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Las mujeres y la guerra contra las drogas

Supervivientes y víctimas de la guerra contra las drogas viajaron desde Honduras en una caravana para la paz, la vida y la justicia para presentar su caso ante la UNGASS. English

La primera vez que fumé marihuana tenía 13 años. Me pareció más divertido que beber alcohol. Y más espiritual. Me hizo recordar el momento en que me volví cuáquera. Me ayudó a ver la luz interior de las personas.

Lo siguiente fue darme cuenta de que no tiene ningún sentido ilegalizar una simple planta. Leyendo libros sobre el tema me enteré de un hecho sorprendente: la prohibición legal del cannabis, la coca y la adormidera se determina al más alto nivel, no por Dios, ya que al fin y al cabo se dice que Jesús usaba un extracto de cannabis para curar, sino por la Convención Única sobre Estupefacientes de la ONU de 1961. En 1970 Richard Nixon firmó la ley que implementaba la prohibición a nivel nacional en cumplimiento de lo establecido por la Convención: la Ley General para el Control y la Prevención del Abuso de Drogas.

Para que quede claro: la política estadounidense sobre drogas la determina una convención de las Naciones Unidas.

Se preveía que una reconsideración potencialmente trascendental de esa Convención tendría lugar en Nueva York, del 19 al 21 de abril, durante la segunda Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre Drogas (UNGASS). Pero no fue así.

Asistí a la primera Sesión, en 1998, como parte de los esfuerzos de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (LIMPAL; WILPF en inglés) para cambiar las políticas y, específicamente, para hacer valer nuestra posición de que acabar con la guerra contra las drogas es una cuestión de mujeres. ¿Por qué? Hay muchas cosas que están mal en esta guerra - su racismo, su apuesta por las soluciones militares -, pero una de las que no suele mencionarse es su impacto sobre las mujeres.

La guerra contra las drogas consiente cierto tipo de violencia machista. En décadas anteriores, ese tipo da violencia se practicaba entre policías y ladrones, después entre cowboys e indios, y ahora entre la DEA (Administración para el Control de Drogas) y los narcotraficantes. La guerra permite a los hombres encontrar excusas para comportarse de manera violenta y para militarizar a las sociedades. Las mujeres pierden en tiempos de guerra, a pesar de lo que diga George Bush.

¿Y qué resultados tiene criminalizar un deseo humano natural como es el de querer cambiar el estado de conciencia? Enormes cantidades de fondos ilegales que se emplean para financiar prostíbulos, casinos, el comercio de armas y los sobornos: todas ellas, actividades que no son muy seductoras para las mujeres.

La aplicación legal de la prohibición conduce al racismo y al encarcelamiento punitivo. Del lado de la oferta, el caos causado por los gobiernos latinoamericanos que, presionados por Estados Unidos, accedieron a rociar las tierras de los agricultores para destruir plantaciones de coca - sin pedir permiso, claro - en medio de una guerra civil, ha provocado una tragedia medioambiental y un desastre político.

Acompañé a una delegación de la LIMPAL a Colombia en 1996 y documenté nuestras reuniones con las valientes pero melancólicas víctimas de la guerra: mujeres con el corazón roto porque obligaron a sus hijos a alistarse con los paramilitares para matar a los hijos de otras mujeres que se habían unido a las guerrillas. Un punto álgido de nuestra visita fue una reunión con la secretaria de la Cooperativa de Pequeños Cultivadores de Coca. Olmyra Morales llegó a nuestra reunión en un centro de derechos humanos de Bogotá con una pequeña maleta. Como si de una vendedora de Avon se tratara, sacó las lociones curativas y las infusiones elaborados con planta de la coca y nos describió sus usos benéficos.

Olmyra Morales, secretaria de la Cooperativa de Pequeños Cultivadores de Coca, Colombia.

