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¿Aporta algo el mindfulness a la política?

Mejorar la gobernanza democrática es un reto que va mucho más allá del cultivo de la calma y la compasión. English

Rachel Lilley Mark Whitehead
4 September 2019
"gobernanza"
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Flickr/Blue Coat Photos. CC BY-SA 2.0.

El mindfulness, también llamado atención plena o conciencia plena, es una práctica basada en la meditación vipassana. Consiste en prestar atención intencional y desapasionada a los pensamientos, las emociones, las sensaciones corporales y al ambiente circundante, sin juzgar si son adecuados o no. La atención se enfoca en lo que se percibe, sin preocuparse por sus causas y consecuencias.

El uso generalizado del mindfulness para combatir la ansiedad, la depresión y la falta de compasión en escuelas, lugares de trabajo, instituciones, sistemas de salud y la política equivale a poner un "canario en la mina de carbón". Señala un problema importante en las organizaciones contemporáneas. Pero, ¿y si el enfoque de los cursos de mindfulness no fuese del todo correcto? Los resultados de nuestras investigaciones en la Universidad de Aberystwyth sobre comportamiento y formulación de políticas revelan que el mindfulness es eficaz sobre todo cuando se dirige a las causas de la disfuncionalidad en los lugares de trabajo y que, cuando lo hace, los síntomas empiezan a desaparecer.

En una serie de artículos en openDemocracy, Ron Purser argumenta que lo que llama "McMindfulness" puede ser eficaz para la gestión del estrés, pero que pasa por alto los sistemas que lo provocan. Controlar las emociones y desarrollar autocompasión puede ayudar a los políticos y a los que trabajan con ellos a estar más calmados y, por consiguiente, a hacer mejor su trabajo. Pero, ¿sirve para abordar temas complejos como tener unas estructuras gubernamentales inadecuadas y recursos insuficientes, que son problemas que no solo crean estrés sino que contribuyen a tomar decisiones cortas de vista, a la polarización y a la falta de progreso en cuestiones tan complejas y difíciles como el cambio climático?

Purser acusa a los entusiastas del mindfulness de tener un enorme punto ciego: su preocupación por el control personal y la atención momento a momento oculta el marco político y económico más amplio en el que surgen los problemas sociales contemporáneos. Nuestra investigación sugiere otro punto ciego: el derivado de llevar las prácticas budistas y terapéuticas a las instituciones sin comprender totalmente las cuestiones más amplias que están en juego y, por lo tanto, potencialmente, servir para mantener un sistema pernicioso.

En una reunión sobre "mindfulness en la política" celebrada en Westminster en 2018, algunos parlamentarios como Tracey Crouch y Tim Loughton dieron fe de los efectos calmantes y reguladores de estas prácticas en su trabajo. Crouch señaló que especialmente en momentos de mucha presión, le habían ayudado a evitar recurrir a los antidepresivos. "El mindfulness calma", dijo. "Es una forma de lidiar con el estrés y la ansiedad". ¿Qué hay de malo en eso?

Hemos llegado a un momento decisivo en cuanto a la manera en que se gobiernan las sociedades

Como descubrimos en nuestras investigaciones, el problema es que este es un enfoque que apunta a los síntomas en lugar de las causas del estrés, la ansiedad y la división: como dice el dicho inglés, "cierra la puerta del establo cuando el caballo ya ha salido desbocado". El trabajo de los políticos y formuladores de políticas del siglo XXI consiste en analizar y negociar temas complejos sobre la base de información de baja calidad, a alta velocidad y con múltiples y diversas partes afectadas. Eso les lleva a tomar decisiones sin que medie el tiempo necesario para comprender los problemas que están tratando de resolver, a la vez que gestionan perspectivas encontradas.

Y no están capacitados para ello. De lo que se trata, en última instancia, es de facilitar la reflexión y el pensamiento individual y colectivo y conseguir esto depende de la comprensión que uno tenga de la cognición y las emociones humanas, de los procesos de razonamiento y de toma de decisiones. Nuestros datos muestran que los formuladores de políticas trabajan con este tipo de interacciones entre el 70% y el 90% del tiempo todos los días y que las raíces del estrés que experimentan suelen ser los conflictos y la sobrecarga que imponen unas estructuras políticas que no están diseñadas para sustentar la construcción de relaciones efectivas y emocionalmente inteligentes. Sin capacitación para ello, se ven obligados a trabajar con teorías de lo mental que no pasan de ser intuitivas, ingenuas y anticuadas.

Esta situación se agrava todavía más por el hecho de que las estructuras y procesos de gobierno se basan en la creencia en una "racionalidad" objetiva procedente de la teoría económica clásica. La objetividad, la honestidad y la integridad constituyen el núcleo del código de servicio público que informa dichos procesos. Pero las investigaciones en psicología, neurociencia y comportamiento sugieren que tal objetividad y racionalidad en realidad no existen, y por supuesto no existen en absoluto en la política.

Un informe reciente de la Comisión Europea sugiere que hemos llegado a un momento decisivo en cuanto a la manera en que se gobiernan las sociedades: la abundancia de información, la información errónea, la incertidumbre y la polarización determinan que ahora más que nunca se necesiten nuevas y más efectivas formas de gobernanza. El informe argumenta que los avances en las ciencias de la mente deberían informar la manera cómo hacemos política y diseñamos políticas, y este es un reto que va mucho más allá de comprender los efectos de la ansiedad o de cultivar la compasión.

