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Simpatía por el diablo, en Colombia

En medio de la polarización electoral colombiana, ignoramos que quien sea presidente tendrá que generar alianzas con alguno de los lados, porque gobernar es cooperar.

"Por favor permíteme presentarme,
soy un hombre de dinero y buen gusto,
he estado rondando por muchos años,
he robado el alma y la fe de muchos hombres…
encantado de conocerte, espero que adivines mi nombre".

Así empieza la letra de la canción que se convertiría en el símbolo de los Rolling Stones, y que los posicionaría, en los años 60, como los rebeldes de la escena musical. La misma canción, además, trascendería en el tiempo para convertirse en el que bien podría ser el himno de Colombia en la coyuntura presidencial: Sympathy for the devil (en español, Simpatía por el diablo).

Con diablo me refiero a la polarización: el fantasma que ha rondado este país por más de 100 años. Un fantasma que es hombre, porque en Colombia las mujeres no alcanzamos ni el 30 por ciento de representación en cargos de elección popular, no hemos sido presidentas y porque en esta coyuntura nos tocó casi rogar para que nos invitaran a los debates. Un diablo de buen gusto que ha logrado robarnos la fe y el alma, al punto de convertirnos en una nación de abstencionistas: más de la mitad de colombianos no salió a votar en las elecciones a Congreso.

Con diablo me refiero a la polarización: el fantasma que ha rondado este país por más de 100 años.

La campaña presidencial arrancó con personajes que, durante años, habían combatido la corrupción, negociado la paz, viajado por el país entregando vivienda gratuita a población en condición de vulnerabilidad; personajes que habían defendido la educación como bandera de desarrollo, la cultura como agente de cambio y como factor económico fundamental; sujetos que defendían un país más humano, y otros que incluso defendían los valores tradicionales de la familia católica.

Y aunque una contienda electoral con esta diversidad debería alegrar a un país que se supone está en transición de la guerra a la paz, en lo que se convirtió esa diversidad fue en el escenario propicio para que esa Sympathy for the devil le diera un giro a la campaña, y la convirtiera en el escenario en que nos dividiríamos aún más. Porque, al parecer, ni la violencia derivada del bipartidismo, ni una guerra de más de 50 años, ni tampoco ocho millones de víctimas, han sido suficientes para que busquemos, colectivamente, un cambio real en el liderazgo del país.

Ni la violencia, ni una guerra de más de 50 años, ni ocho millones de víctimas han sido suficientes para que busquemos, colectivamente, un cambio real en el liderazgo del país.

En tiempos de paz, parecemos más divididos que nunca. Los insultos, los memes, los apodos ofensivos, los ataques personales, los señalamientos, pero principalmentel la murmuración, el chisme, se convirtieron en herramientas para generar división en esta campaña. El chisme, como lo señala Yuval Noah Harari en su libro Sapiens. De animales a dioses, ha sido una de las actividades más relevantes de los humanos para construir redes a través de ficciones que generan lazos entre las personas. También ha sido un elemento fundamental en la revolución cognitiva para la cooperación desde ficciones construidas como la religión, la economía y, por supuesto, la política.

Las versiones contemporáneas del chisme en la política parecen ser las fake news, los robots virtuales, la manipulación desde redes sociales (el escándalo de Cambridge Analyitica) y la tergiversación de información dada por los candidatos presidenciales. Todas son cooperaciones creadas desde historias ficticias.

Asusta, y también da risa, ver las ficciones que nos unen durante esta campaña: un monstruo castrochavista, un rayo homosexualizador, una paz falsa, un títere gobernante, un presidente que terminará expropiando las hectáreas de tierra donde “quise cultivar un amor y me he quedado solo”.

Pero asusta más que quienes deberían ser los representantes de la mayoría, y que, como lo señala el Art. 115 de la Constitución Política, "simbolizan la unidad nacional y al jurar el cumplimiento de la Constitución y de las leyes, se obligan a garantizar los derechos y libertades de todos los colombianos", estén haciendo lo contrario: dividiéndonos.

Y lo paradójico es que, en medio de este panorama polarizador, deliberadamente ignoramos el hecho de que quien llegue a la presidencia tendrá que generar alianzas con alguno de los lados, porque en eso también consiste el ejercicio de gobernar: en cooperar.

En tiempos de paz parecemos más divididos que nunca.

Todas las personas hemos sido buenas o malas. Todos somos seres polarizados por naturaleza. De los malvados asesinos de las Farc, se desconoce que la mayoría eran campesinos pobres sin opciones diferentes a la guerra; ignoramos que algunas mujeres enlistadas lo hicieron huyendo de padres abusadores; desconocemos que también faltó verdad en el proceso de los paramilitares y de 15 de sus jefes extraditados.

Sí, hay diferencias en los modelos de la derecha y de la izquierda pero, más allá de esas divisiones, hay hechos que no se pueden desconocer: como los cuatro millones de colombianos que viven en pobreza multidimensional; o que la élite colombiana, según cifras de 2016, es el 1 por ciento de la población que concentra el 20 por ciento del ingreso.

Del Satanás sesentero, que denunció atrocidades como la Segunda Guerra Mundial, nos queda como consejo la importancia de cuestionarnos y de censurar a ese diablo que no nos ha permitido cooperar desde la diferencia:

"Necesito un poco de compostura
así que si me encuentras, ten un poco de cortesía,
ten un poco de conmiseración y un poco de gusto.
Usa toda tu bien aprendida educación,
o convertiré tu alma en basura. 
Encantado de conocerte,
espero que adivines mi nombre".


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