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El movimiento popular de Oaxaca, diez años después

La revuelta popular de 2006 en Oaxaca fue el movimiento más significativo de la historia reciente de México. Su patrimonio actual reside en acciones de protesta y relaciones sociales fortalecidas. English

Protestos en Oaxaca. Junio 2006. Wikimedia/Trebolbit. Algunos derechos reservados.

El estado de Oaxaca se localiza en la región sureste de México. Tiene una población de aproximadamente 3 y medio millones de personas, de las cuales una tercera parte son hablantes de lenguas indígenas. Es, además, uno de los estados más pobres del país.  Pero cuenta, también, con una larga historia de luchas contra el gobierno estatal. Tan sólo en el siglo XX, tres gobernadores tuvieron que dejar el cargo. En esta rica tradición de luchas, los maestros han sido sumamente importantes, cuando menos en las tres últimas décadas.

En junio de 2016 se cumplieron 10 años del inicio de una de las luchas más relevantes en la historia reciente no solo de Oaxaca sino de México entero, con ciertas resonancias a nivel mundial. El nombre de la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO) recorrió en el año 2006 las diversas latitudes del planeta, sintetizando los afanes, las esperanzas y los esfuerzos de miles de mujeres y hombres que entonces exigían la salida de un gobernador al que se acusaba de represor, déspota, corrupto y criminal. Durante unos cuatro meses, la población mantuvo en su poder el control de la ciudad capital, impidiendo prácticamente el funcionamiento de los poderes públicos y tomando en sus manos varios medios de comunicación como emisoras de radio y el canal de televisión perteneciente al estado.

El movimiento había tenido su origen en la lucha de los maestros oaxaqueños de la sección XXII del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), que en 2006 exigían a los gobiernos estatal y federal diversas demandas, la mayoría de ellas de carácter laboral. El gobierno estatal había reprimido a los maestros, dando lugar al surgimiento del movimiento de la APPO. En noviembre de 2006, seis meses después de su inicio, el movimiento fue brutalmente reprimido por el gobierno federal.

Diez años después, en mayo de 2016 los maestros oaxaqueños iniciaron una nueva jornada de lucha, esta vez en contra de una Reforma Educativa aprobada por el gobierno mexicano en el año 2013, que afecta gravemente sus derechos laborales. La lucha de los maestros encontró nuevamente el apoyo popular que se expresó de diversas formas. Después de varios bloqueos carreteros en la entidad, el 19 de junio de 2016 cuerpos policiacos del gobierno estatal y federal realizaron un operativo para despejar la supercarretera 135D que comunica a la ciudad de México con la capital de Oaxaca. Como resultado de los enfrentamientos entre los cuerpos policiacos y los habitantes de poblaciones cercanas a la capital del estado (Asunción Nochixtlán, San Pablo Huitzo, San Francisco Telixtlahuaca, Hacienda Blanca y Viguera, que se localizan a lo largo de la carretera mencionada) 8 personas perdieron la vida, 226 civiles resultaron lesionados y 27 fueron detenidos.

Oaxaca: lugar de protestas

Por otra parte, la realidad cotidiana de las ciudades más importantes del estado de Oaxaca se caracteriza por diversas expresiones de protesta: cierres de carreteras, bloqueos en las ciudades, ocupación de edificios públicos, huelgas, manifestaciones, marchas. Los más diversos grupos salen a las calles para expresar sus demandas o protestar: trabajadores de salud, estudiantes, habitantes de colonias, transportistas, taxistas, comerciantes. Las acciones de protesta se suceden vertiginosamente en la capital e incluso pueden coincidir varias en un mismo día.

