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Movimientos sociales indígenas: periodismo versus activismo en tiempos de resistencia

Etiquetar a los periodistas nativos americanos como "activistas" simplemente por su herencia cultural ayuda a minimizar aún más la narrativa indígena. English

Manifestantes en el Campamento de Protesta contra la construcción del ducto Dakota Access en Estados Unidos. Imagen: Michael Nigro/SIPA USA/PA Images. Todos los derechos reservados.

Este artículo forma parte de Protestar es un Derecho, un proyecto de colaboración con las organizaciones de derechos humanos CELS e INCLO, con el apoyo de la ACLU, que examina el poder de la protesta y su papel fundamental en la sociedad democrática.

Me contactan con frecuencia para hablar sobre el tiempo que pasé reportando desde Standing Rock, el movimiento liderado por indígenas para tratar de detener el Oleoducto Dakota Access. Pero lo gracioso de estas invitaciones es que casi siempre incorporan alguna noción de que estuve allí como activista, y ni siquiera me preguntaron si ese era, de hecho, el caso.

Es una suposición común: un periodista nativo americano es lo mismo que un activista nativo americano. Sin duda, hay mucha gente indígena que conozco que se identifica como periodista y activista al mismo tiempo, y eso es maravilloso, necesitamos mensajes positivos y potentes. Desde sus titulares, estos escritores denuncian los problemas actuales de la comunidad tribal y provocan un llamado a la acción. Y funciona para muchos públicos diferentes. Los Pueblos Indígenas reciben un estímulo, los aliados muestran su apoyo y los de afuera intentan captar un mundo desconocido para obtener una introducción a las causas y agendas fundamentales. Juntos, hacen una narración fácil porque requiere poco pensamiento crítico. 

Se necesitó una desgarradora noche de policías disparando agua contra los manifestantes para que las principales salas de redacción finalmente enviaran equipos a cubrir el enfrentamiento.

Pero esta es la cuestión: Indian Country puede simplifica la situación a veces, y simplificar rutinariamente la narración puede ayudar a perpetuar situaciones como las que vimos en Standing Rock, donde la presencia de los medios fue desigual en el mejor de los casos. Fue una ausencia austera, la falta de periodistas en el terreno durante algunos de los momentos más críticos del movimiento. Se necesitó una desgarradora noche de policías disparando agua contra los manifestantes para que los principales medios finalmente enviaran equipos al lugar del enfrentamiento. Si no hubiera sido por los propios protectores de agua que transmitieron en vivo el episodio en Facebook, muchos hubieran creído lo que escribió el periodista regional de Associated Press, que calificó la helada noche de violencia policial de “escaramuzas". Pero a pesar de que el periodismo ciudadano corrigió el peor desempeño de los medios de comunicación principales, debemos reconocer la relación entre los dos y comenzar a analizar todas las noticias que aparecen en nuestras pantallas. 

Desde esa helada noche del 20 de noviembre de 2016, hemos visto un desglose de documentación que demuestra que la policía de Dakota del Norte utilizó tácticas de estilo militar, guiadas por un ex agente de la CIA responsable de la firma de seguridad de alquiler, TigerSwan. A partir de las revelaciones de DeSmogBlog, The Intercept y otras revelaciones abajo hacia arriba, está claro que la policía de Dakota del Norte atacó a los manifestantes, tratándolos de forma similar a "yihadistas"; fueron perfilados como "terroristas", y algunos incluso fueron formalmente acusados de tales delitos.

Ante tantos obstáculos interpuestos a personas que piden agua limpia, una vez más, es fácil que un periodista nativo americano sea visto como un activista. 

Mientras escribo estas palabras el 4 de diciembre de 2017, reflexiono sobre lo que ocurrió hace un año, cuando aproximadamente 12,000 personas se reunieron en la frontera de la reserva de Standing Rock el día en que el gobierno de Obama autorizó el llamamiento para detener la construcción del oleoducto Dakota Access. Los que estaban allí se resistieron, no solo a un proyecto de energía, sino a las muchas otras injusticias que reivindicaba la manifestación durante meses: la violencia sistémica e histórica impulsada por los militares, el racismo ambiental, la marginalización política deliberada y la segregación. La respuesta a estas circunstancias en Standing Rock fue, en última instancia, una resistencia a estas tendencias, y también un lugar para que los Pueblos Indígenas puedan recuperarse de generaciones de trauma. 

Cuando decimos que periodistas nativos americanos son ‘activistas’ en la misma oración, sin pensarlo dos veces, eso, automáticamente, perjudica la narrativa indígena 

En Standing Rock, en este día, 4 de diciembre de 2016, también había equipos de periodistas que literalmente se peleaban por obtener la historia que habían perdido durante meses. Lo sé porque les hablé a muchos de ellos mientras buscaban frenéticamente direcciones, fuentes y hechos que se puedan citar, tantos hechos esenciales. Los camiones satelitales se alinearon a lo largo de la carretera 1806, con vistas a los extensos campos de resistencia. Desde sus puestos, los periodistas grabaron en vivo, citando la profecía de Lakota y explicando la 'serpiente negra', la referencia simbólica que los protectores del agua, o los manifestantes, usaron en referencia al oleoducto.

