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Fred Halliday y el futuro

Seis años después de su muerte en Barcelona, el trabajo de este poliédrico académico internacionalista no puede ser más relevante. English Português

Inquirer: Fred Halliday en su juventud. Alex Halliday

"¿Qué piensa de esto? ¿Qué piensa de esto ahora? "Jean-Paul Sartre, leyendo los periódicos en las semanas posteriores al accidente de coche que mató a su distanciado amigo Albert Camus, captaba así el impacto de un duelo intelectual singular. Muchos de los que conocían a Fred Halliday, el analista de asuntos internacionales, deben a su manera haber reproducido este pensamiento después de su muerte en Barcelona en abril de 2010 - y tal vez siguen haciéndolo.

A medida que iban desarrollándose los acontecimientos en Oriente Medio, un elemento de sincronía vino a agudizar la pérdida. Halliday era un intelectual público extraordinario. Su trabajo a lo largo de cuatro décadas cubrió muchos campos, como indican los títulos de sus veinte libros publicados: entre ellos,  Arabia Without Sultans, Iran: Dictatorship and Development, The Ethiopian Revolution (con Maxine Molyneux), The Making of the Second Cold War, Revolution and World Politics, y Two Hours that Shook the World.

Por otra parte, su amplitud temática se complementaba con una gran profundidad social. La capacidad intelectual de Halliday era enorme, su análisis era el de un forense, y su mirada, a la vez panóptica y microscópica. ("Lo personal es lo internacional" era uno de sus muchos aforismos.) Su universalismo basado en los derechos, al que accedió tras un largo prólogo marxistizante, nunca fue árido, sino que estuvo abundantemente regado por una cariñosa empatía con las particularidades nacionales y locales, desde la arquitectura y el dialecto hasta la gastronomía y el humor. Nunca fue esto más cierto que en relación a su amado Yemen, al que dedicó uno de sus estudios en forma de libro: Arabs in Exile: The Yemeni Community in Britain. ("Mi única ambición en lo que me queda de vida", escribió en una ocasión, "es que una librería, biblioteca o calle en Yemen lleve mi nombre.")

Halliday no tenía miedo: siempre listo a expresar verdades incómodas y poner a prueba suposiciones negligentes, audaz para repensar sus propias ideas y absorber otras nuevas, y dispuesto a impugnar cualquier infracción de principio fundamental en cualquier fuente. Dos ejemplos muy diferentes de esto último son su defensa de la soberanía de Kuwait tras la invasión del emirato en 1990, reforzada por su conocimiento desde dentro de la naturaleza de la dictadura baasista, y su oposición a que su propia universidad, la London School of Economics (LSE), aceptara fondos de las arcas de Gadafi en Libia. La primera provocó una brecha permanente con muchos de sus antiguos aliados; la segunda - que salió a la luz después de su muerte - alimentó un escándalo creciente (aunque la advertencia de Halliday sólo buscaba preservar la integridad y el interés propio de la LSE).

Estos posicionamientos distaban mucho de ser simplemente a la contra. La brújula de Halliday se asentaba en el terreno, en "el análisis de lo que sucede en realidad", y en la solidaridad, en "el valor moral y político compartido y la igualdad de todos los seres humanos, y de los derechos conectados." Fuese el tema Cuba o Libia, el terrorismo o 1968, en su obra coinciden una detallada familiaridad con los hechos y una clara independencia de criterio político. Su comprensión de temas complejos, y su capacidad para explicarlos con claridad, caracterizaron sus contribuciones en todos los foros: desde seminarios a salas de conferencias, de periódicos a estudios de transmisión, y en cientos de artículos y docenas de capítulos, además de los libros. Halliday era una de esas raras personas que aparecen a menudo en los medios de comunicación inteligentes, pero que no llegan a convertirse nunca en "figuras mediáticas". Su voz - lúcida, informada, esmerada, robusta, educativa, seria - era una fuerza de la razón y de la sana contención que tanto defendía.

