Print Friendly and PDF
only search openDemocracy.net

El "Efecto Bolsonaro"

Parece una broma de mal gusto, pero los brasileños están a punto de elegir a un presidente de extrema derecha: Jair Messías Bolsonaro. English Português

Tras ganar la primera vuelta el 7 de octubre, el candidato Jair Messias Bolsonaro (del Partido Social Liberal) encabeza ahora la intención de voto para la segunda vuelta: 58%.

Es difícil subestimar lo que esto significa para las fuerzas progresistas en Brasil. Más que ser una figura controvertida, Bolsonaro se ha hecho famoso por expresar puntos de vista abiertamente homófobos, claramente misóginos, desvergonzadamente racistas e histéricamente anticomunistas. Representa el rostro más feo y violento de la extrema derecha al alza actualmente en todo el mundo.

Ex oficial del ejército, Bolsonaro ha sido una figura marginal de la política brasileña durante buena parte de sus 27 años como congresista.

Bolsonaro se presenta hoy como el mesías de lo que muchos llaman “contraofensiva conservadora en construcción” tras décadas de gobiernos de izquierda.

Su notoriedad ha experimentado un aumento estratosférico sólo en fechas muy recientes. Se presenta hoy como el mesías de lo que muchos llaman “contraofensiva conservadora en construcción” tras décadas de gobiernos de izquierda.

Su retórica radicalmente anti-izquierdista (acusa a los progresistas de corromper la democracia brasileña) y su agenda ultraliberal (en defensa de la propiedad privada y de un Estado mínimo) parece tener un atractivo especial para los que "nunca se han quedado atrás": hombres de clase media, con estudios, que vieron peligrar relativamente sus privilegios por los avances redistributivos que se dieron durante los mandatos del Partido de los Trabajadores (PT).

A pesar de su larga carrera política, Bolsonaro ha logrado hacerse con una imagen de "foráneo" capaz de limpiar la polis brasileña de impurezas (desde el crimen y la corrupción hasta el bolivarismo y la "ideología de género").

El “Efecto Bolsonaro” plantea, desde ya, serias dudas acerca de la relación entre violencia y democracia en Brasil.

Visto al principio por muchos como una especie de chiste, Bolsonaro se convirtió en un serio contendiente cuando Lula da Silva (el líder histórico del PT) fue encarcelado y luego expulsado de la campaña presidencial acusado – discutiblemente - de corrupción.

A día de hoy, el líder de la extrema derecha da señales cada vez más nítidos de que podría, contra todo pronóstico y en contra de todo sentido, convertirse en el próximo presidente de Brasil.

Sean cuales sean los resultados del próximo 28 de octubre, el “Efecto Bolsonaro” plantea, desde ya, serias dudas acerca de la relación entre violencia y democracia en Brasil.

En primer lugar, el coqueteo constante de Bolsonaro con ideas y conductas violentas es simple y llanamente incompatible con los principios básicos de la democracia. El candidato favorito en las encuestas ha expresado en más de una ocasión opiniones políticas abyectas sobre los derechos de las minorías.

Ha condonado la violación, ha declarado que los afrodescendientes son todos unos inútiles y ha confesado que preferiría ver muerto a uno de sus hijos antes que en los brazos de otro hombre.

Las ideas de Bolsonaro sobre seguridad pública (y especialmente sobre la violencia ejercida por el Estado) son, en el mejor de los casos, pedestres y, en el peor, aterradoras.

Defensor a ultranza de una legislación permisiva para la posesión de armas cortas, Bolsonaro cree que un oficial de policía que no mate, no se merece el uniforme que lleva. Apologista de la dictadura cívico-militar (1964-1985), ha expresado repetidamente su admiración por los ex terroristas de Estado y los agentes de la policía política.

Las ideas de Bolsonaro sobre seguridad pública (y especialmente sobre la violencia ejercida por el Estado) son, en el mejor de los casos, pedestres y, en el peor, aterradoras.

En su opinión, el hecho de que los disidentes políticos fuesen sistemáticamente torturados durante la dictadura no es problema: el verdadero problema es que algunos de ellos sobrevivieron.

Brasil ya tiene unos niveles de violencia inaceptables. El año pasado, murieron asesinadas más de 60.000 personas. Entre 2003 y 2011, el número de homicidios en Brasil (449.985) superó con mucho las bajas de la Guerra de Irak (251.000).

