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La Masacre de Mocoa, Colombia: anatomía de una tragedia anunciada

Cuando la deforestación, el cambio climático y las precipitaciones extremas se juntan con la falta de preparación humana, la catástrofe se hace inevitable. Español

Operaciones de rescate en curso en Mocoa, Putumayo, Colombia. Créditos: Ejército de Colombia. Todos los derechos reservados.

En la tarde del 1 de abril llovió torrencialmente en cielo de la ciudad Colombiana de Mocoa. En solo unas horas caería 130 mm de agua, hinchando los ríos Mocoa, Mulato y Sangoyaco. La masa expandida de agua irrumpió a través de las orillas, enviando un mar de barro, escombros y agua corriendo por la ciudad de Mocoa. Diecisiete barrios quedaron sumergidos, con el barrio de San Miguel arrasado por completo.

Mientras las familias dormían, el torrente se estrellaba contra casas y cuerpos. 283 personas, entre ellas al menos 43 niños, fueron asesinados. Cientos más resultaron heridos. El número de muertos sigue aumentando.

“Los ríos tienen memoria”Luz Marina Mantilla

El Origen de la Furia

Se necesitarán meses e intensos esfuerzos de investigación para trazar mejor la génesis de la catástrofe, pero por ahora esto es lo que queda claro:

Hay poco de “natural” sobre el desastre en Mocoa — fue un desastre humano, engendrado por una mezcla de pobre planificación urbana, pobreza, uso inadecuado de la tierra alrededor de las cuencas hidrográficas y un fallido manejo de riesgos.

Pero para entender lo que pasó necesitamos entender el contexto natural en la que tuvo lugar.

La ciudad de Mocoa, capital del departamento de Putumayo, se encuentra en una de las regiones más propensas a inundaciones en Colombia. La palabra Putumayo proviene de la palabra Quechua, que significa río (mayu). Hendido por ríos, el Putumayo es una zona montañosa de inestabilidad geológica significativa, atravesada por precipicios y barrancos.

La ciudad de Mocoa, situada en un valle empinado y adyacente a tres ríos principales, era inherentemente vulnerable a tales acontecimientos.

Pero otros factores aumentaron esa vulnerabilidad. Durante las últimas décadas la deforestación ha sido extensa en toda esta región abundante en recursos, con el Putumayo teniendo las tasas más altas en Colombia de pérdida de bosques. Aquella deforestación ha sido causada por la expansión de la ganadería, plantaciones de coca, la minería y tala.

¿Por qué es importante la deforestación? La deforestación no es sólo la remoción de árboles. Es la destrucción de los ecosistemas que manejan y estabilizan los ciclos del agua. Los bosques son depósitos de agua, y cuando se desmonten, el agua producto de la lluvia fluye sin obstáculos. En una encuesta aérea realizada el día del desastre, las autoridades ambientales detectaron el desplazamiento significativo de áreas forestales que previamente habían ayudado a manejar el flujo de agua.

Los barrios de San Miguel y San Antonio. Créditos: Corpoamazonia. Todos los derechos reservados.

Los árboles son también cruciales pues sus raíces reafirman la tierra. La deforestación ayuda así a erosionar las montañas, lo que a su vez conduce a la sedimentación, proceso por el cual los ríos acumulan sedimentos y biomasa. Cuando las lluvias torrenciales del 1 de abril golpearon, los ríos del Putumayo estaban transportando grandes cantidades de residuos.

¿Qué otros factores estaban en juego en la avalancha de Mocoa? Las huellas dactilares del cambio climático también se pueden ver cuando se mira a la lluvia torrencial que azotó Putumayo esa fatídica noche. Los patrones de precipitación — su frecuencia, intensidad y volumen — están todos moldeados y agudizados por el cambio climático.

El promedio mensual de lluvia en Mocoa es alrededor de 270 mm. En la noche de la tragedia, 129 milímetros cayeron en un período de horas, agregando peso a las tierras y los ríos que habían recibido ya cantidades excedentes de agua ese mes. Durante Marzo, la región de Mocoa recibió un 50% más de precipitación de lo habitual.

