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Frente al sueño americano, ¿vivimos la emergencia de un sueño chino?

30 años después de Tiananmen, la emergencia de China, que tanto afecta a América Latina, marca nuevas líneas en el campo de la geopolítica dentro de un mundo policéntrico. El éxito de las “ideas chinas” desafía hoy la construcción de una nueva universalidad. Entrevista.

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Manuel Montobbio Francesc Badia i Dalmases
3 June 2019
Un profesor da clases de caligrafía a un estudiante en el condado de Deqing, en la provincia de Guangdong, sur de China, el 2 de junio de 2019. Foto: Tao Ming/Xinhua News Agency/PA Images. Todos los derechos reservados.

Lo que pasa en China importa mucho a América Latina, cuya economía depende cada vez más del gigante asiático cuyos intereses y valores es necesario comprender. El libro de Manuel Montobbio, Ideas Chinas, cuya traducción italiana acaba de ver la luz, introduce un análisis sobre el desarrollo de los “valores asiáticos”, tema del que se ha venido hablando en las últimas dos décadas.

Francesc Badia i Dalmases: Lo que vemos en el libro es también un esfuerzo por entender la implicación política de estos valores, de cómo se operacionalizan dentro de las relaciones internacionales. ¿En qué manera puede esta visión influir, no solo en la teoría de relaciones internacionales, sino también en la geopolítica contemporánea?

Manuel Montobbio: Creo que aquí hay dos cuestiones interesantes. De alguna manera, los “valores asiáticos” se proclaman frente a la proclamación del fin de la historia de Francis Fukuyama. A partir de Fukuyama, en Occidente se acepta que el único modelo de organización eficaz es la economía de mercado; no se cuestiona la universalidad del modelo pero se prevé que se puede aplicar ese modelo con valores distintos.

De ahí salen unas contra ideas de cómo gestionar el modelo, lo que implica, entre otras cosas, el cuestionamiento del modelo centro-periferia. El desplazamiento del centro de los países desarrollados hacia los países en desarrollo indica la “emergencia de los emergidos”, incluyendo a China, lo cual nos deja con un mundo policéntrico. No sólo hay un fin de la historia, sino que pueden haber diferentes fines. Y para algunos, el mejor fin posible no es necesariamente el que nosotros consideramos nuestro estado actual.

Más allá de la dualidad o multiplicidad del fin de la historia, esto presupone también el cuestionamiento de la universalidad misma. La emergencia de estas ideas o valores distintos a los propiamente occidentales supone que hay otras ideas en el mercado de la construcción de la universalidad.

Si somos coherentes con los principios de la Ilustración, según los cuales las ideas construyen la universalidad, tenemos que aceptar que hay otras ideas competitivas en el mercado que sostienen modelos exitosos, como el caso de China. Vivimos, frente al sueño americano, la emergencia de un sueño Chino.

Esto tiene otra implicación que me parece muy relevante. Frente a la propagación del fin de la historia, y la matización de los valores asiáticos, la otra alternativa teórica es la del choque de civilizaciones que propuso Samuel Huntington. Su idea de “civilizaciones” se basa en religiones, y en ese sentido creo que es oportuno recordar a María Zambrano cuando decía que el hombre es el único ser que no sólo padece la historia, sino que la hace, y que al hacer la historia, que es su esencia, siempre ha recurrido a ideas o a las creencias. La idea de Huntington, pues, es una interpretación de la civilización identificada con la creencia, y dentro de esto, la civilización que choca es el Islam.

El ascenso de estas “ideas chinas”, entonces nos muestra que hay unas ideas diferentes que debemos confrontar, con las que debemos dialogar, para así lograr construir esa universalidad.

No obstante, que la potencia global sea China tiene una trascendencia importante, ya que en su ascenso recurre a ideas y no a creencias. Esto puede llegar a ser motivo de celebración. Las ideas y las creencias pueden ser como el agua con el aceite. El ascenso de estas “ideas chinas”, entonces nos muestra que hay unas ideas diferentes que debemos confrontar, con las que debemos dialogar, para así lograr construir esa universalidad.

