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Chile: el paréntesis de la pandemia no impedirá la reaparición de la protesta

Si realmente queremos reparar lo que destruimos en estos meses, si queremos mejorar el pasado, la pandemia, con la catástrofe que significa para todo el planeta, nos obliga a revalorar algunas cosas y, finalmente, a dialogar.

José Zepeda
29 May 2020
Osorno, Chile. 17 march 2020. Toilet paper for sale in front of a slogan written on a wall that says: "Give up Pi�era."
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Fernando Lavoz/NurPhoto/PA Images

"Chile, la primera nación latinoamericana que pasará a los países del primer mundo. Chile, ejemplo de progreso. Cualquier día de estos entrará por la puerta grande a la naciones desarrolladas”. Lo creyeron los chilenos y los observadores internacionales.

De repente, se truncó el pronóstico, en una fecha exacta, el 18 de octubre del 2019. El llamado Estallido social se propagó con rapidez desde la capital a todo el país. La pausa, que no el fin de las manifestaciones comenzó el 18 de marzo con el estado de catástrofe nacional decretado por el gobierno. De hecho, hace poco, vecinos de la comuna El Bosque, en plena cuarenta, salieron a las calles en Santiago y hubo enfrentamientos con Carabineros. La consigna de la gente no puede ser más elocuente: “Estamos pasando hambre”.

Desde el día uno aumentan los comentarios, los ensayos, los libros que intentan darle sentido a un fenómeno complejo que exige solución económica para grandes injusticias y dignidad para una población hastiada de discriminación y exclusión social.

Gonzalo Rojas May es psicólogo, lingüista y artista visual chileno. Acaba de publicar La revolución del Malestar. Sin concesiones graciosas a nadie, plantea temas que pueden ayudar a entender las razones y la magnitud de lo ocurrido.

Destaca la idea de que "Chile es un país donde no se piensa, solo se administra. Muy probablemente lo mismo se puede decir respecto a los demás países iberoamericanos.”

¿Por qué?

Tengo la impresión de que nuestros países son bastante improvisados. Tal vez por la llegada de españoles y portugueses que, a diferencia de los holandeses e ingleses que arribaron al norte de América a instalarse definitivamente hace 500 años, los peninsulares, por lo menos los primeros, venían de pasada, venían a hacerse la América.

Desde ese origen se instaló en nosotros una forma de enfrentar tanto a la naturaleza como a los cambios políticos de forma temporalizada en el corto plazo. Siempre con un espíritu fundacional. Históricamente todos los países latinoamericanos y Chile en particular es una nación que intenta reinventarse cada cuatro o cinco años, de acuerdo a la administración de turno que asume el poder.

Dice usted: "El «presentismo» hace que muchos hayan comenzado a volver a creer que saltarse los procesos democráticos resulta más efectivo que someterse a largas fases de reflexión. En la era de la inmediatez, el tiempo es una moneda de cambio."

Probablemente nada sea más perjudicial que negar el pasado e ignorar el futuro.

Con el resto del mundo compartimos la inmediatez. La irrupción de la nueva tecnología, la digitalización de nuestra vida estableció un ritmo distinto al que teníamos. Si a eso le sumamos que Chile, en los últimos cuarenta años, en lo macroeconómico, superó en gran medida tanto la miseria como la extrema pobreza. Recordemos que al final de la dictadura Chile tenía entre un 40 y 45% de pobres. De pronto se abrió un universo de posibilidades desde el punto de visto económico, social, de las oportunidades. Creíamos, que, por el hecho de tener un amplio menú, podíamos dar el salto hacia el desarrollo.

De alguna manera la mezcla entre la posibilidades que generaban estas nuevas oportunidades y el haber supera indicadores de pobreza tan dramáticos, nos hizo aspirar a tener resultados en el corto plazo. Creíamos que las posibilidades significaban estar al otro lado, haber cruzado la meta.

Ayudo también, me imagino, la comunidad internacional, que cada dos por tres decía, Chile está punto, mañana pasará al primer mundo.

Efectivamente, en un artículo que escribí para Letras Libres de México, planteaba precisamente esto: Chile en las últimas décadas ha vivido lo que llamo “la cornisa de la modernidad”. Hemos estado en ese borde. Desde el año dos mil decíamos, ahora sí que sí, nos vamos a transformar en el primer país desarrollado de América Latina.

