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Crisis Brasileña: junio de 2013 no tuvo lugar

¿Dónde está la creatividad abierta por las protestas de hace tres años? ¿Cómo evitar las trampas de una polarización superficial, incapaz de rebajar la tensión política en Brasil? English Português

Bruno Cava
6 April 2016
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Lula da Silva y Dilma Rousseff en 2014. Fabio Rodrigues Pozzebom/Agência Brasil. Some rights reserved.

En « Mai 68 n´a pas eu lieu”, Deleuze y Guattari contestan a la afirmación de que nada había sobrevivido al ciclo de luchas alrededor del año mágico de 1968. Publicado en 1984, en la atmósfera melancólica de la era Reagan y del miedo nuclear, el artículo demandaba “un poco de lo posible, ante la asfixia”. Para los autores, era como si el impulso constituyente de los nuevos mundos del mayo de 68 hubiese desaparecido por completo de las narrativas y de la comprensión del presente histórico. Esta desaparición tenía lugar tanto a la izquierda como a la derecha del espectro político-ideológico, formando una especie de frente amplio de olvido.

Al contrario de otras revoluciones, que alcanzaron el punto de cristalización en nuevas instituciones y ensamblajes colectivos, – como en el New Deal, en el despegue japonés, en el Welfare europeo, con todas sus ambigüedades – aquél acontecimiento había resultado absolutamente cegado. Todo lo que se había abierto, como campo de posibilidades, terminó siendo reprimido, caricaturizado, marginalizado.

Si, por un parte, las narrativas sobre la crisis vivida al comienzo de los años 80 borraron Mayo del 68 de su memoria, como un acontecimiento que apenas había tenido lugar; por otro, sus rastros resurgían como una memoria nocturna desde donde, según los autores, se podrían recrear las fuerzas para superar los impases y desatascar los problemas actuales. La paradoja de formulación consiste en que Mayo del 68, al mismo tiempo que no tuvo lugar, de acuerdo con la linealidad histórica, crea las condiciones para que un suceso la rompa, escapando así de sus atascos.

Brasil en trance

El Brasil actual está en trance. Múltiples temporalidades se doblan y desdoblan en un tiempo en el que el pasado, presente y futuro aparecen sincrónicamente. Resurgen viejos fantasmas, nuevos espectros rondan la escena. El país pasa por la peor crisis económica desde la década de los 1980, con un desempleo galopante y una contracción productiva que afecta diversos sectores, reflejada en los índices, provocando incluso al aumento de las desigualdades sociales, algo que no sucedía hace dos décadas. Más allá de esto, la epidemia del Zika, deficientemente contrarrestada por las autoridades, se ha propagado por todos los 26 estados, y las proyecciones no alarmistas ya hablan de algunas decenas de millares de niños padecerán microcefalia en el futuro cercano.

La crisis también tiene una dimensión política, con el desmoronamiento de las condiciones de gobernabilidad que aseguraban alguna energía y consenso a la coalición encabezada por el Partido de los Trabajadores (PT) que, desde 2003, encabeza el Gobierno Federal. Y es también una crisis de subjetividad: desencanto en relación a los políticos y a la política, pesimismo en relación a la capacidad de recuperación socio-económica, apelación recurrente al miedo y al pánico moral para reunir un apoyo mínimo a través de la vía de la utopía negativa: “escoja un bando, si no…”. Sin embargo, cualquier intento de reducir la coyuntura a narrativas prêt-à-porter del tipo “todo o nada” asume el riesgo de provocar tremendas simplificaciones, o de caer en la simple adhesión a bloques de poder cuya configuración, al fin y al cabo, refuerza las causas de los problemas y no su resolución. 

El falso problema del impeachment

El falso problema esta vez es el impeachment, que debe ser votado en la Cámara de los Diputados durante la segunda mitad del mes de abril. Cualquiera que sea el resultado, ya sea el adiós de Dilma o no, supondrá un desenlace conservador. Empezando por el hecho de que el impeachment es un inside job.  Al igual que en la serie de Netflix House of Cards, su principal articulador es, a día de hoy, el vice-presidente Michel Temer. En segundo lugar, debido a que los presidentes de las dos cámaras legislativas que juzgarán Dilma, Eduardo Cunha (Cámara) y Renán Calheiros (Senado) están hundidos hasta el cuello en el mismo escándalo de corrupción centrado en el caso Petrobras, que propició en primer lugar el escenario político de la destitución.

