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París: composición de lugar

La massacre del 13/11 revela la escala de la amenaza de ISIS. Es vital una respuesta coherente. English. Português.

Ciudadanos parisinos acuden a la Plaza de la República el 15 de noviembre de 2015. Julien Warnand/EPA

“El que lleva una bomba consigue siempre llegar.” En plena depresión de los años 30, esta frase del político conservador británico Stanley Baldwin vino a encarnar la aprensión con la que la asediada democracia europea anticipaba entonces la posibilidad de otra guerra. Hoy, después de la última masacre de inocentes por una célula yihadista en París, es difícil para muchos ciudadanos franceses y de los países vecinos sustraerse a la misma mezcla de pesimismo y fatalismo.

Tan desiguales eran los bandos aquel viernes por la noche, tan “fáciles” los objetivos en los restaurantes y clubes donde se agolpaban los jóvenes parisinos, y tan infinitas las posibilidades que presentan las sociedades abiertas a los que deciden matar indiscriminada y desenfrenadamente: no es de extrañar que la efusión de dolor y solidaridad tras los acontecimientos del 13 de noviembre se haya visto ensombrecida por un "miedo al futuro" parecido al que expresó Baldwin en 1932. Cuando, conmocionado, amaneció el sábado, cuando el horror sin paliativos de la noche anterior se extendía y lo invadía todo, el pensamiento más sombrío (parafraseando a Albert Camus) era este: que los que están presos en las garras de una ideología nihilista siempre conseguirán “llegar” para matar y morir en una ciudad feliz.

En este sentido, la respuesta en Francia contrasta con la que siguió en enero a los asesinatos de diecisiete personas en la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo y en un supermercado judío kosher, cuando cientos de miles de personas desfilaron por las calles de París tras una cabecera formada por líderes mundiales bajo la rúbrica Nous sommes tous Charlie (Todos somos Charlie). No sólo porque el estado de emergencia decretado en Francia impide cualquier demostración de unidad en la histórica Place de la République, aunque algunos centenares de personas se reunieron allí la noche del sábado para celebrar una vigília a la luz de las velas y otra concentración tuvo lugar el domingo. Esta vez, el estado de ánimo era más introvertido. La diferencia está en el carácter amorfo de los ataques, a lo habitual de su localización, a su escala mayor, y al carácter íntimo ("ellos-son-nosotros") de los muertos y heridos (en un primer momento, 132 y 350 respectivamente).


Los hechos se desarrollaron en una confusa secuencia que tanto a las autoridades como a los reporteros les tomó horas reconstruir. Poco después de las 9 de la noche, cinco comandos vestidos de negro llevaron a cabo redadas casi simultáneas en los bulliciosos arrondissements de los distritos X y XI de París. En los tiroteos en un bar, un restaurante camboyano, una pizzería y la calle cerca de la Plaza de la República murieron treinta y nueve personas en total, mientras que la incursión en la sala de conciertos Bataclan, en el Boulevard Voltaire (donde actuaba un grupo de rock alternativo), dejaba noventa muertos. Casi simultáneamente, otros tres comandos hicieron estallar sus chalecos explosivos cerca del Estadio de Francia, en el norte de la ciudad, donde las selecciones de fútbol de Francia y Alemania estaban jugando un partido amistoso. (Es posible que quisieran entrar en el estadio para llevar a cabo una carnicería mucho mayor; al menos uno tenía boleto para el partido, pero le impidieron la entrada los guardias de seguridad.)

El presidente francés, François Hollande, fue evacuado apresuradamente del estadio al sonar las explosiones. Dos horas más tarde, anunciaba por televisión el estado de emergencia, incluyendo el cierre de las fronteras. A esto le siguió el anuncio de tres días de luto oficial en todo el país. Mientras, en toda Europa, se reescribían frenéticamente las portadas de los periódicos y los canales de noticias ofrecían coberturas en directo con los fragmentos de información de que se disponía. Empezaban a llegar las expresiones de simpatía de los líderes mundiales, junto con las imágenes de algunos gestos simbólicos que ya se han vuelto habituales: la ópera de Sydney y el puente de la Torre de Londres iluminados con los colores de la bandera de Francia, Barack Obama mencionando a "nuestro aliado más antiguo," vigilias espontáneas y cantos de La Marsellesa ante misiones diplomáticas francesas en el mundo. Además de ser parte integrante de su identidad nacional, el universalismo de Francia conserva todavía su atractivo global.

Esta vez, sin embargo, las secuelas van a exigir inevitablemente mucho más: más pensamiento, más liderazgo, más cooperación internacional y más cohesión. Retrospectivamente, la masacre de enero, y también el atentado frustrado en el tren Amsterdam-París en agosto, se volvieron demasiado simbólicos demasiado rápido. Este "Viernes Negro" puede producir una verdadera catarsis en Francia, y tal vez más allá, al esclarecer la escala histórica del desafío del Estado Islámico, o ISIS. Pero, ¿qué implicará una mayor “securización” para la libertad que anida en el alma de los parisinos y los franceses? Aquí son muchos los que consideran que la ubicuidad de la CCTV en Gran Bretaña es el precio lamentable, o demasiado alto, que hay que pagar por una mayor seguridad teórica. No sólo no hay respuestas fáciles; en nuestra Europa diversa, probablemente tampoco serán uniformes.

