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De la Cuba de Castro a Trumplandia

Una visita a Cuba, coincidiendo con la muerte de Fidel Castro y la victoria de Donald Trump, pone en perspectiva los logros y las carencias de ambas sociedades. Português English

Teofilo F. Ruiz
18 December 2016
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Javier Galeano AP/Press Association Images. Todos los derechos reservados.

Al regresar a Cuba de Cuba (donde nací hace muchas décadas) al día siguiente de la muerte de Fidel Castro, no pude dejar de reflexionar sobre la coincidencia temporal entre el fallecimiento de Fidel, una figura histórica imponente y la elección de Donald Trump como próximo presidente de los Estados Unidos. Soy un historiador que estudia Iberia y el Mediterráneo occidental entre finales de la Edad Media y principios de la moderna. Por lo tanto, estos comentarios que siguen no apelan a la experiencia de un historiador de Cuba o de los Estados Unidos. Estas son reflexiones personales, que he intentado situar un poco en su contexto histórico.

Mi esposa y yo estuvimos en Cuba por más de dos semanas, una de las cuales pasamos en La Habana, caminando sobre todo por los barrios no turísticos de la ciudad. Para aquellos que han criticado durante mucho tiempo a la Revolución y al liderazgo de Fidel, hubo mucho que señalar y mucho donde apoyar sus críticas. A pesar de que las condiciones son mejores ahora de las que vimos cuando visitamos la ciudad hace cuatro años, y el cuidado del centro histórico de La Habana ha mejorado mucho, todavía numerosos edificios en la ciudad están decrépitos y al borde del colapso. Las aceras y las carreteras a menudo se desmoronan. Hay escasez de bienes esenciales como papel higiénico, champú, tomates y similares (aunque no hay escasez para turistas y extranjeros). El sistema de transporte público es prácticamente inexistente. Para trasladarse, la mayoría de los cubanos dependen de taxis de modelos muy antiguos,  los “colectivos”, que se detienen en las esquinas y recogen distintos pasajeros, dependiendo de su destino.

Muchos cubanos humildes expresaron sus quejas abiertamente, y vigorosamente. Aunque nadie se lanzó a la crítica abierta del gobierno, muchos nos dijeron que deseaban marcharse del país. Unos cuantos (jóvenes) preguntaron si conocíamos alguna chica agradable que pudieran conocer, queriendo decir una extranjera sensible que se enamorase de ellos y los sacase de la isla. No eran intelectuales, ni disidentes, ni blogueros o artistas, sino gente común.

También presenciamos, mucho más que hace cuatro años, el impacto que la aceleración de las economías cubanas paralelas tienen en el ideal revolucionario de una sociedad igualitaria. Todavía existe una economía reservada a aquellos que están conectados con el negocio turístico – no sólo el personal del hotel, los trabajadores del restaurante, y los pequeños comerciantes, sino también los artistas de élite y los músicos – que tienen acceso a la moneda especial (el peso cubano convertible o CUC, equivalente al dólar, el euro, etc.), y están prosperando. Y existe una segunda economía para los que funcionan en el ámbito de la devaluada moneda nacional (el CUP, peso cubano nacional – 25 CUP = 1 CUP), con pocos trabajos y escaso beneficio proveniente del flujo de turistas al país. Estas personas rara vez prosperan, y soportan el peso de la escasez y los barrios ruinosos. Así, gran parte del igualitarismo del país está siendo socavado por la decisión del gobierno de permitir dos economías, y por el deseo de muchos cubanos de aventurarse en el mundo de la empresa capitalista para alcanzar una vida mejor para ellos y sus familias. Si juzgáramos los logros de Fidel Castro y su lugar en la historia únicamente sobre estos puntos, su legado no sería digno de elogio. Pero Cuba es una sociedad de contradicciones, una isla desconcertante, que debe ser experimentada en su conjunto.

Vimos y experimentamos todas las cosas que he detallado anteriormente, pero en mis paseos, en las expediciones fotográficas de mi esposa por toda la ciudad, también vimos y experimentamos otras cosas. Vimos (ya sea por nosotros mismos o con el grupo que acompañamos durante la mitad de nuestro viaje) una Cuba donde la educación y la cultura siguen siendo una prioridad permanente. La mayoría de los niños están en la escuela, vestidos con uniformes de colores que identifican sus niveles de enseñanza  y edades. Sus uniformes, que inundan las calles con esos colores, cuentan con subsidios del gobierno, al igual que sus libros de texto.