Estos elevados niveles de violencia afectan la seguridad de políticos y de líderes de movimientos sociales.

Este año, el asesinato de Marielle Franco - concejala socialista (del Partido de la Libertad), activista de los derechos LGBT y negra – a manos de individuos no identificados en Río de Janeiro, provocó indignación y conmoción en todo el mundo. No es exagerado decir que involucrarse en política puede considerarse una actividad de alto riesgo en Brasil.

Solo en los últimos cinco años, al menos 194 personas fueron asesinadas por motivos políticos. Si retrocedemos en el tiempo, a partir de 1979 (cuando Brasil daba los primeros pasos de la transición de una dictadura cívico-militar a una democracia liberal), los casos documentados se elevan a 1.345.

Preocupa, y mucho, la posibilidad de que el "Efecto Bolsonaro" conduzca el país a un escenario todavía más sombrío, en el que se disuelvan los vínculos de convivencia republicanos.

Incluso en un contexto como éste, marcado por la violencia, no pueden descartarse, honestamente y por responsabilidad, los riesgos que conlleva la estrategia de Bolsonaro de seguir alentando la violencia.

Preocupa, y mucho, la posibilidad de que el "Efecto Bolsonaro" conduzca el país a un escenario todavía más sombrío, en el que se disuelvan los vínculos de convivencia republicanos.

Hasta la fecha, Bolsonaro ha hecho muy poco para disipar este riesgo. Por el contrario, con su desprecio característico por la civilidad, el líder de la extrema derecha sugirió en broma en un mítin que "habría que asesinar a los partidarios del Partido de los Trabajadores".

Para empeorar todavía más las cosas, unos días después de hacer este comentario, Bolsonaro fue él mismo víctima de un intento fallido de asesinato. Un miembro del público apuñaló al candidato durante un mítin en la ciudad de Juiz de Fora, en el estado de Minas Gerais.

De modo similar a lo que sucedió en Gran Bretaña tras el referéndum del Brexit, se denunciaron en las redes sociales una serie de incidentes violentos protagonizados por partidarios de la extrema derecha tras la contundente victoria de Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones: desde agresiones verbales (incluidos cánticos de que Bolsonaro condenará a muerte las personas LGBT) y palizas, hasta episodios francamente horripilantes.

Cabe destacar dos casos: el de unos partidarios de la extrema derecha que gravaron a punta de cuchillo una esvástica en las carnes de un activista antifascista y el asesinato de  un instructor de capoeira que recibió 12 puñaladas por votar al candidato del PT.

Brasil ya no era ningún paraíso antes de ser presa del Efecto Bolsonaro, pero ahora existe el temor fundado a que la situación empeore notablemente.

El tema de la violencia política

El respaldo de Bolsonaro a la violencia política ha logrado incluso asustar a los medios liberales fervientemente anti-izquierdistas. Sugerir el asesinato de líderes políticos y desestimar las amenazas de muerte a defensores de causas específicas plantea obviamente el tema de un tipo de violencia que es inherentemente política (podríamos añadir aquí el terrorismo, se defina como se defina, pero no compliquemos más las cosas).

La relación es evidente: “violencia política” se refiere al uso instrumental (en cualquier forma) de la violencia para conseguir un objetivo político determinado o, en este caso, para evitar que otros lo consigan.

Si el candidato de la extrema derecha acaba ganando las elecciones, es probable que el tema de la violencia política vuelva a estar en los titulares en Brasil.

Pero temer a Bolsonaro por no reprochar la violencia política tiene ciertas limitaciones. En teoría, “violencia política” funciona bien como concepto: es claro, fácil de entender y ofrece una descripción inmediata de qué actos no deben tolerarse en democracia (como por ejemplo asesinar a los que no están de acuerdo con uno).

Pero en la práctica las cosas siempre son algo más complicadas. Para hablar de "violencia política" se necesitan definiciones claras de lo que son “política” y “violencia”.

Es decir, para poder calificar un acto como tal, hay que hacer distinciones incómodas, y muchas veces inútiles, entre qué motivos son y no son políticos y, lo que es peor, qué acciones encajan o no encajan en la categoría de violentas.

Hay también otras complicaciones. El concepto de violencia política remite a la tradición liberal de querer hallar culpables de hechos cuya cadena de responsabilidad es compleja, y de querer distinguir con claridad entre quienes cometen actos violentos y quienes son las víctimas. En la práctica, las cosas no son nunca tan simples.

