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Venezuela en el abismo

¿Por qué un país rico puede vivir una crisis económica de magnitud cataclísmica?¿Y por qué, a la vista del desastre, se ponen en marcha programas que no conducen a ninguna parte? Entrevista. English

Refugiadas venezolanas en las calles de Colombia. Wikimedia Commons.

Rodrigo Cabezas, ex ministro de Finanzas de Hugo Chávez, hombre de izquierda que cree en una patria socialista, hoy distanciado de Maduro, analiza los anuncios económicos que acaba de hacer el gobierno venezolano y explica porqué están condenados al fracaso.

José Zepeda: La inflación en Venezuela rondará el millón por ciento en el 2018. La producción de petróleo y su exportación están colapsadas. La contracción del PIB es de un 15%. El paro llegará al 33,3% este año y se estima que el próximo se incrementará hasta el 37,4%. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? 

Rodrigo Cabezas: Hay un agotamiento del modelo de acumulación de capital sustentado en la renta petrolera, pero no porque se acabó el petróleo, no porque produzcamos más o menos crudo.

Simplemente, el valor del barril en el mercado internacional ya no es suficiente para que el crecimiento de la economía pueda satisfacer las necesidades de la población.

Se trata de un tema sin resolver porque no hay debate sobre la industrialización, que es la principal avenida que tenemos los venezolanos para salir del rentismo e intentar construir un camino de desarrollo productivo.

En la actual coyuntura, tenemos dificultades muy graves.

La primera es la falta de gestión profesional en la política económica. Lo que se dan son respuestas administrativas y punitivas, como la juramentación de los fiscales para controlar y detener a comerciantes y empresarios.

Se trata de una visión absurda ante el comportamiento de los mercados. Los anuncios económicos que se hacen y las decisiones que se toman muchas veces no son explicables desde la ciencia económica.

En el gabinete económico del presidente no hay un solo economista especializado en estabilización macroeconómica, o en temas de política monetaria y cambiaria.

En el gabinete económico del presidente no hay un solo economista especializado en estabilización macroeconómica, o en temas de política monetaria y cambiaria.

Una segunda razón que nos ha traído a donde estamos es la política cambiaria. Ha sido el detonante mayor. No se corrigió el diferencial cambiario y así llegamos a tener tres precios sobre el dólar, lo que destruyó en corto tiempo la estructura de costes de la economía agrícola e industrial. No me refiero aquí al dólar del mercado negro, al del mercado paralelo, sino al oficial.

Obviamente, el sistema perdió toda credibilidad.

Luego, cuando Venezuela, junto a todo el planeta, comenzó a sentir los efectos de la reducción del precio del barril de petróleo - hacia finales del 2014 y en 2015 -, no hubo política fiscal. Considerando que el 96% de las divisas de Venezuela dependen de la actividad petrolera, se imponía un programa de ajuste.

Pero se optó por extralimitar el déficit del Banco Central, que se convirtió en la práctica en la caja de la moneda del ejecutivo nacional. Se obvió cualquier posibilidad de reforma tributaria y de ajuste de determinados precios y tarifas. Se puso en segundo plano el refinanciamiento de la deuda externa.

No se anunció una reducción de gastos burocráticos o del gasto militar. Todo ello, en medio de una caída dramática de los precios del petróleo, que no son por supuesto responsabilidad del gobierno, pero sí lo es arbitrar un programa de consolidación fiscal que evite la situación inflacionaria que se nos vino encima.

Una cuarta razón es el deterioro operacional y financiero de la industria petrolera. No hay que ser especialista en materia económica para ver que si este país producía diariamente tres millones de barriles y hoy produce 1.400.000, el deterioro es tremendo.

Amén de que, con una caída tan significativa de la producción, el endeudamiento es hoy de unos 41.000 mil millones de dólares – lo que clama por un programa urgente de recuperación.

Finalmente, una de las razones que se suma a este cuadro de menoscabo general de la economía es, sin duda, el bloqueo financiero de Venezuela por parte de Estados Unidos y la Unión Europea.

Por supuesto, el gobierno lo utiliza como una excusa, y no es cierto que hubiera bloqueo en 2014, ni en 2015, ni en 2016. Pero desde 2017 hasta hoy sí que el corte con los bancos corresponsales en Estados Unidos y en Europa limita la utilización de las cartas crédito de nuestro comercio petrolero y privado y refuerza el desplome de las importaciones, que registran una caída de un 80% en los últimos cuatro años.

Piénsese en un país que, hace cuatro años, importaba del mundo cien unidades monetarias y hoy solo entre 20 y 23, y en cómo afecta esto a las necesidades de alimentación, medicinas y vestimenta de la población.

JZ: El plan que acaba de anunciar el gobierno venezolano incluye, entre otras cosas, un aumento del IVA y del precio de la gasolina - la más barata del mundo -, la devaluación de la moneda en un 96% y la creación de una criptomoneda, el Petro - respaldada por el precio del petróleo –, con el objetivo de conseguir financiación ante las sanciones económicas de Estados Unidos y Europa. ¿Sirven estas medidas? 

