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La muerte del periodista Vladimir Herzog y la democracia en Brasil

Tanto Jair Bolsonaro como su vicepresidente, Antônio Mourão, son ex militares. La situación en Brasil, inquietantemente, recuerda la de 1964. English

open Movements

The openMovements series invites leading social scientists to share their research results and perspectives on contemporary social struggles.

En el informe anual de Amnistía Internacional de 1978, que cubre el período comprendido entre el 1 de julio de 1977 y el 30 de junio de 1978, puede leerse lo siguiente: “En octubre de 1977, unos abogados de São Paulo intentaron reabrir la investigación oficial sobre la muerte del periodista Vladimir Herzog, que murió en las dependencias del Segundo Ejército en octubre de 1975, a los pocos minutos de ser arrestado”.

Herzog era periodista, dramaturgo, profesor universitario y miembro del entonces ilegal Partido Comunista Brasileño (PCB). A causa de su presunto activismo, agentes del ejército al servicio de la dictadura militar en el poder desde el golpe de estado de 1964, le convocaron para interrogarle acerca de su relación con el PCB.

La mañana del 25 de octubre de 1975, al día siguiente de haber recibido la citación, Herzog se personó en el Departamento de Operaciones de Información - Centro de Operaciones de Defensa Interna (DOI-Codi).

Según testimonio de otros detenidos que se hallaban en ese mismo lugar en aquel momento, sus interrogadores le golpearon duramente y le torturaron. Herzog murió antes de finalizar el día.

Su cuerpo fue hallado colgando con el cinturón de los barrotes de su celda. El Dr. Harry Shibata, que firmó el certificado de defunción, declaró que había muerto por suicidio. Pocos fueron los que en Brasil aceptaron esta versión de los hechos. 

El 31 de octubre de ese año, The New York Times publicó un editorial en el que decía: “Si aceptamos la absurda hipótesis de que el periodista se suicidó, también deberíamos saber por qué lo hizo. El suicidio no es el final del caso Herzog”.

Ya en noviembre de 1980, el médico que había firmado el certificado de defunción según el cual Herzog se había quitado la vida admitió que no había practicado ninguna autopsia y que ni tan solo había visto el cadáver.

A pesar de eso, pasaron otros 32 años antes de que su familia recibiera un nuevo certificado de defunción en el que, según el periódico Folha de São Paulo, se sugería que la muerte de Herzog fue "debida a torturas sufridas en las dependencias del DOI-Codi del Segundo Ejército en São Paulo". 

Se ha escrito muy poco en inglés sobre Vladimir (Vlado) Herzog. De niño, a principios de la década de 1940, cuando las atrocidades de los nazis se hacían cada vez más evidentes, había huido de Croacia con su familia hacia Brasil escapando de la persecución de que eran objeto los judíos.

Su muerte, junto con la del líder sindical Manoel Fiel Filho, ocurrida en circunstancias similares pocos meses después, dio lugar a protestas a nivel nacional e internacional contra la represión del régimen militar brasileño.

Se graduó en Filosofía en la Universidad de São Paulo en 1959 y ejerció luego con distinción como periodista y más tarde como editor en jefe, en prensa y televisión.

A principios de la década de 1970, se fue involucrando progresivamente con el movimiento de resistencia civil contra la dictadura militar. Fue entonces cuando ingresó en el PCB, en aquel momento ya ilegal.

Tras la muerte de Vladimir Herzog

Su muerte, junto con la del líder sindical Manoel Fiel Filho, ocurrida en circunstancias similares pocos meses después, dio lugar a protestas a nivel nacional e internacional contra la represión del régimen militar brasileño.

En el interior, hubo protestas protagonizadas por sus colegas y estudiantes de la Universidad de São Paulo que paralizaron la universidad.

Contraviniendo las órdenes del régimen militar, se celebró un acto religioso conmemorativo en la catedral de São Paulo que fue oficiado por Dom Paulo Evaristo Arns (arzobispo católico de Brasil), Henry Sobel (rabino principal de São Paulo) y Jamie Wright (ministro presbiteriano).

A pesar del poder represivo del régimen, la oleada de disidencia fue enorme. El filósofo francés Michel Foucault, que se encontraba realizando una gira de conferencias por Brasil en aquel momento, asistió al funeral y constató que era tal la multitud congregada, que la policía no supo cómo reaccionar.

Escribió: “Había policía armada rodeando la plaza y policías de paisano dentro de la iglesia. Se retiraron; no podían hacer nada contra aquello”.

La reacción ante la versión oficial de que Herzog se había suicidado se dejó sentir en muchos sectores de la sociedad y la cultura brasileños.

Las alusiones a los eventos que rodearon su muerte pasaron pronto a formar parte de la obra de activistas culturales como el artista conceptual Cildo Meireles, que incorporó la muerte de Herzog a su proyecto de intervenciones Insertions Into ideological Circuits.