Un año más tarde, la LIMPA de Estados Unidos, bajo el liderazgo de su directora ejecutiva, Marilyn Clement, consiguió una subvención de la Drug Policy Foundation para hacer una gira por Estados Unidos con mujeres supervivientes de la guerra contra las drogas, del norte y del sur. Olmyra Morales vino desde Colombia, junto a una cultivadora de coca de Bolivia y Perú y una afroamericana ex adicta a la cocaína y seropositiva, Marsha Burnett, de Montpelier, Vermont.

En una de las etapas de la gira nos reunimos con el personal que llevaba a cabo un programa contra el abuso de drogas en Baltimore. Fue una confrontación singular, pero amable, entre mujeres que cultivaban plantas cuyos productos estaban destruyendo a las comunidades del centro urbano de Baltimore y otras que tenían que hacer frente a los efectos de esta epidemia. ¿Quién tenía la culpa? ¿Quién era el “mal”? Ese día se cambiaron percepciones.

Al año siguiente Olmyra vino otra vez a Estados Unidos para testimoniar ante la primera UNGASS sobre Drogas en 1998, patrocinada por el Instituto Transnacional de los Países Bajos. Ella y Marsha Burnett fueron elegidas entre las participantes de la sociedad civil para dirigirse (desde la galería) a los cientos de diplomáticos que integraban el Comité Plenario de la ONU. Hablaron como víctimas de los dos lados de la guerra: la oferta y la demanda. Se agarraron las manos y, alzándolas, dijeron: “Nosotras juntas, que representamos a los dos extremos criminalizados del problema de las drogas, decimos que estamos unidas en la búsqueda de una forma de vida sostenible para nuestras comunidades…”.

Marsha Burnett, Vermont, Estados Unidos.

Fue muy emotivo escuchar a mujeres pobres diciendo verdades en aquellos augustos salones. ¿Pero les escuchó alguien realmente? ¿Cuál fue el resultado de la primera UNGASS? El Presidente Clinton engatusó al resto del mundo para incrementar la respuesta militar ante el consumo de drogas: el gobierno de Estados Unidos estaba dispuesto a asistir a los países latinoamericanos en la adquisición de nuevas lanchas rápidas de interceptación y facilitar préstamos a interés bajo para construir nuevas prisiones para los delincuentes (y cualquier otra persona que pudiera molestar al estado).

Ha llovido mucho desde entonces. Pero aunque hace unos días, en Nueva York, tuvo lugar la UNGASS II en una atmósfera bastante cambiada, lamentablemente, las expectativas del Instituto Transnacional de que la UNGASS 2016 fuese una oportunidad para poner punto final a los horrores de la guerra contra las drogas y empezar a priorizar la salud, los derechos humanos y la seguridad, no llegaron a verificarse. UNGASS 2016 se pronunció a favor de una “evolución” de la guerra contra las drogas, pero no de una revolución.

El intento de la LIMPA de contarle la verdad al poder antes de la primera UNGASS fue una iniciativa de base, de perfil bajo. Por el contrario, esta vez las supervivientes y víctimas de la guerra, del norte y del sur, viajaron como parte de una caravana mucho más amplia por la paz, la vida y la justicia, saliendo de Honduras y presentando su caso ante la ONU. Financiado por Global Exchange y con una subvención importante de la Open Society de George Soros, este movimiento para la libertad frente a la opresión de los gobiernos tendrá sin duda, un día, la oportunidad de ser finalmente un actor del cambio.

La traducción al español ha sido realizada por Victoria Gómez y Carmen Municio, miembros del Programa de voluntariado de DemocraciaAbierta.

Este artículo se publica como parte de una alianza editorial entre openDemocracy y CELS, organización de derechos humanos argentina con una amplia agenda, incluyendo la defensa y promoción de políticas de drogas respetuosas de los derechos humanos. La alianza coincide con la Sesión Especial sobre Drogas de la Asamblea General de las Naciones Unidas (UNGASS).

About the author

Robin Lloyd is a filmmaker and a former board member of WILPF-US


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