En realidad, el concepto de violencia política da pie a una serie de distinciones arbitrarias que terminan ocultando las formas en que la violencia está incrustada en nuestras sociedades modernas.

Un par de ejemplos para aclarar el problema. Muchas veces, los homicidios relacionados con las drogas no son tratados como violencia política (por la ausencia de un motivo "político" claro), a pesar de que está claro el efecto que determinadas políticas tienen sobre ellos (desde la represión policial hasta la criminalización de las drogas).

De modo análogo, el asesinato de ex parejas "adúlteras" (sic), un crimen que afecta desproporcionadamente a ex esposas o ex novias, suele tratarse como un crimen personal/pasional y no como un crimen político, aunque las feministas no se cansen de recordar que lo personal es profundamente político.

¿Por qué las muertes causadas por la austeridad y los recortes al estado del bienestar no se consideran violencia política? ¿No es morir una forma de violencia?

Podríamos seguir. ¿Por qué las muertes causadas por la austeridad y los recortes al estado del bienestar no se consideran violencia política? ¿No es morir una forma de violencia? ¿No son políticas las opciones de política fiscal? Hay una lista interminable de ejemplos de casos reales en los que una distinción rigurosa y honesta entre lo que constituye violencia política y lo que no, es casi imposible.

En otras palabras: la violencia siempre obedece a cierta política, incluso cuando su motivación no se considera propiamente política.

Estructurar la violencia

Una manera mucho más útil de ver la relación entre violencia y democracia en el Brasil contemporáneo es evitar poner excesivamente el foco en la cuestión de la violencia política (aunque es obviamente importante) y tratar de analizar el Efecto Bolsonaro a través de un enfoque más holístico y sistémico.

Esto implica entender que la relación entre violencia y política es muy profunda y que, por desgracia, está muy sedimentada en el tejido de la democracia brasileña. Los movimientos que normalizan o que abogan por la violencia surgen siempre en contextos históricos y sociales determinados y responden a las circunstancias tanto como las circunstancias favorecen su proceder.

Los intentos de entender la violencia desde una perspectiva holística y sistémica han caracterizado desde hace tiempo el campo de los estudios sobre la violencia.

El racismo institucional que sigue imperando en el mundo, y particularmente en Brasil, es violencia ya que impide que las personas de color puedan hacer efectiva la promesa liberal de la igualdad de trato.

Algunos, como el erudito noruego Johan Galtung, han argumentado que la violencia también tiene una faceta estructural, consistente en una serie de impedimentos para la realización plena del potencial humano de las personas.

En este sentido, el racismo institucional que sigue imperando en el mundo, y particularmente en Brasil, es violencia ya que impide que las personas de color puedan hacer efectiva la promesa liberal de la igualdad de trato.

Podríamos decir también, tomando prestada la tesis de Amartya Sen, que las características del subdesarrollo socioeconómico (como la falta de acceso a la educación, la sanidad y la vivienda) son asimismo formas de violencia estructural.

Sin duda, Brasil cuenta con uno de los niveles de desigualdad más altos del mundo, con más de la mitad de la población adulta sin educación básica y con el 61% de la población sin acceso a servicios sanitarios gestionados de manera segura.

Pero como sugiere la tradición marxista, la violencia no solo es estructural sino que es también un factor estructurante de las sociedades capitalistas modernas.

No es exagerado decir que la historia de Brasil es la historia de cómo se ha hecho cumplir de manera brutal la obligación a trabajar a través de la desposesión de los derechos más básicos.

Es decir, los impedimentos para la plena realización del potencial de las personas no son simplemente barreras que pueden levantarse mediante el desarrollo económico y el fortalecimiento de las instituciones.

Estos violentos impedimentos para la plena realización del potencial humano (exclusión, explotación y represión) son mecanismos que durante mucho tiempo han desempeñado una función crucial en el proceso de acumulación de capital.

Según esta corriente de pensamiento, la exclusión de grandes porciones de la población mundial de las promesas del liberalismo no es un fallo, sino una condición necesaria para el buen funcionamiento de las formas en que producimos y distribuimos la riqueza. Así de simple: sin desposesión no hay incentivo al trabajo.