Detrás de todo ello estaba la presencia inimitable de Halliday, su ánima, que floreció en esos espacios públicos o semipúblicos, donde la abundancia de su memoria personal, referencias culturales y capacidad de comprensión de lo vernáculo tejían lazos y daban un brillo chispeante a sus ideas. Las ideas las había ganado, y no meramente adquirido, con su energía vital, curiosidad y empatía: aprendiendo idiomas, viajando y escuchando (era un buen oyente, ya que era lingüista), mirando lo que hay detrás de las cosas: lo que a él le gustaba llamar "hacer el trabajo". (A Halliday, que hablaba nueve idiomas con fluidez y algún otro más que aceptablemente, incluidos varios dialectos del árabe, le gustaba decir: "Se consigue hablar un idioma del mismo modo que se consigue nadar: hay que aprender algunos movimientos básicos y, luego, ¡tirarse de cabeza!") Ya fuese en un estudio solitario, un acogedor café, un salón  en ebullición, una calle repleta, una sala de conferencias, o una noche en el  desierto o en las montañas entre hombres armados - Halliday se encontraba a gusto en el mundo, y era capaz, una vez tras otra, de convertir esa facultad en ilustración.


Estas texturas suyas se revitalizaron cuando, después de dos décadas en el departamento de relaciones internacionales de la LSE, comenzó a cambiar de base de operaciones hacia un "nuevo triángulo profesional": los centros de investigación IBEI/CIDOB/CCCB en Barcelona, una ciudad con un espíritu de convivencia comparable al suyo. Carmen Claudín recuerda su llegada del aeropuerto como investigador invitado por un mes: "´Él vino directamente a CIDOB, como habíamos convenido, y, entrando por la puerta, antes casi de decir hola, exclamó con una sonrisa de complicidad: “¡Creo que podría vivir en este lugar!'"

Este desplazamiento progresivo selló la recuperación de Halliday de una enfermedad inducida en parte por el exceso de trabajo durante el período posterior al 11 de setiembre. Su nuevo equilibrio se reflejó en varios libros, incluyendo The Middle East in International Relations, 100 Myths About the Middle East, y Shocked and Awed: How the War on Terror and Jihad Have Changed the English Language, y en prolíficas colaboraciones en los medios, incluidas sus columnas para el periódico La Vanguardia y frecuentes ensayos en openDemocracy. El historiador de América Latina James Dunkerley, vecino suyo de Tavistock Square (donde Halliday se hospedaba cuando trabajaba en Londres), ofrece un esbozo característico de esta época, precisamente relacionado con la prensa:

“A él le gustaba leer los periódicos de la mañana en el hermoso jardín con la estatua de Gandhi en el centro dedicado a la causa de la paz. Siempre alegre, incluso cuando su sufrimiento era evidente, me regalaba con su voz bruñida de barítono con las últimas noticias de Bishkek, me preguntaba acerca de la correlación de fuerzas en Quito, y deconstruía conspiraciones en Sana’a.”


La influencia benigna de Barcelona le alivió, coincidiendo con el oscurecimiento de la política mundial, especialmente en Irak y sobre todo tras la invasión liderada por Estados Unidos en 2003. Gran parte de la reputación de Halliday se había construido sobre la base de su gran compromiso con los mundos árabe e iraní. La experiencia moderna de ambos con la revolución, la dictadura y la guerra debía entenderse, para él, en el contexto de una "gran crisis de Asia occidental", un término que acuñó en 2001, a tenor del impacto post 11 de setiembre en "un amplio arco de Estados-nación - el mundo árabe, Israel, Turquía, Irán, Afganistán y Pakistán". En este mismo período, las ideas forjadas en la década precedente encontraron nueva relevancia: ideas sobre la modernidad del nacionalismo y del propio Oriente Medio, sobre el destino de la solidaridad y sobre "el patriarcado armado".

En 2010-11, los levantamientos de la "primavera árabe" - primero en Túnez, luego extendidos a Egipto, Libia, Bahrein y Siria, pero que tocaron a todas partes - abrieron tentadoras esperanzas de un giro histórico hacia la libertad y la democracia en la región, muchas de ellas pronto ahogadas en sangre. Un año antes, Halliday había escrito sobre la ola de protestas en Irán lideradas por los estudiantes tras las elecciones presidenciales. No había nadie más calificado que él para dar sentido a estos nuevos acontecimientos - su origen, carácter, dinámica, y su lugar en el mapa global. Sin embargo, cuando las personas miraron a su alrededor buscándole, ya se había ido.


Una consecuencia natural de la muerte es concitar atención hacia la trayectoria vital de una persona. En el caso de Halliday, la primera de las tres conmemoraciones celebradas en Londres, con asistencia de una gran multitud, en la Senate House de la Universidad de Londres, sugirió que su talante intelectual y ético emanaba de su familia y entorno social. (Los otros dos eventos, ambos en la LSE, fueron un panel de discusión y un seminario de un día centrado en su trabajo.)