Vimos una Cuba donde los servicios de salud, el cuidado de los niños y otras muestras de una sociedad avanzada están disponibles sin costo para la mayoría de la población. La tasa de mortalidad es igual a la de los Estados Unidos. Su mortalidad infantil es mucho menor. La tasa de alfabetización es la más alta del continente. También vimos una Cuba en la que la música (desde un concierto barroco realizado en una iglesia del siglo XVI, a un grupo a capella en una ciudad de provincias, a interpretaciones de música tradicional afrocubana, hip-hop, reggaeton y jazz) está siempre presente en las calles, y no sólo para los turistas.

Vimos una Cuba donde los festivales de cine, las galerías de arte, y otros espacios culturales se encuentran en las partes más diversas de la ciudad. En el barrio donde nos alojábamos, uno de los cines locales de la Calzada de Infanta (un destino no turístico) mostraba un ciclo de dos semanas de películas de Ettore Scola. Nos preguntamos si el Sr. Trump ha oído hablar alguna vez de Ettore Scola, o visto una sola de sus películas.

Y esto lo digo no sólo por mi acostumbrado esnobismo, que confieso libremente, sino también porque es la realidad de una cultura revolucionaria cubana que no ha vuelto la espalda al mundo. Por cierto, el precio de admisión para ver una de las películas era el equivalente a siete centavos de dólar estadounidense.

Vimos una Cuba donde no hay personas sin hogar, no hay drogadictos obvios, donde los niños juegan en total libertad en las calles sin que los padres se preocupen constantemente por su seguridad. Vimos una Cuba donde, por humildes que sean estas asignaciones, se garantiza a todos un ingreso mínimo y una ración mínima de alimentos. A veces comíamos donde los cubanos comían - un sándwich de carne y una cerveza - por 1 CUC y diez centavos o un poco más de un dólar. Y fue muy sabroso. Pero estos son asuntos materiales, que en teoría se espera que toda sociedad avanzada proporcione a sus ciudadanos. Por ofrecer un solo ejemplo: las sociedades escandinavas, los sistemas sociales más avanzados del mundo, prestan servicios sociales y, a diferencia de Cuba, garantizan la prosperidad económica, la modernidad y el bienestar de todos sus ciudadanos. Hay defectos, grandes defectos, en Cuba. Después de todo, estos programas sociales no pueden ocultar la terca destrucción de la economía de Cuba, o su sistema político autocrático y su sociedad fuertemente controlada.

Pero lo que realmente nos impresionó, lo que vimos vívidamente en las calles de La Habana y otras ciudades de toda la isla, fue la extraordinaria vitalidad del pueblo cubano, su alegría de vivir, aun cuando se quejaba de la escasez; Sus bromas, los sonidos de los vendedores ambulantes en La Habana, la música en todas partes. Lo que realmente nos impresionó fue su especial sentido de pertenencia, el evidente orgullo de su cultura, de su país, de sí mismos. Ese orgullo era evidente en una mujer pobre, que me vendió un sándwich de carne, pero rechazó mi propina y, en cambio, pagó mi cerveza. Era evidente en un hombre ciego, que vendía cacahuetes en una parada de  autobuses y camiones en Las Tunas, que insistía en vender su mercancía en lugar de aceptar ayuda, y que podía hablar de literatura y arte de una manera que no es común en otros lugares. Lo que verdaderamente nos impresionó fueron los muchos cubanos que mostraron una profunda convicción en su capacidad de resistir y de sobrevivir.

