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Daniel Ortega, un tirano en fase terminal

Al presidente de Nicaragua no le cabe en la cabeza que las protestas sociales en su contra sean consecuencia del malestar social acumulado durante sus años de gobierno. English

El Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, en el centro, abraza al dirigente venezolano Diosdado Cabello ante la mirada de la primera dama, Rosario Murillo, durante una celebración de la Revolución Sandinista en Managua, Julio 2013 (PA/Esteban Felix)

Daniel Ortega no duda en calificar de acciones terroristas las protestas que sacuden Nicaragua desde hace algo más de tres meses y de tildar a los manifestantes de pertenecer a “sectas satánicas” - gentes a las que el demonio ha convencido que él representa el mal.

"Muchos templos fueron ocupados como cuarteles para guardar armamento, para guardar bombas y para salir a atacar y asesinar”, afirma el presidente.

Cabe otra posibilidad: que sea lo suficientemente torpe como para creer que su narración pueda ser aceptada por personas ajenas a su círculo de incondicionales.

Ortega ha dado muestras de habilidad y sagacidad para mantenerse en el poder. Sin embargo, no se hace cargo de que la mayoría del pueblo le ha dado la espalda. No ver la realidad sino solo aquello que se quiere ver es, sin duda, un error arquetípico.

Pese a la represión sin límites que ha desencadenado, ahí están los jóvenes en las calles, los trabajadores, los campesinos. Podrán ser golpeados hasta el cansancio, podrán meterlos en la cárcel, incluso darles muerte, pero no podrán arrancarles el deseo de libertad. Nicaragua se desangra, pero no se rinde.

¡Qué lejos quedaron los tiempos en que el pueblo le llamaba cariñosamente a él y a los suyos “los muchachos”! 

Ortega, un esperpento de sí mismo, no consigue - por mucho que lo intente - doblegar el hartazgo y la rebeldía. ¡Qué lejos quedaron los tiempos en que el pueblo le llamaba cariñosamente a él y a los suyos “los muchachos”! Eran entonces jóvenes revolucionarios que concitaban tantas esperanzas, tanta fe en que, derrocado el tirano Somoza, otras luces brillarían.

Hoy la imagen del dictador se sobrepone a la del exrevolucionario. Somoza mató a estudiantes, Ortega - es para no creerlo - a muchos más. Somoza mandó torturar, Ortega también. Somoza acumuló riqueza a costa del pueblo, Ortega la acumula en nombre del pueblo.

Pedí a una amiga en Nicaragua que me ayudara a localizar a una mujer de pueblo, de esas que no tienen pretensiones de celebridad ni deseos de salir a la calle a correr el riesgo de una golpiza o algo peor.

Cuando logré contactarla, lo que más me llamó la atención fue de lo que me dijo fue que Somoza había tardado años en deteriorar al país y Daniel Ortega lo ha conseguido en pocos meses.

Me contó que la situación de horror en la que se vive, porque la persecución a los jóvenes termina a veces con la muerte. Me contó que hombres armados no dejaban levantar cadáveres de campesinos rebeldes y sus cuerpos estaban siendo devorados por zopilotes.

Todo dicho sin rebuscamientos, sin propósitos ideológicos - las suyas eran palabras surgidas del dolor y la angustia de esa mayoría que no puede dormir en paz porque los que velan de noche son los mismos que les acosan de día.

Ortega no adelantará las elecciones, según él, por el bien del país. Todos los dictadores dicen siempre lo mismo. No permanecen en el poder por voluntad propia, es el deber el que los lleva a sacrificarse.

La mujer concluye diciendo que la radio dice que Ortega no está dispuesto a adelantar las elecciones, que se aferra al poder. Busco en internet y ahí están las palabras del presidente: "Nuestro período electoral finaliza con las elecciones de 2021, cuando tendremos nuestras próximas elecciones". Hacerlas ahora, dice, crearía “inestabilidad, inseguridad y empeoraría las cosas".

