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Latinx: el reconocimiento de una nueva identidad política

Una nueva identidad fluida, multirracial y multicultural está emergiendo en la política estadounidense. English

Alexandria Ocasio-Cortez haciendo campaña en Sunnyside, Queens, Nueva York, el 26 de junio de 2018. Crédito: Corey Torpie/Wikimedia Commons. CC BY-SA 4.0.

En marzo de este año, Emma González, una chica de 18 años de Florida, se proclamaba "cubana y bisexual" en plena lucha por controles de armas más estrictos tras el tiroteo del Día de San Valentín en Stoneman Douglas High School, su colegio.

Unos meses más tarde, Alexandria Ocasio Cortez, de 28 años, reivindicaba su identidad puertorriqueña y de clase trabajadora al desafiar al presidente del Grupo Demócrata en el Congreso, Joe Crowley, en unas elecciones primarias que terminaría ganando ella, allanándose así el camino para representar a los distritos neoyorquinos de Bronx y Queens en la Cámara de Diputados de los Estados Unidos.

Ambas jóvenes estaban afirmando una identidad interseccional que la mayoría de sus coetáneos de la generación del milenio reconocen enseguida, pero que muchos desconocen todavía: tras años de debates en el seno de la comunidad "latina", se han convertido en emblemas "latinx", un nuevo concepto identitario que se está afianzando rápidamente entre los millennials, los activistas y grupos de defensa "latinos" y la comunidad académica.

En un clima político marcado por el ascenso de las políticas autoritarias y nativistas que encarna la presidencia de Trump, el concepto latinx podría llegar a ser lo suficientemente atractivo, en base a su identidad fluida, multirracial y multicultural, como para crear un capital político de amplio espectro.

Y espolear una reacción más efectiva ante la retórica Trumpiana que utiliza el lema de "América Primero" como código para fomentar la hostilidad hacia los inmigrantes y una búsqueda de chivos expiatorios que ha alcanzado nuevos y sórdidos mínimos en 2018 con la detención y separación de sus familias de más de 12.000 niños inmigrantes.

"Latinx" es la última denominación salida del debate terminológico que lleva años produciéndose en el terreno político racial y étnico en Estados Unidos.

Durante décadas, el término "latino" fue la opción preferida de los progresistas porque con ella se descartaba el término "hispano", de resonancias étnicas, y se vehiculaba la idea de que los inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos no son "europeos", sino que proceden de sociedades y culturas mestizas.

Pero en cuanto quedó afianzado el término "latino" por parte de aquellos que querían identificarse como mestizos, hizo su aparición la política de género.

Y así fue como, a medida que la identidad racial empezó a cruzarse con el sexo y las preferencias sexuales, los "latinos" se convirtieron primero en "latinos/as", más tarde en "latinas/os" - para desplazar a la "o" de su posición privilegiada - y luego, brevemente, tras de la universalización de las comunicaciones digitales, en "Latin@".

En estos últimos años, el término "latinx" se ha popularizado entre los miembros de la comunidad LGBTQ deseosos de prescindir de los identificadores de género en el lenguaje - como la práctica milenaria de usar pronombres: "él", "ella", "ellos".

En estos últimos años, el término "latinx" se ha popularizado entre los miembros de la comunidad LGBTQ deseosos de prescindir de los identificadores de género en el lenguaje - como la práctica milenaria de usar pronombres: "él", "ella", "ellos".

La primera vez que uno ve escrito"latinx", parece una palabra además de extraña, impronunciable. Pero si nos paramos a analizarla, se nos revela liberadora y futurista.

Así como la identidad "latina" representó un desafío al binarismo racial negro/blanco imperante en Estados Unidos, la identidad "latinx" desafía las convenciones del binarismo de género masculino/femenino.

Hasta donde yo sé, "latinx" es el primer intento de posicionamiento por parte de un grupo racial y/o étnico sobre los temas emergentes de identificación de género.

Cuando Ocasio Cortez, González y otras figuras políticas emergentes como Julia Salazar hacen gala públicamente de su identidad múltiple junto con su defensa de políticas progresistas, lo que vienen a representar es una nueva forma de política interseccional (Salazar ganó recientemente las primarias demócratas para el Senado en Nueva York y se identifica, aunque no sin controversia, como colombiana y judía).

Y el interseccionalismo, que se inició en los años 1970 con los proyectos feministas afroamericanos liderados por el Colectivo de Cohambee River y que acuñaron el jurista Kimberlé Williams Crenshaw y el feminismo "fronterizo" chicano de Gloria Anzadúa y Cherrie Moraga, parece el antídoto adecuado para un panorama político en crisis como el actual, inmerso en el conflicto entre el neoliberalismo y el autoritarismo nativista.

Incluso antes del ascenso de Trump, los activistas comunitarios y las manifestaciones callejeras intentaban hacer llegar a la opinión pública el mensaje de que Black Lives Matter, el movimiento feminista y el movimiento de las Ciudades Santuario en defensa de los derechos de los sin papeles eran causas que debían unirse.