Simon Frederick Peter Halliday, el menor de tres hermanos, nació en Dublín el 22 de febrero 1946 - el mismo día, como señaló en una ocasión, en que el diplomático estadounidense George Kennan envió su "telegrama largo", el documento fundacional de la guerra fría, desde la embajada de Estados Unidos en Moscú. (El texto fue publicado el año siguiente en Foreign Affairs con el título Las fuentes de la conducta soviética, bajo el seudónimo de "X". Halliday entrevistaría al "Sr. X" en Princeton en 1995, como parte de una serie de conversaciones con los estrategas de la época; los otros fueron Paul Nitze, Henry Kissinger, Robert McNamara y Robert Gates.) Se crió en la localidad de Dundalk, en la frontera de una Irlanda políticamente dividida, que servía a menudo de refugio o de base para efectivos del Ejército Republicano Irlandés (por ejemplo, durante la intermitente "campaña de frontera" de 1956-1962). Su padre, Arthur, procedía de Yorkshire, en Inglaterra, de una familia cuáquera, y era propietario de una fábrica de zapatos; su madre, Rita, era irlandesa y católica.

Estas dualidades explicarían muchas cosas. Halliday dijo de su ciudad natal en 2004: "Toda la agenda de las relaciones internacionales está ahí: formación de un Estado, fronteras, lucha revolucionaria, nacionalismo, auge y declive industrial, flujos transnacionales ilegales, daños medioambientales, y quizás ahora un poco de cooperación internacional". Sin embargo, vale la pena recordar también que estos trasfondos "mixtos", en contextos muy cargados políticamente, a menudo acaban en  demostraciones de nativismo. (Irlanda tiene destacados ejemplos de ello, al igual que Escocia y Gales, por citar sólo éstos.) Halliday mismo se mostró siempre muy crítico con el ultranacionalismo, tanto en Irlanda como en otros lugares. También tenía una respuesta preparada para cualquier problema de seguridad en la carretera: "¡Me crié en Dundalk!"

En sus años mozos, Irlanda se estaba asentando en el ámbito internacional, convirtiéndose en una república en 1921-1949 e integrándose en las Naciones Unidas en 1955. Frank Aiken, el ministro de asuntos exteriores de los años 1950-60, elaboró una política exterior activa que incluía la defensa los derechos de la asediada Hungría, del Tíbet, Argelia y Taiwán, y la promoción de pactos audaces sobre armas nucleares y el conflicto árabe-israelí. El internacionalismo patriótico representado por Aiken, a quien Halliday respetaba mucho, también pudo haberle influido.

El último orador en tomar la palabra en la ceremonia de la Senate House de la Universidad de Londres fue el hermano mayor de Halliday, Jon, cuyos libros incluyen una biografía de Mao Zedong, en coautoría con Jung Chang. Su contribución terminó con una nota emocional al citar la referencia que de él hizo Fred en una ocasión, usando una frase cariñosa irlandesa, y luego, en voz muy baja, devolviéndole sus palabras: "Para ti, mi hombre sólido". Los lazos entre el hogar y el mundo no habían parecido nunca tan íntimos.


Halliday estuvo escolarizado en Ampleforth, un colegio católico en el norte de Yorkshire ligado a una abadía benedictina. Edmund Fawcett, compañero suyo, recordaba a Fred en la época de la invasión china del Tibet, estudiando un manual de tibetano para tratar de captar mejor lo que estaba aconteciendo. Una referencia de respaldo a su solicitud de ingreso a la Universidad de Oxford en 1963, citado en un sesudo estudio de Adam Roberts para la Academia Británica, lo describe como "una persona muy concienzuda, con ideales elevados y rendimiento ejemplar."

Halliday destacó incluso en medio de la efervescencia estudiantil de mediados de los años 1960 en Oxford, donde obtuvo la licenciatura en filosofía y ciencias políticas y económicas con sobresaliente y donde, como editor político, escribió para la revista estudiantil Isis. Su invitación a Francisco Caamaño Deñó, ex presidente de la República Dominicana en el exilio, en 1966, es un ejemplo de la madurez de su orientación internacional ya en ese momento. El encuentro dejó una profunda impresión en Halliday, cuyo trabajo de investigación posterior produjo un valioso libro ("heteróclito", según propia descripción) sobre Caamaño y ese momento en la historia del país.