Formaba parte de ese trabajo de Meireles la creación de billetes de banco falsos, pero de apariencia absolutamente creíble, que llevaban incorporado un mensaje político. Uno de estos mensajes, en un billete de un cruzeiro de 1976, era: ¿Quién mató a Herzog?

Contexto histórico

El golpe militar que tuvo lugar el 31 de marzo de 1964 depuso al gobierno constitucional de João Goulart, tras un período de inestabilidad política y económica.

Goulart se había esforzado por introducir una serie de reformas sociales cuyo objetivo era abordar las enormes desigualdades existentes en la sociedad brasileña, lo que provocó gran preocupación entre el empresariado, los grandes medios de comunicación, los terratenientes, la clase media acomodada y los elementos más conservadores de la Iglesia Católica.

Una creciente sensación de incertidumbre llevó a muchos integrantes de la burguesía brasileña a preocuparse por el rumbo político que estaba tomando el país – “su” país.

Estados Unidos, en un período en el que las relaciones entre la Unión Soviética y Occidente se encontraban en uno de sus puntos más álgidos, interpretaron la situación como de riesgo de invasión del comunismo de estilo soviético cerca de sus fronteras.

Muchos de los medios de comunicación estadounidenses publicaron editoriales sugiriendo que cabía considerar la posibilidad de un golpe como una acción democratizadora dentro de la región.

Muchos de los medios de comunicación estadounidenses publicaron editoriales sugiriendo que cabía considerar la posibilidad de un golpe como una acción democratizadora dentro de la región.

Las empresas extranjeras también percibieron que el establecimiento de un gobierno militar podía traer estabilidad a un país que consideraban problemático.

Con el golpe, empezaron a llegar a Brasil las inversiones de las multinacionales, lo que originó una burbuja - de corta duración - en la que la economía brasileña creció y aumentó el empleo.

Especialmente entre las clases más adineradas y socialmente favorecidas, empezó a cundir la sensación de que habían vuelto la ley y el orden al país. Pero esta ley y este orden eran a costa de la represión y la persecución de la disidencia, la coacción y la tortura por parte de la dictadura.

El apoyo de Ford y General Motors, entre otros, se utilizó para establecer la Operaçāo Bandeirantes (OBAN: también conocida como Operación Pioneer), cuyo objetivo declarado era garantizar la estabilidad; en realidad, sirvió para coordinar los esfuerzos del ejército para reprimir lo que se consideraba elementos subversivos en el seno de la sociedad brasileña.

Poco después del golpe de Estado, con el ejército controlando la situación, los medios de comunicación empezaron a notar el peso del régimen con la intimidación a periodistas y la censura de artículos en los que se exponían los excesos de la junta militar.

La represión de la información y la censura de qué y cómo se podía publicar y difundir representó un duro golpe a la libertad de prensa y su impacto fue profundo.

El historiador y sociólogo brasileño Clovis Moura escribía en 1979: "Es difícil hablar de casi cualquier cosa importante. El clima de terror cultural va creciendo; en cualquier momento, cualquier persona puede ser acusada, torturada o asesinada". Fue en este contexto que el DOI-Codi citó a Vlado Herzog para que diese cuenta de sus conexiones con el PCB.

El contexto actual

La muerte de Herzog a resultas de torturas administradas por una dictadura (militar) de extrema derecha tuvo lugar hace poco más de 43 años. ¿Qué tiene que ver eso con el Brasil de hoy?

A los pocos días del aniversario de su muerte, los brasileños elegían a Jair Bolsonaro como 38º Presidente de Brasil. En su campaña electoral, Bolsonaro habló muy poco de política económica.

Ha declarado abiertamente que no sabe mucho de economía y que no le importa demasiado. En cambio, su retórica se centró durante la campaña en la necesidad de controlar los delitos violentos y erradicar del sistema político de Brasil a la que da en llamar izquierda corrupta.

Aunque se puede cuestionar la manera en que se leen las estadísticas de homicidios, muchas de las informaciones que difunden los medios parecen confirmar que la tasa de homicidios en Brasil es una de las más altas de América del Sur.

Aunque está fuera de toda duda que Bolsonaro ha sido elegido democráticamente, no deja de ser igualmente cierto que también lo han sido otros que han procedido a establecer regímenes autoritarios y represivos.

Por otra parte, políticamente, la posición de Bolsonaro se ha visto respaldada por unos medios de comunicación audiovisuales y escritos que han articulado un estado de opinión según el cual los partidos de izquierda, como el Partido de los Trabajadores (PT), son los principales culpables de la corrupción que están revelando las investigaciones en curso de la Operación Lava Jato.

