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Donald Trump: el hombre equivocado

El presidente electo Trump es todo incertidumbre. Europa y América Latina deben aprender a defender, por sí solas, los ideales republicanos de la revolución francesa, las libertades y el cosmopolitismo. Português English

El presidente electo Donald Trump habla durante el Chairman's Global Dinner, el martes 17 de enero de 2017, en Washington.AP/Evan Vucci. Todos los derechos reservados.

Donald Trump es el hombre equivocado. Por más que la responsabilidad nos llame a la calma, no podemos menos que reconocer que la situación es grave. Aunque suene grandilocuente decirlo, el orden liberal mundial, establecido tras la Segunda Guerra Mundial sobre la base de los principios de las Naciones Unidas y de la hegemonía americana, se tambalea. Ambos constituyen el pegamento que ha mantenido el orden internacional liberal en funcionamiento, y que ahora ha perdido su capacidad adherente y está en disolución. Ni Rusia ni China constituyen pegamento alguno sino más bien, por distintas razones, lo contrario.

Incertidumbre y debilitamiento

En el momento en que la globalización alcanza su madurez y reclama con urgencia el establecimiento o la consolidación de instituciones capaces de asegurar su gobernanza, su máximo promotor y garante plantea su desmantelamiento inmediato, y sustituir los tratados de libre comercio por un régimen de tarifas. La élite mundial, esos 3.000 hombres (y algunas mujeres, no muchas) que representan el 0,4% del 1% que acumula más riqueza que 99% restante –8 personas poseen más riqueza que el 50% más pobre de la humanidad, según el último informe de Oxfam—, se reúne esta semana en Davos bajo una única certeza compartida: la incertidumbre.

Los factores de esta intensa incertidumbre mundial son múltiples: cambio climático, crecimiento débil, empleo precario, desigualdad profunda, tecnología disruptiva, cyber-seguridad, terrorismo jihadista, desprestigio de la democracia, culpabilización de las élites, ataques al establishment, anti-política, populismo y, por supuesto, la pareja de moda: Brexit y Trump. Nadie predijo que la caída del orden anglosajón fuera a ser tan azarosa, ni que fuese a venir por implosión interna auto-infligida.

Más allá de los Estados Unidos, los dos grandes espacios de prosperidad y construcción de libertades en Occidente, como han sido Europa y América Latina, se debilitan. El proyecto europeo de paz y prosperidad, construido paso a paso durante 60 años sobre la base de la unificación económica y la desaparición de las fronteras internas, como paso previo a la unificación política, ya debilitado por la crisis --constitucional primero, económica y del Euro después -, y por la resistencia de los estados a ir más allá de la nación, ha sido finalmente traicionado por una mezcla tóxica de arrogancia, nacionalismo, y sentimiento de superioridad británicos. Theresa May, primera ministra, acaba de anunciar que, en vez de seguir disparándose al pie, quizás van a dispararse directamente en la cabeza. Brexit limpio, lo han llamado. Su ministro de finanzas incluso ha llegado a amenazar con convertir al Reino Unido en un paraíso fiscal, si Bruselas no les da lo que ellos quieren. Seguramente, la gravedad del Brexit se ha subestimado.

Nadie predijo que la caída del orden anglosajón fuera a ser tan caótica, ni que fuese a venir por implosión interna auto infligida.

Por su parte, las instituciones de la integración latinoamericana viven horas bajas. Colombia, Venezuela, Brasil, Argentina, concentrados en manejar sus respectivas transiciones y crisis internas, se miran al espejo. Y México, que no ha sido capaz de consolidar, durante los años de bonanza del NAFTA, el estado de derecho en su territorio, se ve ahora directamente amenazado por un vecino del norte agresivo, hostil, antiinmigrante, precisamente en el momento en que Peña Nieto, su presidente más débil, se debate entre la irresponsabilidad, y la irrelevancia.

Error de casting

La percepción más extendida sobre el Donald Trump candidato, confirmada desafortunadamente durante su turbulento periodo como presidente electo, es que su perfil no encaja con los mínimos requeridos para el cargo. Cualquiera que haya tenido responsabilidades en la gestión de organizaciones sabe que un error de casting en la dirección puede ser fatal y llevar, si fallan los estabilizadores, a la organización rápidamente a la ruina. Lo cierto es que Trump no hubiese superado ningún panel de selección profesional, puesto que no cumple con prácticamente ninguno de los requisitos necesarios para el cargo. 

¿Tiene experiencia de gobierno? No, ninguna. ¿Es paciente? No, tiene un carácter impulsivo y arrollador. ¿Sabe escuchar? No, no escucha lo que no le gusta escuchar. ¿Es reflexivo, es comprensivo? No, sino que tiende a prescindir de los colaboradores que le lleven la contraria: desde los tiempos de su exitoso papel en el reality-show “The Apprentice”, “estás despedido” es su frase favorita. ¿Trabaja para la inclusión, respeta la diversidad?  No, sino que es un misógino, y ataca a los musulmanes, o a los mexicanos, a los que tilda de “bad hombres”. ¿Respeta a las instituciones de control de la democracia y a la prensa libre, en primer lugar? No, en absoluto, sino que tiende a descalificarla. En su última –y única rueda de prensa en los últimos 6 meses— le negó la palabra a la CNN, llamándola “fake news”, y tildó a Buzzfeed de “montón de porquería”.

