadores Desocupados de La Matanza, sostiene que “los piqueteros somos los desaparecidos de la democracia”, al hacer referencia a la falta de oportunidades que sufren millones de habitantes y a la imposibilidad del sistema democrático de generarlas.

El siguiente esquema intenta describir cuatro escenarios en los que un sistema democrático puede desenvolverse, yendo de la plena vigencia de la democracia sostenida en estados de derecho, a su máxima expresión de ilusión democrática anclada en esquemas de democracia concebidos como proyectos de impunidad.

La Ficciocracia

Para describir cómo un sistema democrático se torna una ilusión de democracia se plantean cuatro ejes, dos de los cuales hacen foco en el nivel de consolidación de las instituciones y dos en el nivel de cohesión social.

El eje de la Institucionalidad es aquel que da cuenta de la fortaleza del estado y de los instrumentos de la democracia participativa, de la capacidad de las políticas públicas para generar inclusión social sostenida en el tiempo y del poder de las instituciones estatales para combatir y condenar la violencia y el delito organizado.

El eje de la Parainstitucionalidad hace referencia a las organizaciones y tramas que sirven para perpetuar la ilegalidad de actividades financieras y comerciales y la corrupción y la administración discrecional de los recursos públicos en beneficio de asociaciones ilícitas. Son las reglas de juego que facilitan la captura de las instituciones de la democracia y que permiten que las asociaciones ilícitas se impongan en la sociedad por las vías del delito y la violencia.

El eje de la Empatía es el que le permite a los diversos miembros de la sociedad civil actúar en un marco de valores compartidos, mediante el paradigma del cuidado del planeta y de la especie, articulando agendas de acción compartida a partir de espacios colectivos. La empatía permite comprender la situación del otro para alcanzar la suficiente cohesión social que facilita generar bienes públicos y blindar a la comunidad de aquellos actores que amenazan o atentan contra ella.

Por último, el eje de la Fragmentación social, el que refleja estructuras sociales sin cohesión, donde existe una alta incapacidad de articular programas sociales y la división de los miembros de una comunidad imposibilita cualquier tipo de defensa frente al avance de las asociaciones ilícitas o la corrupción. Son sociedades donde la fragmentación impide que las redes virtuosas impulsen la producción de bienes públicos y de redes solidarias que breguen por el acceso equitativo a las oportunidades.

Definidos estos cuatro ejes, podemos identificar cuatro cuadrantes, de acuerdo al siguiente gráfico:

En el cuadrante superior derecho, donde se conjuga una institucionalidad consolidada y una alta empatía social, se dan las condiciones de Estado de Derecho, donde la democracia funciona en la práctica como un Proyecto Ético –cosmovisión que organiza a la sociedad en una democracia entendida como un sistema que garantiza dignidad humana. Es el esquema de democracia plena y real, donde el poder ciudadano y las herramientas institucionalizadas de la democracia participativa –ley de acceso a la información, plebiscitos, audiencias públicas, leyes de regulación de lobby, presupuesto participativo, banca popular y demás herramientas que facilitan que los ciudadanos participen más allá del voto- aseguran que el sistema democrático defina la calidad de vida individual y el ciudadano tenga incidencia en la definición de la calidad de vida colectiva.

En este cuadrante hay pleno funcionamiento del sistema democrático y es el único en el cual la ilusión de democracia se ajusta a la realidad de la sociedad.

En el cuadrante superior izquierdo, se conjuga la institucionalidad con una sociedad civil fragmentada, dando lugar a la generación de condiciones favorables a la Corporativización (donde es relevante y decisorio el poder de los intereses corporativos en detrimento del interés común), lo que genera una democracia atada a un Proyecto Moral. La moral, a diferencia de la ética que es un proyecto construido colectivamente y que tiene a la dignidad humana como foco, es un conjunto de normas y reglas que se imponen desde el poder.

Por ejemplo, en Argentina, hasta el año 1813, la esclavitud era un proyecto moral, pues para quienes definían las normas, era legal poseer esclavos. Cuando las políticas públicas y los organismos del estado en las democracias comienzan a ser definidas y administradas por las fuerzas del lobby corporativo, los bienes públicos se convierten en bienes sectoriales que benefician a un pequeño grupo de la sociedad.

Este lobby puede responder a agendas de presión de carácter público –cámaras empresarias que hacen gestión de intereses para que determinada ley beneficie a determinado sector productivo- u ocultas –burocracias sindicales que escudándose en reivindicaciones laborales acumulan poder para la dirigencia. Pueden apelar a métodos transparentes –negociaciones abiertas y públicas como paritarias o audiencias públicas sobre contrataciones del estado- o a recetas informales –como influir en un juez mediante el alegato de oreja.