Se ha sugerido que esta presencia recurrente de la protesta constituye un resultado de la debilidad del gobierno del estado para poner orden: los empresarios de la ciudad, que en su mayoría dependen de la actividad turística, consideran que detrás de las protestas existen líderes o grupos que manipulan a la población para beneficiarse económica o políticamente. Desde otras perspectivas, se sostiene que las profundas desigualdades socioeconómicas que caracterizan al estado de Oaxaca, así como la corrupción, la inseguridad, la injusticia, entre otros, constituyen el origen de las protestas.  Se añade, a estos factores causales, la experiencia de lucha adquirida en las jornadas del año 2006.

En este sentido, se ha pretendido encontrar paralelismos entre la lucha magisterial de 2016 y la de 2006, suponiendo que las más recientes pudieron haber conducido a una reedición de la APPO.  Tal posibilidad no se concretó, pero las luchas de 2006 pueden constituir una referencia adecuada y un punto de comparación pertinente en relación con los actores del momento.

El movimiento popular de Oaxaca en 2006

Desde la década de 1980, los maestros oaxaqueños han ocupado gran parte del centro histórico de Oaxaca para exigir respuestas del gobierno estatal a sus demandas. En el año 2006, tal y como lo habían hecho en años anteriores, los maestros presentaron sus exigencias, que fueron escasamente atendidas por el gobierno estatal. Los maestros recurrieron entonces a las formas de acción que habían desarrollado durante más de 25 años: bloqueos de vialidades, concentraciones y manifestaciones de los más de 70 mil profesores que integraban la sección XXII en 2006. Una de sus formas de acción más destacada es el plantón (ocupación permanente de la plaza principal de la ciudad y las calles aledañas). Desde el 22 de mayo de ese año, tiendas de campaña, lonas, plásticos multicolores, daban una imagen distinta del escenario urbano de corte colonial, algo que de manera creciente se ha vuelto común en el centro de la ciudad.

Al amanecer del 14 de junio de 2006, el gobierno estatal intentó desalojar a los maestros que ocupaban la plaza principal y 56 calles aledañas del centro histórico de la capital oaxaqueña. Antes de las 5 de la mañana, los maestros que se encontraban durmiendo en el zócalo fueron desalojados violentamente, mediante el uso gases lacrimógenos y toletes por la policía. La noticia del ataque violento corrió por toda la ciudad. Inmediatamente se produjeron marchas de repudio al ataque, auxiliando a quienes sufrían los estragos del gas lacrimógeno o se encontraban heridos, e incluso apoyándolos en el enfrentamiento físico contra la policía, con piedras, palos, tubos, o lo que estuviera a la mano. Un par de horas más tarde, el zócalo estaba nuevamente en poder de los maestros.

En los días siguientes se multiplicaron las marchas multitudinarias, bautizadas como megamarchas por la población insurrecta y el magisterio oaxaqueño. El día 16 de junio, al llamado de los maestros, y con la participación de más de 80 organizaciones sociales y políticas, se instaló la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO). Se trataba de una forma de coordinación que intentaba hacer posible la actuación conjunta de todas las organizaciones,  a fin de mantener la movilización. La forma organizativa que adoptó la lucha fue la asamblea. Esta decisión estaba enraizada en prácticas provenientes de la vida cotidiana en las comunidades oaxaqueñas y en muchos espacios urbanos. Además, es parte de los procedimientos internos adoptados por la sección XXII del SNTE.

La demanda principal de la APPO era la salida del gobernador Ulises Ruiz Ortiz, responsable de la represión a los maestros. Sin embargo, durante el desarrollo de la confrontación con el gobierno del estado, el encuentro de múltiples organizaciones, pero sobre todo de miles de individuos sin afiliación política, se plantearon una gran cantidad de problemas y demandas que expresaban los múltiples agravios sufridos por la población oaxaqueña. Entre los meses de junio y diciembre de 2006, la APPO desplegó múltiples formas de lucha que iban más allá de los modos convencionales de la protesta: a las marchas de cientos de miles de personas, a los cierres de calles, los mítines, se añadieron las barricadas, la ocupación y operación de emisoras de radio y del canal público de televisión.