A medida que los principales medios se lanzaban a cubrir los enfrentamientos, como era de esperar, contrataron a "solucionadores" indígenas para llegar rápido a la historia; presentaron imágenes de los 'indios' más coloridos, vestidos con regalías y pintura de la cara; y explicaron los tratados y las consultas, el pilar fundamental de estos acuerdos, como si estuvieran escuchando estos conceptos por primera vez, porque lo estaban. 

Pero fue el periodismo de abajo hacia arriba que ayudó a dar forma a una historia que los forasteros finalmente entendieron de Standing Rock. Es por eso que cuando llamamos periodistas nativos americanos de ‘activistas’ en la misma oración, sin pensar dos veces, eso automáticamente disminuye la narrativa indígena que ya está agobiada por una crónica ignorancia diaria. Es una injusticia en sí misma y algo a lo que a menudo me enfrento cuando reporto desde Standing Rock, incluido mi propio arresto. 

El 1 de febrero de 2017, fui detenida mientras conducía entrevistas y tomaba fotos de una manifestación cerca del campamento principal de Oceti Sakowin, donde los protectores del agua habían acampado durante el invierno de Dakota del Norte. A pesar de mostrar mi pase de prensa cuando me lo pidieron y de abandonar la escena cuando la policía me solicitó, me detuvieron durante 30 horas, cinco de las cuales en un garaje helado en el que el capitán de la cárcel me interrogó agresivamente. Me negaron el derecho a una llamada telefónica durante más de un día, y mientras estaba detenida me enteré de que mis compañeros de celda blancos no habían sufrido la humillación de haber sido cacheados, pero que las mujeres nativas americanas, como yo, sí lo fueron. Cuando salí de la cárcel, leí que la policía había mentido al Bismarck Tribune sobre si había presentado mi pase de prensa a los oficiales en el lugar de la manifestación. Lo hice, a pesar de que dijeron que no lo hice. Meses más tarde, aún me enfrento a cargos por invasión de propiedad y por participar en un disturbio, lo que podría resultar en multas y hasta un año de cárcel. 

Los sistemas judiciales en pueblos como Mandan, Dakota del Norte, trabajan para desacreditar a los periodistas deteniéndolos y etiquetándolos como "activistas". 

Por lo tanto, es importante que reconozcamos que arrestaron a un periodista ese día, el 1 de febrero de 2017, no a una activista. Y es importante que la sociedad respete y vea la diferencia entre los dos. Mi declaración no pretende ser una crítica al activismo. Necesitamos más miembros de la resistencia en este mundo. Simplemente no está en mi ADN salir a las calles, lanzar puños y cantar consignas politizadas. Lo que tengo en mi ser es observar cuidadosamente y pensar críticamente sobre estos eventos actuales que moldean nuestras vidas y enmarcar ideas respaldadas por hechos que pueden tener el alcance más extremo con la mayor integridad.

Estamos viviendo un día en el que los sistemas judiciales en pueblos como Mandan, Dakota del Norte, trabajan para desacreditar a los periodistas deteniéndolos y etiquetándolos de "activistas". Estas son mujeres como Amy Goodman, una reportera de campo imperturbable y empresaria de medios cuyo trabajo ha sido reconocido en todo el mundo. Y permitir esta forma de pensar no es solo un perjuicio para las personas que caminan sobre la fina línea entre narrativas creíbles y matices, sino que es una carga para la misma democracia que trae el periodismo y la razón por la cual creo que es una de nuestras profesiones más nobles. 

Y a medida que se expande el movimiento de resistencia en todo los Estados Unidos, gran parte inspirado por el poder de la gente que se reunió en Standing Rock, también debemos darnos cuenta de que hay una guerra contra el periodismo en Estados Unidos y en todo el mundo. Hasta fines de noviembre, la mega cadena de Wal-Mart vendía una camiseta que usaba un humor de mal gusto para sugerir que a los periodistas había que ahorcarlos. Los ejecutivos de la tienda solo acordaron eliminar el artículo de sus estantes después del intenso escrutinio de la comunidad periodística estadounidense. Mientras tanto, según el Rastreador de Libertad de Prensa de EE.UU., se ha informado de ataques contra al menos tres docenas de periodistas en el país.

El periodismo de rendición de cuentas se está convirtiendo en una de las profesiones más importantes de nuestro tiempo. Debemos respetar este rol en este momento de resistencia, y pensarlo dos veces antes de usar la etiqueta 'activista'.

About the author

Jenni Monet is an award-winning journalist and tribal member of the Pueblo of Laguna in New Mexico. She’s also executive producer and host of the podcast Still Here. @jennimonet

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