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Abandonemos el mito de la independencia

La pandemia es un buen momento para repensarlo todo. Necesitamos un replanteamiento fundamental de cómo nos entendemos a nosotros mismos, nuestras instituciones y nuestras ideas de libertad.

Will Flagle
1 September 2020
Pkist.com. Public Domain.

Con el brote de Covid-19, nuestra interdependencia y vulnerabilidad han quedado al descubierto. Un estornudo o una tos pueden significar la vida o la muerte. El fin de los gastos para algunos significa la pérdida de ingresos para otros. Nuestros destinos están ligados - directa e indirectamente - de innumerables maneras.

Esto es obvio, o debería serlo. Sin embargo, reconocer plenamente nuestra interdependencia requiere un replanteamiento fundamental de la forma en que nos entendemos a nosotros mismos, nuestras instituciones y nuestras ideas de libertad.

El yo social.

Mucha sabiduría convencional sostiene que todos somos "motas" de capital humano que se auto-invierten. "No existe algo como la sociedad", dijo Margaret Thatcher, sólo individuos (y tal vez familias) buscando maximizar nuestro retorno de inversión.

Por el contrario, la idea del yo social postula que nuestras conexiones con los demás condicionan lo que somos o podemos llegar a ser. Cada día, dependemos del lenguaje, la socialización, las ideas, las invenciones y la inspiración de los demás. Nuestros objetivos individuales sólo son posibles porque innumerables personas nos han criado, enseñado y cuidado. Es poco lo que logramos por nuestra cuenta.

Las relaciones sociales permiten fines colectivos como la justicia o la comunidad, pero también informan nuestros propósitos individuales. Aislados en la cuarentena, por ejemplo, no podemos ser plenamente nosotros mismos, porque las identidades y compromisos que impregnan nuestras vidas de significado - pareja, progenitores o implicación política - sólo están disponibles en toda su riqueza dentro de un marco social.

También dependemos de un mundo que no es de nuestra propia creación. Gran parte de nuestra infraestructura social y económica y el conocimiento y la tecnología que lo permite ha sido heredada o extraída de generaciones anteriores. Según el profesor de derecho Jedediah Purdy, cada uno de nosotros disfruta de unas 4.000 toneladas de infraestructura como carreteras, viviendas y tierras de cultivo. "Para la mayoría de nosotros", escribe, "un exoesqueleto tecnológico colectivo, el sistema circulatorio y la red de nervios forman las condiciones de nuestra existencia. Fuera de ellos, no tendríamos un ser que durara mucho tiempo".

Entrelazado con esta base física está el andamiaje legal y político no material que nos sostiene. Purdy argumenta que "estas realidades artificiales cambian lo que somos para los demás y lo que somos capaces de hacer: ciudadano de una democracia, persona privada de derechos por una condena por un delito grave, refugiado con derechos de asilo, apátrida". Como nos recuerdan las migraciones masivas contemporáneas, estos sistemas pueden significar la vida o la muerte.

Interdependencia y libertad

La idea del "yo social" no es nueva, pero reconocer nuestra interdependencia requiere repensar algunas nociones fundamentales, incluyendo la libertad. En gran parte del discurso contemporáneo, reina la idea de "libertad negativa", es decir, ser libres de la coacción de los demás o del Estado. Mientras nos dejen en paz, somos libres.

Por el contrario, los igualitaristas y los socialistas sostienen que la libertad negativa es insuficiente. La libertad efectiva también requiere condiciones que den a las personas la capacidad de dirigir sus vidas y prosperar. Por ejemplo, las relaciones sociales son necesarias para que los individuos se dediquen plenamente a crearse a sí mismos en primer lugar.

Como escribió Marx, "sólo en comunidad [con otros] cada individuo tiene los medios de cultivar sus dones en todas las direcciones; sólo en la comunidad, por lo tanto, es posible la libertad personal". Así, sin ricas relaciones sociales nuestra libertad colectiva e individual está muy limitada.

Entender que "nadie se libera solo" significa invertir y apoyar a las comunidades de las que todos dependemos.

En otras palabras, reconocer el yo interdependiente significa reconocer que mi libertad y florecimiento dependen de la suya. Si no tienes licencia por enfermedad pagada y tienes que trabajar cuando estás enfermo, por ejemplo, mi salud y mi libertad también están en riesgo. "Nadie se libera solo". Por eso, abandonar "el mito de la independencia" también requiere repensar nuestras instituciones.

¿Cómo nos conforman las instituciones?

En su investigación sobre La Economía Moral, Samuel Bowles muestra que las personas se convertirán en los sujetos egoístas que asumimos que son si los tratamos como el modelo apolítico y egoísta del homo economicus. Por ejemplo, "en guarderías para seis días a la semana", escribe, "se impuso una multa a los padres que se retrasaban en recoger a sus hijos al final del día". No funcionó. Los padres respondieron a la multa duplicando la fracción de tiempo que llegaron tarde". Para los padres, la tarifa disolvió cualquier preocupación por incomodar al personal, reduciéndola a un cálculo transaccional.