A pesar de que la APPO intentó coordinar en su totalidad el movimiento, la gente en las calles tomó en sus propias manos muchas decisiones y las puso en marcha. Esta es la aportación más importante de las luchas del año 2006: la recuperación de la capacidad de los sujetos para tomar en sus manos sus propias vidas, negando su supuesta incapacidad para hacerlo. Fueron capaces de recuperar el control sobre sus vidas durante el conflicto, así como para decidir, organizar y poner en práctica formas distintas de relacionarse entre sí.

Pero esos meses de 2006 no constituyeron un relámpago en cielo despejado. Fueron un momento particular en la dura y cotidiana lucha contra la dominación, por la libertad, por la posibilidad de vivir una vida digna, en la que tomamos decisiones sobre lo que queremos hacer y cómo lo queremos hacer.  En un momento particular de esa lucha, en Oaxaca hubo una explosión de la exploración, de las búsquedas, de la incertidumbre, de la improvisación; del alumbramiento de lo nuevo que se intenta construir cada día, negando todo aquello que nos niega y nos convierte en apéndices de un sistema de producción orientado a la creación de ganancias. En esos meses, miles de luchas que se dan por separado, individuales, como rechazo a la dominación del capital, encontraron la forma de articularse y de construir, en lo colectivo, otras formas de relación, lo que John Holloway denomina otras formas de hacer.

En las calles, en las barricadas, en las fiestas, se reivindicó la capacidad de la gente, su poder para tomar decisiones comunes, para organizarse y poner en jaque a una ciudad y a un gobierno que resultaba insoportable. Buscaron cómo crear esas formas de articulación, rechazando todo aquello que implicara poner en otras manos las decisiones; con errores, con contradicciones, pero con una profunda dignidad. En la fiesta y en las barricadas, se construyó lo colectivo, negando la fragmentación que impone la dominación capitalista.

Esa acción que niega la separación y crea lo colectivo, permitió ir más allá del simple rechazo, para transitar por la búsqueda de nuevas formas de relación. Con todas sus contradicciones, con todas sus limitaciones, pero preguntándose y tratando de encontrar entre todos la respuesta, no buscándola en programas políticos preestablecidos. Eso fue la APPO: búsqueda y experimentación. Fue la lucha misma, no sus estructuras formales.  Fue el intento de organizarse sin crear organizaciones.

¿El regreso de la APPO?

A lo largo de los diez años transcurridos desde las luchas de la APPO, esos esfuerzos contradictorios por crear otras formas de relación, es decir, por hacerlo por sí mismos, y no dejarlo en manos de organizaciones jerárquicas, no desapareció. Pero tampoco aparece de manera evidente. No los encontraremos reflejados en los periódicos o en las imágenes de televisión. Desde el punto de vista mediático, son más relevantes las imágenes de masas enfrentando a la policía, de cristales destruidos y automóviles incendiándose, que la construcción cotidiana de un colectivo vecinal y de prácticas concretas que rechazan la dominación del dinero.

Sin embargo, esta perspectiva no es exclusiva de los medios de comunicación. También se encuentra en los órganos del poder. Estos intentan conducir las luchas hacia los espacios en que pueden ser manejadas. Esos espacios pueden ser los de la política institucional (partidos, elecciones, parlamentos), pero también los de los movimientos sociales. Porque, aunque pueda parecer paradójico, el poder político puede manejar de mejor manera las demandas formuladas por organizaciones o grupos que protestan en las calles, por radicales que puedan ser sus acciones. La violencia de éstas puede ser legalmente reprimida, pero es más difícil hacerlo frente a la creación de colectivos que deciden vivir de otras maneras y desplegar otras formas de hacer.

