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#NayibBukele Un nuevo outsider llega a la presidencia en El Salvador

Un nuevo outsider será el próximo presidente en El Salvador. Todavía con una democracia temblorosa, incapaz de crecer económicamente, Bukele, se enfrenta a desafíos muy complejos en materia de violencia, pobreza y corrupción. 

Presidente actual de El Salvador, Sánchez Cerén y en su momento Alcalde de San Salvador, Nayib Bukele.

Como hemos visto últimamente en Latinoamérica, también Nayib Bukele, de 37 años, es resultado de elecciones que abren el paso a personajes que construyen su popularidad con verbo fácil y demagogia, catapultados por el hartazgo de los ciudadanos frente a la política tradicional. Pero carecen de las estructuras fuertes de apoyo en el ejercicio del poder que aportan los partidos políticos experimentados. 

El esquema puede repetirse: el candidato genera en un primer momento la ilusión por el cambio y la renovación, pero acaba resultando particularmente vulnerable a lo que pretende combatir. Las trampas de la corrupción, el nepotismo y las redes clientelares bien establecidas, y la hegemonía nunca contestada de los poderes fácticos y del verdadero establishment lo acaban atrapando, y el candidato se hunde en el barro. Lo hemos visto con Jimmy Morales en la vecina Guatemala.

Las elecciones vinieron marcadas por la baja participación, fruto de un desencanto enorme acumulado. Ganó el candidato más joven, que prometió romper con el bipartidismo que había gobernado El Salvador desde la firma de los acuerdos de paz en 1992. Sorpresivamente, Bukele ganó en primera vuelta, con un 53% de los voto,s en un momento en que la economía, que no ha conseguido crecer más del 3% en los últimos años, flaquea, y el país se enfrenta una tasa de crecimiento del PIB de un 1.9%, una de las más bajas de Latinoamérica.

Además, el país centroamericano está sumido en la violencia. Las políticas de seguridad centradas en la mano dura, han sido incapaces de entregar un control territorial suficiente al Estado, y la amenaza criminal sigue fuera de control. 

En este escenario, la forma en la que Bukele direccione su gobierno será trascendental para los salvadoreños. No solo tiene que remontar la economía maltrecha, sino sobre todo borrar la huella del crimen en un país que lleva demasiados años desangrándose.

Bukele no solo tiene que remontar la economía maltrecha, sino sobretodo borrar la huella del crimen en un país que lleva demasiados años desangrándose.

El populismo y la polarización ganan poder

Tras su paso por el FMLN y la alcaldía de San Salvador, Bukele, que se declaró en algún momento simpatizante de AMLO, se afilió recientemente a GANA (Gran Alianza por la Unidad Nacional), un pequeño partido corrupto de derecha que ha tenido que enfrentarse a varios escándalos desde su nacimiento en 2010. 

Si bien su figura y discurso han intentado proponer un alejamiento de la política tradicional y clientelista, su figura no es tan nueva como parece, puesto que Bukele no deja de pertenecer a un sistema fallido y corrupto, del cual le será muy difícil distanciarse para generar cambios estructurales. 

Algunos observadores han señalado que Bukele podría simplemente representar una nueva estrategia del poder establecido para aparentar una cierta renovación cuyo objetivo final sería mantener el monopolio del poder, proponiendo un nuevo liderazgo al elector. Aunque de distinto signo, sería una estrategia similar al de los poderes económicos y militares establecidos en Brasil que cuentan con Bolsonaro para asegurar sus negocios, por ejemplo. 

Perteneciente a una nueva generación de populistas, que demuestran un magnífico manejo de redes sociales y un posicionamiento siempre “en contra de” que se alimenta de la polarización existente, a la que no combaten sino a la que contribuyen, Bukele logró capitalizar el hartazgo político y apelar a las emociones. 

Aunque su programa es deliberadamente ambiguo, su juventud y entusiasmo se presenta como una garantía, aunque presenta una incógnita su capacidad real de ejercer una presidencia a la altura de las expectativas que levanta su victoria.