Más allá de lo bueno que es aspirar a ello el problema es que nos detuvimos en lo macro y no en lo micro. No me refiero solo a la economía. Hablo de nuestro comportamiento como ciudadanos y nuestra posición psicológica como individuos. En ese sentido actuamos, una vez más, desde la inmediatez. Con premura, con poca reflexión y cero planificación. Parte de nuestro fracaso, pese a mi actitud crítica, valoró grandemente los logros que ha conseguido la democracia y las políticas de acuerdo que permitieron tales éxitos. Sería injusto no reconocerlo. Pero, la falta de planificación y una cierta soberbia nos jugó muy en contra.

Otro párrafo de su libro: "Por una parte, se pide un trato homogéneo en cuanto a ser vistos como ciudadanos con derechos iguales para todos, los que deben estar consagrados constitucionalmente; pero, por otro lado, existe una enorme resistencia a asumir deberes cívicos, es decir, límites, responsabilidad y rigor."

Los culpables no somos nosotros. Los culpables son los que tienen el poder, el sartén por el mango. Nada más bello que ser víctima. Maltratados, humillados. Nada sanará los dolores de la víctima, porque dejar de ser víctima supone el fin de los consuelos y el comienzo de asumir responsabilidades personales. Es pedir demasiado.

La victimización es una actitud adolescente y cómoda. Cuando hablo de falta de responsabilidad y rigor digo que habitamos un mundo de precariedad psíquica y cívica en Chile.

La generación que tiene hoy el poder en Chile es la peor en muchas décadas, en términos de formación intelectual, de rigurosidad, de vocación cívica. Al mismo tiempo, como ciudadanos somos la peor generación de nuestra historia.

Critico severamente a nuestra clase política. Tengo la impresión de que muchos chilenos coincidimos en que los actuales dirigentes de todo el espectro, con las excepciones del caso, la generación que tiene hoy el poder en Chile es la peor en muchas décadas si es que no es en cien años, en términos de formación intelectual, de rigurosidad, de vocación cívica. Al mismo tiempo, como ciudadanos somos la peor generación de nuestra historia.

Somos quienes los hemos elegido en sucesivas elecciones. Los chilenos no podemos echarle la culpa a la clase política. Tuvimos reiteradamente la oportunidad de hacer cambios profundos y optamos por no hacerlo.

Por ejemplo, tengo una apreciación particular sobre las expectativas que se han creado con la nueva constitución. La constitución del 80 es profundamente antidemocrática. Debe ser reformulada y cambiada, lo que en cierta medida se hizo. Me parece acertado que sea revisada, mejorada, profundizada en su espíritu democrático y finalmente ratificada en un plebiscito democrático.

Pero, al mismo tiempo, es una vez más improvisada la manera en que surge la posibilidad de una nueva constitución. Es un salvavidas en medio de una enorme crisis social. Un rescate que no estaba en la agenda. Además, es un salvavidas del que se empiezan a colgar una serie de expectativas que no se van a concretar con el cambio de la constitución. Lo que tenemos que hacer es mucho más que crear una constitución.

Hay una sentencia en su libro que dice “Una sociedad que no se toma en serio la política no se toma en serio la vida."

Lo dice usted al pasar. Sin embargo, este aforismo encierra un dilema decisivo: quien no cree en la política, ineluctablemente, apoyará soluciones populistas, autoritarias, militaristas. En consecuencia, quienes descreen de la política descreen de la democracia.

Absolutamente. América Latina y Chile en particular administra su problemas, planifica poco, piensa poco, descree de la política y muchas veces se declara casi con orgullo, apolítico, con frases tan manidas como: “todos los políticos son iguales”, “da lo mismo quien gane, el próximo lunes yo tengo que ir a trabajar igual”.

Creo que no es casualidad que América Latina haya estado históricamente gobernada por el caudillismo. Perón, un caudillo, Fidel, un caudillo, los padres de nuestras patrias, caudillos. Siempre hemos apelado a figuras con aura heroica, super héroes que suponemos llegan a salvarnos y sacarnos rápido de los problemas. Somos pueblos que caemos fácilmente en la tentación del caudillo. El que inevitablemente termina siendo antidemocrático, y se acicala con perfumes fascistas, sean de izquierda o de derecha.

“Nada es suficiente, ni la posibilidad cierta de una nueva Constitución, ni el aumento del salario básico y de las pensiones mínimas para los adultos mayores, ni la reforma del sistema de salud pública, ni la visibilización y empoderamiento definitivo de la causa feminista. Nada alcanza a aplacar la lista de peticiones que se expresa con furia en las calles y en las redes sociales”.

