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Una historia de neófitos italianos y de constructores españoles

Lo que sucede en estos dos países es importante y merece mucha más atención que la que se le presta habitualmente. Es hora de reevaluar las fuerzas que están en juego en Europa. English

Matteo Salvini, Viceprimer ministro de Italia y Ministro del Interior se hace una selfie con un seguidor en Orbassano, cerca de Turín, el 15 de junio de 2018. NurPhoto/ Press Association. Todos los derechos reservados.

Italia y España cuentan con nuevos gobiernos. No son muchos los que le han prestado atención, excepto aquellos a los que les gusta informar sobre el supuesto “color” de la política italiana o sobre el (buen) fútbol que suele verse en España.

A los políticos italianos, parafraseando al escritor de la Resistencia Beppe Fenoglio, se les podría calificar de "neófitos en salvaje desfile", pero la cuestión tiene mucha más enjundia.

La suma del PIB de Italia y España supera al PIB de la India y es algo inferior al de Alemania; los dos países tienen cuatro bancos entre los 50 mayores del mundo, cuando Alemania solo tiene uno (el Deutsche Bank). En otras palabras, llamar a Italia y España la "periferia de la UE" es algo francamente muy poco ecuánime, incluso en términos estrictamente cuantitativos.

Lo que sucede en ambos países importa y merece mucha más atención. Es hora de reevaluar las fuerzas en juego en Europa y reclamar una unión más igualitaria, especialmente en la zona euro.

Legitimidad electoral

A pesar de todas sus limitaciones, el insólito gobierno de coalición “amarillo-verde” en Italia es el reflejo de las opciones de un gran número de ciudadanos.

Y esto, por primera vez desde que, a finales de 2011, un gobierno totalmente tecnocrático de expertos no elegidos, dirigido por Mario Monti, fue catapultado a la política por el presidente Napolitano a resultas de problemas urgentes de deuda pública.

No olvidemos que, desde el final de la Guerra Fría, Italia ha tenido ya otros gobiernos "tecnocráticos" (Ciampi y Dini en la década de 1990), algunos gobiernos dirigidos por académicos con cierta experiencia partidista (Amato y Prodi en las décadas de 1990 y 2000) y solo dos dirigidos por políticos profesionales (D'Alema en 1998-2000 y, más recientemente, Renzi) que fueron Primeros Ministros sin ganar elecciones. Además de todo lo anterior, ha habido el “caso Berlusconi”.

Por lo tanto, es justo decir que al menos el inexperto gobierno Conte-Di Maio-Salvini tiene cierta legitimidad electoral (la Liga y el Movimiento Cinco Estrellas recibieron, en conjunto, cerca de 16 millones de votos para la Cámara y algo menos para el Senado).

Lo que estamos presenciando en Europa y Occidente es más bien el ascenso de grupos nacionalistas que a menudo aúnan fuerzas con expertos (o "tecnócratas"), lo que da lugar a insólitas mezclas "tecno-pop".

Esta legitimidad es la que un Presidente con tanta experiencia como Sergio Mattarella ignoró por completo al vetar el nombramiento de Paolo Savona como Secretario de Economía, para luego tener que aceptarle unos días más tarde desempeñando un cargo menos importante (Secretario de Asuntos Europeos).

Mattarella consideró que el nombramiento de Savona era arriesgado debido a sus supuestas ideas "euroescépticas".

Para ser justos, Paolo Savona, reconocido profesor de económicas y experto en relaciones monetarias internacionales, no es ni "antieuropeo" ni "euroescéptico": es bastante crítico, eso sí, con la actual Unión Monetaria Europea que, desde su punto de vista, le puede fallar a algunos países o hasta dañarles, especialmente en Europa del este y del sur.

De hecho, es difícil no estar de acuerdo con él en esto. Más aún, ¿por qué razón se vetó el nombramiento de Savona? ¿Fue por "miedo a los mercados"? De ser esto así, ¿en qué queda la democracia?

Una mezcla tecno-pop

Tras un larguísimo periodo de gestación, tenemos un nuevo gobierno en Italia que incluye una curiosa mezcla de "populistas", "tecnócratas" (entre ellos el Primer Ministro y los Secretarios de Economía y Asuntos Exteriores) y "nacionalistas" (mayormente de la Liga). "Populismo" se ha convertido en una expresión que sirve para todo y que cada vez explica menos.

