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Cifras y datos para entender el tráfico de armas en Colombia

Más del 70% de los homicidios en Colombia se cometen con armas de fuego procedentes de al menos veinte países. Sus principales receptores son los narcotraficantes y las bandas criminales. English

Imagen: Policía Nacional de los colombianos/Flickr. Algunos derechos reservados.

Este artículo, que forma parte del proyecto #NiUnMuertoMas, en el marco de la estrategia latinoamericana de reducción de homicidios Instinto de Vida de Open Society Foundations e Igarapé, es producto de la alianza entre ¡Pacifista! y DemocraciaAbierta. Lea el contenido original aquí.

Los narcotraficantes y las bandas criminales son las principales receptoras del multimillonario negocio del tráfico de armas, municiones y explosivos que ingresan en Colombia por tierra, mar, ríos y aire. La Dirección de Investigación Criminal e Interpol (DIJIN) asevera que el tráfico de armas está asociado, en buena medida, con el tráfico de cocaína, heroína y drogas sintéticas o de laboratorio, pues se trata de actividades prácticamente inseparables que producen multimillonarias ganancias. Advierte también que el tráfico de armas es un fenómeno progresivo y cíclico que se ubica en el tercer lugar de las actividades ilícitas más rentables. En primer y segundo lugar se encuentran el narcotráfico y la trata de personas. 

Las ‘generaciones’

La Policía tiene registrado el ingreso en Colombia de grandes cantidades de armamento en oleadas sucesivas a las que llama generaciones:

La primera generación es más conocida como “Génesis”: según las autoridades, el tráfico de armas se disparó con el crecimiento de las guerrillas en el país tras la revolución cubana. 

La segunda: los investigadores la llaman “Rotación” porque las armas que ingresaron al país provinieron de reductos de conflictos centroamericanos – procedían de la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca, del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional de El Salvador y del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua.

La tercera es la generación del “Tráfico gris” y está vinculada al comercio de armas de fuego que entran legalmente al país, pero que en el proceso de ingreso pasan a manos de grupos armados ilegales.

La cuarta es la que los expertos conocen como generación de la “Renovación Técnica Bélica”: arranca con la adquisición de pequeñas cantidades de armas que luego se modifican conforme a la predilección de los grupos ilegales. La predilección tiene que ver con el tipo de armamento y su impacto militar. A estos parámetros, sin embargo, se le sobrepone la imagen de letalidad, que en el caso de las bacrim, por ejemplo, es una señal de poder. Para adquirir el material de guerra, de acuerdo a las agencias estatales, los grupos armados o las redes criminales acuden a empresas ficticias. Estas les ayudan a conseguir el armamento en Estados Unidos, en pequeñas cantidades, y luego, mediante una serie de maniobras, a traerlo a Colombia. Las redes criminales acuden al ‘mercado negro’ para así evitar las restricciones y controles de los gobiernos, las empresas y los tratados internacionales. 

Los tipos de armas: entre la intimidación y el alcance

Armas de alto impacto y letalidad: son las preferidas por las bacrim, según el Centro de Investigaciones Criminológicas de la Policía Nacional. Cambian armas por drogas y prefieren armamento con gran capacidad de impacto militar e imagen de letalidad para fortalecer su poder de intimidación en la jerarquía delictiva.

El fusil de asalto AK-47 (kalshnikov): es el más popular en el mercado internacional. Se trata de un arma de origen soviético, diseñada en 1947, que se usa en más de 80 países, entre ellos China, Irak y países árabes. Colombia, por supuesto, no es la excepción. Es el fusil predilecto de las disidencias de la guerrilla, que buscan material de guerra de largo alcance, con mucha maniobrabilidad, gran resistencia, facilidad en el manejo y gran exactitud. 

Fusiles R-15. M-16. M-4 y M-60: los usan especialmente los grupos al margen de la ley que se dedican al cambio de droga por armas. Los cabecillas poseen también sofisticadas pistolas.

Según las Fuerzas Militares y la Policía Nacional, en territorio colombiano se han incautado en los últimos años todo tipo de armas, especialmente fusiles de asalto, escopetas, morteros, ametralladoras, subametralladoras, pistolas y hasta lanzacohetes tierra-aire. Según las autoridades, en 2016 se decomisaron en Colombia más de 25.000 armas de fuego de largo y corto alcance. 

La DIJIN sostiene que las armas ilegales decomisadas provienen de Venezuela, Chile, Ecuador, Rumania, Sudáfrica, Egipto, Israel, Polonia, Hungría, República Checa, Bélgica, Bulgaria, Rusia, Corea del Norte, Alemania, China, Estados Unidos y Colombia. Sin embargo, según explicaron fuentes de este organismo de seguridad, “cabe la posibilidad de que, en las incautaciones reportadas, las armas de fuego procedentes de esos países hayan ingresado legalmente a Colombia pero que, una vez en territorio nacional, hayan sufrido procesos de hurto o pérdida, o que hayan sido adquiridas legalmente en Estados Unidos y que el tráfico haya tenido lugar desde ese país hacia Colombia, a pesar de los exigentes controles estatales”.