En nuestras investigaciones, utilizamos un programa llamado 'Perspectivas de comportamiento basadas en el mindfulness' para desarrollar una mejor comprensión de la mente, de la emoción/cognición, de los sesgos y prejuicios y de la toma de decisiones más allá de las teorías actuales de 'terapia cognitiva basada en el mindfulness' para combatir el estrés (MBCT). En la mayoría de estos programas, la mente se presenta como algo que reacciona ante factores externos, por lo que el mindfulness se percibe como una herramienta que ayuda a regular esa respuesta. Pero la neurociencia aporta evidencias que sugieren que en realidad somos más predictivos: vemos lo que esperamos ver, confirmando lo que ya pensábamos que era verdad y reforzando inútiles creencias y estereotipos. Cultivar la no reactividad, la calma y la compasión no es suficiente para abordar estos problemas.

En el enfoque MBCT se plantea implícitamente la mente como algo "individual", aunque con tendencia a aspirar a estados mentales susceptibles de experimentar interconexión. Otras teorías definen la mente como algo social, relacional, cultural e histórico, como algo que surge a través de las relaciones y el contexto. Este marco alternativo se ha utilizado con éxito con miembros del gobierno del País de Gales con responsabilidad en materia de finanzas, salud, cambio climático y servicios sociales. Se trata de personas cuyas decisiones tienen un impacto real. Disponen de poco tiempo para emprender viajes contemplativos hacia la paz y la autorrealización, pero respondieron positivamente a la teoría científicamente probada que considera la mente en esencia interconectada.

El programa que desarrollamos en Gales vincula el mindfulness con teorías del comportamiento para crear la base de una investigación en equipo sobre objetividad, perspectiva y las relaciones entre emoción/cognición y prejuicio. Curiosamente, los resultados mostraron que una vez que las personas adquieren capacidades más sólidas para llevar a cabo su cometido (en lugar de desarrollar habilidades que simplemente les ayudan a lidiar con las tensiones que crea su trabajo), sienten menos ansiedad y, según encuestas realizadas antes y después del programa, se sienten menos estresadas que otros que han seguido cursos estándar de mindfulness para reducir el estrés.

Utilizamos un modelo social de la mente, técnicas interactivas y reflexión y diálogo entre pares para explorar cómo se filtran y sesgan nuestros puntos de vista, y cómo a menudo no vemos lo que realmente tenemos enfrente en los procesos de toma de decisiones políticas y de gobernanza, sino más bien lo que pensamos o sentimos que está ahí - lo cual contribuye a generar sesgos que confirman percepciones y a los problemas de polarización y estancamiento político.

Después del programa, muchos de los participantes señalaron cambios significativos en su forma de trabajar. Uno de ellos dejó dicho que: “Mi opinión personal es que he tenido la clara sensación de que estaba poco equipado para lidiar con ese tipo de cosas (relaciones, emociones, prejuicios) porque gran parte de mi formación profesional ha sido lógica, basada en pruebas, racionalidad, objetividad, reglas, procedimientos". “¿Cuántas veces no habré leído yo algo y sacado conclusiones totalmente erróneas?", relató otro.

El resultado fue que los participantes empezaron a escuchar a los demás y a ponerse ellos mismos a prueba de manera más abierta. Señalaron que tenían ahora conversaciones más diáfanas con sus colegas y que eran capaces de ayudar a otros a hablar con más sinceridad en lugar de dedicarse a crear situaciones en las que las personas involucradas se ven empujadas a defender su posición a toda costa.

También informaron de que ahora ahorraban tiempo y generaban formas de trabajo más colaborativas. Como señaló un participante, contrariamente a su estilo de liderazgo habitual hasta entonces, “Primero escuché sus puntos de vista y entonces decidí que su enfoque era mejor que el mío, por lo que no tuve que intervenir. Esto a mí me representa un ahorro de energía y también a ellos, porque no tienen que esforzarse por modificar la posición que yo previamente había adoptado".

Y entendieron también de manera más efectiva las emociones: "Ahora dispongo de una narrativa que me permite comprender lo que está pasando. Creo que antes reprimía las emociones, pero ahora trato de darme cuenta de ellas y de comprender lo que son”. Esta comprensión les llevó luego a efectuar cambios de funcionamiento. Un director que trabajaba en la implementación de legislación sobre el cambio climático afirmó que el programa le había proporcionado un marco para comprender su propio comportamiento en relación al trabajo con su equipo y "cómo se crean los cambios de comportamiento".

Aunque el estándar MBCT para los cursos de control de estrés puede mejorar las prácticas laborales, hay poca evidencia de que logren cambiar la cultura política. Trabajar con compasión y sintiendo que "todos somos iguales" no pone en evidencia ni en tela de juicio los prejuicios en el seno del grupo ni tampoco los filtros emocionales que tergiversan lo que vemos y a quien vemos. Pero un enfoque más amplio y profundo que integre el mindfulness y con la comprensión de los comportamientos puede resultar efectivo para llevar a cabo un cambio cultural, como está sucediendo hoy en algunos departamentos del gobierno galés. Como dijo un funcionario: “Esto es lo que va a generar el cambio sistémico fundamental que nos está pidiendo el Primer Ministro. Necesitamos que se nos enseñe a entender los comportamientos así como a practicar el mindfulness".

A medida que el campo del mindfulness va madurando, es preciso que reflexione sobre cómo su propia historia filtra y sesga los marcos y narrativas. Debe permitir un análisis más profundo de los problemas para la resolución de los cuales está siendo utilizado y no asumir que proporciona "la respuesta" simplemente porque lo que pretende es "hacer el bien". También debe dejar espacio para la creatividad y que surjan nuevos conocimientos y enfoques para que los políticos y los responsables de formular políticas no solo estén calmados o sean compasivos, sino que estén en mejores condiciones para cambiar radicalmente las culturas y las formas de trabajo de modo que permitan resolver los complejos problemas de nuestro tiempo.

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Rachel Lilley habla de su trabajo en Gales aquí

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