Me acordé del autor norteamericano Jared Diamond que en su libro Crisis, dice que, entre las doce medidas necesarias de superación, la tercera dice: “Construcción de un cercado para acotar los problemas nacionales a los que hay que dar solución”.

Lo imprescindible ahora. El resto, luego. Parece sensato. ¿Hay algo de ello en el Chile del malestar?

Creo que hay poca sensatez. El populismo que se nos cuela por todas las rendijas entorpece la sensatez. Muchos de los temas que se expresaron en Chile especialmente durante los últimos tres meses del año pasado, son muy válidos. Necesitamos una sociedad mejor, más igualitaria en las oportunidades. Precisamos de una gran modernización del estado. No solo en lo práctico, sino también en su espíritu. Replantearnos cuál debe ser la función del Estado.

La intolerancia se ha instalado como un virus entre nosotros. Es un gran obstáculo que tenemos que superar.

Urge el diálogo, mayores puentes para conversar. Al mismo tiempo, Chile se ofrece a sí mismo treguas o pactos sociales. Ahí hay un grave error. Una tregua es una pausa en un conflicto. Una alternativa de corto plazo.

Un pacto es un contrato con ciertos principios básicos, pero que no construyen. Lo que necesitamos es un acuerdo, que implica reflexión, tiempo y diálogo. En el acuerdo no todos tenemos la obligación de pensar igual. Lo indispensable es convencernos de algo que nos ha costado tanto: ¡No sobra NADIE! Todos cabemos.

La intolerancia se ha instalado como un virus entre nosotros. Es un gran obstáculo que tenemos que superar.

Uno de los aciertos de su libro es cuando apunta que: “La caída de las utopías políticas y religiosas ha creado una posición escéptica frente a los dogmas, pero a la vez profundamente demandante de nuevas respuestas efectivas ante la percepción de abandono.”

Creo, que, entre las pulsiones humanas, la creencia en algo superior, Dios, energía suprema, trascendencia al fin de cuentas. No parece haber, por el momento, alguna religión de sustitución lo suficientemente convincente, salvo, claro que se desee recuperar el mejor humanismo.

Yo conocí de cerca las utopías. En el prólogo del libro digo algo que le disgusta a cierta gente porque lo pongo en igualdad de condiciones. Creo que tengo un especie de doctorado en dictadura. Viví en la China de Mao, en los años de la revolución cultural. Era un niño. Viví en la Cuba de Fidel, en la Alemania de Honecker, y en el Chile de Pinochet. Conozco bien lo que es una dictadura, sea de izquierda o de derecha. Sé lo que supone para un ser humano vivir en un régimen de esas características.

Ahora bien, también conozco las utopías que soportaban a esos regímenes autoritarios. Y algunas de ellas, en su momento, desde el ámbito teórico, fueron bellas utopías, sueños necesarios. La utopía le hace bien a los seres humanos. De alguna manera es la fe, que es de lo que estamos hablando, sea ésta en Dios, en la trascendencia, o en un mundo mejor.

La fe nos hace mejores personas. Y en ese sentido, en este momento adolecemos profundamente de fe. Todo ello no impide que haya cosas que se mantienen inalterables. Soy hijo de un poeta, y mi padre tiene una bella frase que dice: “El amor es acaso la única utopía que nos va quedando”.

Al menos como una piedra angular, el amor es una gran utopía.

Cita textual: "Las protestas sociales permiten espacios de catarsis y goce colectivo. Aunque parezca difícil de creer, de seguro hay personas que lo pasan muy bien en medio de la parálisis económica, el desorden político, la destrucción y el vandalismo. Hay un placer en el vértigo de ese escenario, de ese devenir. No sería de extrañar que se hayan formado gran cantidad de parejas en las calles de Chile a partir de octubre de 2019 y, seguramente darán fruto desde el segundo semestre de 2020 con un aumento en la tasa de natalidad.”

Le juro señor Rojas May, por lo que usted quiera que he escuchado no diez, sino decenas de interpretaciones de la crisis chilena, pero jamás, jamás me imaginé que las protestas eran afrodisiacas.

La idea de revolución es afrodisiaca. Eros y Tánatos, diría el viejo Freud. Para una parte de quienes protestaban y que volverán a hacerlo -porque esto no ha terminado. Creer que ha concluido debido a la pandemia es un grave error- hubo un vértigo, la percepción de que se escribía historia, que se cambiaba algo. Ese vértigo, por un lado, tiene un componente destructivo, que busca quebrar las estructuras, que ansía cambiarlo todo, y, toma conciencia de que “no estaba solo, que había otros que pensaban como yo”.