En una de sus primeras declaraciones tras las elecciones, Bolsonaro lanzó la idea de invitar al juez al mando de este caso (Sergio Moro) a formar parte de su gabinete, politizando así todavía más lo que supuestamente es una investigación neutral.

Junto a todo esto, ha habido un aumento muy significativo del número de sitios web que presentan posiciones populistas de derecha y de extrema derecha en los que se que afirma que las medidas sociales más liberales llevadas a cabo por los partidos de izquierda (como los derechos LGBT+, los derechos de las mujeres, los derechos de las minorías) son el factor clave que explica el actual declive económico del país.

Por boca de Bolsonaro están hablando un número considerable de brasileños que valoran positivamente la seguridad que experimentaron durante los años de la dictadura militar y la prosperidad que ésta pareció proporcionar durante los primeros años, y que por otra parte minimizan la represión, la persecución y la polarización económica que se vivió en aquel periodo.

Además de todo ello, lo que ha habido en Brasil es un crecimiento de la derecha cristiana evangélica. Aunque Brasil es un país tradicionalmente católico, con vislumbres de teología de la liberación en los últimos años del gobierno militar, el país ha presenciado recientemente un rápido crecimiento de los grupos evangélicos conservadores.

Bolsonaro, que profesa una fuerte fe cristiana y ha sido católico durante muchos años, se ha bautizado ahora como miembro de la Iglesia Pentecostal del Reino de Dios y ha recibido el apoyo de muchos grupos cristianos tradicionales y evangélicos.

El gobierno es, nominal y constitucionalmente, laico. Sin embargo, el crecimiento de la derecha evangélica en Brasil ha coincidido con que un número creciente de parlamentarios han sintonizado sus posiciones políticas con el literalismo bíblico y el conservadurismo cristiano.

Esto ha colocado en un primer plano una agenda que amenaza resueltamente las libertades que tanto costó conseguir de las mujeres, las minorías indígenas y la comunidad LBGT+.

El apoyo de Bolsonaro a estas opiniones reaccionarias ha sido explícito. Consta en acta su defensa de ideas que socavan dichas libertades, vertida en un lenguaje que muchos consideran obsceno y ofensivo.

Ha sugerido, por ejemplo, que una parlamentaria brasileña era demasiado fea para ser violada, que preferiría la muerte en accidente de un hijo suyo a que le saliera homosexual, o que sus hijos están tan bien educados que no les pasaría nunca por la cabeza traer a casa a un miembro de un grupo indígena como posible pareja.

Sus elogios a la estabilidad y la seguridad que supuestamente ofreció la dictadura militar le ha llevado a proponer la formación de un gabinete compuesto principalmente por personal militar y ex militar.

Tanto Jair Bolsonaro como su vicepresidente, Antônio Mourão, son ex militares. La situación en Brasil recuerda inquietantemente la de 1964.

Para aquellos de nosotros que tenemos amigos y colegas en Brasil, que nos preocupamos apasionadamente por las victorias que se han logrado en ese país en cuanto a derechos humanos y que nos percatamos de que la democracia como práctica participativa se está erosionando a nivel mundial, presenciamos este giro a la extrema derecha en Brasil con profunda preocupación.

Aunque está fuera de toda duda que Bolsonaro ha sido elegido democráticamente, no deja de ser igualmente cierto que también lo han sido otros que han procedido a establecer regímenes autoritarios y represivos.

A pesar de su elección, el movimiento Ele Não (Él No), surgido para oponerse a la campaña presidencial de Bolsonaro, continúa. Fue inicialmente un movimiento de mujeres que se organizó a partir del grupo de Facebook de Ludmilla Teixeira Women United Against Bolsonaro y cuenta hoy con el apoyo de distintos sectores en todo el mundo.

La página original de Ludmilla, que ha llegado a tener 2,8 millones de simpatizantes, fue hackeada durante la campaña de la primera vuelta de las elecciones por partidarios de Bolsonaro, que le cambiaron el nombre a Mujeres Unidas con Bolsonaro.

Ele Não tiene todavía hoy una fuerte presencia en la red y le ha dado un giro al hackeo: una búsqueda del grupo en Wikipedia lleva al navegador directamente a la página de Bolsonaro.

Como personas que nos preocupamos por la democracia, tenemos la responsabilidad de sumar nuestra voz a la de aquellos que defienden los derechos humanos, de trabajar con otros para ofrecer una voz a aquellos que pueden ser silenciados, para que no vuelva a escucharse el rumor sordo de la represión y  la persecución.

About the author

Dr Ian R Lamond is a senior lecturer in event studies at Leeds Beckett University. His principle research interests are around events of dissent, activism and civil disobedience. He has published on issues of human rights and LGBT+ rights. He is particularly interested in the eventisation of the political and the emergence of what he calls a democracy of the spectacle.

 


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