Bowles descubrió que los incentivos materiales que pretenden movilizar nuestro interés supuestamente "natural" pueden desplazar o diluir las preferencias socialmente beneficiosas como son el altruismo o la reciprocidad. Más importante aún, "el uso extensivo de [tales] incentivos puede afectar negativamente a la evolución de las preferencias cívicas a largo plazo", por lo que un sistema político que infantiliza a los ciudadanos de esta manera "puede hacer que los buenos actúen como si fueran malvados".

Frente a crisis como la pandemia del Coronavirus o el inminente caos climático, debemos considerar cómo nuestras acciones afectan a los demás, pero la lógica interesada de la racionalidad neoliberal ha saturado nuestra existencia: nuestros colegios y universidades, las instituciones políticas y jurídicas, y nuestra propia auto-comprensión. Por ejemplo, se recomienda la educación superior, no como un lugar para apoyar a los ciudadanos eficaces, sino como una inversión con un rendimiento financiero esperado.

Desafortunadamente, nuestra infraestructura social, económica e ideológica nos ha condicionado en contra de una mentalidad colectiva precisamente cuando ésta más se necesita.

Por eso es esencial la democratización de nuestras instituciones sociales y económicas. Nuestras instituciones pueden deformar nuestra humanidad, como demuestra Bowles en relación con la sofocante acción colectiva, o pueden facilitar nuestra auto-mejora y capacidades cívicas. Por ejemplo, nuestros puestos de trabajo, que normalmente nos habitúan a formas jerárquicas de toma de decisiones sin ninguna responsabilidad democrática. Sin embargo, "la experiencia de participar y cooperar con otros en tareas comunes sirve como una de las condiciones del autodesarrollo individual", señala la filósofa Carol Gould. "En tales contextos, los individuos tienen la oportunidad de ejercitar y desarrollar sus capacidades sociales, morales e intelectuales".

Reconocer las relaciones institucionales que dan forma a nuestras preferencias y capacidades requiere extender el control democrático sobre esas instituciones.

Cuando los trabajadores están sujetos a un "poder arbitrario e irresponsable" en el lugar de trabajo, carecen de la libertad de controlar sus actividades y de desarrollar capacidades que favorezcan más el autogobierno. De hecho, las investigaciones indican que el aumento de la voz en el lugar de trabajo se traduce en una mayor participación política "fuera de horario".

Dado que nuestra participación en las instituciones determina nuestras capacidades, preferencias y oportunidades, necesitamos controlar esas instituciones para ser libres. ¿Qué significa eso en la práctica?

¿Cómo deberíamos dar forma a nuestras instituciones?

Además de democratizar nuestros lugares de trabajo, sindicatos, instituciones culturales y escuelas, el reconocimiento de nuestra libertad social debería estimular la des-mercantilización de necesidades básicas como la atención infantil, la atención de la salud, la vivienda social y la educación; la desinversión en el complejo penitenciario-industrial, la policía y el ejército; la inversión en políticas de seguridad social universal; programas de desarrollo económico que anclen la riqueza, la tierra y el control en las comunidades locales (incluidas formas de propiedad comunitaria y cooperativas de múltiples interesados); y una planificación democrática y reglamentos de mercado que promuevan la estabilidad económica y liberen tiempo para la participación cívica y comunitaria.

Cuando "el libre desarrollo de cada uno es la condición para el libre desarrollo de todos", como dicen Marx y Engels, tales reformas asegurarían que las relaciones sociales que sustentan nuestra libertad sean fuertes, resistentes y florecientes.

Además, el reconocimiento de nuestra interdependencia con el mundo natural exige respetar las fronteras planetarias que circunscriben la actividad económica sostenible.

Comprender cómo nuestro bienestar material contemporáneo se construye sobre tierras robadas, trabajo robado y el racismo institucionalizado en curso requiere una profunda reparación. Vernos como "individuos inter-relacionados" exige una revalorización, una compensación y una distribución más equitativa del trabajo de cuidado que sostiene a nuestras comunidades.

Por último, dado que la economía implica grandes estructuras de relaciones sociales y relaciones de poder, también debemos tratar de expandir la economía democrática más ampliamente a través de cosas como el presupuesto participativo, la banca pública y la propiedad pública democrática que dispersan el control tan ampliamente como sea posible en toda la población.

Nuestras vidas individuales y el bienestar están profundamente entrelazados con el bienestar de los demás. Nuestra historia compartida, la sociedad contemporánea, y el mundo natural proporcionan las condiciones que nos permiten convertirnos en lo que somos, y en última instancia nos permiten transformarnos a nosotros mismos. Nuestra herencia tecnológica y económica y nuestro destino compartido subrayan cómo la libertad sustantiva tiene condiciones previas tanto materiales como sociales.

Reconocer las relaciones institucionales que dan forma a nuestras preferencias y capacidades requiere extender el control democrático sobre esas instituciones. Entender que "nadie se libera solo" significa invertir y apoyar a las comunidades de las que todos dependemos.

Los teóricos de la libertad social ven a las personas como fundamentalmente dinámicas. Siempre estamos cambiando nuestras creencias y proclividades, siempre aprendiendo y siendo hechos de nuevo. Estamos incrustados, después de todo, dentro de una red de relaciones sociales. La sociedad está siempre en flujo, así que rehacer el tejido social con intención, cuidado y el reconocimiento de nuestra profunda interdependencia es nuestra constante responsabilidad.

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Este artículo fue publicado inicialmente en inglés en Transformation, sección de openDemocracy.

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