FB: Podemos subrayar también la capacidad de China de crear un aparato de producción que se nutre de una sociedad ya bastante cohesionada y disciplinada, y que a partir de la disciplina y el control social ha logrado convertirse en un actor muy competitivo dentro de la economía global. Tras la Guerra Fría, al abrirse los mercados al capital y a la mercancía, ellos son capaces de llenar al mercado de productos que antes se producían a otros precios. Vemos entonces a una sociedad preparada para convertirse en una potencia económica de gran talla, más allá de su funcionamiento institucional y sus sistema de gobernanza interno, claramente no democrático.

Este rápido enriquecimiento chino llega también en un momento histórico importante, de reconfiguración, y ahora es el momento en que China debe decir a dónde va. Es decir, ya no está aislada, ya no se encuentra en la periferia, sino que forman parte insoslayable del sistema global de producción y consumo, un sistema del que no sólo participa sino que, guste a no, la catapulta a cierta posición de liderazgo en materia económica y por consiguiente, geopolítica.

Por tanto, el tema de la acumulación de capital de China la hace mucho más fuerte e influye decisivamente en lo que podamos pensar sobre las “ideas chinas”. Dado este enriquecimiento tan rápido y eficaz, hecho además a partir de su visión de mundo, ¿esto los hace conscientes del poder que tienen, o albergan dudas sobre dónde situarse?

MM: Es difícil ponerse en sus propios zapatos. Más allá de la conciencia de poder que tenga, existe un debate ya en China sobre la esencia del poder, sobre qué es el poder. En ese sentido, es muy importante la conciencia de que el poder de una sociedad viene no de sus materias primas, no de su producción económica o de su situación geoestratégica, sino de la calidad de sus individuos. Creo que uno de los factores fundamentales de China, y Asia en general, es el énfasis absoluto que se ha puesto en la población.

Recuerdo un informe en el que se decía que había la previsión de que en el 2027 China sobrepase en número de patentes a Estados Unidos. Este también es el caso en número de ingenieros, lo que nos muestra que es posible que, en menos de 20 años, el liderazgo en capacidad de innovación lo tengamos ya en China.

Y aunque no alcance el grado de avance tecnológico cualitativo de EEUU, en términos de cantidad su capacidad es enorme, con una población de 1300 millones de personas, totalmente alfabetizada, educada. Hay una conciencia de que el poder en cualquier ámbito viene del talento de las personas.

Es muy importante la conciencia de que el poder de una sociedad viene no de sus materias primas, no de su producción económica o de su situación geoestratégica, sino de la calidad de sus individuos.

FB: Hay un ejemplo previo de este mismo fenómeno, que es Japón. Ellos hacen este esfuerzo de convertirse en potencia económica e industrial a pesar de salir del conflicto mundial en una posición muy débil, y con el reto de repensarse a sí mismos como nación. Sin embargo, la revolución tecnológica y la capacidad de producción llega a un punto que, durante los últimos 10, 15 años, se traduce en una estagnación, o por lo menos en un muy rápido envejecimiento y muy bajo crecimiento.

Quizás al poner a la comunidad por encima del individuo, llega un punto en el que no puede crecer más, tanto por cuestiones geográficas como por cuestiones demográficas, ya que son alrededor de 180 millones en un Japón muy limitado territorialmente. ¿Es Japón es un ejemplo válido para predecir la evolución de China, a pesar de su insularidad y teniendo en cuenta que China puede desarrollar ambiciones expansionistas?

MM: Hay elementos que pueden ser válidos. Sin embargo, ambas situaciones tienen diferentes matices. Por un lado, hay que resaltar las diferencias en la evolución histórica. Japón en un momento de su historia rechaza su propia tradición y empieza un proceso de occidentalización, de imitación, por decirlo de alguna manera. Otro ejemplo típico es el de Ataturk en Turquía. Abandonar o renunciar al alma otomana o japonesa en pos de adoptar las técnicas político-económicas de Occidente. El salto adelante se da con esa importación.