Una canción, que escuchamos en Santiago de Cuba ,capturó ese sentido bien desarrollado de la identidad cubana. Me recordó, dolorosamente, lo que he perdido.  La canción decía: “Si pudiera escoger volver a nacer, escogería Cuba”. La mayor contribución de Fidel Castro a la creación de la nación cubana fue inculcar en la mayoría de sus ciudadanos – a través de la educación, de la propaganda y de la exaltación de los grandes éxitos de Cuba en las artes, en la música y los deportes – un sentido de la excepcionalidad de la isla revolucionaria y de su gente. Recuerdo (cómo), siendo un joven estudiante a mediados de los años cincuenta, bajo el execrable régimen de Batista, a marineros estadounidenses borrachos, que se amontonaban por toda de La Habana, orinando sobre la escultura de José Martí, en la plaza central. Recuerdo nuestra sensación de indignación e impotencia. Para aquellos que desean reescribir la historia de la Cuba pre-Castro a través de lentes color rosa, también recuerdo a los niños, en su mayoría negros y hambrientos, con vientres aflojados y parásitos, a sólo diez kilómetros de los casinos y burdeles de la ciudad. Hoy en día, los negros y los blancos, y toda la gama intermedia de tonos de piel, van a la escuela juntos, cantan juntos, bailan juntos, y se casan  unos con otros.

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Y luego regresamos a Trumplandia. Volvimos para toparnos con la dudosa brújula moral y con las carencias intelectuales de un personaje narcisista, vengativo e ignorante, que será el hombre más poderoso del planeta durante los próximos cuatro años. Lo que  duele al leer o al escuchar las noticias (algo que he jurado no hacer nunca más, sino leer a Jane Austen) es el uso Orwelliano del lenguaje que hacen Trump y sus seguidores. Si se repiten lo suficiente, las falsedades se convierten en verdades. Lo que duele es la falta de compasión y dignidad. Lo que duele es la vulgaridad profunda y ostentosa del Sr. Trump y la de muchos de sus seguidores, insoportables comparsas que se regodean de su victoria.


Lo que duele es regresar y ver a los cubanoamericanos en Miami, celebrando el fallecimiento de Fidel en las calles. Por supuesto, muchos de ellos "heroicamente" lucharon contra la revolución en los arenosos ramales de South Beach, en el restaurante Versailles, y en los McDonalds y Burger Kings que pueblan Miami. Es comprensible que desearan celebrar la muerte de alguien que finalmente murió pacíficamente en su cama, alguien cuya revolución ha seguido bastante a salvo desde su jubilación, y a cuya supervivencia ellos han contribuido con los dólares de sus remesas sin fin.

Siento una profunda tristeza por el Presidente Obama y la Primera Dama Michelle Obama. Su mandato en la Casa Blanca estuvo presidido por una extraordinaria gentileza y dignidad, y por el deseo inflexible de crear una sociedad inclusiva. Su elegancia será muy extrañada. También lamento profundamente a Hillary Clinton, quizá la persona mejor cualificada, a pesar de sus faltas, para postularse a la presidencia de Estados Unidos. Al final, su género, las filtraciones de Wiki, la extemporánea carta del director del FBI poco antes de las elecciones, y la continua demonización de sus acciones, resultaron ser dificultades demasiado difíciles de superar.

Soy viejo y no importa mucho para mi futuro, pero temo por mis nietos, por todos los que viven en este gran país. Si Cuba no es la respuesta, seguramente algunas de las cosas que vimos allí podrían servir como modelo para hacer de Estados Unidos una sociedad más igualitaria, en la que la violencia armada, la misoginia, el discurso antiinmigrante, la homofobia y el odio racial no sean las directrices para organizar a sus ciudadanos y crear un orden social justo.

Al final de su famoso discurso tras el ataque a la base militar del Moncada en 1953, Fidel Castro declaró: "La historia me absolverá." No sé si la historia lo absolverá, pero ciertamente será recordado como una de las figuras más significativas e influyentes de la segunda mitad del siglo XX. Al gobernar una pequeña isla en el Caribe, poblada con cerca de seis millones de personasen el momento en que llegó al poder, Fidel rehízo la sociedad cubana e influyó en el curso del mundo. Sigue siendo una figura inspiradora en muchos países africanos, en muchas partes de América Latina y, sí, incluso en Cuba, donde presenciamos, después de que su muerte fuera anunciada, el dolor de muchos.

En cuanto al señor Donald Trump, su historia aún está por escribirse. Por el bien del país y del mundo, esperemos que no sea una triste historia, que no sea una historia que dilapide el mundo. Pero, por lo que hemos visto hasta ahora (sus nominaciones al gabinete, por ejemplo), no creo que la historia lo absuelva en absoluto.

La Habana y Los Ángeles, 2016

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