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¿Cómo hacer que América vuelva a ser grande otra vez? ¿Atacando a México?

Mientras el Presidente Trump concluye su primera semana en la Casa Blanca con políticas de proteccionismo extremo, parece evidente que no habrá  tregua para América Latina. English

A ''No Trespassing'' sign marks the U.S./Mexico border wall. PAimages/Graham Charles Hunt Zuma. All rights reserved.

La inauguración del nuevo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ciertamente vino acompañada de algunos acentos de intolerancia. Su éxito electoral se basó, en gran medida, en la promesa de poner a Estados Unidos “primero” (America first) y proteger los intereses de "nuestro pueblo". Al hacerlo, ha ebumerado una serie de sospechosos habituales: el establishment político, la CIA, el islam radical, la prensa, los derechos de las mujeres, China y, por supuesto, México. Hibiendo sido éstos puntos centrales en su campaña, su popularidad como presidente a corto plazo se medirá por su capacidad para obtener resultados visibles en estas áreas. Y cualquier persona que no estuviese convencida de la capacidad del candidato, ahora presidente, de poner sus palabras en acción, debe fijarse simplemente en la agenda establecida por su primera ronda de órdenes ejecutivas.

Para con México, Trump continuará la línea política establecida por sus dos predecesores consistente en aumentar la seguridad en la frontera entre Estados Unidos y México, e intensificar las deportaciones. Durante las primarias republicanas, la afirmación rotunda de que "Vamos a construir ese muro", puso el carácter polémico de Trump en el centro de atención internacional. Sin embargo, se trata de acentuar una política de gran valor simbólico, ahora en versión más radical y controvertida dados los prejuicios inaceptables y los insultos contra los mexicanos con los que ha sido expuesta, aunque en el fondo no ofrezca ninguna aportación significativa a los desafíos permanentes de la migración.

En 2006, tanto republicanos como demócratas, entre ellos el mismo Obama, votaron a favor de financiar 1.100 kilómetros de la doble valla que puso en marcha el presidente Bush y su seguridad reforzada a lo largo de varios tramos de una frontera con México, que alcanza los 3.200 kilómetros. Obama reforzó aún más esta política, y fue descrito entonces como el presidente que mantuvo desplegada  "la mayor cantidad de patrullas de frontera y fuerzas de seguridad  fronteriza que cualquier otro presidente". Fue Obama quien, en 2014, llegó a ganarse el apodo de 'jefe deportador' , y acabó expulsando a más de 2,5 millones de inmigrantes durante sus dos mandatos. La política estadounidense sobre la inmigración desde el Sur ha hecho frente a los síntomas, en lugar de atacar las causas de raíz, y aunque Trump venga a arrojar un poco más de leña al fuego, al hacerlo, lo que está reforzando es la línea establecida por sus predecesores, aunque con un mayor ensañamiento. 

Pero quizás  lo que representa la mayor amenaza para Méxicosea la promesa del nuevo presidente de traer las fábricas de vuelta a casa y renegociar tratados comerciales. A partir de una concepción simplista de políticas comerciales proteccionistas, Trump ha culpado a los tratados comerciales que considera desfavorables (es decir, el TLCAN), y a las cadenas de suministro transnacionales, de los problemas económicos de su país: pérdidas de puestos de trabajo, cierres de fábricas y depresión salarial. Sin embargo, no ha logrado comprender el impacto real del cambio tecnológico en el mercado de trabajo de una economía postindustrial como la de los Estados Unidos. Pero sí parece haber convencido a buena parte de los americanos, y la razón por la cual tantos de sus partidarios han podido pasar por alto a un personaje tan poco presidencial, ha sido su promesa de devolver trabajos y dignidad al Medio Oeste, en concreto a los estados de Ohio, Michigan e Indiana, pertenecientes al cinturón industrial conocido como el Rustbelt.

Incluso antes de sentarse en su escritorio del Despacho Oval, Trump ya se atribuyó, a través de Twitter, el haber persuadido a Ford para retener una planta y 700 empleos en Kentucky, en lugar de trasladarlos a México, aun cuando después se supo que Ford no había previsto el cierre de esa planta.

