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¿Fin del ciclo hegemónico americano?

La presidencia de Trump podría acabar teniendo efectos polarizantes a nivel nacional, pero efectos despolarizantes a nivel internacional. English

Raffaele Marchetti
20 February 2017
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Donald Trump firma HJ Res 41, referente a la legislación Dodd-Frank en la Oficina Oval el 14 de febrero de 2017. Asociación de Pool / Prensa. Todos los derechos reservados.

La elección de Trump marca el final de la larga etapa de hegemonía mundial americana. A pesar del lema electoral "Make America Great Again" y de las grandes expectativas que esto pueda haber generado, presumiblemente su presidencia se caracterizará por un repliegue general.

Ha habido multitud de interpretaciones sobre las razones del éxito de Trump, que van desde el acento populista hasta el apoyo recibido por parte del FBI. Contrariamente al debate generalizado, veo una razón más profunda sobre la que se sustenta su victoria: el cambio de equilibrio entre costos y beneficios en el papel de Estados Unidos en el mundo. La teoría de la estabilidad hegemónica sostiene que, en algún momento, el hegemón comenzará a declinar debido al aumento de los costos de la administración del sistema, que sobrepasan los beneficios que de este sistema obtiene el hegemón.

Los costes de la gestión del sistema se han ido acumulando a lo largo de las últimas cuatro presidencias. Durante las administraciones de Bush, los gastos de seguridad debido a las operaciones militares en Afganistán e Irak, entre otros costos, impactaron negativamente en el gobierno de Estados Unidos. Igualmente, durante las presidencias de Obama, los costos debidos a estímulos económicos incrementaron la deuda global del país.

Como predijo la teoría de la estabilidad hegemónica, llegamos finalmente a un punto en que los costos se vuelven demasiado altos para los ciudadanos o, mejor dicho, su percepción de que esto es así se vuelve más intensa, y provoca que comiencen a protestar y a exigir un cambio. Esto fue capturado por Trump mucho más que por Clinton, puesto que Trump ha estado apostando por un repliegue que disminuya los costos de la proyección internacional. El llamado "overstretch imperial" (el sobre-depliegue imperial), un fenómeno que viene de mucho antes, llevó al electorado de Trump a buscar la rebaja de los costos internacionales (y posiblemente, aunque sea menos probable, a conseguir aumentar los beneficios domésticos). De ahí que estemos ante la prometida retirada de una serie de tratados de libre comercio, ante el cuestionamiento de los términos de la participación en la OTAN, ante la cancelación de los acuerdos ambientales, etc.

Desde esta perspectiva, la elección de Trump tiene más que ver con una corriente del orden internacional mucho más larga que el corto lapso de tiempo de la campaña electoral, una corriente de disconformidad que ya había comenzado durante la administración Obama y que ahora se hace más visible con Trump.

El sistema en el que hemos estado viviendo en los últimos 70 años fue creado en gran parte por el liderazgo estadounidense. El sistema de las Naciones Unidas, las instituciones de Bretton Woods, la OTAN y la OMC son todos acuerdos institucionales que han sido fuertemente promovidos por la hegemonía posterior a la Segunda Guerra Mundial y que han sido mantenidos con vida gracias al continuo apoyo de los Estados Unidos. Ahora, todo esto se pone en tela de juicio ante la resistencia del nuevo presidente electo a participar en (y trabajar con) estas organizaciones multilaterales. Probablemente, Trump tendrá un comportamiento bastante más impredecible y posiblemente turbulento con respecto a todas estas instituciones, y esto llevará a su transformación y, tal vez, para algunas de ellas, a su marginalización.

Otros elementos significativos en este rompecabezas tienen que ver con el fenómeno de la globalización. Debido a la transformación global de las cadenas productivas, a la reubicación de las multinacionales en el extranjero, a la posibilidad de (re)-importación de bienes, y a la subsiguiente pérdida de puestos de trabajo, un contingente de la clase media ha sido gravemente afectado por el desempleo.

Pero también es gracias a la globalización que China está creciendo rápidamente y desafiando al liderazgo estadounidense en términos económicos, pero también, cada vez más, en términos políticos y militares. Es evidente que la apuesta por la política de  globalización hecha por el liderazgo estadounidense en los años 80 (republicano) y en los 90 (democrático) fue beneficiosa sólo al principio, pero más adelante resultó perjudicial para la posición de poder de los EE.UU. en la economía mundial. Es ampliamente reconocido que la India y especialmente China son los verdaderos ganadores en el juego de la globalización, habiendo conseguido estrechar la brecha que les separaba de Occidente. En este cálculo, Rusia constituye un elemento adicional.

Este nuevo sistema multipolar, que va apareciendo ante la falta de un plan de acción occidental, se abandona a la negociación pura, al puro transaccionalismo operado con apuestas ad hoc, cosa que coincide plenamente con la actitud general que Trump tiene para con el compromiso socioeconómico.

Y sin embargo, esto podría tener un efecto de despolarización, una consecuencia de desescalada en términos de las tensiones mundiales actuales, que se han incrementado en los últimos años. Aquí estoy pensando especialmente en la división entre Rusia y Occidente. Ante la ausencia de un poder hegemónico impulsando un orden mundial específico, podría surgir un sistema más equilibrado. Así, podríamos terminar teniendo una presidencia Trump que tuviese efectos polarizantes a nivel nacional y efectos despolarizantes a nivel internacional.

La vía abierta está clara: o bien la nueva competencia, basada en la rivalidad multipolar, podría acabar derivando probablemente en conflictos, o bien la apertura de nuevos canales de diálogo podría conducir a una fase fundacional de un orden internacional distinto, en la que las reglas innovadoras de los tableros de juego sean escritas conjuntamente por los occidentales y por los no-occidentales.

Dependerá de Trump y de los otros líderes internacionales dirigir el rumbo y tomar una decisión sobre qué camino finalmente seguir.

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