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#Brexit incierto: Las lecciones que el caos británico va dejando

A menos de 70 días de que se cumpla el plazo para el Brexit, la incertidumbre crece en medio de especulaciones y apuestas sobre el futuro de los británicos en Europa y el mundo. 

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22 January 2019
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Mural del Brexit por Banksy. Fuente: wikimedia commons.

El rotundo rechazo del parlamento al acuerdo de Brexit que la primera ministra Theresa May negoció con Bruselas durante los últimos dos años, ha sumido el país en el caos.

Las posibilidades que se barajan ahora son múltiples, diversas y confusas: quedarse en la Unión; pedir una prórroga para seguir negociando; irse sin acuerdo (no deal); agotar el plazo y que el parlamento apruebe el acuerdo en el último minuto antes de saltar sin paracaídas; realizar unas elecciones anticipadas y que el nuevo gobierno y parlamento decidan; o, finalmente, convocar un segundo referéndum.

Ante este escenario, una de las lecciones es que la efectividad democrática del referéndum, como instrumento para decidir sobre cuestiones muy complejas, está en cuestión, tal y como ya se vio en Latinoamérica en referendos como el plebiscito por el acuerdo de paz en Colombia. 

Cabe entonces reflexionar con profundidad sobre la calidad de la democracia y cómo los intereses políticos a corto plazo, y las batallas intestinas por el poder, siguen llenando las agendas políticas en detrimento del bien común.

Es, por esto, fundamental revisar los posibles aprendizajes que nos deja la intensa división social que causa este tipo de referendos entre la población y el consiguiente deterioro de la calidad democrática.

Las incertidumbres políticas dividen a la población

Con el rechazo del acuerdo, seguido por la votación de una moción de censura a la que sobrevivió la primera ministra Theresa May, el estado actual de incertidumbre sobre el futuro del Brexit sigue acrecentando la confusión y la polarización.  

La noción misma de ciudadanía queda así a merced de unos políticos que negocian en función de sus intereses partidistas y electorales el futuro de toda la comunidad.

Esta negociación pone en riesgo la suerte de los ciudadanos y podría tener graves consecuencias que, en el corto y medio plazo podrían alimentar una fractura social y política mucho más aguda, sin precedentes en una de las democracias más avanzadas del mundo.

Un supuesto nuevo acuerdo (plan B) es lo que Londres intentará seguir negociando en los próximos días, incluida una prórroga del plazo de dos años que establece en artículo 50 del tratado de la Unión Europea, y que vence el próximo 29 de marzo. 

El estado actual de incertidumbre sobre el futuro del Brexit sigue acrecentando la confusión y la polarización.

Es cierto que el 51,9% de los que votaron en el referéndum del 2016 lo hicieron a favor del Brexit, y que un 48,1% lo hicieron en contra. Pero un 27.8 % del censo no votó. Esto quiere decir que, entre los que votaron en contra y los que no se pronunciaron (muchos creyeron que ganaría el NO como decían las encuestas) suman el 62,6% del electorado.

La pregunta entonces es: ¿Puede el 37,4% del censo (es decir, poco más de uno de cada tres) condicionar el futuro histórico de toda la población en una decisión de tanta trascendencia histórica? ¿Y puede hacerlo en base a la información obtenida en una campaña llena de trampas, mentiras y manipulación?

No es de extrañar que las heridas sociales entre la población, que se sigue fragmentando a merced de estas negociaciones, se acentúen, mientras nadie sabe cómo vayan a cicatrizar.

Negociar el futuro de ciudadanos y de territorios (como el de Irlanda del Norte o Escocia, naciones con vocación europeísta que se opusieron a la salida del Reino Unido), demuestra cómo los juegos de poder entre políticos resultan tóxicos para una ciudadanía vulnerable, que sufre y paga las consecuencias en medio de la confusión, el miedo, la rabia o la frustración. 

Los referendos pueden ser trampas mortales

Poner en manos de la ciudadanía decisiones trascendentales, complejas, y en las que no se tienen planes claros y concretos para cualquiera de las opciones que se eligen, puede ser un fatal error. Y más cuando la calidad democrática se deteriora en manos de intereses ocultos tras la desinformación, la publicidad engañosa o la pura propaganda manipuladora y sin escrúpulos que vemos en las campañas. Los referendos son un camino azaroso que tiende a reflejar sólo decisiones emocionales, pero no a salvaguardar los verdaderos intereses de la población y el futuro de una sociedad.

La democracia representativa se fundamenta en la idea de que el pueblo elige a políticos que, con su experiencia y su conocimiento experto, pueden resolver desafíos complejos en beneficio del bien común la población.

Y esta delegación de poder puede ser revocada al cabo de un periodo legislativo (habitualmente de 4 años), si los desafíos no se han resuelto o han surgido nuevos problemas o nuevas opciones de solución. Decidir que una ciudadanía, a menudo desinformada y, con frecuencia, manipulada, tome decisiones de la trascendencia y la complejidad del Brexit, es un error y un abuso en nombre de la democracia.

Decidir que una ciudadanía, a menudo desinformada y manipulada, tome decisiones de la complejidad del Brexit, es un abuso en nombre de la democracia.

Esto genera efectos perversos como la bajada de la calidad democrática y el aumento de la desconfianza y la frustración, que puede alimentar opciones extremas. El caos en torno al Brexit está creando un cisma entre el Parlamento y la sociedad británica mientras cada vez se hace más difícil encontrar un salida razonable para el Brexit, ya sea a través de un acuerdo entre los representantes, unas segundas elecciones o, incluso, un nuevo referéndum en el que los británicos, una vez conocido el resultado de la negociación con la UE, decidan si les convence, prefieren quedarse en Europa o deciden irse sin acuerdo. 

David Cameron prometió un referéndum convencido de que no lo iba a poder convocar, según le confesó a Doland Tusk, presidente del Consejo Europeo. La irresponsabilidad de los políticos en su lucha partidaria es alarmante y, al final del día, el mayor riesgo que entrañan los referendos es que acaban poniendo la necesidad de un debate sosegado en manos de intensas maquinarias de propaganda política engañosa y polarizadora, que acaban rompiendo la cohesión social. Y si, además, intervienen en la campaña intereses espúreos (véase el escándalo de Cambridge Analytica o del dinero ruso), la estafa es monumental.

Según sondeos recientes, los británicos no saben a ciencia cierta qué es lo que realmente se está negociando en el Brexit, y esto multiplica la posibilidad de una reacción emocional.

La preocupación por el deterioro de la calidad democrática que supone el Brexit es ahora mucho más notoria también en Latinoamérica. La escalada de Jair Bolsonaro, por ejemplo, ha reflejado cómo los sistemas políticos democráticos pueden ser hackeados desde dentro, poniendo en riesgo la cohesión de la sociedad y, con ella, la propia democracia. 

La política se convierte entonces en una serie de Netflix, en la que el desenlace es inesperado, pero donde el resultado real acabará, con toda seguridad, golpeando con más fuerza a los que más desprotegidos, vulnerables y abajo se encuentran en la sociedad.

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