En todo esto hay algo de barra brava futbolista. Tiene un eros, una pulsión de vida muy importante. Que en esa pulsión aparezca el amor no es nada extraño.

Decía usted que quienes creen que esto se ha terminado están muy equivocados. Es decir que vamos a tener más de lo mismo. Se lo pregunto porque varias de las más importantes reivindicaciones de la gente son más que legítimas. Y, sin embargo, creo también que el más grave error que comete la gente es apoyar explícita o tácitamente la violencia.

Lo más probable es que la protesta reaparezca. La pandemia ha abierto un paréntesis que desafortunadamente no ha sido bien utilizado. Si yo estuviese en el gobierno o fuese un líder de oposición habría aprovechado este tiempo para dialogar, para avanzar y acordar ciertos principios fundamentales. Y como una vez más no pensamos, estamos administrando el problema de la pandemia, cometiendo las mismas faltas relacionadas con el conflicto social. Así es que los temas esenciales van a reaparecer, entre otras cosas porque vamos a tener un país mucho más pobre. Probablemente veamos el retorno de la miseria.

¿Y la violencia?

Va a estar ahí, porque, entre otras cosas, se validó. Cuando los chilenos permitimos que se quemaran iglesias, museos, teatros; que se quemaran bibliotecas públicas, no pasó nada, absolutamente nada. Cuando una sociedad permite eso -sea por acción de agentes del estado o por ciudadanos que protestan, quiere decir que algo muy profundo se quebró.

Validamos la violencia porque fuimos capaces de una u otra manera, que en nombre de una sociedad mejor se arrasaran instituciones sagradas para la civilidad de un país.

La torpeza de las instituciones policiales sumada a del gobierno y a la pérdida de la responsabilidad cívica de todos nosotros, normalizó la violencia.

Y simultáneamente experimentamos el mal manejo de las instituciones policiales. En Chile hubo atropellos a los derechos humanos. No fue política de estado favorecer esa violación de los derechos fundamentales.

Acusar al gobierno de Piñera de dictadura es una falacia. No hay política dictatorial, pero sin duda el gobierno pudo haber hecho mucho más por evitar o prevenir atropellos a los derechos humanos, y es responsable de algunos de ellos.

La torpeza de las instituciones policiales sumada a del gobierno y a la pérdida de la responsabilidad cívica de todos nosotros, normalizó la violencia. Se perdió el respeto por instituciones que nos gusten o no deben ser respetadas. Es un problema mayor.

La presidencia es un cargo desprestigiado, el congreso es una instancia desprestigiada. Las iglesias están en el suelo. Ni que decir de las instituciones policiales.

La posibilidad de que la violencia aparezca es enorme, no solo porque la validamos, sino porque no tenemos una manera efectiva de neutralizar esa pulsión.

“Los indignados no quieren reflexiones, pactos, ni mucho menos invitaciones al diálogo. «No sé lo que quiero, pero lo quiero ya»: cualquier otra cosa sobra. Vivimos tiempos de gran precariedad psíquica y, por ende, cívica”.

Tengo el convencimiento que la precariedad cívica engloba la debilidad democrática, derivada de la eliminación de los currículos educacionales de la filosofía, de la educación cívica…

La precariedad cívica es responsabilidad nuestra porque descuidamos la formación de generaciones de chilenos. Las clases de filosofía prácticamente no existen ni en escuelas ni los liceos, mucho menos la educación cívica.

Hay una serie de valores democráticos que lisa y llanamente no se enseñan. Se exigen. La reciprocidad en las relaciones interpersonales que es clave en una democracia, tanto en el Estado como la sociedad civil, se ha perdido totalmente.

Pese a todo soy optimista y creo que los chilenos tenemos una oportunidad de tocar fondo. De pasarlo mal durante un período. La pandemia, en ese sentido, qué triste, puede ayudar. Puede obligarnos a darnos que lo que teníamos hasta el 17 de octubre del 2019 era muy imperfecto, pero no era el peor de los mundos. Que lo que habíamos logrado fue el esfuerzo de tantos, con tanto dolor. Muertos, llanto, sufrimiento, exilio. Que tuvimos que aprender a mirarnos a los ojos. Aprender a dialogar. Que hay muchísimo más por hacer, pero que lo tuvimos no era lo peor.

Si realmente queremos reparar lo que destruimos en estos meses, si queremos mejorar el pasado, la pandemia, con la catástrofe que significa para todo el planeta, nos sacude a revalorar algunas cosas y, finalmente, a dialogar.

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