De Trump preocupa que confunda el gobierno con los negocios, y que aplique una lógica de juego de suma cero, o el hábito de cerrar tratos con un apretón de manos, sin  apenas haberse leído el contrato. El número de causas judiciales por negocios dudosos que acumula no augura nada bueno (los 25 millones de dólares que ha pactado para saldar el fraude de la Trump University demuestran hasta qué punto esto es así). Desprecia a los políticos profesionales, a los que considera gente proclive a negocios ruinosos, que ha llevado a los Estados Unidos a estar pagando sumas ingentes por cosas que no valen la pena, como Obamacare, o la Alianza Atlántica. Se presenta como alguien que sabrá ahorrar, tanto en el nivel doméstico, como en lo internacional, y dice de sí mismo que será “el mayor productor de puestos de trabajo que Dios haya creado” (sic.).

De él dicen que no se lee los informes, que presenta déficits de atención, que se impacienta muy rápidamente, que solo se guía por la intuición, y que improvisa constantemente. ¿Cómo gestionará su primera gran crisis? ¿Cómo afectará su evidente conflicto de intereses? ¿Hasta dónde llega el kompromat en manos rusas? Demasiadas incógnitas, demasiada incertidumbre.

La hora de gobernar

Nunca nadie con un perfil tan inadecuado ha llegado tan arriba. Gobernar en democracia significa casi todo lo contrario: confiar en el equipo, escuchar, leer informes, contrastar opiniones, ceder, alcanzar compromisos, evitar conflictos y tener siempre presente el interés general, por encima de los intereses particulares (o familiares, en su caso). Hacer lo contrario es autoritarismo. Pero Trump: ¿sabrá gobernar? ¿Evitará el nepotismo? ¿Cuánto durará en el cargo?

La administración Trump promete ser el mayor stress-test al que se haya sometido nunca la democracia americana. Muchos confían en que las instituciones de la democracia aguanten la embestida y en que, una vez llegue a Washington, el inmenso poder institucional del establishment se acabará imponiendo al poder personal del presidente, y lo moderará, tanto en las formas, como en el fondo. Washington no es Nueva York, y las cosas se ven necesariamente distintas desde la Casa Blanca que desde la Torre Trump.  

La administración Trump promete ser el mayor stress-test al que se haya sometido nunca la democracia americana. 

Los estabilizadores deberán funcionar. La mayoría absoluta que ahora ostenta el partido republicano en el congreso y en el senado puede ser un factor de gobernabilidad, por lo menos hasta las elecciones de mitad de mandato, dentro de dos años. Confiemos en que por entonces, la empinada curva de aprendizaje político del presidente más novato de la historia haya culminado, y tengamos a un Donald Trump templado, gubernamental. Hasta que no empiece a gobernar, le queda un resquicio al beneficio de la duda. Al fin y al cabo, lo que expresa hasta ahora en sus Tweets compulsivos son sus opiniones personales, pero no sus políticas. Cuanto antes se dé cuenta de que no puede gobernar con mensajes de 140 caracteres, mejor. ¿Quizás Trump acabe convertido en un presidente popular y bien valorado? ¿Cabalgará sobre una burbuja de crecimiento económico basada en la inversión en infraestructura y el proteccionismo comercial? Algunos quieren creerlo, aunque se teman que, como les dirá cualquier jefe de recursos humanos, el comportamiento pasado es lo que mejor anticipa el comportamiento futuro. 

Sea como sea, pasados los fastos y el show de la jura del cargo, incluido el “primer baile” –veremos ahí al Donald Trump más narcisista, pagado de sí mismo, entusiasmado por protagonizar el mejor reality-show jamás imaginado— habrá llegado la hora de gobernar.

Responsabilidad europea y latinoamericana

Pero la insólita elección de Trump abre tantos interrogantes, y tan serios, y ha llenado de tanta incertidumbre a tantas las cancillerías, empezando por las latinoamericanas y las europeas, que la ansiedad es manifiesta. Todo el mundo debe prepararse para vivir grandes sobresaltos. ¿Es quizás la ocasión para fortalecerse internamente? ¿Es el momento de reflotar la Unión Europea, dejarse de nacionalismos y asumir con valentía un futuro común y sin tutelas? ¿Es el momento de que Latinoamérica de un paso más en la consolidación de sus democracias y culmine sus transiciones con éxito? Tarea difícil, dadas las divisiones y rivalidades internas en ambos continentes. Pero, ante el ensimismamiento americano, ya no hay excusas para no asumir la responsabilidad de ser libres.

¿Es el momento de que Latinoamérica de un paso más en la consolidación de sus democracias y culmine sus transiciones con éxito?

Hoy sabemos que el fin de la historia augurado por Francis Fukuyama fue un espejismo. Lo confirma Donald Trump, el hombre equivocado. Ojalá no sea otra cosa que un accidente de la historia. Pero los años 30 del siglo pasado no se pueden repetir. En estos momentos históricos, Europa y América Latina deben saber buscar aliados dentro de los Estados Unidos –hay una enorme oposición interna— y no abandonar a la América liberal a su suerte. Pero también deben aprender a defender, por sí solos, sin descargar la responsabilidad en el Tío Sam, los ideales republicanos de la revolución francesa, las sociedades abiertas, las libertades, el cosmopolitismo. Esos valores hoy son percibidos por muchos como "blandos", de estar al servicio de la elite, del establishment que desprecia a las clases desfavorecidas por la globalización. Sólo si logramos defender un orden liberal y de aspiración democrática, aun con todas sus contradicciones, cuando despierte de su pesadilla, el amigo americano nos lo agradecerá. 

About the author

Francesc Badia i Dalmases is Editor of DemocraciaAbierta. Francesc is an international affairs expert, author and political analyst. His most recent book, "Order and disorder in the 21st century", has been published in 2016. He Tweets @fbadiad 

Francesc Badia i Dalmases es Director   y editor de DemocraciaAbierta.    Ensayista y analista político, es experto en asuntos internacionales.  Su libro más reciente, "Orden y desorden en el siglo XXI", ha sido publicado en 2016. Twitter @fbadiad


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