Tales patrones de lluvia atípicos son cada vez más comunes. Si bien es necesario un estudio más a fondo, sabemos que las aguas del Pacífico en las costas de Colombia, Ecuador y Perú han sido anormalmente cálidas últimamente. Durante el último mes, las temperaturas de la superficie del mar en la región han fluctuado alrededor de cuatro grados Celsius por encima del promedio. Estas aguas cálidas aumentan la tasa de evaporación, llevando a una mayor humedad en las atmósferas costeras, que a su vez conduce a una mayor precipitación. Las inundaciones más recientes en Perú, que mataron decenas y dejaron a cientos de miles de personas sin hogar, fueron causadas en parte por este aumento de la temperatura del mar.

Sin embargo, debemos ser cuidadosos en la atribución de la culpa que le demos al cambio climático. A lo largo de la historia, los seres humanos han usado abstracciones para explicar la insoportable ferocidad de los desastres: “la furia de la naturaleza”, “la ira de los dioses”. Recurrir a análisis ligeros y simplemente culpar al cambio climático pone en riesgo replicar esta súplica hacia los cielos, y desviar la atención de la negligencia del estado.

Esto se debe a que el cambio climático no responde a la pregunta clave: ¿por qué estaban viviendo personas en zonas de alto riesgo?

La causa más evidente es la planificación urbana ausente y negligente, ya que la construcción de viviendas estaba permitida a metros de las áreas de los ríos. Aquí es donde la tragedia estaba anunciada. Los riesgos de inundación que afectaban los edificios cerca de las riberas eran ampliamente conocidos antes del desastre.

En la década de 1950, el arroyo Taruca había sobrevolado, quitándole la vida a dos personas. En 2013, dos estudiantes del Instituto Técnico del Putumayo simularon el desbordamiento del arroyo Taruca — sus resultados pronosticaron lo que se desarrolló el sábado por la noche. Los estudios realizados en 2016 por la organización de desarrollo sostenible Corpoamazonía advirtieron sobre los riesgos de inundación en Mocoa, recomendando que 10.000 personas necesitaban ser reubicadas ya que el riesgo que enfrentaban no podía ser mitigado. Las ordenanzas territoriales anteriores llevadas a cabo años antes del desastre también habían trazado los riesgos de inundaciones que enfrentaban los barrios a las orillas de los ríos.

En los últimos meses los dueños de tiendas y vecinos cercanos al río Sangoyaco habían escuchado falsas alarmas relacionadas con el desbordamiento del río. Habían expresado su preocupación a las autoridades acerca de la necesidad de elaborar planes de contingencia, pero éstos se vieron retrasados. Una adecuada planificación y gestión de riesgos podría haber salvado vidas y haber evitado el desastre.

Pero la expansión urbana no regulada de Mocoa y la ausencia de planificación también son producto del conflicto civil de Colombia. En los últimos años, 36.000 personas desplazadas por el conflicto fueron recibidas por el municipio de Mocoa. Los barrios de San Miguel, Los Laureles y La Floresta — las tres zonas urbanas más afectadas por la avalancha de lodo — crecieron a medida que llegaron las familias desplazadas por la violencia en el Putumayo meridional.

Estas familias, desposeídas de sus tierras, estaban en una precaria posición para conseguir el permiso de planificación legalmente adecuado para la construcción. Víctor Manuel Espinoza, concejal y residente de San Miguel explicó: “¿Qué dinero se usa para procesar un permiso de construcción? Ese dinero es lo que usa para comprar los ladrillos”. Sin acceso a tierras seguras y medios económicos limitados, las familias desplazadas que llegaron a Mocoa construyeron sus nuevas casas más cerca de los terraplenes y las zonas propensas a inundaciones en el valle.

Finalmente, Mocoa fue también un fracaso institucional de los organismos Colombianos responsables de la prevención de desastres. La Oficina Nacional de Preparación para Desastres de Colombia fue diseñada para aguantar una catástrofe como la de Mocoa. La Oficina se estableció en respuesta al desastre de Armero, el derrumbe de 1985 que cobró la vida de 22.000 personas. Pero el impacto de la Oficina ha sido circunscrito y limitado. Un estudio realizado en Noviembre de 2015 reveló que más de cuatro quintas partes de los municipios Colombianos no tenían un sistema de alerta temprana relacionado con amenazas naturales. Un porcentaje similar tenía las comunidades que vivían en áreas de alto riesgo, y sólo una quinta parte de los municipios tenía funcionarios especializados en estudiar los impactos locales del cambio climático.