Ortega no adelantará las elecciones, según él, por el bien del país. Todos los dictadores dicen siempre lo mismo. No permanecen en el poder por voluntad propia, es el deber el que los lleva a sacrificarse.

Es probable que algunos sectores de la izquierda latinoamericana sigan empecinados en respaldar lo inaceptable, como si condenar la deriva dictatorial de Ortega fuera una traición a las causas revolucionarias.

Dora María Téllez, la Comandante 2 de la revolución sandinista, se encarga de poner las cosas en su lugar:

“Yo no reconozco como izquierda legítima a fuerzas que justifican la represión indiscriminada contra un pueblo. Es decir, creo que uno de los paradigmas éticos de la izquierda es acompañar a los pueblos en sus demandas. Eso es absolutamente esencial. Mientras un pueblo demanda justicia y democracia, los que respaldan al represor y asesino para mi están fuera del paradigma ético de la izquierda."

"Es una vergüenza que haya gente que se dice de izquierda que respalde a un asesino. Si usted quiere medirse con algo, mídase con respecto a aquello que usted quiere.

¿Quiere que en Francia anden unas fuerzas paramilitares de cualquier partido, sin ley ni orden, recorriendo las calles matando a personas por lo que piensan? No. Ah, entonces no lo quiera para Nicaragua. ¿Usted quiere que en España haya fraude electoral? No. Pues entonces no quiera eso para Nicaragua. ¿Usted quiere que quien gobierne se robe el dinero público en Holanda? No. Pues no lo quiera para Nicaragua."

"Si la izquierda o quien se dice de izquierda no es capaz de pararse en defensa de los derechos humanos, tenaz e incondicionalmente, que se revise. Porque entonces no estaríamos hablando de izquierda, sino de estalinismo."

Antonia Urrejola Noguera, relatora de derechos humanos para Nicaragua de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, en su visita a Managua hace un par de semanas, pudo comprobar el salto negativo que había dado el gobierno desde el primer informe de la Comisión.

Más de 350 muertos, incontables desplazados, criminalización, amenazas y amedrentamientos. Pero muchos creen que es cuestión de tiempo, que Ortega está acabado y que carece de apoyos.

En ese documento, del 22 de junio, se establecía que los grupos armados fieles al presidente Daniel Ortega estaban disparando a la cabeza o al tórax, con el propósito de matar. Hoy se ha pasado a una represión selectiva consistente en la búsqueda y captura, tortura y a veces asesinato de los manifestantes, con el objetivo de descabezar el movimiento y amedrentar a la población.

Esta estrategia preocupa grandemente a la Comisión Interamericana porque se basa exclusivamente en la fuerza, es ajena a cualquier proceso jurídico democrático e impide la búsqueda de soluciones a la crisis política y humanitaria mediante el diálogo y la negociación.

Estas circunstancias, sumadas a la persecución abierta a la Iglesia, han llevado a los obispos nicaragüenses a interpelar al presidente y que diga si quiere o no que la Iglesia sea mediadora de eventuales negociaciones.

Así están las cosas tras más cien días de protestas. Más de 350 muertos, incontables desplazados, criminalización, amenazas y amedrentamientos. Pero muchos creen que es cuestión de tiempo, que Ortega está acabado y que carece de apoyos. Es de esperar que no se equivoquen.

About the author

José Zepeda is a Chilean-Dutch journalist, currently working at Radio Media naranja, in the Netherlands. He is the former head of the Latin American Department of the Dutch International broadcaster Radio Netherlands. He has been a guest lecturer at various universities in Latin America and international organisations, and has received two honorary doctorates from universities in Paraguay and Mexico for his dedication to the defence of human rights.

José Zepeda es un periodista chileno-holandés, actualmente trabaja para Radio Media Naranja, de Holanda. Fue director del Departamento latinoamericano de la Radio Netherlands. Ha sido conferenciante en varias universidades en Latinoamérica y en organizaciones internacionales, e investido doctor honoris causa por universidades de Paraguay y México por su dedicación a la defensa de los derechos humanos.

 


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