Para las agencias de seguridad del Estado, las Fuerzas Militares y la Policía Nacional, la adquisición permanente de material de guerra sofisticado por parte de los grupos armados organizados no solo les permite fortalecer su poder de acción e intimidación, sino expandir su radio de acción. Dichos organismos explican que, para lograr el ingreso de material de guerra ilegal al país, las organizaciones criminales y al margen de la ley acuden a diferentes fuentes y proveedores. 

Colombia: alto grado de vulnerabilidad 

Según las autoridades, Colombia es uno de los países más vulnerables para el comercio de armas ilegales por su ubicación y fácil acceso y porque las redes criminales aprovechan los océanos Atlántico y Pacífico, los ríos y la extensa zona fronteriza terrestre con Panamá, Ecuador, Perú, Brasil y Venezuela. Los actores ilegales se han convertido en expertos en navegación fluvial y comunicaciones terrestres.

Las rutas: un informe de la Oficina contra la Droga y el Delito de las Naciones Unidas (UNODC) registra las rutas establecidas para el ingreso y la salida de material de guerra. Este llega directamente a grupos armados organizados en Colombia que se valen de vías internacionales para inundar con armas ilegales sus áreas de influencia. 

Medios de transporte: los traficantes usan todos los medios posibles para entregar sus armas al mejor postor. Para ello “contaminan” barcos que llegan a los puertos del Pacífico y el Atlántico y utilizan sus amplios conocimientos de los ríos y las selvas. También emplean aeronaves para lanzar desde el aire los cargamentos, o aterrizar en pistas clandestinas para entregar sus encomiendas. 

Contactos internacionales: de acuerdo a informes de los servicios de inteligencia colombianos, los grupos armados organizados y sus redes de apoyo o suministro contactan a traficantes internacionales de armas, especialmente en Panamá, Nicaragua, Honduras, El Salvador y, en menor medida, Costa Rica. 

Un bazar bélico: las redes de traficantes internacionales de armas son clave para el abastecimiento de sofisticado material de guerra de países de Europa Oriental y Asia Central, antiguos integrantes de la extinta Unión Soviética, que cuentan con una enorme infraestructura para producir todo tipo de material bélico, explosivos y municiones que exceden sus necesidades de defensa y seguridad nacional. 

Correo certificado: la nueva modalidad

Hoy, en Colombia, la Fiscalía General de la Nación, la Armada, el Ejército y la Fuerza Aérea hacen enormes esfuerzos para combatir el tráfico de armas con equipos de última tecnología en puertos, aeropuertos y terminales de transporte terrestre. Sin embargo, recientes hallazgos muestran que las redes de traficantes de armas ya van un paso por delante: han construido una nueva y sofisticada estrategia, a través de los servicios de correo certificado, para el ingreso a Colombia de fusiles de asalto procedentes de Estados Unidos. 

Los traficantes acuden al servicio teniendo en cuenta que, solo en el aeropuerto de Bogotá, se registra un promedio de 5.000 encomiendas al día. Una vez los delincuentes adquieren un fusil R-15 en suelo norteamericano, por ejemplo, lo desarman y camuflan las piezas en computadores, electrodomésticos y otros productos. Una vez ingresan las partes del fusil al país, vuelven a armarlo y de inmediato puede alcanzar un precio de 220 millones de pesos, cuando el valor original en origen ronda el millón y medio de pesos.

Los scanners no logran muchas veces detectar las piezas sueltas que los traficantes pasan por los controles. La Fiscalía General de la Nación, la Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales  y la Policía afirman que solo expertos podrían hacerlo. El número de piezas de armas que, según la Policía Fiscal y Aduanera, fueron decomisadas solo en 2016 es de unas 5.000. Estos componentes habrían podido ensamblar unas 290 armas de alto poder. 

A las autoridades colombianas les preocupa también la producción de las llamadas armas hechizas, o caseras, un arsenal cada vez más sofisticado y de mayor poder.

Las organizaciones criminales cuentan también con talleres de mantenimiento operados por expertos en la materia.

Según los investigadores, otra necesidad de los grupos armados ilegales, la delincuencia y el narcotráfico es la de renovar su material de guerra, que se deteriora rápidamente por la falta de mantenimiento y por el clima de las zonas donde operan estas organizaciones.

Las armas después de las FARC

Las autoridades están preocupadas por el destino de las fábricas de armas que tenían las FARC antes de la firma del Acuerdo de Paz. Allí producían explosivos, granadas para mortero, bombas y partes para fusiles, escopetas y otro tipo de material bélico. Se especula que esas fábricas ahora podrían caer en el poder de los grupos disidentes.

About the author

Eduardo Carrillo Galvis tiene más de treinta años de experiencia en el periodismo. Ha desarrollado actividades de comunicación en las Fuerzas Armadas de Colombia.

Eduardo Carrillo Galvis has been a journalist for more than thirty years and has worked in communication with the Colombian Armed Forces. 


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