RC: Quisiera responderle que estamos esperanzados, que las medidas van en la dirección correcta y que van a representar un alivio a corto o medio plazo, pero lamentablemente no creo que podamos dejar a un lado las preocupaciones.

La primera consideración es que el gobierno no ha presentado una política económica sistémica para enfrentar los problemas del crac económico-fiscal. Es decir, un programa que aborde el desarrollo de la recesión en los próximos cinco años.

No aparece ningún objetivo de crecimiento. No se habla de cuándo volveremos a la senda del crecimiento, de cuál será el PIB en los próximos años. En cualquier programa de estabilización, el componente del crecimiento es vital: es el corazón de cualquier estrategia económica.

Tampoco se habla de cómo va a dominarse la hiperinflación, de qué va a pasar con el impago de la deuda externa - de casi 90.000 millones de dólares -, de qué va a ocurrir con la desnutrición y la falta de medicamentos en los sectores de la población más empobrecidos.

Y, como economista, tampoco veo que el programa monetario sea consistente con la política fiscal y cambiaria.

Entonces, para mí, lamentablemente, lo que va a conseguir este plan por carecer de visión sistémica será agravar la recesión y la hiperinflación.

Reincide en el camino equivocado. Con amenazas, con tomas de panaderías, de abastos, de empresas, el gobierno no hará sino agravar la escasez. Esto no es un problema policial, ni militar, ni siquiera administrativo o jurídico. Es un problema de política económica y de manejo del mercado.

Hay dos anuncios principales que inciden en el tema de la estabilización macroeconómica. Uno de ellos es el del llamado “déficit fiscal cero” - un convencionalismo que ya no se usa en política económica desde los años 80-90, cuando se puso de moda con la hegemonía neoliberal, pero que ya ni siquiera la señora Merkel postula; de lo que se habla hoy es de tener economías que manejen programas responsables en lo fiscal.

Parecería bueno que un gobierno anuncie que va a ir a un régimen fiscal responsable, pero el anuncio no es creíble porque, en el mismo momento, a la misma hora, en el mismo minuto, se anuncia un incremento salarial sin relación alguna con la producción, un aumento de las pensiones del 3.000% y el mantenimiento de la nómina en la pequeña y mediana empresa durante tres meses.

Todo esto está contabilizado y asciende a unos 5.900 millones de dólares. Se trata de una masa monetaria que no existe, que no se tiene. El Banco Central no dispone ni del 10% del total.

Se trata de una emisión de dinero de la nada, que va al mercado con escasas mercancías debido a la recesión, lo que refuerza la hiperinflación.

La consecuencia es que se va a seguir utilizando el mecanismo de estos pasados cuatro años que consiste en que el Banco Central financie y financie. El Presidente de la República dice “tengo los recursos”, pero no es cierto.

Se trata de una emisión de dinero de la nada, que va al mercado con escasas mercancías debido a la recesión, lo que refuerza la hiperinflación.

Se tomó además la decisión de exonerar del impuesto de importación a todos los bienes de capital, lo que equivale a darle un mazazo al fisco. Y se exoneró del pago de impuesto sobre la renta a la actividad petrolera - que es vital, porque se trata de uno de los cordones umbilicales que une la política fiscal del Estado con la actividad petrolera. La disminución de recursos por este concepto es de entre 900 y 1.000 millones de dólares este año.

Ante esta situación tan delicada y grave, en lugar de – por ejemplo – reducir el número de ministerios, se crea uno nuevo. Y se anuncia la instalación de una fábrica de fusiles, con los rusos, para no se sabe muy bien qué actividad militar - un nuevo gasto para el Estado.

En cuanto al sistema cambiario, se anuncia la intención de construir un solo tipo de cambio fluctuante - para sepultar, dicen ellos, el dólar criminal. Pero inmediatamente lo que queda claro es que su punto de partida es el anclaje en el Petro, acompañado de una devaluación de los seis millones de bolívares, que es en lo que estaba el valor de un dólar en el mercado negro. Alguien pensó que para triturar al dólar paralelo había que colocar el tipo de cambio en lo que estaba – pero esto, además de representar un reconocimiento a la especulación y a la extravagancia del dólar paralelo, le clava a la economía del país una devaluación brutal.

Luego, la esperanza de tener un tipo de cambio fluctuante queda eliminada cuando se anuncia que se va a mantener el control de cambio. Al no suspender el control de cambio y hacer anuncios incoherentes, el gobierno está condenando a que sigan existiendo expectativas inflacionarias y un mercado paralelo.

Lo sustentable sería que se implementase un tipo de cambio real de equilibrio, y que se protegiera este tipo de cambio con un nivel adecuado de reservas internacionales.

Se debería, pues, potenciar esas reservas. Un tipo de cambio de esa naturaleza necesita de un Banco Central profesional, que cumpla la ley, que dé confianza y otorgue credibilidad a la política económica - y de todo eso, no hay nada.