Así que no fue ninguna sorpresa que las manifestaciones en el aeropuerto JFK de Nueva York a principios de 2017 contra la prohibición a los musulmanes de viajar a Estados Unidos decretada por Trump las organizase una coalición de organizaciones judías y musulmanas y que los que participaron en ellas fuesen representativos del abanico multitrracial neoyorquino.

Para los descendientes de latinoamericanos, la identidad multirracial forma parte, en mayor o menor medida, de sus distintas culturas nacionales.

La palabra española "raza" se usa a menudo para designar una identidad colectiva que es, de por sí, una mezcla de razas.

El reconocido académico mexicano José Vasconcelos, en su ensayo La Raza Cósmica, intentó ensalzar el mestizaje como camino que lleva a trascender el racismo, pero en muchos sentidos su obra sirvió para privilegiar la identidad europea a expensas de la cultura indígena.

Para muchos de los que se identifican hoy como latinx en Estados Unidos, la dura realidad del binarismo racial blanco/negro al que se enfrentan como inmigrantes les suele llevar a reafirmar sus raíces como personas marginadas.

Esto ya ocurrió en la década de 1970 en Nueva York, con los movimientos culturales y políticos de los inmigrantes puertorriqueños abrazando sus raíces africanas y, en la costa Oeste, con las personas de origen mexicano identificándose como "chicanos", término derivado de sus antepasados indígenas en México y el Suroeste de los Estados Unidos.

Inactivas pero latentes durante gran parte de los últimos 30 años, estas nuevas formas de identidad multicultural e interseccional están adquiriendo hoy importancia al representar una suerte de sinergia entre personas de color y millennials blancos cuyas frustradas perspectivas económicas les llevan a adoptar políticas de clase.

Gran parte del apoyo a Ocasio Cortez y a Salazar proviene de los barrios de Queens en los que se registra mayor crecimiento demográfico de millennials.

Ambas pertenecen a Socialistas Demócratas de América, grupo que defiende políticas de clase y soluciones socialistas a los problemas sociales, hacia el que se inclinan los millennials políticamente conscientes.

Pero la política latinx también se opone a la supuesta dicotomía entre política de clase y la llamada política identitaria.

Los latinx y otros sectores marginados constituyen grandes grupos de votantes que se ven afectados por la creciente desigualdad global tanto como, o más, que la clase trabajadora blanca.

Gran parte del debate entre los progresistas en Estados Unidos tras la elección de Trump se centró en si los republicanos habían tenido más éxito apelando a sentimientos de clase con su crítica de los acuerdos de libre comercio y la denuncia de la pérdida de empleos en Estados Unidos que con el enfoque de política identitaria enraizada en la victoria de Obama que percibió el elelectorado que hicieron los demócratas.

Los latinx y otros sectores marginados constituyen grandes grupos de votantes que se ven afectados por la creciente desigualdad global tanto como, o más, que la clase trabajadora blanca.

"Se supone que las mujeres como yo no se postulan para un cargo público", dice Ocasio-Cortez en su hoy famoso video de campaña en el que se describen sus lazos con la clase trabajadora del Bronx. "Yo no nací en una familia rica o poderosa. Nací en un lugar en el que el código postal determina tu destino".

Al margen de todas las críticas que ha recibido recientemente por posar para la revista Interview luciendo ropa de diseño valorada en miles de dólares, Ocasio-Cortez practica la política del reconocimiento.

Lo que pide es reconocimiento no solo como mujer de color, objeto de discriminación racial y sexual, sino también como parte del 99% de la población que lucha para seguir adelante: los elementos centrales de su programa son aumento del salario mínimo, atención médica universal, vivienda asequible, reforma de la justicia penal, reforma migratoria, lucha contra el cambio climático y reforma del sistema de financiación de las campañas políticas.

Es precisamente esta política de reconocimiento lo que Francis Fukuyama ataca en su nuevo libro Identidad: la demanda de dignidad y la política del resentimiento.

Para Fukuyama, la reivindicación de la diferencia, ya sea Black Lives Matter, el matrimonio homosexual, Osama Bin Laden o Vladimir Putin, es la amenaza última con la que se enfrenta el nuevo orden liberal establecido tras el derrumbe de la Unión Soviética en 1989.

Para él, esta forma de política identitaria es una pasión fuera de lugar que se sitúa entre el deseo y la razón.

La política latinx representa algo intermedio, una forma de pensar que se mueve de un lado y otro de las fronteras, pero que conserva recuerdos y momentos de todos los puntos de su trayecto.

Es una política de reconocimiento que no solo saca a la luz a los no representados y los marginados, sino que también entiende que existen muchas formas de marginación.

Es una nueva política definida por una conciencia multirracial y multicultural e inclusiva de la diferencia de género que no es en absoluto el fin de la historia sino más bien un nuevo comienzo.

El último libro de Ed Morales es Latinx: The New Force in American Politics and Culture.

About the author

Ed Morales is a freelance journalist and author of “Latinx: The New Force in American Politics and Culture” available on Verso Books September 25th. He is currently a lecturer at Columbia University’s Center for the Study of Ethnicity and Race.


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