Temer, Cunha y Calheiros conforman el triunvirato del Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), el partido con más diputados en el Congreso. A finales de marzo, el PMDB abandonó la coalición de la que había formado parte durante los últimos diez años, ante el lamento de Dilma que “deseaba mucho que él se hubiese quedado”. Sin embargo, no nos dejemos engañar por las apariencias: el PMDB llevó a cabo una “salida hacia adentro”, ya que apostar por reunir dos tercios de los votos para destituir al presidente del cargo y otorgar el poder al vice-presidente no es tarea fácil. Sin el PMDB, a Dilma le quedó, como última opción, convertir el gabinete de gobierno en un Disney-Land de ministerios, cargos y fondos para hacerse con los votos “indecisos”. Como si los diputados de los partidos pequeños y medios fuesen recibidos por Mickey a la entrada: ¿en qué atracción quiere montar? Falta saber si los mercenarios preferirán vender su apoyo al contado (Dilma) o a plazos (Temer). El Partido Progresista (PP), cuarta fuerza en el Congreso, se ha convertido en la pieza llave en la aritmética de la desesperación. El PP es heredero de la antigua Arena, el partido oficial de la dictadura militar, cuya alianza el gobierno del PT intenta ahora obtener a cualquier precio, al mismo tiempo que promete, a sus bases, un giro a la izquierda.

El retorno de Lula

Pero, ¿y si el impeachment fracasa? En ese caso el camino está preparado para el retorno de Lula. Virtual candidato del PT para la próxima elección en 2018, Lula tuvo que anticipar la campaña cuando el juez Sergio Moro, que instruye la operación Lava-Jato, empezó cuestionando sus negocios con grandes empresas de construcción implicadas en el pillaje de Petrobras. Con la doble ventaja de fortalecer al propio gobierno y proporcionar a Lula un aforamiento especial en la Corte Suprema, Dilma lo nombró ministro. O mejor dicho, “superministro”, con amplios poderes y destinado a salvar la cosecha. Una serie de escaramuzas jurídicas, conjugadas con la divulgación ilegal de grabaciones reveladas por Moro, lograron frustrar la toma de posesión inmediata del ex-presidente, pese a que lo más probable es que las trabas sean levantadas durante la próxima semana y Lula asuma el cargo.

Es indudable que Lula, lejos de estar muerto, puede sorprender con su capacidad de re-movilización popular, pese a que el Lula que hoy esté muy lejos de aquella figura que abandonó el Palacio del Planalto en diciembre de 2010. Pero no seamos románticos: Lula, al igual que el eventual presidente Temer, no pretende llevar a cabo ningún giro relevante en la dirección del gobierno. No se aprecia ninguna radicalización a la vista, sino apenas una lucha por la supervivencia. El programa de uno y de otro consiste en recomponer la gobernabilidad actualmente hecha pedazos, fingir alguna respuesta parcial a la movilización en las calles y reunir energías para llevar a cabo un plan de recuperación económica mínimamente positivo. Básicamente, se trata de evitar que el cielo caiga sobre todo el sistema político hasta el 2018.

La movilización social e innovación política

Más relevante que el problema del impeachment son las direcciones que adquirirá la movilización social de ahora en adelante. Desde el año pasado, millones están ocupando las calles para protestar contra la corrupción y contra el sistema político en general, con el PT a la cabeza. Otro colectivo, de menor número, a pesar de ser bastante expresivo y disponer de cohesión orgánica, está también ocupando las calles para defender el gobierno de lo que consideran que no es más que un golpe imperialista, que pretende desestabilizar un gobierno popular, reeditando el imaginario del golpe de 2002 contra Chaves en Venezuela.

El discurso del golpe de Estado sigue firme y fuerte en las bocas de los militantes pro-gubernamentales, pese a que no hay pruebas de que un golpe de Estado esté siendo orquestado. Las fuerzas armadas brasileñas fueron apartadas del juego político hace décadas, mientras que la Corte Suprema, donde 8 de los 11 componentes fueron sugeridos por el PT, homologó y supervisó de cerca los procedimientos parlamentarios que gestionaron el impeachment. Los millones de manifestantes en las calles se convierten en muchos millones más en las diversas redes sociales, donde se multiplican los debates, reivindicaciones, burlas y batallas campales narrativas. Entre los extremos de un lado y de otro -- que ansían atajos autoritarios o mesiánicos mientras reducen el oponente a “el otro bando” -- existe un vibrante proceso democrático en la sociedad brasileña, cuyo sentido final no es otro que luchar por un nuevo concepto de política y de democracia.