Esta es una nueva generación de populistas, que con un posicionamiento“en contra de” se alimenta de la polarización existente para llegar al poder.

Los desafíos actuales

Desde que en el 2014 se desintegró la tregua que condujo a un primer desarme de las pandillas, la violencia criminal se ha disparado en El Salvador, que aún no se ha recuperado de una sangrienta y larga guerra (1980-1992) que dejó más de 75.000 víctimas mortales y un largo historial de atrocidades y violaciones sistemáticas de los derechos humanos. 

Revertir esta curva de violencia ascendente es el asunto más urgente en un país que se endeudó fuertemente para financiar una guerra contra las pandillas que no ha ganado. 

Lo cierto es que Nayib Bukele llegó al poder sin un plan claro para asumir los desafíos más importantes a los que se enfrenta El Salvador. El electorado no lo eligió por sus propuestas, sino por su capacidad de capitalizar ese sentimiento de hartazgo frente a los dos partidos tradicionales que se repartieron el poder durante los últimos 30 años, y presentarse como una ruptura "limpia" con ese pasado corrupto e ineficiente que tanto el FMLN como ARENA encarnaban. 

No será fácil revertir la altísima tasa de homicidios, que registra nueve asesinatos por día, sin una política clara y una renovación de las fuerzas de seguridad. Pero Bukele no dijo en campaña qué política mantendrá para reducir la violencia y, en esto, genera inquietud a muchos niveles. 

La corrupción y la pobreza completan los otros dos problemas urgentes que necesita abordar El Salvador. El desafío es complejo. La ausencia de políticas serias y estructurales para abordarlos es una herencia envenenada que recibe Bukele de los anteriores gobiernos. 

Bukele no dejó claro en campaña qué política mantendrá para reducir la violencia y en esto genera inquietud a muchos niveles. 

Si bien el nuevo presidente electo centró su campaña en la lucha contra la corrupción, no propuso tomar medidas drásticas para acabar con ella (él mismo se enfrenta a acusaciones de corrupto por su anterior mandato en la alcaldía) sino más bien pareció responder a una estrategia populista, a caballo de la indignación que produce el robo de dineros públicos. 

Tampoco frente a la pobreza Bukele propuso una política consistente. Recibe un país donde el 37% de las personas, frente al 29% del resto de la región, según la CEPAL, viven en la pobreza. Tan solo reducir estos 8 puntos de diferencia es una tarea enorme en un país donde parte de la población se ha visto cada año impelida a emigrar. Últimamente, hemos visto a muchos salvadoreños sumarse a caravanas migrantes en las que miles de centroamericanos deciden dejar sus países ante la falta de oportunidades. Pero sus tintes conservadores no hacen albergar mucha esperanza de un cambio real tampoco en este campo.

Las políticas del nuevo gobierno en materia de seguridad, corrupción y pobreza serán los elementos clave durante sus primeros meses para entender realmente qué tan disruptivo es este nuevo gobierno.

Una Asamblea en contra 

Bukele asumirá el poder con una Asamblea en contra con la que tendrá que negociar si no quiere que debilite la gobernabilidad desde el primer momento. Su primer desafío será tejer alianzas y aprovechar el impulso de su victoria incontestable y el viento de renovación que trajo consigo para consensuar políticas de cambio. 

Si no lo consigue, la ilusión generada por su juventud y buena capacidad de comunicar su imagen de hombre nuevo puede acabar significando simplemente la continuidad de las políticas ineficientes de unos gobiernos anteriores, que han fracasado a la hora de mejorar la seguridad y la calidad de vida de los salvadoreños durante décadas.

El efecto Bukele llega además en un momento delicado para la región. Las elecciones salvadoreñas han acabado con uno de los pocos aliados que le quedaban a Maduro en América Latina. Mientras tanto, la situación en Nicaragua es espantosa, y en Guatemala soplan vientos contrarios e inquietantes. 

Ojalá que, a pesar de las dudas que genera el populismo evidente y la demagogia del nuevo presidente, El Salvador abra ahora con Bukele una etapa de ilusión, estabilidad y crecimiento. El país ya ha sufrido demasiado.

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