Sin embargo, pronto Trump se encontrará cara a cara con las implicaciones reales de sus promesas. Veamos el caso de Ohio, por ejemplo: un estado en el que Trump superó por poco a Hilary Clinton con el 51,2% y sobre el que dijo que "la fabricación se ha reducido en un 30%, un 40%, a veces un 50%" por culpa del TLCAN (otra vez, resulta que el impacto real está en verdad más cerca del 1% que de otra cosa). Para el estado de Ohio, México representa su segundo mercado de exportación, principalmente en forma de piezas de vehículos, plásticos, hierro y productos de acero. México – como tercer mayor proveedor de mercancías de importación a los EE.UU. — utiliza estos bienes importados para reexportar vehículos ($ 74m), maquinaria eléctrica ($ 63 millones), maquinaria ($ 49 millones) e instrumentos ópticos / médicos ($ 12 millones) al mercado estadounidense.

El tratado de libre comercio, sin duda, ha sido examinado rigurosamente en un informe del Centro para el Desarrollo Global que muestra la diferencia de salarios entre Estados Unidos y México, demostrando que ha crecido, y no disminuido, desde 1994, y que solo ha traído modestos beneficios a ambos lados de la frontera. Pero, pensando en las discusiones post-Brexit que están teniendo lugar en Europa, está claro que la solución no es la hostilidad entre países, o el cese de los acuerdos económicos, sino más cooperación y una mejor integración económica.

Cualquier medida dirigida a atacar el tratado, a aumentar las restricciones comerciales a las importaciones mexicanas y a perturbar la cadena de suministro internacional, probablemente provocará una represalia proporcional por parte de México. Los precios subirían, al igual que las tensiones sociales, y no existe garantía alguna de que el resultado fuese un aumento neto de las oportunidades de empleo en los Estados Unidos. El impacto de tales medidas sería inmediato y perjudicial para las familias estadounidenses de las comunidades a las que Donald Trump prometió proteger. Además, el Presidente tendría que dar un golpe constitucional para hacerlo efectivo y esto, en sí mismo, tiene consecuencias políticas negativas. Para su credibilidad a corto plazo, Trump es más que capaz de utilizar su poder ejecutivo para hacer que todo esto suceda. Como sugiere la posible imposición de un arancel del 20% sobre los productos mexicanos para financiar la construcción del muro fronterizo, Trump está dispuesto a colocar a las relaciones EE.UU. / México en un mínimo histórico. Pero, al dispararle a los Estados Unidos en el pie, Trump corre el riesgo de desestabilizar su base de apoyo popular y perder aliados políticos.

Es probable que México acabe enfrentándose a más que a un postureo político por parte de Trump, pero eso tendrá un precio, aunque se espera que, "a menos  que Raúl Castro no cargue las tintas demasiado en el Che Guevara y en denunciar el trato de los EE.UU. como si estuviésemos en la década de 1950" (como dice la revista Forbes ), el resto de América Latina va a quedarse con el status quo actual. Pero aquí hay un problema: el status quo no es lo suficientemente bueno, y es probable que la presidencia de Trump produzca las condiciones políticas y económicas necesarias para que las cosas se deterioren.

El factor chino en América Latina

Pero, si los Estados Unidos dan la espalda a México y a Latinoamérica, ¿está preparada la región para sostenerse de pie por sí sola? El creciente papel de China en América Latina ha proporcionado una alternativa a la impopular narrativa de la Guerra Fría, que señalaba culpable al imperialismo estadounidense. Consideradas por algunos como muestra del fortalecimiento de la cooperación Sur-Sur – y como un desafío directo a la hegemonía del Norte –, las industrias extractivas de América Latina han resultado ser fundamentales para satisfacer los altos niveles de demanda china y el consiguiente crecimiento de ese país a partir de los años noventa. Tanto es así que, entre el período de 1975 y 2006, el comercio bilateral creció de 200 millones de dólares a 70.000 millones. Y mientras la reciente caída de demanda de las materias primas ralentizó el comercio chino en la región, éste no ha frenado su actividad.

