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Migrantes y refugiados en las Américas: una crisis de solidaridad

En Latinoamérica la crisis se evidencia en la renuencia a aplicar estándares internacionales incluyentes en materia de refugiados y en las políticas migratorias restrictivas o de imposible cumplimiento. English

Fuente: OIM, Tendencias de la migración. Según la información actualizada basada en las fuentes oficiales disponibles (como estadísticas de población, registros de migración y estimaciones), el mapa muestra el stock aproximado de inmigrantes de Venezuela en países seleccionados.

En el mundo hay más desplazados internacionales que nunca en la historia. Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), 68.5 millones de personas fueron expulsadas de sus países de origen o residencia en todo el mundo para el final del año pasado y en América Latina el número total de personas de interés del ACNUR fue de 8, 826,832 personas.

Las dinámicas de desplazamiento forzado no son novedad en Latinoamérica. Al contrario, nuestra región ha sido testigo de cómo durante años los latinoamericanos nos hemos visto forzados a dejar nuestra tierra a fin de salvar nuestra vida y la de nuestras familias. Antiguas dinámicas de desplazamiento como las del triángulo norte de Centroamérica permanecen vigentes, forzando a muchos hondureños, salvadoreños y guatemaltecos a arriesgar su vida y seguridad en el camino por México y el cruce a Estados Unidos, huyendo de situaciones tales como, pobreza extrema, falta de oportunidades económicas, y altos niveles de violencia.

América Latina está experimentando nuevas dinámicas de desplazamiento forzado internacional, las cuales se están desarrollando con una celeridad sin precedentes en el hemisferio.

Asimismo, la región está experimentando nuevas dinámicas de desplazamiento forzado internacional, las cuales se están desarrollando con una celeridad sin precedentes en el hemisferio. En los últimos dos años hemos sido testigos de los flujos masivos de nacionales venezolanos, forzados a abandonar su país debido al rompimiento de la institucionalidad democrática y el Estado de Derecho, la persecución y violencia estatal, graves restricciones a la libertad personal, así como una escasez generalizada de alimentos y medicinas

De igual forma, una gran cantidad de nacionales nicaragüenses se han visto forzados a huir debido a la persecución política y las violaciones a derechos humanos que han tenido lugar en Nicaragua desde el inicio de 2018, en el marco de la represión a las protestas sociales.

En vista de esto, la semana pasada el ex Secretario General de las Naciones Unidas Ban Ki-Moon, relataba su propia historia de desplazamiento como refugiado al New York Times y catalogaba la crisis mundial de refugiados como “una prueba a nuestra consciencia colectiva”. Para Ban Ki-Moon lo que experimenta el mundo es una crisis de solidaridad respecto a aquellos forzados a abandonar su hogar.

La cisis se hace evidente también en las estrategias de seguridad restrictivas y militarizadas en fronteras, en la criminalización de la migración, en la desatención a los más vulnerables, en la separación de las familias, así como en la segregación y maltrato de las personas migrantes y refugiadas.

En nuestra región, esta crisis se evidencia en la renuencia a aplicar estándares internacionales incluyentes en materia de refugiados, en las políticas migratorias restrictivas o de imposible cumplimiento, que no detienen el movimiento de las personas, pero si las obligan a optar por vías clandestinas aumentando su vulnerabilidad. La crisis es evidente en las deportaciones masivas, en la xenofobia que se apropia de los discursos políticos, de los espacios públicos y de las conversaciones, convirtiéndola ya en parte de nuestra cotidianeidad, en las estrategias de seguridad restrictivas y militarizadas en fronteras, en la criminalización de la migración, en la desatención a los más vulnerables, en la separación de las familias, así como en la segregación y maltrato de las personas migrantes y refugiadas.

Si bien los migrantes y refugiados/as en la región se han encontrado con gran generosidad tanto en el tránsito como en el destino, continúa preocupando la gran escala de violencia y falta de acceso a derechos. Desde los ataques a venezolanos/as en Brasil, las demostraciones públicas de xenofobia a nicaragüenses en Costa Rica, las deportaciones masivas en México, así como la posibilidad de que México acepte fondos de Estados Unidos para financiar dichas deportaciones, son solo ejemplos de las vulneraciones a la dignidad humana que enfrenta la población migrante y refugiada en la región.

La misma región que hace más de treinta años unió fuerzas y se reunió en Colombia para celebrar la Declaración de Cartagena sobre Refugiados de 1984 en donde  los países ampliaron la definición tradicional de refugiado logrando para Latinoamérica una definición más incluyente que responde a las dinámicas actuales de desplazamiento forzado internacional y que hoy los mismos Estados que la impulsaron y la adoptaron en su normativa interna, se rehúsan a aplicarla en personas con una incuestionable necesidad de protección internacional.

Los estándares de protección para la región abundan, lo que hace falta es una verdadera voluntad política de responder conformidad con el derecho internacional, y donde los derechos humanos sean el punto de partida.

La misma región que cuenta con una amplia tradición de asilo, claros estándares de protección en la materia en el sistema interamericano y la definición más incluyente de refugiado a nivel mundial. La misma región que ha demostrado su voluntad política para profundizar en el reconocimiento de derechos para la población migrante y refugiada, celebrando varios instrumentos regionales en la materia. Queda claro que los estándares de protección para la región abundan, lo que hace falta es una verdadera voluntad política de responder conformidad con el derecho internacional, y donde los derechos humanos sean el punto de partida.

Como parte del movimiento de derechos humanos es necesario seguir alzando la voz, despolitizar las discusiones respecto a las flujos de migrantes y refugiados, entendiendo que las violaciones a derechos humanos no discriminan entre ideologías de izquierda o de derecha, alejarnos de discursos que nos dividen, asumir que la responsabilidad ante estas crisis es inherentemente nuestra y la compartimos con todos los actores involucrados y a la cual debemos responder con solidaridad y con un enfoque centrado en la dignidad de la persona humana. 

About the author

Jessica Ramírez is a legal fellow working at the Center for Justice and International Law, CEJIL, focused on the issues of human mobility. She has an LLM in International Human Rights Law from the University of Notre Dame.


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