El objetivo de Japón es desarrollarse hasta tal punto que sea aceptado en la OCDE y otras organizaciones intergubernamentales, siendo parte de un estándar económico y político globalizado. El hecho de que Japón exista no cuestiona ni el capitalismo ni la democracia liberal occidental; Japón es un caso claro de romper el tabú, de que para ser parte del centro, había que ser parte de Occidente.

El caso de China es diferente. No es una civilización o un imperio que cambia de rumbo, sino que sufre la invasión de otro (en este caso Japón), es objeto de la acción occidental, no se moderniza ni se transforma. Cuando adopta un modelo occidental, no adopta el modelo del poder dominante en Occidente, sino de aquellos que quieren derribar ese poder en Occidente. Lo que se importa de Occidente no es el éxito del capitalismo, sino la lucha de los obreros que son oprimidos por el capitalismo, porque los chinos se identifican también con esa opresión.

Entonces, la vía de tránsito hacia la occidentalización es la importación de la alternativa occidental, que triunfa al principio con la Revolución Soviética, y ellos quieren que también triunfe en China. La entrada al pensamiento occidental no se produce adoptando el pensamiento dominante, como es el caso de Japón, sino con el intento de construcción de una alternativa. China pretende encarnar el modelo alternativo que los propios grupos contrarios al sistema dentro de Occidente ven como ejemplo.

A partir de ahí, la entrada definitiva a la modernidad no es con otra aportación occidental, sino a partir de darse cuenta de que estas ideas por sí mismas no pueden resolver algunos de sus problemas. Esto conlleva a la vuelta a la tradición, a una especie de neo-confucionismo. La experiencia de transformar esa ruptura, esa destrucción del orden anterior, se hace por la importación de ideas occidentales. Pero la entrada a la modernidad se produce con la recuperación de las ideas propias, intentado crear un modelo propio, y con el orgullo de que sea propio. Es más, en parte, la propia legitimidad o permanencia en el poder depende de que ese modelo sea propio y sea contemplado como un sueño chino; que sea distinto del sueño americano, pero que sea tan sueño como el otro.

La emergencia china nos plantea un reto de evolución, de que el poder internacional no tenga por qué basarse en lo que queremos hacer nosotros frente al otro, sino ante nosotros mismos. Y a la postre, sobre qué queremos hacer de la humanidad en su conjunto.

FB: El ascenso de China es trascendental por muchas razones, no sólo económicas, sino sobre todo porque, al convertirse en una fuerza hegemónica alternativa, habrá que hacer un proceso de adaptación importante, por ambos lados. China no deja de ser un líder reluctante; no tienen, o no han tenido nunca un expansionismo geopolítico, incluso cuando han habido grandes migraciones, su diáspora se mantiene fiel a sus referentes chinos, y mantiene un perfil bajo. Pero, cuando hablamos ya de un mundo policéntrico, ¿cómo afecta a aquellos que siempre han estado, o se han considerado, en el centro? ¿Qué tipo de consecuencias trae esta reconfiguración?

MM: Por un lado, volvería a citar a María Zambrano, que decía que la juventud y la adolescencia es la edad del yo que se afirma frente al otro, y la madurez es la del yo que se afirma frente a sí mismo. Claramente, el mundo chino es un mundo que se afirma frente a sí mismo. Nunca ha tenido que salir a conquistar a nadie para pensar que era absolutamente lo mejor de la humanidad, que era el centro, y que eran los demás los que tenían que venir a buscarle a él.

A nosotros esta emergencia de China nos plantea un reto de madurez, un reto de afirmación frente a nosotros mismos, no frente a los chinos. Lo que creo que es interesante es la reflexión de que si ellos, frente al poder que hemos tenido nosotros durante la historia moderna y contemporánea, han sido capaces de no ser cambiados y, el hecho de seguir en consecuencia afirmándose a sí mismos, es por esa actitud frente a sí mismos.

Eso creo que nos plantea un reto de evolución, de que el poder internacional no tenga por qué basarse en lo que queremos hacer nosotros frente al otro, sino ante nosotros mismos. Y a la postre, sobre qué queremos hacer de la humanidad en su conjunto. La pregunta es, ¿cómo podemos construir nosotros con los otros? Eso es una idea interesante, que debería alimentar la reflexión de los tiempos por venir.

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