En cualquier caso, la prioridad inmediata de las autoridades es mapear los detalles exactos de lo que pasó y sus antecedentes, con el fin de evaluar y poder contrarrestar los riesgos activos. Lo más urgente es rastrear los vínculos entre lo que los aparatos de seguridad llaman el "punto de origen" y el "punto de conexión": en este caso, probablemente Raqqa, la "capital" de ISIS, y París. La investigación parte de la evidencia de que entre los autores figuran tres hermanos franceses - uno muerto, otro detenido y otro en fuga – y de las detenciones de presuntos colaboradores cerca de Bruselas. Otros indicios, como un pasaporte sirio y otro egipcio pertenecientes a los atacantes, así como las conexiones (incluyendo la transferencia de armas) con el flujo de refugiados que atraviesan Grecia y los Balcanes, no encajan todavía en un todo coherente.

En esta etapa, el testimonio de los supervivientes, a menudo subestimado, es también muy valioso. A pesar de su trauma, son varios los que confirman que los asaltantes, que iban a cara descubierta, mostraban una frialdad “clínica”, tenían aspecto juvenil y cargaban sus armas con calma. Un testimonio describe a un enemigo "fantasmal" que parecía surgir de la nada para ir segando con indiferencia a la gente sentada en las terrazas de los restaurantes. El destacado escritor francés Pascal Bruckner se hace eco de esta observación: "Estamos viviendo en un estado de guerra - una guerra especial, con enemigos invisibles que nos golpean cuando y donde quieren."


La localización, la sincronización y el horror de la atrocidad garantizan su impacto en todo el mundo. A su vez, esto permite llegar a comprender algo de las mentes de los que la planearon. En perspectiva, París es un epicentro del terror islamista desde mediados de la década de 1990 (cuando una ola de atentados golpeó la ciudad, matando a ocho personas en su red ferroviaria). El baño de sangre de unos jóvenes en una noche de fiesta recuerda el atentado con bomba en una discoteca de Bali, en octubre de 2002, que se saldó con 202 muertos (al igual que lo recuerda la retórica de ISIS al reclamar la responsabilidad de ambos atentados, con su definición de París como "capital de la prostitución y el vicio, portadora de la Bandera de la Cruz de Europa"). Y convertir a las víctimas en rehenes, como ocurrió durante varias horas terribles en el Bataclan antes de que la policía irrumpiera en el local, recuerda el proceder de los asediadores chechenos en Moscú y Beslán a principios de la década de 2000.

El objetivo previsto del Stade de France recuerda también el "espectáculo" de los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York. La gran escala del atentado en una gran capital europea nos remite a los atentados de Madrid en 2004 y de Londres en 2005. Pero, sobre todo, el carácter ambulante de los ataques, que hizo que la libertad de la ciudad se volviera en su contra – en tanto que oportunidad para el asesinato a gran escala -, se parece mucho a la operación (dirigida desde Pakistán) llevada a cabo por una célula de diez hombres en Mumbai, en noviembre de 2008, con el resultado de 166 víctimas mortales.

Junto con la explosión de un avión de pasajeros ruso sobre el Sinaí y otras matanzas recientes en Túnez, Ankara, Bagdad y Beirut (por nombrar sólo estas), ISIS ha perfeccionado la estrategia híbrida de Al Qaeda en un sentido más profesional en términos militares. El académico francés Jean-Pierre Filiu, autor de From Deep State to Islamic State (Del Estado profundo al Estado Islámico), define al movimiento como "una Al Qaeda exitosa, capaz de coordinar grandes ataques terroristas en todo el mundo."

Es el precedente Mumbai el que más preocupa a los responsables de emergencias británicos, que precisamente ensayaron este escenario el pasado mes de junio. Raffaelo Pantucci, autor de We Love Death As You Love Life: Britain’s Suburban Terrorists (Nos gusta la muerte como a vosotros os gusta la vida: los terroristas suburbanos británicos), opina que la "forma de terror" mostrada en París "requiere adoctrinamiento profundo, preparación y entrenamiento... el terrorismo al estilo Mumbai ha llegado a las costas europeas."

En Gran Bretaña, se han abortado muchos intentos de atentado en la fase de preparación gracias al buen hacer de los servicios de inteligencia, e incluso alguno por suerte y heroísmo. En junio de 2007, un intento de atentado tipo Bali en un club nocturno de Leicester Square en Londres, seguido al día siguiente por un intento de atentado con coche-bomba en el aeropuerto de Glasgow, fallaron por poco. Todo el mundo en el "Estado profundo" británico tiene muy presente el escalofriante recuerdo de lo que dijo el Ejército Republicano Irlandés (IRA) cuando, después de matar a cinco personas, falló por poco en su propósito de acabar con Margaret Thatcher en Brighton en 1984: "Sólo hay que tener suerte una vez."