Una tendencia, de hecho, mundial, que viene por lo menos desde el ciclo abierto por las revoluciones árabes, el movimiento del 15-M, el Occupy, y las protestas del Gezi Park en Turquía, entre otras grandes movilizaciones. En un artículo reciente en openDemocracy, Bernardo Gutiérrez describió algunos procesos emergentes en el cruce de trasformaciones globales y locales, entre el mundo y América Latina, más allá de la cultura política nacional-popular o de izquierda socialista.

El rechazo de la política existente está acompañado, en paralelo, por el deseo y las potencialidades concretas de una democracia de movilización, que la lógica de redes y la intensiva productividad social ya han hecho posible. Sus expresiones han sido amortiguadas por atolladeros ideológicos, por las llamadas al miedo y al pánico moral, por los esfuerzos en desmovilizar cualquier alternativa que no sea adherirse al “más de lo mismo”. Debido a ello, la polarización “desde arriba”, constituye un bloqueo estructural. Bloquea sistemáticamente las energías que podrán regenerar “desde abajo” las instituciones o inventar otras nuevas, causando una tensión cada vez más ruidosa e insoportable, que puede llevar a la indignación reprimida y, como en un strike en los bolos, derribar el sistema político.

Junio de 2013 no tuvo lugar

Es en ese sentido que el levantamiento de junio de 2013 no ocurrió. Aunque haya afectado de una forma u otra a toda la sociedad brasileña, a partir de antagonismos reales: reducción de las tasas del transporte colectivo, lucha por la vivienda, derecho a la ciudad, contra el proyecto de “curar a los gays”, cuestionamiento de los gastos desmesurados y violaciones de derechos para organizar el Mundial de Futbol y los Juegos Olímpicos, denuncia del estado de excepción policial y la campaña “¿dónde está Amarildo?”, que tuvo repercusiones nacionales e internacionales y puso el tema del racismo otra vez en discusión. Gracias a la campaña, la verdad sobre el caso Amarildo se hizo pública: en junio de 2013, un obrero negro fue torturado y asesinado por policías de la “unidad pacificadora” instalada en la favela de la Rocinha. La resolución del caso supuso la quiebra del paradigma de ocultación de crímenes estatales que se producen a diario en las metrópolis brasileñas.

Como escribieron recientemente Alexandra Mendes y Clarissa Naback, las jornadas de 2013 proyectaron dos tendencias principales: fueron reivindicatorias, en el sentido que exigieron derechos y respuestas por parte del poder público; pero también inmediatamente productivas, como en las ocupaciones de instituciones legislativas, la constitución de nuevas redes y colectivos, y de una larga cadena de “mediactivismos” que desafiaron a los medios de comunicación conservadores. Las protestas de 2013 fueron tan impactantes que, en aquel entonces, Dilma acudió a la red nacional de TV para proponer la convocatoria de una asamblea constituyente, los incrementos tarifarios fueron cancelados, la remoción de las favelas fue suspendida y el proyecto de ley que instituía la “cura de los gays” fue aparcado, entre otras conquistas. Para los autores del artículo, a fin de escapar de las trampas del impeachment, a día de hoy la posición política más consecuente es exigir nuevas elecciones. Ese es también el posicionamiento de Marina Silva e de Luciano Genro, tercera (21.5% votos) y cuarta (1.5%) fuerzas políticas en las últimas elecciones (octubre 2014). Unas nuevas elecciones, pese a no resolver los problemas por sí mismas, al menos servirían de circuit breakers, como sucede en la Bolsa ante la aceleración perversa de una crisis.

Sin embargo, junio de 2013 fue borrado de la memoria y negado en las narrativas, tanto por izquierda como por la derecha. Esta negación vino de la mano de la represión, que se intensificó en el periodo que va desde octubre de 2013 hasta el Mundial de Futbol en julio de 2014. Si junio impulsó el sistema político hacia arriba, éste dio varias vueltas en el aire y cayó de pie como un gato…y arañando. A la izquierda, las luchas de 2013 fueron descalificadas porque encarnarían un levantamiento nihilista y fascista, un caldo de cultivo desorganizado, a la deriva y sujeto a pulsiones reaccionarias, según el viejo argumento hobessiano-burkeniano de que la multitud es caótica y voluble. Desde la derecha de siempre, las protestas habían sido contaminadas por vándalos y criminales, que desvirtuaban las reivindicaciones de los ciudadanos de buena fe. En ambos casos, la condena más vehemente convergió en la figura maldita de los black blocs, un actor inasimilable.

