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"¿Somos todos iguales? Sí, pero a muy largo plazo"

Existe total movilidad social. El problema es que el proceso tarda unos trescientos años. Entrevista. English

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Manuel Serrano: Hoy en día, todo el mundo habla de desigualdad. Algunas personas tienen muchos recursos, una educación y una atención sanitaria adecuadas. Y otras no. Viven en la pobreza, sus hijos no tienen acceso a una educación mínima ni disponen de un sistema digno de atención sanitaria. ¿Cuán desigual es nuestra sociedad?

Gregory Clark: Comparada con sociedades pasadas, la nuestra es menos desigual que la que había antes de la Revolución Industrial. Pero si nos retrotraemos a las sociedades de cazadores-recolectores, entonces nuestra sociedad es claramente más desigual. Cuando las tierras agrícolas cobraron importancia, las sociedades se volvieron muy desiguales: los terratenientes acaparaban una cuarta parte de todas las rentas. La apropiación del capital es muy desigual y siempre lo ha sido. Pero lo que mantuvo la desigualdad a niveles relativamente bajos en el mundo moderno fue la participación del trabajo. El problema es que la participación del trabajo, en estos momentos, está disminuyendo: en Inglaterra, por ejemplo, en los últimos diez años los salarios han disminuido a razón de un 1% cada año. La última vez que ocurrió algo parecido fue durante las Guerras Napoleónicas. Esta es, hoy, la gran preocupación: que la acumulación de capital en unas cuantas manos y el porcentaje de beneficios derivados del capital sigan aumentando.

Un segundo problema es que los salarios de los expertos – personas con altas cualificaciones – probablemente van a seguir aumentando en una economía globalizada, en la que éstos pueden vender sus servicios en todo el mundo y al mejor postor. Por poner un ejemplo: en la Universidad de California (Davis), disponemos de un listado completo de los salarios que se están pagando hoy en Estados Unidos: los entrenadores de fútbol americano van en cabeza y, justo detrás, están los cirujanos, que ganan hoy entre dos y tres millones de dólares al año. A estos expertos se les paga tanto porque generan muchísimos ingresos, porque hay personas dispuestas a viajar hasta Los Ángeles para que les atiendan.

El porcentaje de ingresos procedentes del capital y el aumento de los salarios de los expertos y de pequeños grupos de personas con mucho talento hace que sea muy difícil saber hacia dónde van a ir nuestras sociedades. Y cuan desiguales llegarán a ser.

Es muy difícil cambiar la tasa de movilidad social, por lo que, si nos estamos encaminando hacia un mundo cada vez más desigual, lo que deberíamos hacer es incidir directamente en las desigualdades.

MS: Usted dice que confiamos demasiado en la idea de la movilidad entre clases sociales. ¿Por qué es mejor centrarse en mejorar la igualdad de los ingresos en lugar de la movilidad social?

GC: Digo esto porque la mayoría de los estudios de que disponemos sugieren que es prácticamente imposible alterar la tasa de movilidad social. Tomemos por ejemplo los países nórdicos. Son los que han hecho más por proporcionar una educación adecuada a todos sus ciudadanos, una alimentación adecuada a los niños, apoyo familiar y una renta mínima. Han hecho todo esto, pero resulta que las élites del siglo dieciocho todavía dominan hoy la sociedad sueca. Si Suecia no puede cambiar su tasa de movilidad social, ¿qué posibilidades tienen otros países?

Los niños adoptados por familias que los cuidan y educan son uno de los ejemplos de máxima intervención social que sirve para comprobar la tasa de movilidad social. Pues bien, los estudios que analizan la evolución de estos niños sugieren que estos niños acaban pareciéndose mucho más a sus padres biológicos que a sus padres adoptivos. La mayoría de los estudios que analizan su ocupación laboral cuando tienen entre cuarenta e cincuenta años demuestran que el hecho de ser adoptados determina muy poco el tipo de trabajo que acaban ejerciendo.

Es muy difícil cambiar la tasa de movilidad social, por lo que, si nos estamos encaminando hacia un mundo cada vez más desigual, lo que deberíamos hacer es incidir directamente en las desigualdades - porque sabemos cómo pueden reducirse de manera drástica, como han hecho países como Suecia o Noruega.

