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El perverso populismo de Trump

Cómo la plataforma "America First" (América, primero) de Trump distorsiona el populismo para proteger a los poderosos. English

Donald Trump. Press Association/Ron Sachs. Todos los derechos reservados.

El discurso inaugural de Donald Trump sorprendió élites de Washington. El New York Times, el Washington Post y otros comentaron su populismo desenfrenado, su tono acusatorio. El conservador, y anticuado, columnista del “Post” George Will, lo calificaba como: "El discurso inaugural más terrible en la historia". Si bien Trump leyó disciplinadamente el teleprompter, apenas se alejó de sus discursos de campaña. Pero el discurso merece atención porque revela cómo el populismo derechista de Trump distorsiona la tradición populista de Estados Unidos. Las diferencias son claras en cada elemento de la narrativa de Trump.

¿Quién lo hizo?

Trump comienza con una acusación al "establishment de Washington":

"Durante demasiado tiempo, un pequeño grupo de la capital de nuestra nación ha cosechado las recompensas del gobierno mientras que el pueblo ha pagado los costos. Washington floreció, pero el pueblo no compartió su riqueza. Los políticos prosperaron pero los empleos se acabaron y las fábricas cerraron. La élite se protegió pero no cuidó a los ciudadanos de nuestro país. Sus victorias no han sido tus victorias. Sus triunfos no han sido tus triunfos…”

Más adelante, vuelve a acusar a los "Ya no aceptaremos a políticos que solo prometan y no cumplan, de los que se quejan constantemente pero nunca hacen nada al respecto".

Para Trump, los enemigos del pueblo no son los "millonarios y multimillonarios" de Bernie Sanders, que han corrompido nuestra política y manipulado la economía para beneficiarse a sí mismos. El enemigo es "Washington" y sus "políticos" que "prosperaron" mientras que "los puestos de trabajo se marcharon".

¿Cuál fue el delito?

Trump pinta una visión distópica de América - "fábricas oxidadas, repartidas como lápidas  mortuorias en el paisaje de nuestra nación" y "crimen y pandillas y drogas" - y promete que "esta carnicería estadounidense se detiene aquí, y se detiene ahora mismo".

Pero, ¿cuál fue el delito? El delito, según Trump, fue que Washington eligió enriquecer al mundo, pero no a América:

“ Durante muchas décadas, hemos enriquecido la industria extranjera a expensas de la industria estadounidense… Hemos defendido las fronteras de otros países mientras nos rehusamos a defender las nuestras, y gastamos billones y billones de dólares en el extranjero mientras la infraestructura de Estados Unidos ha quedado en muy mal estado y se ha deteriorado. Hemos hecho ricos a otros países mientras la riqueza, la fuerza y la seguridad de nuestro país se ha esfumado en el horizonte… La riqueza de nuestra clase media ha sido despojada de sus hogares y después redistribuida en todo el mundo”.

Le faltó decir, por supuesto, que la realidad es que en los Estados Unidos el gran capital y los intereses encubiertos manipularon el sistema para beneficiar a unos pocos. Mientras que la mayoría de los estadounidenses lucharon por mantenerse simplemente a flote, el 1% está mejor que nunca y los beneficios de las grandes empresas alcanzan niveles récord. El sistema no fue trucado por China o por México. Fue manipulado por las élites americanas para beneficiarse a sí mismas.

¿Cuál es el remedio?

Trump habla de devolver el gobierno a la gente, pero empoderar a los trabajadores no es su prioridad. No tratara de redistribuir la riqueza, que ha sido capturada por muy pocos. No tratará de fortalecer a los sindicatos, para elevar el salario mínimo o para frenar los abusos de los altos directivos, ni querrá gravar la especulación financiera, ni pondrá fin a los esquemas perversos de compensación a los ejecutivos, que los recompensan por saquear sus propias compañías. Trump no está hablando de fortalecer la educación pública, ni de hacer que la matrícula universitaria sea gratuita. Y seguro que no está intentando fortalecer la democracia, ni quiere frenar el poder del dinero en la política, ni acabar con la marginación de votantes o con los distritos electorales con resultados pre-determinados (grerrymandering).

No, el remedio Trump es el nacionalismo. A partir de ahora, "America First", como si todos los estadounidenses – desde los multimillonarios de Wall-Mart hasta los cajeros de sus supermercados, que cobran los salarios más bajos – tuvieran los mismos intereses económicos.

“America First” construirá un muro contra los inmigrantes indocumentados (pero ampliará los programas para los trabajadores acogidos y para importar a los trabajadores calificados que las empresas tecnológicas quieran). “America First” impondrá aranceles a las mercancías enviadas desde el exterior, pero incentivará a las compañías a que se queden reduciendo sus impuestos, y relajando las regulaciones - sobre aire limpio, agua limpia, salud ocupacional y protección al consumidor. America First aumentará el presupuesto militar, y apoyará la "ley y el orden" de la policía.

Trump hace dos promesas sorprendentes. Primero, promete reconstruir América con mano de obra estadounidense: "Construiremos nuevos carreteras, autopistas, puentes, aeropuertos, túneles y ferrocarriles a través de toda nuestro maravilloso país". Pero, por supuesto, el Congreso en manos republicanas no está dispuesto a gastar grandes sumas de dinero en infraestructura, por lo que el programa Trump se basa en exenciones fiscales para los inversores privados. El resultado, seguramente, será un baile de depredadores, un frenesí de nutrición corporativa en el comedero público.

La segunda promesa es seguir "dos sencillas reglas: comprar americano y contratar americano". Pero Trump no ha hecho nada de eso en sus propios negocios, y no hay muchos indicios que sugieran que los republicanos vayan a imponer esas limitaciones a nuestras cadenas de suministro globalizadas.

La estafa

El movimiento populista original americano creció entre los pequeños agricultores y trabajadores que estaban siendo ensartados por los bancos y los ferrocarriles. Argumentaban que la gente tenía que hacerse cargo del gobierno para convertirlo en un instrumento a su servicio, no en el instrumento de los piratas. Enviaron maestros y conferenciantes a través del Medio Oeste para educar a los agricultores y trabajadores sobre hasta qué punto se estaban deteriorando, sobre la posibilidad de establecer una política monetaria alternativa, sobre cómo montar cooperativas y otros medios para obtener mayor influencia y sobre cómo reformar nuestra democracia para poner más poder en manos del pueblo. Así, un movimiento mayoritario popular tomaría el gobierno, lo limpiaría y usaría sus poderes para pasar cuentas con los intereses privados que lo habían corrompido.

El populismo de derechas de Trump hace que el gobierno y los políticos sean el enemigo, que el nacionalismo sea la respuesta, y dirige la rabia hacia el “otro” – inmigrantes, musulmanes, extranjeros, China, aliados criticados, internacionalistas irresponsables... La estafa puede funcionar por un tiempo, pero al ignorar el poder de los pocos, hará poco para resolver la difícil situación de los muchos. 

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Traducción del original en inglés, publicado inicialmente por: Ourfuture.org.

About the author

Robert L. Borosage is the founder and president of the Institute for America’s Future and co-director of its sister organization, the Campaign for America’s Future. Borosage writes widely on political, economic and national security issues. He is a Contributing Editor at The Nation magazine, and a regular blogger at The Huffington Post. His articles have appeared in The American Prospect, The Washington Post, the New York Times and the Philadelphia Inquirer. He is co-editor of Taking Back America (with Katrina Vanden Heuvel) and The Next Agenda (with Roger Hickey).


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