En 2013, en medio de los preparativos para campeonato del 2014, las calles gritaban “No habrá Mundial”, gritando más fuerte cada vez que eran reprimidas por la policía de choque. El grito recorrió el Brasil rebelde. Juntamente con la represión que tuvo lugar en los meses siguientes, el Gobierno y sus medios de comunicación resolvieron contestar a los manifestantes al año siguiente, al lanzar la campaña “Si que habrá copa”. Lo hicieron al mismo tiempo que coordinaban un aparato bélico-policial inédito para frustrar cualquier tipo de protesta, con derecho a kettling, ataques preventivos, al espionaje masivo de activistas, prisiones preventivas y todo tipo de amenazas e intimidaciones.

En 2016, la respuesta subió de tono cuando el grito de protesta “No habrá Mundial” fue sustituido por el “No habrá golpe” pro-gubernamental, manteniendo la mismo música. Todas las argucias legales e ilegales que fueron adoptadas por el juez estilo-Batman Sergio Moro contra las fuerzas aliadas del gobierno, que ahora se quejan del Estado policial, ya estaban presentes, y con mayor brutalidad, durante las protestas de 2013-2014, durante las que los pro-gubernamentales estaban en el poder. Por otra parte, nunca dejaron de estar presentes, si tenemos en cuenta el estado de excepción normalizado en la gestión de la pobreza en las favelas, periferias y comunidades habitadas mayoritariamente por negros e indígenas.

Los mismos intelectuales ligados al PT que hoy clasifican los millones de manifestantes, en las calles y en las redes, de elitistas o directamente de fascistas, emplearon la misma fórmula para, no sólo descalificar el levantamiento de 2013, sino también para participar directamente en el consenso represivo, que, una vez despejado el polvo de las marchas, se abatió sobre centenares de nuevos grupos y millares de activistas. Esos intelectuales, tal igual que los periodistas de los medios conservadores, vencieron dos veces: la primera, vencieron junto a la represión de las protestas, de las que participaron con el trabajo de la legitimación; la segunda, cuando constatamos cómo, durante el bienio 2015-2016, los colectivos autónomos y los black blocs desaparecieron de las calles, que pasaron a estar ocupadas por manifestaciones muy cívicas contra la corrupción o, en el caso de las protestas pro-gubernamentales, debidamente domesticadas por el propio partido en el poder. En medio de todo esto, sin embargo, sus voces siguen resonando tanto allí como aquí, ya sea cuando los políticos de la oposición son abucheados en un tono que recuerda el “que se vayan todos” argentino de 2001, ya sea cuando grupos minoritarios se resisten a ser instrumentalizados en nombre del miedo, rechazando la lógica de la pasividad.

Las protestas de junio de 2013 a día de hoy son un no-hecho, una anomalía para las linealidades construidas por quien narra la historia desde las atalayas del poder. A la izquierda del gobierno, se dice que el vacío dejado por el fin del ciclo del PT será ocupado por las nuevas derechas restauradoras de la noche neoliberal del Consenso del Washington. Como se creen el único sujeto histórico trasformador, es natural que adopten la gramática de après nous, le déluge. Faltaría explicar tan solo por qué no se puede considerar que ese giro no aconteció ya durante el gobierno de Dilma. Entroncado con reformas de austeridad, esquemas mega-empresariales corruptos y una legislación represiva que nada tiene que envidiar a la de los años 90. A la derecha, se establece un frente justiciero que, desde fuera del sistema político-partidario, pretende asaltarlo como un hegeliana “escoba de Dios”, en un higienismo conservador en nombre de la eficiencia, de la obediencia y de la competitividad. Faltaría explicar, en este caso, cómo profundizar la democracia mediante instituciones que no son democráticas, como la policía, el actual poder judicial o el alto empresariado de Sao Paulo.

Resignándose a esas decisiones predeterminadas, no habrá pensamiento y acción efectiva, sino adhesión y reproducción de los mismos esquemas, Entonces, ante un escenario en que estamos constreñidos a no escoger, es necesario escoger escoger. Junio de 2013 fue un suceso irreductible a los términos en disputa actualmente. Cabe preguntarse: ¿dónde están las condiciones de creación abiertas por las protestas realizadas hace tres años? ¿Dónde se encuentran sus vestigios, sus resonancias, las redes transversales a las dicotomías? ¿Cómo evitar las trampas de una polarización superficial e impotente? No hay salida predeterminada, menos aún si viene dada por una receta ideológica. Como decían Deleuze y Guattari en su libro sobre el 68, Il n’y a de solution que créatrice (no hay solución, si no es creativa).

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