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Brasil y la guerra comercial entre Estados Unidos y China

Cuando las dos economías más grandes del mundo empezaron a imponer aranceles a sus importaciones respectivas, China apuntó a la soja estadounidense. Resultado: la demanda china de soja brasileña se ha disparado. English

Foto: Max Pixel, Dialogo Chino. Todos los derechos reservados.

Arnaldo Carneiro, director de la ONG Global Canopy, lleva años trabando para contener la deforestación en Brasil. Su estrategia ha consistido en demostrar a los importadores de soja brasileña, sobre la base de estudios e investigaciones, que ellos son en última instancia los responsables de la degradación del medio ambiente en Brasil, para seguidamente rogarles que compren solo a productores que puedan garantizar una deforestación cero. 

A pesar de que su estrategia ha tenido un impacto limitado, en Europa siempre se le ha prestado más atención. En 2015, siete países europeos firmaron la Declaración de Ámsterdam en la que se comprometían a apoyar iniciativas del sector privado contra la deforestación en sus cadenas productivas.

“Europa es un mercado algo más consciente”, dice Carneiro. “Se preocupan por los impactos que generan enla cabecera de la cadena de suministro”.

Pero la estrategia de Carneiro acaba de sufrir un duro revés con la guerra comercial entre Estados Unidos y China, cuyas consecuencias vienen a reavivar la preocupación por los bosques brasileños.

China priorizó la soja - una de las materias primas que más se comercian en el mundo -, estableciendo para la procedente de Estados Unidos unos aranceles del 25%. A partir de ese momento, la demanda de soja brasileña se ha disparado.

El impacto del comercio internacional

Las dos economías más grandes del mundo empezaron en marzo de este año a imponerse mutuamente aranceles a una serie de importaciones. China priorizó la soja - una de las materias primas que más se comercian en el mundo -, estableciendo para la procedente de Estados Unidos unos aranceles del 25%. A partir de ese momento, la demanda de soja brasileña se ha disparado.

La guerra comercial entre Estados Unidos y China ha desencadenado una especie de juego de las sillas entre productores y compradores de soja.

Los compradores chinos se han orientado cada vez más hacia Brasil para evitar los aranceles impuestos a los productos estadounidenses, a la vez que los distribuidores europeos han acudido en masa a Estados Unidos, donde los precios se han desplomado con la pérdida de sus clientes chinos. 

Históricamente, China absorbía aproximadamente un tercio de la producción de soja de Estados Unidos. La población china, cuyo poder adquisitivo aumenta cada vez más, demanda alimentos de mejor calidad y la soja es una parte importante de la ecuación para satisfacer esta demanda al ser un producto clave para la alimentación del ganado porcino.

En junio de este año, el 37% de las importaciones europeas de soja procedía de Estados Unidos, lo que representa un aumento explosivo si lo comparamos con el 9% del año anterior.

Mientras tanto, en Brasil, las exportaciones de soja a China han crecido este año un 10% en comparación con las de 2017. La demanda es tan alta que prácticamente ha agotado las existencias.

Todo esto podría alterar de manera significativa la presión que pueden ejercer los mercados internacionales para minimizar la deforestación en Brasil. 

Las compañías chinas tienden a preocuparse poco por las consecuencias medioambientales que provoca satisfacer la demanda de soja de su país. Y esto a quien preocupa es a Carneiro, que está en contacto con ellas para intentar que respeten los compromisos contra la deforestación.

"China está muy preocupada por la seguridad alimentaria de su población", explica. “Están mucho menos preocupados por los problemas ambientales en otros países. Pero lo que no quieren es verse involucrados en cualquier actividad ilegal ".

Pero despejar tierras de vegetación natural no es necesariamente algo ilegal. Según el Instituto de Certificación y Gestión Forestal y Agrícola de Brasil (IMAFLORA), en Brasil hay 103 millones de hectáreas de vegetación natural desprotegida. Son tierras que pueden deforestarse legalmente.

Carneiro se ha esforzado por convencer a los compradores europeos de que no sean cómplices de la deforestación de tierras que incluso el gobierno brasileño considera legal deforestar. Pero con los chinos es diferente.

“Los europeos quieren que se les entreguen materias primas con deforestación cero”, explica André Nassar, presidente de la Asociación Brasileña de Industrias de Aceites Vegetales (ABIOVE), que reune a empresas importantes como Bunge y Cargill. “Pero los chinos no nos van a exigir más de lo que les entreguemos”.

Que los compradores de soja brasileña se rijan por estándares distintos es preocupante, aunque hay organizaciones que están trabajando para cerrar la brecha.

Rose Niu, que dirige el departamento de conservación del Instituto Paulson en Washington, reconoce la diferencia entre Europa y China, pero dice que se están realizando esfuerzos para cambiar las cosas: "En los últimos tres años, varias organizaciones (incluido nuestro instituto) han estado trabajando con comerciantes de soja para que China adopte unos requisitos ambientales más estrictos en sus relaciones comerciales con los países de América del Sur", explica Niu.

"Tengo la esperanza de que los comerciantes chinos estarán a la altura de los europeos en un futuro próximo". 

La demanda presiona 

La guerra comercial entre Estados Unidos y China ha alentado a los productores brasileños a aumentar la producción para absorber, en la medida de lo posible, la demanda.