De esta manera, durante los últimos diez años, los diferentes gobiernos de Oaxaca han empujado a quienes protestan a conducirse dentro de los cauces que resultan manejables. Aunque las negociaciones que tienen lugar entre los grupos que protestan o formulan alguna demanda, y los gobiernos, son una vía que no necesariamente ocurre dentro de los cauces legales. Sin embargo, hay en esa forma de relacionarse un elemento que resulta fundamental para el poder público: que las personas, grupos u organizaciones se coloquen frente a él en una posición subordinada, como demandantes. Es decir, que partan del reconocimiento de las instituciones de gobierno establecidas como los agentes capaces de dar respuesta a sus exigencias. La violencia de los grupos movilizados contra los gobiernos no necesariamente altera tal reconocimiento, pues se trata tan sólo de un recurso para presionar por una respuesta.

Las demandas pueden ser formuladas de maneras muy diversas: mediante escritos, mediante manifestaciones públicas, cierres carreteros, ocupación de edificios, bloqueo de oficinas, huelgas. Pero a pesar de los distintos grados de violencia que puedan implicar no alteran la estructura fundamental de la relación: un grupo movilizado que demanda a una institución del Estado tomar una decisión en un sentido determinado. El poder para tomar una decisión sigue en el mismo polo de la relación.

En tal sentido, a pesar de una aparente radicalización asociada con el grado de violencia desplegada en las acciones colectivas, las luchas actuales en Oaxaca muestran sólo una supuesta coincidencia con lo que ocurrió diez años antes. La ocurrencia de acciones de protesta significa indudablemente una creciente inconformidad. Pero al mismo tiempo, la relación de subordinación continúa siendo el núcleo básico que encuadra la formulación de demandas. Asimismo, la fragmentación de las protestas, con demandas que expresan intereses de grupos particulares, refleja también una diferencia con respecto a lo que se intentó hacer desde las estructuras de la APPO: buscaba convertirse en un espacio de articulación de intereses diversos.

Lo anterior no significa, por supuesto, que los esfuerzos prácticos de construir otras formas de vida y de relación, hayan desaparecido. Siguen desarrollándose en los espacios de la vida cotidiana, de una y mil formas: individuales y colectivas, conscientes o no, de manera espontánea u organizada.

En este sentido, puede decirse que las expresiones públicas de protesta en la actualidad en Oaxaca no constituyen una herencia de la APPO. Esta fue un momento culminante de antiguas tradiciones de lucha que buscan trascender una forma particular de organización de la vida social pero, sobre todo, de los medios por los cuales dicha trascendencia sea posible. Las protestas actuales, en cambio, significan la aceptación de la relación política como se ha descrito en este trabajo.

El futuro de la lucha no se encuentra, por tanto, en la construcción de organizaciones capaces de abanderar demandas populares. Por el contrario, lo que debe ser rescatado de la experiencia de lucha de la APPO es precisamente el intento de abandonar la formulación de demandas y recuperar la capacidad de creación de los hombres y mujeres comunes. Sujetos que son impulsados por la voluntad de arrancar de las manos gubernamentales la toma de decisiones y su puesta en marcha.

About the author

Manuel Garza Zepeda holds a PhD in Sociology from the Autonomous University of Puebla, México. He is a full-time research and professor at the Autonomous University of Oaxaca. His main areas of research are social movements, anticapitalist struggles, open Marxism and critical theory. His latest book is Insurreción, fiesta y construcción de otro mundo en las luchas de la APPO. Oaxaca 2006-2010 (Insurection, party and the building of another world in the struggles of the APPO). magazey@yahoo.com.mx

Manuel Garza Zepeda es Doctor en Sociología por la Universidad Autónoma de Puebla, México. Es investigador de tiempo completo y profesor de la Universidad Autónoma de Oaxaca. Sus principales áreas de investigación son los movimientos sociales, las luchas anticapitalistas, el marxismo abierto y la teoría crítica. Su último libro es Insurrección, fiesta y construcción de otro mundo en las luchas de la APPO. Oaxaca 2006-2010 Magazey@yahoo.com.mx

 


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