La gran conclusión es que, lamentablemente, el plan no funcionará.

JZ: Unos 2.300.000 venezolanos (más del 7% de la población) han abandonado el país en los últimos cuatro años. El éxodo, que no tiene visos de ceder, se ha convertido ya en un formidable problema que trasciende las fronteras del país…

RC: La política puede que esté subyacente, pero la razón es esencialmente económica. Tenemos un joven que se graduó Cum Laude hace tres años en nuestra universidad del estado de Zulia.

Nos dijo: me voy, porque con el sueldo que me están ofreciendo no puedo comprar ni un carrito de segunda o tercera mano; no puedo comprar un apartamento de una habitación; no le puedo ofrecer a mi novia construir un hogar y una familia. En el corto plazo, no hay expectativas. La gente se va porque no tiene posibilidades de desarrollar su vida.

Debería ser política de Estado que los jóvenes comprendidos entre los 20 y los 35 años - en los que hicimos una inversión social, económica y cultural -, este millón de profesionales jóvenes que se nos ha ido, tienen que regresar. Pero, para ello, hay que construir para ellos la expectativa de una vida plena.

Un componente que no aparece en las cifras económicas, ni en la estadística social, es el tremendo impacto emocional que tiene la crisis en las familias. Venezuela no estaba acostumbrada a celebrar los cumpleaños por WhatsApp, con los hijos lejos y la angustia de pensar que no van a poder regresar. Se ha instalado en el país una tristeza inmensa. Ese componente emocional no se ha medido, pero está presente de manera dramática.

Hubo una ministra que dijo: los que se fueron que se vayan, no hacen falta, que no vuelvan. Esto es una puñalada para cada madre, para cada padre. Se trata de un problema enorme que debemos resolver y por eso yo le doy un tremendo acento económico. No se han ido porque gobierne tal o cual. Se fueron porque no hay expectativas.

JZ: Me gustaría terminar con una nota optimista, pero la realidad me lo impide. Podríamos decir que resolver la crisis requiere enmendar rumbos y aplicar un programa económico real, viable, implementado por gente eficiente. Pero aquellos que podrían hacerlo no se guían por criterios económicos sino ideológicos. Y parece que están en una batalla distinta a la de las necesidades del país. Le ruego que me corrija si estoy equivocado…

Aquí, predomina el dogmatismo absurdo, estéril, de marxistas leninistas que no han leído ni a Marx ni a Lenin.

RC: No puedo contradecirle. Aquí, predomina el dogmatismo absurdo, estéril, de marxistas leninistas que no han leído ni a Marx ni a Lenin. No se enteraron del discurso de Lenin en el Comité Central del Partido Comunista cuando defendió la nueva política económica, que era una rectificación del programa de expropiación en el campo.

Ni conocen a Marx diciendo que él lo único que sabe es que no es marxista, enfrentándose a sus seguidores en Francia. Es un dogmatismo estéril, a contrapelo de lo que está pasando en un mundo globalizado.

Ni hay siquiera la intención de asomarse a lo que ha hecho el Partido Comunista de China en los últimos 30 años. Ni de asomarse a ver qué es lo que ha hecho un país que tuvo una guerra terrible, pero que hoy es uno los países con una de las mayores tasas de exportación del planeta pese a su escaso tamaño, Vietnam.

El dogmatismo estéril es ciego.

Pero también le digo que este es un tiempo de mengua, y en la mengua deciden los pueblos. Los pueblos esperanzados por vivir en libertad, en progreso, en crecimiento económico, encontrarán soluciones - ya sea porque los que gobiernan rectifiquen, ya sea porque se produzcan procesos de cambio civilizatorios, pacíficos y democráticos. Aprovecho inmediatamente para decir que el que le proponga a Venezuela una salida criminal, yo la condeno y desprecio.

Tengo confianza en este pueblo, que es heredero de una gesta emancipadora maravillosa encabezada por Simón Bolívar.

About the authors

José Zepeda is a Chilean-Dutch journalist, currently working at Radio Media naranja, in the Netherlands. He is the former head of the Latin American Department of the Dutch International broadcaster Radio Netherlands. He has been a guest lecturer at various universities in Latin America and international organisations, and has received two honorary doctorates from universities in Paraguay and Mexico for his dedication to the defence of human rights.

José Zepeda es un periodista chileno-holandés, actualmente trabaja para Radio Media Naranja, de Holanda. Fue director del Departamento latinoamericano de la Radio Netherlands. Ha sido conferenciante en varias universidades en Latinoamérica y en organizaciones internacionales, e investido doctor honoris causa por universidades de Paraguay y México por su dedicación a la defensa de los derechos humanos.

 

Rodrigo Cabezas es economista. Fue Ministro de Finanzas de Hugo Chávez entre 2007 y 2008.

Rodrigo Cabezas is an economist. He was the Minister of Finance for Hugo Chávez between 2007 and 2008. 


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