“Cada vez somos mejores en rescatar a los náufragos y peores en evitar los naufragios.”Gustavo Wilches Chaux

El Futuro y recuperar lo irrecuperable

La búsqueda de cuerpos continúa y la prioridad urgente en Mocoa ahora es el rescate y la recomposición de la vida.

Pero la tragedia, como han señalado los especialistas, debería impulsar una transformación a largo plazo en múltiples frentes. El desarrollo urbano en Mocoa debe cambiar drásticamente, con comunidades reasentadas en áreas de bajo riesgo. El uso de la tierra alrededor de las cuencas hidrográficas tiene que ser controlado con firmeza y efectividad. La deforestación y el agotamiento de la tierra, entre otros factores de vulnerabilidad, necesitan ser reprimidos. Finalmente, necesitamos adaptación a eventos climáticos extremos, ajustando nuestras ciudades y tierras para asegurar que son resistentes a los choques ambientales. Como advierte el experto en medioambiente Rodrigo Botero, “hay una certeza que debemos tener en cuenta: habrá más eventos de este tipo”.

Esto debe hacerse con gran sensibilidad a las realidades y dinámicas locales. Gustavo Wilches Chaux, experto colombiano en prevención de desastres, señala con razón que “la recuperación de una comunidad es como una araña y una telaraña. La araña es la comunidad y la telaraña es el objeto de intervención. El reto es fortalecer la araña que ha quedado viva, pero está traumatizada, para que pueda poner al máximo toda su capacidad de crear una nueva telaraña. Pero si le reconstruyó su telaraña y la pongo sobre la telaraña, probablemente no funcione. Este es un trabajo de recomposición de relaciones entre seres humanos y sus territorios.”

La violencia climática es siempre el producto de una colisión: entre graves condiciones meteorológicas y graves realidades sociales. En Mocoa, la ausencia de planificación, la pobreza, la deforestación, el desplazamiento y la negligencia estatal pusieron los explosivos. Un clima extremo encendió el fusible.

Esto claramente establece nuestra tarea: la prevención de la violencia climática requiere la desactivación del detonador y la carga.

Así que debemos plantearnos dos preguntas: en primer lugar, ¿qué infraestructura ecológica tenemos para nutrir y proteger a nuestras comunidades actuales y futuras? Alrededor del mundo, los ambientes naturales están siendo eviscerados. El Putumayo, alborotado por la pérdida incalculable, ha estado en el extremo receptor de decenas de proyectos mega-extractivos.

Y en segundo lugar, ¿qué injusticias, desigualdades y privaciones generalizadas están exacerbando la vulnerabilidad de las personas ante los shocks ambientales?

El cambio climático y el aumento de la extrema variabilidad climática nos da la oportunidad de impulsar una importante transformación económica mundial para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y garantizar un grado de seguridad atmosférica. Pero dada la naturaleza apremiante de las preguntas esbozadas arriba, esta transformación necesita ser diseñada para honrar la vida, mejorar el bienestar, reconocer los derechos de la naturaleza y construir la resistencia de nuestras comunidades a los shocks atmosféricos.

Se necesitan espectaculares tragedias para alertarnos sobre la importancia de vida de la preservación del medioambiente antes de que nuestra ceguera a la importancia del mundo natural vuelva. Si queremos resistir cualquier esperanza de prevenir episodios regulares de violencia climática, será necesario incorporar una conciencia de ecología profunda.

En el momento de redactar este informe, los ríos Cauca y Magdalena corren el riesgo de desbordamiento, y casi doce millones de colombianos viven hoy en riesgo de inundaciones. A menos de que se tengan en cuenta las advertencias y se tomen medidas, Colombia y los estados más vulnerables alrededor del mundo enfrentan una realidad donde la anormalidad del clima extremo se convierte en rutina.

About the author

Daniel Macmillen Voskoboynik is a writer and activist. He tweets at @bywordlight 


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