Este es el problema filosófico al que nos enfrentamos: todos somos iguales, pero a muy largo plazo.

MS: Usted defiende que la magnitud de las desigualdades sociales varía entre sociedades y dentro de una misma sociedad, pero que la democratización de la educación y la eliminación de discriminaciones durante el último siglo no han tenido efectos notables sobre la movilidad. ¿Cuál es entonces el impacto de las instituciones sociales sobre la desigualdad?

GC: Resulta que incidir en la desigualdad es relativamente sencillo: puedes imponer impuestos y redistribuir riqueza. Pero, sorprendentemente, cuando el Reino Unido experimentó su periodo de mayor redistribución, no se notaron sus efectos en, por ejemplo, quienes eran admitidos en las mejores universidades del país. Los estudiantes con menos recursos no entraron en los mejores sitios. Tampoco cambió la distribución de la ocupación. La desigualdad no se hizo menos obvia en la sociedad ni se pudieron reducir los beneficios de los que estaban en la cúspide de la pirámide. Y es que resulta que es muy difícil impedir que ciertas familias no estén en la parte superior de la pirámide de la riqueza. Tras analizar cientos de años de datos, debo decir, sin embargo, que existe total movilidad social. El problema es que el proceso tarda unos trescientos años. Este es el problema filosófico al que nos enfrentamos: todos somos iguales, pero a muy largo plazo.

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MS: Y ¿qué pasa con los movimientos sociales? ¿Qué pasó con el movimiento de derechos civiles de Estados Unidos? ¿No tienen ningún impacto en la tasa de movilidad social?

GC: En algunos casos, muy pocos, las instituciones sociales sí son responsables de cambios en la tasa de movilidad social. Estados Unidos es uno de estos casos, especialmente en lo que se refiere a la peculiar historia de los estados del Sur. Pero, como éste, se trata de casos extremos. En la Edad Media, Inglaterra tenía la misma tasa de movilidad social que tiene hoy Suecia: existía total movilidad social, ya que las clases bajas acabaron convirtiéndose en clases altas. Resulta que son necesarias situaciones sociales extremas para afectar la tasa de movilidad social. La India sería otro ejemplo. Pero en cuanto a los tipos de cambios institucionales que se esperan en países como España o Portugal, no hay estudios que evidencien que unos niveles moderados de intervención social tengan efecto alguno sobre las tasas de movilidad social. No hay evidencia de que apoyar a los estudiantes universitarios, por ejemplo, cambie en algo la tasa de movilidad social. Intervenciones extremas sí, intervenciones moderadas no.

En el Reino Unido, por ejemplo, la educación pública, que se instauró a finales del siglo XIX, no tuvo efectos significativos en la tasa de movilidad social. Tampoco los tuvo la gratuidad de las universidades en los años cuarenta del siglo XX. Un grupo que puede ser cualificado de élite en el Reino Unido son los miembros del Parlamento. Cuando el Partido Laborista se convirtió en el partido dominante hace más o menos un siglo, esto no tuvo ningún efecto en la composición del Parlamento: los nuevos dirigentes del Partido Laborista, igual que los antiguos líderes de otros partidos, siguieron siendo una élite. Otro ejemplo, más actual, sería el de Alan Rusbridger, el ex editor de The Guardian, un periódico de centro-izquierda, cuyo apellido es un apellido de élite del siglo XIX.

Incluso en las sociedades que se han visto transformadas por revoluciones, la tasa de movilidad social no cambia mucho. 

En mi próximo libro, From who the bell curve tolls, quiero adentrarme en la cuestión de por qué la movilidad social es tan resistente al cambio. Y contendrá una afirmación que generará sin duda controversia acerca de la sorprendente importancia que tiene la genética en determinar la posición social de una persona, cualquiera que sea su entorno social. Como parte del análisis, hemos comenzado a examinar algunos datos procedentes de Rusia, que sugieren que incluso en las sociedades que se han visto transformadas por revoluciones, la tasa de movilidad social no cambia mucho. La gente se adapta. Unos son buenos comunistas y otros no lo son tanto.

MS: La polémica está asegurada. Otro estudio que usted ha llevado a cabo en su último libro, The Son Also Rises, trata de la relación entre los apellidos y la movilidad social. ¿Podría explicarnos sus hallazgos?