Lo que estamos presenciando en Europa y Occidente es más bien el ascenso de grupos nacionalistas (el "alt-right" de Trump, el UKIP en el Reino Unido, el Frente Nacional en Francia, la Fidesz en Hungría, el partido Ley y Justicia en Polonia) que a menudo aúnan fuerzas con expertos (o "tecnócratas"), lo que da lugar a insólitas mezclas "tecno-pop".

Por ejemplo, en el actual gobierno Orban en Hungría hay seis ministros independientes, en su mayoría economistas y juristas y hasta un general, a cargo de Defensa.

No es para nada un fenómeno nuevo: es el reflejo de intentar combinar nacionalismo y desarrollo económico, para satisfacer retóricamente al "pueblo" descontento y domesticar a los mercados internacionales con una conducción "experta" de la economía y a veces también de los asuntos exteriores.

¿Puede funcionar esto? Países como Hungría, Polonia y la República Checa están registrando en estos momentos un crecimiento económico bastante pujante, pero se debe principalmente a la inversión extranjera directa y solo tras pasar por un profundo colapso económico en la década de 1990. ¿Está yendo Italia por el mismo camino?

Sin negar los problemas de deuda pública y corrupción que tiene Italia y la "resaca" de la propiedad que acarrea España, la UE tiene claras responsabilidades en los problemas económicos de ambos países.

El caso de España es muy distinto. La economía española vuelve a crecer desde 2015. Y su estancamiento institucional se ha resuelto por la vía rápida: el socialista Pedro Sánchez se convirtió en presidente apenas dos días después de que su predecesor, Mariano Rajoy, perdiera un voto de confianza en el Parlamento.

España tiene un sistema político eficiente, porque las mociones de confianza deben incluir el nombre de un nuevo presidente. España es una democracia más nueva y "fresca", nacida a fines de la década de 1970 y, por lo general, acostumbrada a una alternancia izquierda/derecha.

El "populismo" español ha echado raíces principalmente en la izquierda - piénsese en Podemos. Aunque los gobiernos españoles han incluido a menudo expertos independientes (la cartera de Economía en el gobierno actual está en manos de una ex funcionaria de la Comisión de la UE, Nadia Calviño), no ha habido nunca ejecutivos "técnicos".

Dicho esto, la política española está plagada de problemas regionales (Cataluña es el ejemplo por antonomasia) y la economía española sigue presentando varios motivos de preocupación.

Al fin y al cabo, el auge anterior a 2008 se debió principalmente a una "burbuja” financiera y de la construcción que llevó a que se construyeran en España unos 5 millones de nuevas viviendas y dejó el país salpicado de aeropuertos, estaciones de ferrocarril e incluso ciudades fantasma.

La actual recuperación económica, aunque se basa en parte en sectores más “sólidos”, de nuevo tiene mucho que ver con las finanzas y la vivienda, a su vez vinculada al turismo.

Europa del sur

Las estructuras económicas de Italia son muy distintas. Se basan en un sector manufacturero tradicionalmente fuerte y orientado a la exportación.

Las economías y los sistemas políticos de los dos países tienen más diferencias que similitudes, y colocarlos en el mismo “cesto” (o “periferia”) del sur de Europa es, en cierto modo, engañoso.

Sin negar los problemas de deuda pública y corrupción que tiene Italia y la "resaca" de la propiedad que acarrea España, la UE tiene claras responsabilidades en los problemas económicos de ambos países.

Según los parámetros de Maastricht, Italia y España, cuyas economías están habituadas a un nivel de intervención estatal más fuerte, corren el riesgo de verse marginadas en el futuro, como le sucedió a Europa del este con las políticas de austeridad neoliberales de los años noventa.

Es más, una Europa democrática no puede permitirse un futuro de nacionalismo populista combinado con tecnocracia – que es, al fin y al cabo, una máscara para encubrir la política neoliberal dictada por la UE o las élites lideradas por la UE, como bien saben los italianos tras sufrir las severas medidas de austeridad de Amato en 1992. Europa se merece algo mejor que esto.


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