Los préstamos chinos en la región aumentaron bruscamente en 2013 y 2014 , con 22.100 millones de dólares en nuevos créditos chinos en 2014, lo que representa más que el valor combinado de los créditos provenientes de los dos organismos financieros multilaterales que operan tradicionalmente en la región, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo – sobre todo para Venezuela, Brasil y Argentina. Y mientras que las instituciones financieras multilaterales del orden liberal mundial ligan a sus créditos una estricta condicionalidad económica y política, China no impone "restricciones". Sin embargo, este enfoque puede resultar engañoso, y con los créditos chinos vinculados con mayor frecuencia a los recursos naturales y a la construcción de infraestructuras, en realidad la región no se libera del presentimiento de un nuevo imperialismo.

Pero, ¿cómo se relaciona todo esto con una presidencia de Trump? Además de sus objetivos económicos en la región, un pilar clave para la política económica del crecimiento chino es que se mantenga la estabilidad dentro de las regiones en las que opera. Pero esta estabilidad puede tener un costo para la democracia. Preguntado en una entrevista si China tenía algún interés en el cambio de política en América Latina, un líder del Partido Comunista chino, respondió:

“No.¿Por qué lo tendríamos? Estamos muy contentos con un sistema democrático controlado por las élites, que mantiene en mínimos la participación popular real, siempre y cuando continúen haciendo cumplir los acuerdos que han cerrado con nosotros".

Para la región, ésta representa una buena alternativa a las innumerables intervenciones (encubiertas o no tanto) de los Estados Unidos en el pasado, con su interferencia sobre la soberanía popular de las naciones latinoamericanas y la frecuente negación de su autodeterminación. Sin embargo, la política china también representa un abandono absoluto de la responsabilidad de proteger la calidad de la democracia y las libertades civiles en los países en los que más se está involucrando.

El eslogan del presidente Trump "America first" refleja este enfoque no intervencionista, pero tiene implicaciones más amplias. "No buscamos imponer nuestro estilo de vida a nadie", dijo en su discurso de inauguración. Y sí, una vez más, podría haber una ola justificada de aprobación por parte de muchos que, en América Latina, están hartos de las intervenciones "occidentales" en nombre de la democracia, pero esto también envía a los líderes mundiales un mensaje claro: las reglas del juego han cambiado, y el listón de "lo que se debería" y lo que "no se debería" hacer acaba de ser rebajado varios grados.  

¿Una reacción frente a Trump en América Latina?

Hay pocos lugares en el mundo donde este mensaje resulte más peligroso que en América Latina. Ya hemos visto que el enfoque de China de actuar "sin restricciones ni ataduras" en la región amenaza con aumentar la desigualdad, ya que el poder y la riqueza se consolidan en las capas superiores, a expensas de controlar o anular la participación popular en la política. El desprecio de Donald Trump por los estándares democráticos o las libertades civiles, y su guerra contra los medios de comunicación, pone a disposición de estas élites políticas más herramientas para mantener su status quo preferido, y sofocar a las sociedades civiles que han venido floreciendo en la región durante los últimos años.

América Latina es una región de democracias relativamente jóvenes y bastante frágiles. A través del aumento de la participación ciudadana y la expansión de las sociedades civiles, los países están encontrando maneras de hacer avanzar sus propias versiones de una democracia justa y vibrante.Pero, ante Trump, se podría producir una reacción: muchos, entre políticos, organizaciones de la sociedad civil y ciudadanos comprometidos, han demostrado su capacidad de movilización en los últimos años y lucharán para asegurar que el listón de los estándares democráticos y civiles no sea rebajado por sus líderes. Sin estos estándares, los países de la región podrían deslizarse rápidamente hacia un populismo de derechas, que erosionaría décadas de duro trabajo realizado para lograr la democracia.

A medida que el nuevo presidente se asienta en la Casa Blanca, no hay tregua para América Latina. Aún así, importan las palabras del presidente de Ecuador, Eduardo Correa, cuando dice:

"[Trump] es tan brutal que generará una reacción en América Latina que levantará más apoyo para los gobiernos progresistas".

Las próximas elecciones en su país, previstas para el próximo 19 de febrero, quizás le darán la razón, o quizás no. 

About the author

Piers Purdy is managing editor at democraciaAbierta. He is a writer and political analyst. He holds a BA and an MA in politics and international affairs. 

Piers Purdy esmanaging editor en democratiaAbierta.  Escritor y analista politico, es licenciadp y máster en políticas y en relaciones internacionales. 


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