Mucha preocupación se centra hoy en los aproximadamente 750 jóvenes musulmanes británicos que han viajado a Siria para unirse a ISIS, de los cuales alrededor de 450 están ya de vuelta. Tanto los retornados como los simpatizantes que se han quedado en el Reino Unido son objeto de lo que Charles Farr, director de la Oficina para la Seguridad y la Lucha contra el Terrorismo, llama "preparación ideológica" por parte de los propagandistas del ciber-califato de ISIS. Los programas de seguimiento y des-radicalización compiten con ellos en una suerte de carrera siniestra. Un analisis muy oportuno de Shiraz Maher, del International Centre for the Study of Radicalisation de Londres, en la revista New Statesman – publicado el mismo día de los atentados en París - señala que la amenaza de ISIS "se está diversificando, profundizando y haciendo cada vez más sofisticada."

Patrick Cockburn, en The Independent, desarrolló este punto a raíz de la masacre. ISIS, según él, "es una máquina de combate eficaz porque sus habilidades militares... son una potente mezcla de terrorismo urbano, tácticas de guerrilla y guerra convencional." Sus objetivos, por otra parte, son claros: atraer a los estados occidentales al combate directo con "botas sobre el terreno”, y fomentar odios sectarios en Occidente que refuercen la alienación de los musulmanes locales y hacerles así más receptivos al mensaje yihadista.


Una de las lecciones de París es la necesidad de que los líderes mundiales adopten una estrategia coherente, cuyos distintos elementos (políticos, militares, de inteligencia, de poder duro y poder blando) provengan de un análisis preciso y que tenga como objetivo lograr un resultado concreto. Detener la violencia criminal y sus factores desencadenantes es una prioridad vital, una tarea del día a día, un juego de combate a golpes, pero no constituye en sí misma una estrategia. Esta debería vincularse a objetivos de renovación democrática, armonía social y progreso económico que enlacen Europa, Oriente Medio y otras regiones. Pero, por encima de todo, dicha estrategia precisa de lo que tanta falta hace hoy: la confianza de Occidente en sus propios principios.

Hay pocos indicios de que esto vaya a ocurrir. Y el margen de libertad de Europa, como sabiamente apunta Nick Cohen en The Observer, podría estar reduciéndose. (Después de París, escribe, "parece como si se nos ha acabado la suerte".) Aporta algún consuelo el hecho de que Europa, andando en estrecheces económicas y muy presionada por la gran afluencia de refugiados e inmigrantes, se resiste de momento al choque entre comunidades que tanto anhelan los yihadistas y otros extremistas. La respuesta de París ante el trauma del 13/11, forzosamente menos demostrativa que tras la atrocidad de Charlie Hebdo, es hasta la fecha al menos tan noble como aquella.

El periodista del Sunday Times Patrick Bishop, residente en el noroeste de la ciudad,  habla con Ammar, gerente de una zapatería, que le cuenta: "Todo el mundo sabía que esto iba a ocurrir... Hay que ser un tipo de persona muy especial para estar dispuesto a matar a gente que se lo está pasando bien – comiendo, bebiendo, asistiendo a un concierto. Esto demuestra lo mucho que odian la vida y lo mucho que quieren destruirla." Pero, ¿existe la posibilidad de que acaben teniendo éxito? "¡Nunca! Yo soy argelino y francés y musulmán y orgulloso de ser las tres cosas. Vivo aquí y soy amigo de mis vecinos, sean judíos, católicos, o lo que sean. Lo que ha sucedido es terrible, pero los parisinos nos las arreglaremos para seguir adelante con la vida y sus placeres. Tenemos que hacerlo. De lo contrario, ganarán los terroristas".

Este es uno entre millones de fragmentos. Hay muchos otros, en distintos sentidos. Pero cada fragmento, como cada vida destruida y herida, cuenta. La tristeza de París es la medida de la hermosa humanidad que ella y el mundo hemos perdido. Esas vidas esperanzadas y prometedoras deben ser de alguna manera la clave de un futuro más allá del miedo.

Este artículo fue publicado previamente en InsideStory

About the author

David Hayes is a co-founder of openDemocracy. He has written textbooks on human rights and terrorism, and was a contributor to Town and Country (Jonathan Cape, 1998). His work has been published in PN Review, the Irish Times, El Pais, the Iran Times International, the Canberra Times, the Scotsman, the New Statesman and The Absolute Game. He has edited five print collections of material from the openDemocracy website, including Europe and Islam; Turkey: Writers, Politics, and Free Speech; and Europe: Visions, Realities, Futures. He is the editor of Fred Halliday's Political Journeys - the openDemocracy Essays (Saqi, 2011)


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