Siguieron más estudios en SOAS, el centro de investigación sobre Asia, África y el Oriente Medio y Próximo de la Universidad de Londres, su trabajo en la innovadora prensa radical londinense, su pertenencia al consejo de redacción de la influyente New Left Review (que duraría quince años, hasta 1983), una traducción de Karl Korsch del alemán, la edición de una recopilación de ensayos de Isaac Deutscher, y muchos viajes, incluídos los que precisó para escribir sus libros sobre la península Arábiga e Irán. Todo ello, sustentado en su asociación vital con la socióloga internacional Maxine Molyneux. Lo notable también es que a pesar del ambiente de la época y de las inclinaciones políticas de Halliday, sus viajes fueron en el fondo los de un investigador honesto y empático, no los de un "turista de la revolución". (Es emblemática una foto de él, sentado en el suelo y aporreando una máquina de escribir, entre sus anfitriones radicales en Dhofar.) El historiador de Harvard, Roger Owen, diez años mayor que él, ha dicho de Halliday que "él siempre parecía haber estado en algún lugar antes que nadie y haber resumido la situación allí antes de que yo, o los que tienen intereses similares, incluso hubiésemos empezado a hilvanar unos primeros pensamientos incoherentes sobre el tema".

El Transnational Institute de Amsterdam y el Institute for Policy Studies de Washington le dieron su importante apoyo en unos momentos en los que la "izquierda internacional" no parecía más que una quimera. Sin embargo, el trabajo de Halliday adquirió una autoridad académica más amplia cuando, en 1984, fue nombrado (no sin alguna oposición interna) profesor de la LSE, y más tarde catedrático. Comenzó así una asociación mutuamente productiva que duró más de dos décadas. (En 2015, el Centro de Idiomas de la LSE instauró un premio en su nombre.) Enseñó, supervisó y guió a generaciones de estudiantes, desempeñó un papel principal en el Departamento de Relaciones Internacionales, y animó a jóvenes académicos como Katerina Dalacoura, Umut Özkirimli y muchos otros en su carrera profesional. Su énfasis en la centralidad del género, como en Rethinking International Relations, tuvo una influencia importante en la disciplina.

Dalacoura, que también intervino en la ceremonia de Londres, comenzó hablando en presente diciendo que Halliday "nos influencia por lo que hace y por quién es, así como por lo que escribe. Éramos parte de su compromiso más amplio con el mundo. Él nos hizo pensar, sin discriminar, liberal con su tiempo y alabanzas. Su generosidad de espíritu, más que cualquier otra cosa, es lo que se quedará conmigo".

En su fina despedida, su colega Christopher Hill señaló el amplio respeto que merecía Halliday ("su peso personal, intelectual y político hacía que nunca se le podía dar por sentado"). Su visión del departamento no era la de "una casa, en la que retirarse a puerta cerrada", según Hill, sino la de "un castillo, del que se podía salir", incluso hacia "el mundo de los debates sobre políticas, en los que él participó con tanto entusiasmo".

Este punto tiene su peso. Para Halliday, los instrumentos de sabiduría, bien utilizados – la razón, el diálogo, la investigación, el análisis, la argumentación basada en el conocimiento -, eran también medios hacia un mundo mejor. James Dunkerley recuerda una fiesta de la New Left Review, inusualmente armoniosa, con motivo de la inesperada (y, para los reductos antirrojos de la prensa, escandalosa) elevación de Halliday a la LSE. "¿Qué significa esto, Fred?", preguntó Dunkerley. "¡Que tengo veinte y seis años para que se note algo!"


En los años transcurridos desde la muerte de Halliday se han publicado excelentes evaluaciones de su trabajo por parte de colegas suyos de la talla de Stephen Howe, David Styan, Toby Dodge, y Alejandro Colás y George Lawson, así como el espléndido ensayo de Susie Linfield en Nation. El trabajo escrupuloso de un pequeño equipo de la LSE, dirigido por Benjamin Martill, ha catalogado además la bibliografía académica de Halliday, casi una cuarta parte de cuyas ochenta páginas son manuscritos no publicados. Este trabajo está disponible para investigadores, así como el archivo personal de Halliday, un proyecto auspiciado también por la LSE.