Sin incentivo al trabajo, no hay trabajadores. Y sin trabajadores, no hay industria. La consecuencia es que, para producir a un ritmo cada vez mayor, las sociedades capitalistas tienen que reproducir constantemente cierto nivel de inseguridad (miedo al desempleo, miedo al endeudamiento creciente, miedo a la fuga de capitales, etc.).

No es exagerado decir que la historia de Brasil es la historia de cómo se ha hecho cumplir de manera brutal la obligación a trabajar a través de la desposesión de los derechos más básicos.

En ningún momento se hizo más clara la conexión entre acumulación, violencia e inseguridad que durante la dictadura a la que tanto ama Bolsonaro.

Desde los días de la esclavitud colonial, las autoridades locales se han esforzado por asegurar altos rendimientos de las inversiones generando un estado de inseguridad social generalizada. En ningún momento se hizo más clara la conexión entre acumulación, violencia e inseguridad que durante la dictadura a la que tanto ama Bolsonaro (1964-1985).

Apoyado generosamente por las empresas, el régimen autoritario liberalizó los flujos de capital, reprimió violentamente las huelgas y redujo sistemáticamente los salarios reales.

Lo triste es que, mientras que la transición a la democracia (1985-1988) logró democratizar la esfera política, la economía brasileña continuó vinculada a los dictados autoritarios del neoliberalismo.

La Nueva República democrática (1988-?) se ha caracterizado por el predominio indiscutible de las políticas de austeridad (arrastrando incluso al Partido de los Trabajadores a su terreno), unos niveles fluctuantes de informalidad en la contratación laboral y el desempleo, el chantaje del miedo a las fugas de capital y la decisión de priorizar las políticas de “orden público” por encima de la protección de los derechos humanos.

Algunos de estos elementos se han mitigado tras décadas de gobiernos de izquierda, pero quizás demasiado poco y demasiado tarde. De hecho, décadas de inseguridad violenta han creado una atmósfera en la que la vida misma se considera desechable.

El desprecio por la vida que define al Efecto Bolsonaro no es más que la expresión más reciente y extrema del desprecio general por la vida que caracteriza el Brasil contemporáneo.

La violencia y el fracaso de la democracia

Sea cual sea la manera como entendamos la violencia, hay un hecho indiscutible: la violencia siempre es mala para la democracia. El efecto inmediato de los actos violentos puede resultar catastrófico para la vida política.

Como dijo brillantemente Hannah Arendt, la violencia política es impredecible, ya que puede destruir las promesas fundamentales de la vida colectiva. Los sectores liberales ven que esta violencia constituye el peligro inminente que plantea el Efecto Bolsonaro: el peligro del autoritarismo y la radicalización.

La democracia brasileña ya está bajo el efecto de los golpes que le ha propinado desde dentro la amenaza silenciosa e invisible de las formas estructurantes de violencia (como la explotación y la exclusión).

Pero no podemos olvidar que la democracia brasileña ya está bajo el efecto de los golpes que le ha propinado desde dentro la amenaza silenciosa e invisible de las formas estructurantes de violencia (como la explotación y la exclusión).

Cuando esta violencia invisible no se atiende durante demasiado tiempo, como en el caso de Brasil, no es de extrañar que la sociedad se convierta en un terreno fértil para el autoritarismo del que hacen gala Bolsonaro y los suyos.

Pero no todo está perdido. Todavía existe la posibilidad, pequeña pero real, de que Fernando Haddad (del PT) pueda ganar la segunda vuelta.

Sería éste un primer paso vital en la lucha por detener el ascenso de la extrema derecha. Pero incluso en el mejor de los casos, el Efecto Bolsonaro no cejará a menos que se haga frente a las formas estructurales y estructurantes de la violencia en Brasil.

Este es el verdadero desafío al que se enfrenta la izquierda.

About the author

Dr Henrique Tavares Furtado completed his PhD in Politics from the University of Manchester in 2016, when he joined the Politics and IR programme at UWE. Prior to his appointment at UWE, he worked as a teaching assistant at Manchester University (2013-2015) and as part of the Distance Learning MA team at Leicester University (2015-2017).

Dr Henrique Tavares Furtado completó su doctorado en Política de la Universidad de Manchester en 2016 y en el mismo año empezó a trabajar para la University of the West of England como profesor. Anteriormente, había trabajado como profesor auxiliar en la Universidad de Manchester y como parte del equipo de enseñanza a distancia en la Universidad de Leicester. 


We encourage anyone to comment, please consult the
oD commenting guidelines if you have any questions.