En este cuadrante la democracia sede a la presión de los distintos poderes y lo público, que debe ser disfrutado por todos en igual cantidad y calidad, se convierte en bienes o servicios que benefician a determinado sector, derivando en una democracia de privilegios.

En el cuadrante inferior derecho coinciden la Parainstitucionalidad con cierta capacidad Empática, elementos que favorecen a la Cartelización y convierten a la democracia en un Proyecto de Delito.  Este es el escenario donde se impone la cartelización, donde el delito se organiza logrando que la cohesión de las asociaciones ilícitas se impongan a la empatía social basada en valores éticos y legalidad. 

La fuerte empatía de la mafiosidad –corrupción institucional, delito organizado como narcotráfico, contrabando de armas y mercaderías en general y trata de personas- se impone -dentro de determinadas reglas de juego que se respetan entre las facciones del mundo del delito- a la débil articulación de la institucionalidad pública y privada para asegurar la vigencia de la ley y la capacidad del estado para controlar y sancionar.

De esta manera, la parainstitucionalidad en el ámbito del Estado -sistemas de coimas para beneficiar a determinado grupo empresario en una licitación pública, sobornos a políticos y fuerzas de seguridad para garantizar inacción frente al delito- y del mercado –protección a comercios para que puedan funcionar sin sufrir amenazas ni atentados, sociedades comerciales o financieras dedicadas al lavado de dinero o a enmascarar actividades ilícitas- se imponen a la institucionalidad. Y la empatía entre los que administran el delito y quienes deberían combatirlo genera el marco de convivencia necesario para evitar la violencia desatada. Este cuadrante donde encastran la corrupción y el delito organizado en marcos de códigos mafiosos que se respetan, tornan al sistema en una democracia del delito.

El cuarto cuadrante, abajo a la izquierda, fusiona Parainstitucionalidad con Fragmentación social, escenario en el cual se desarrolla la Megacorrupción que arrasa a la democracia hasta convertirla en un Proyecto de Impunidad. El Estado, o se muestra ausente, o es capturado por las fuerzas delictivas y las asociaciones ilícitas que, además de arrebatar recursos públicos, cooptan el canal estatal garantizando impunidad al delito. La sociedad civil genera transacciones dañinas donde se administra pobreza de manera deliberada, delito para financiar la dirigencia e ignorancia para manipula a las poblaciones. Y las reglas de juego del mercado son reemplazadas por la fuerza del delito organizado y las empresas se convierten en fachadas de actividades comerciales ilegales.

El Estado pierde el control del territorio y el monopolio de la fuerza pública y las sociedades son dominadas por la violencia y el delito. En este cuadrante la escala de degradación social se muestra completa: los negocios se convierten en negociados; los negociados en corrupción; la corrupción en corrupción estructural; la corrupción estructural en impunidad y la impunidad en ostentación, presentándose la máxima brecha entre democracia real e ilusión democrática, la democracia de la impunidad.   

De los cuatro cuadrantes, solo en uno la democracia es real y el Estado funciona al servicio de la comunidad: es el cuadrante de la democracia como proyecto ético. En los tres restantes, la democracia se degenera y se convierte en esquemas al servicio de los poderosos, de los delincuentes o de los violentos: la democracia como proyecto moral que se pone al servicio de los privilegiados; la democracia como proyecto de delito, que funciona al servicio de las asociaciones ilícitas, y la democracia como proyecto de impunidad, que termina cooptada por el poder de la violencia y el delito organizado.

Por lo tanto, América Latina cuenta con democracias plenas en muy contadas naciones que logran consolidar un estado de derecho. En la mayoría, solo existen condiciones para vivir la ilusión de una democracia, pues los sistemas que gobiernan están al servicio de los privilegios, del delito y la impunidad.

En este sentido podemos afirmar que Latinoamérica es la región de la Ficciocracia, de la democracia como ilusión. Ilusión que relatan los gobiernos y democracia que captura el delito.

About the author

Carlos March es periodista argentino, ex director ejecutivo de la Fundación Poder Ciudadano y director de comunicación estratégica de la Fundación AVINA

Carlos March is an Argentinian journalist, former executive director of the Fundación Poder Ciudadano and director of strategic communication of Fundación AVINA.

Carlos March es jornalista argentino, ex-diretor executivo da Fundação Poder Cidadão e diretor de comunicação estratégica da Fundação AVINA.


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