GC: En muchas sociedades, cuando se formaron los apellidos, unos tenían un estatus social alto y otros tenían un estatus social bajo. En el Reino Unido, por ejemplo, si en la Edad Media uno llevaba un topónimo como apellido, significaba que era de clase social alta. Por lo tanto, si estudiamos al grupo de personas que llevan un apellido así a través del tiempo, deberíamos poder ver si, en un mundo con mucha movilidad social, con qué rapidez los hijos de las familias de alto estatus social pasan a tener otro estatus y, por consiguiente, si dichos apellidos pierden su contenido informativo original. El declive del contenido de los apellidos nos permite comprobar cuanta entropía social existe, cuanto desorden entra en el sistema en cada generación. 

Lo sorprendente es que los apellidos, en todas las sociedades que hemos podido estudiar, muestran una persistencia de estatus social muy fuerte. Hemos realizado estudios por ejemplo en Australia, una sociedad completamente nueva que se separó del Reino Unido y que cuenta con instituciones nuevas, y hemos comprobado que tiene la misma tasa de movilidad social que la antigua metrópolis. Hemos estudiado qué pasa en Suecia, en la India, en China, y nos hemos encontrado con unas tasas de persistencia muy similares.

Otra cosa que sucede en sociedades como la inglesa es que hay un millón y medio de apellidos, muchos de ellos muy poco comunes. Y lo que sucede es que, debido a las fuerzas aleatorias que están en juego en la sociedad, en el plazo de algunas generaciones, uno de estos apellidos terminará estando en la media y siendo un apellido común, por muy educados o ricos que hayan sido sus dueños. Los apellidos pueden rastrearse durante siglos y analizar su evolución. 

Y lo que nos encontramos son dinámicas muy interesantes: lo normal es que a las familias con un alto estatus social les haya costado unos trescientos años llegar a esa posición. Lo que significa que la movilidad social es incluso más lenta de lo que pensábamos: porque se tarda trescientos cientos para que un apellido pase de tener un estatus social superior a estar en la media, pero tarda otros trescientos años para ir en la dirección contraria. Para las familias que lo llevan, se trata, pues, de un proceso de unos seiscientos años.

Gregory Clark durante la conferencia. Alfredo Matos. Todos los derechos reservados.

MS: En este mismo libro, usted argumenta también que "el mundo es menos corrupto y nepotista de lo que la gente podría pensar". Mucha gente no estaría de acuerdo con esta afirmación.

GC: Bueno, lo importante es que mucha gente piensa que, en nuestras sociedades, hay personas que no han gozado de oportunidades en la vida. Que no han tenido la oportunidad de prosperar, porque sus padres nacieron en un entorno poco propicio. Pero hay estudios recientes que parecen refutar esta idea. Puede ser cierto que aquellos que se encuentran en la parte inferior de la pirámide de distribución de la riqueza no dispongan de las mismas oportunidades que aquellos que están en la cúspide, pero resulta que esas no son oportunidades particularmente relevantes para muchos de los que se encuentran en la parte inferior. Lo realmente interesante de los procesos y dinámicas sociales es que hay siempre un movimiento de abajo hacia arriba  y que, sorprendentemente, aquellos en peores circunstancias son los que consiguen de hecho mayores beneficios. No están atrapados en la parte inferior de la pirámide: como revela el estudio sobre los apellidos, volverán a estar arriba.  

La movilidad social es incluso más lenta de lo que pensábamos: porque se tarda trescientos cientos para que un apellido pase de tener un estatus social superior a estar en la media, pero tarda otros trescientos años para ir en la dirección contraria.

Lo que puede extraerse de los datos de que disponemos es que no existe ninguna trampa de pobreza en la sociedad, y que los hijos de aquellas personas que viven en circunstancias más desesperadas mejoran sistemáticamente su posición. En realidad, lo que hace que sea muy difícil enfrentarse a la carga que supone la pobreza, es que ayudar a los que están hoy en la parte inferior de la pirámide no ayuda a la próxima generación. No les estamos ayudando a ellos. Es muy difícil identificar quién estará en esas circunstancias en el futuro.