Y es más que probable que el resultado de esta presión sea una mayor deforestación ya que, a fin de cuentas, para que se dé un aumento de la producción, debe haber una expansión de la superficie sembrada.

Brasil está a punto de arrebatarle el primer puesto mundial como productor de soja a Estados Unidos. Las plantaciones de soja en Brasil cubren un total de 33 millones de hectáreas, equivalentes a la superficie de Malasia - casi el triple que veinte años atrás.

Brasil está a punto de arrebatarle el primer puesto mundial como productor de soja a Estados Unidos. Las plantaciones de soja en Brasil cubren un total de 33 millones de hectáreas, equivalentes a la superficie de Malasia - casi el triple que veinte años atrás.

Pero Brasil no es el único país de la región que se ve presionado para aumentar la producción. Argentina y Paraguay son también grandes productores de soja. En 2016, la producción de los tres países sumada equivalía a casi la mitad de la soja que se consumía en todo el mundo. 

Pedro Henriques Pereira, asesor de la Confederación Brasileña de Agricultura y Ganadería (CNA), ha detectado ya cierta excitación en los mercados por las posibilidades de expansión de la producción.

Pero, por ahora, la confederación está aconsejando cautela a los productores que desean invertir con miras a la demanda china. “Todo este movimiento genera bastante incertidumbre.

Garantiza un incremento a corto plazo, pero existe el riesgo a medio y largo plazo de que suceda algo y el productor acabe con mucha soja en las manos", dice Pereira.

Pereira prevé que la superficie sembrada no va a aumentar mucho, alrededor de un 4%. Pero el mercado da señales de que podría darse un crecimiento mayor.

Por ejemplo, la empresa SLC Agrícola, uno de los gigantes del sector en Brasil, ya ha anunciado que aumentará un  7% la superficie sembrada con soja para la próxima cosecha.

"Nuestra principal preocupación es que la creación de una demanda tan grande en un espacio de tiempo tan corto pueda provocar deforestación y conversión de la vegetación natural", dice Edegar de Oliveira Rosa, Coordinador del Programa de Alimentación y Agricultura de WWF-Brasil.

En su mayor parte, la Amazonía está protegida de esta voracidad por más tierras de cultivo. Desde 2006, la llamada Moratoria de la Soja, un pacto entre productores y activistas medioambientales, impide la deforestación de los bosques tropicales para producir soja. 

El peligro reside principalmente en el Cerrado, un bioma parecido a una sabana, inmensamente rico en biodiversidad, que es esencial para el equilibrio del ecosistema de Brasil.

El Cerrado ocupa el 22% del territorio brasileño. A diferencia de la Amazonía, carece de protecciones legales. Desde la década de 1970, el Cerrado ha perdido casi la mitad de su vegetación natural debido a la expansión de la agricultura y los pastos y es hoy el bioma más amenazado de Brasil. El cultivo de soja se concentra abrumadoramente en esta región. 

Según datos recopilados por Trase, una plataforma global que monitorea las cadenas de producción de materias primas, se han plantado aproximadamente 3.5 millones de hectáreas de soja en áreas del Cerrado que estaban cubiertas por vegetación nativa hace 15 años. 

Las tierras en el Cerrado son ostensiblemente más baratas que en otras regiones en las que la industria de la soja está más consolidada como, por ejemplo, el sur de Brasil.

Esto significa que el cultivo de soja no es lo único que preocupa a los medioambientalistas, sino también la especulación por parte de los grandes propietarios rurales.

Los propietarios de tierras pueden intentar capitalizar un mercado en expansión despejando la tierra y preparándola para la explotación agrícola y venderlas a precios más altos.

En opinión de Carneiro, la productividad e incluso el área sembrada solo deberían aumentar en base a tierras ya degradadas, eliminando así la necesidad de deforestación.

Pero las cuentas son lo que son e indican claramente que el peligro existe: "Limpian los bosques porque es más barato", explica

Pero las cuentas son lo que son e indican claramente que el peligro existe: "Limpian los bosques porque es más barato", explica.

Nassar, sin embargo, minimiza los riesgos. En su opinión, por más que la deforestación siga siendo un problema, lo es en mucho menor medida de lo que solía ser hace unos años.

Los datos de ABIOVE muestran que la deforestación causada por el cultivo de soja disminuyó de un 27% por hectárea plantada entre 2002 y 2007 a 7% en los últimos cuatro años. “Nosotros estamos a favor de que no haya más deforestación en la cadena”, explica Nassar. “Pero tenemos que ver todo esto como un proceso de transición”. 

Este artículo fue publicado previamente por Diálogo Chino y se puede leer aquí

About the author

Manuela Andreoni es de Río de Janeiro. Trabaja como periodista y reportera para sitios web, periódicos y revistas brasileños, así como para el Globe and Mail de Toronto y el Sunday Times de Londres. Es la editora de Diálogo Chino en Brasil. 

Manuela Andreoni is a Rio de Janeiro-born journalist. She works as a reporter for Brazilian websites, newspapers and magazines, as well as Toronto’s Globe and Mail and London’s Sunday Times. She is Brazil editor for Diálogo Chino.


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