Estas son las bases de lo que un día podría llegar a ser una biografía intelectual que, por defecto, podría abarcar también la historia-río del mundo post-1945 (y varios de sus afluentes, incluyendo la Guerra Fría, el comunismo, el yihadismo, la izquierda, y las ideas de revolución, nacionalismo y solidaridad.)

Con todo, también es cierto que en un escenario internacional amenazado por la inseguridad, la violencia y las actitudes extremistas, el trabajo y el ejemplo de Halliday podrían aportar mucho más de lo que se les permite. En cualquier caso, los principios racionales a los que él dio expresión con amplitud de miras y fundamento – sobre todo la "creencia incesante en los valores universales" que compartía con su aliado Maxime Rodinson - son extremadamente relevantes.

Esta dimensión universal, por otra parte, no está en absoluto en desacuerdo, sino que cristaliza en lo particular y concreto. A Halliday le servían poco los términos "identidad" y "tradición", y mucho menos los conceptos esencialistas, relativistas y posmodernos. Los destellos concisos que deja su rastro incluyen: "Ninguna nación es más antigua que la persona viva más vieja que dice ser un miembro de ella" y "Cuando escucho la palabra comunidad me pongo a buscar visado para marcharme". Entre su lista de las "doce peores ideas del mundo", la número cuatro es "el mundo se divide en bloques morales incompatibles o civilizaciones”. La política y la cultura no son lo mismo. Hay que separarlos, restablecer la política, y a partir de ahí, pueden ocurrir muchas cosas.


El último artículo de Halliday antes del inicio del fin de su enfermedad fue sobre Barcelona. En él describe un animado debate, o tertúlia, en el que participó en el canal TV3 de Cataluña, para luego ampliar el foco. Aunque atento a los mundos “oscuros” y “grises” de la ciudad, el tono del artículo es el de una afirmación de la vida:

Esta es la Barcelona que he llegado a conocer y amar: el camarero chileno en Sant Gervasi que me enseña consignas de izquierdas en mapuche para justificar la ocupación de tierras; la familia marroquí que conocí en la playa de Barcelona, ​​que sólo hablan bereber y catalán; un caballero alegre, de unos ochenta años o más, tomando café con su esposa en un bar al lado de las oficinas de La Vanguardia, que, cuando se me cae la pluma, salta inmediatamente y la recoge, y luego me da su tarjeta, que le identifica como presidente de la Asociación de Aviadores Republicanos Catalanes, veterano no sólo de la guerra civil, sino, en el exilio, de la fuerza aérea francesa; un co-autor australiano, que residió largo tiempo en Papúa Nueva Guinea, ahora traductor de literatura catalana, instalado en un piso del siglo XVIII en el Born, forrado de libros,  con los volúmenes de Joan Corominas como telón de fondo; un hombre en pantalones cortos, solo en el Carrer del Comerç en una tórrida tarde de domingo, cantando el  Mediterráneo de Joan Manuel Serrat; mi amiga diseñadora islandesa que trae consigo una pequeña botella de Brennivin, un licor de 40 grados de su país; el camarero filipino que, al asesorarme acerca de los mejores platos de carne de su país, y tras indicar que puedo escoger pollo, cerdo o ternera, me susurra a continuación que, por supuesto, lo mejor es perro; un estudiante italiano, experto en lenguas romances y que ahora se dedica a poesía occitana, que me consulta sobre las posibles raíces árabes de este vocabulario; y mi profesor de catalán, un traductor palestino de Los Ángeles, a quien he otorgado el apodo Abu Tarjoma, "padre de la traducción", con el que me encuentro una vez por semana a tomar café e intercambiar anécdotas lingüísticas e interculturales. Y muchos más.

Que todo ello lo diga un hombre de profunda seriedad política, cuyo propósito en la vida era entender el mundo para cambiarlo, sólo viene a añadirle otra capa. Por una vez, olvidemos la evidencia: el mundo no ha visto lo último de Fred Halliday.

About the author

David Hayes is a co-founder of openDemocracy. He has written textbooks on human rights and terrorism, and was a contributor to Town and Country (Jonathan Cape, 1998). His work has been published in PN Review, the Irish Times, El Pais, the Iran Times International, the Canberra Times, the Scotsman, the New Statesman and The Absolute Game. He has edited five print collections of material from the openDemocracy website, including Europe and Islam; Turkey: Writers, Politics, and Free Speech; and Europe: Visions, Realities, Futures. He is the editor of Fred Halliday's Political Journeys - the openDemocracy Essays (Saqi, 2011)


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