Para mucha gente, esto es deprimente. Pero yo soy más optimista: lo que viene a demostrarse es que no hay ni trampa de pobreza ni tampoco de riqueza. Los procesos son lentos, pero son lentos porque los hijos se parecen mucho a sus padres. No vivimos en un mundo donde a un gran número de personas simplemente se les están negando oportunidades que podrían haber aprovechado. Y no vivimos en un mundo en el que un gran número de niños ricos con cero talento dirigen las cosas. Hay un movimiento constante hacia abajo. La clase alta quiere desesperadamente mantener su posición, pero no puede proteger a sus hijos de la movilidad descendente. Sea o no lento el proceso, lo interesante es que existe, que está teniendo lugar una mezcla. Y si quieres saber qué futuro les tocará vivir a tus tataranietos, la respuesta es que, de media, estarán en la media.

Si quieres saber qué futuro les tocará vivir a tus tataranietos, la respuesta es que, de media, estarán en la media.

MS: Y ¿qué pasa con el Sueño Americano?

GC: América está en proceso de crear lo que será una sociedad intrínsecamente desigual. Ya es hoy bastante desigual, pero la política de inmigración de Estados Unidos está abriendo las puertas a las élites de distintas partes del mundo. Siendo, como son, los procesos sociales muy lentos, lo interesante es que las antiguas élites, las clases blancas protestantes, están ahora en la media, al haber sido desplazadas por las nuevas. A la vez, están llegando muchos inmigrantes muy pobres. En términos de desigualdades, California es hoy como Colombia.

El sueño americano es, en verdad, un mito. Todo el mundo tiene las mismas oportunidades en el mercado, pero la desigualdad tiene lugar antes de entrar en el mercado.

No se produce una aceleración de los procesos sociales en América. El sueño americano es, en verdad, un mito. Todo el mundo tiene las mismas oportunidades en el mercado, pero la desigualdad tiene lugar antes de entrar en el mercado. Y América no puede borrar eso. La gente pobre que llega, se quedará abajo, mientras que los ricos se quedarán arriba. Sólo que, ahora, en otro país. América está reproduciendo muchas de las desigualdades existentes en el mundo.

Pero un aspecto positivo que hay que destacar es que Estados Unidos está siendo muy tolerante en relación a la sustitución de la vieja clase alta por las nuevas. Sigue siendo una sociedad muy abierta a este tipo de transiciones, y eso es admirable – esto es, excepto esa parte de la sociedad que apoya a Trump: gente de clase tradicional que ha ido perdiendo pie y que expresa ahora su resentimiento porque ha ido resbalando hacia abajo por la escalera social debido a la llegada de los nuevos inmigrantes.

América es un laboratorio interesante, pero las diferencias entre los grupos sociales son tan grandes que están disparando la desigualdad.

Esta entrevista se realizó el 30 de septiembre, en Lisboa, durante la conferencia Igualdad: impacto, conflictos y desafíos, organizada por la Fundación Francisco Manuel dos Santos.

About the authors

Gregory Clark es profesor de Economía en UC-Davis, presidente del comité directivo del Grupo All-UC de Historia Económica, e investigador asociado del Centro para la Investigación de la Pobreza en Davis.

Gregory Clark is Professor of Economics at UC-Davis, chair of the steering committee of the All-UC Group in Economic History, and a Research Associate of the Center for Poverty Research at Davis.

Manuel Serrano holds a Bachelor’s degree in Law from ESADE Business and Law School and a Master´s degree in International Relations from the Barcelona Institute for International Studies (IBEI). He is an international affairs analyst, journalist and editor. He worked as Junior Editor at openDemocracy (2015-2017) and currently is freelance correspondent in Lisbon.

Manuel Serrano es licenciado en Derecho por la ESADE Business and Law School y Máster en Relaciones Internacionales por el Instituto Barcelona de Estudios Internacionales (IBEI). Es analista político, periodista e editor. Trabajó como Editor Asistente en openDemocracy (2015-2017) y actualmente es corresponsal freelance en Lisboa.

Manuel Serrano é licenciado em Direito pela ESADE Business and Law School e completou o Mestrado em Relações Internacionais no Instituto Barcelona de Estudos Internacionais (IBEI). É analista político, jornalista e editor. Trabalhou como Editor Júnior na openDemocracy (2015-2017) e actualmente é correspondente freelance em Lisboa.


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