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El impacto de la onda expansiva del Brexit en España

¿Qué tiene que ver el Brexit con el resultado de Podemos en las elecciones españolas del 26 de Junio? English

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Francesc Badia i Dalmases
2 July 2016
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Una mujer con unas gafas con los colores de la bandera de España. AP Photo/Manu Fernandez

El viernes 24 de junio, muy temprano, al final de la verbena de San Juan, que marca en España el inicio del solsticio de verano, una enorme onda expansiva proveniente del Brexit golpeó la costa española. Este año, el país gastó 18 millones de Euros en pirotecnia, en un ambiente festivo alimentado por las buenas expectativas económicas (el PIB en España viene creciendo al 3%) y un verdadero optimismo sobre la posible llegada del cambio político con las elecciones a celebrar ese domingo, 26 de Junio.

A lo largo de los últimos ocho años, más o menos, millones de ciudadanos de las clases medias han luchado por mantenerse a flote, mientras muchos jóvenes han tenido que abandonar su país en busca de oportunidades –muchos de ellos hacia el Reino Unido. Pero ahora, y gracias a una pelea por el poder entre dos ambiciosos políticos británicos de derechas, su futuro está en peligro, y las perspectivas de un cambio progresista en España se han desvanecido.

Las ondas expansivas del Brexit afectan a la gente corriente. De acuerdo con algunos cálculos, unos 200.000 emigrantes españoles viven en el Reino Unido. Y también, buscando una vida mejor y más barata –o simplemente abandonando un país donde, si uno no es lo bastante rico, la vida puede ser bastante gris y desasosegante – unos 700.000 ciudadanos británicos viven hoy en España. Disfrutan de buen tiempo, buena comida, infraestructuras de calidad y servicios sociales de primera, viviendo en una sociedad hospitalaria y tolerante. Pero ahora, sin haber tenido la oportunidad de pronunciarse sobre lo que se decidía, los resultados del referéndum pueden provocar consecuencias indeseadas para su vida y para sus perspectivas de futuro.

Éste es sólo un ejemplo doméstico de las devastadoras consecuencias que trajo convocar un referéndum que puede ser de todo menos muy democrático, aunque sólo sea por el hecho de que muchos de los directamente afectados no han podido expresar su voluntad. Esto no es bueno y tampoco muy democrático. Si el Brexit se acaba implementando, no está claro en qué medida afectará a los pensionistas británicos pero, de momento, la caída de la libra esterlina ya está menguando muchos presupuestos en toda la costa del Mediterráneo.

Además, los profesionales británicos que se ganan la vida en los países de la Unión Europea podrían acabar convertidos en extra-comunitarios, y podrían adquirir el mismo estatus como trabajadoires de terceros países que hoy tienen los marroquíes, los pakistanís o los ecuatorianos. Esto, claro está, sólo pasaría si las cosas se ponen feas y las negociaciones para la salida acaban mal.

Hay muchas preguntas sin respuesta: ¿Por qué se denegó a tanta gente el derecho a votar en un asunto que afecta tanto a su estatus? ¿Cómo es que no había un plan B para el caso de que el Brexit ganase?

Se dice que los referéndums los carga el diablo. Si bien sus partidarios defienden su naturaleza intrínsecamente democrática (¿qué hay más democrático, argumentan, que preguntar a la gente lo que quiere hacer?). Sin embargo, en el fondo, si se piensa con rigor, esto no es tan democrático como parece. En un artículo reciente, Jeremy Fox recordaba cómo Margaret Thatcher dijo una vez que “los referéndums son instrumentos para demagogos y autócratas". Yo no voy a ir tan lejos, pero opino que los referéndums, especialmente aquellos destinados a cambiar la historia, están esencialmente sesgados. Polarizan. Obligan a la gente a votar emocionalmente, y no necesariamente de manera racional. Empujan a la gente a escoger entre blanco o negro, eliminando la amplia gama de grises que habita entre dos opciones extremas. Y tienden a ser promovidos por los que sólo quieren ver un resultado específico: la independencia (en el caso de Escocia); el Brexit, (en el caso del Reino Unido). Si alcanzan su objetivo, se acabó, es irreversible (es el caso del Brexit). Pero si no se alcanza, uno puede reclamar el derecho a una nueva oportunidad, hasta conseguir su objetivo (es el caso de Escocia). Esto es totalmente asimétrico, porque favorece a una opción, en detrimento de la otra. Y además, está la cuestión de las mayorías necesarias. En el caso del Brexit, sólo el 37% del censo votó salir (51,9% del 72,2% que participó): muy lejos de “la mayoría del pueblo británico” que esgrimen los ganadores. ¿Puede una minoría, por más mayoritaria que sea, cambiar el destino de todo un pueblo? Aparentemente, así es. ¿Es esto auténticamente democrático? Bueno, personalmente pienso que las condiciones en las que debería situarse una mayoría vinculante (yo soy favorable a una mayoría cualificada) deben ser decididas por amplio acuerdo parlamentario, apoyado por lo menos por dos tercios de los representantes populares. 

Además, plateado en estos términos, un referéndum sobre la “independencia” siempre acabará siendo una cuestión identitaria, y agitando los fantasmas más espantosos del miedo, las emociones nacionalistas y xenófobas entre una población ansiosa y desconcertada. Y culpar de todos los males domésticos a un enemigo exterior (en este caso, la UE) –como saben muy bien populistas y autócratas- siempre es muy rentable. Fue el historiador Tony Judt quien, al principio de los años noventa, ya describía los peligros de tener a tantos ciudadanos abandonados, víctimas de los efectos secundarios de la globalización, incluyendo el colapso del modelo industrial de creación de trabajo y del estado del bienestar, dos de las peores consecuencias a largo plazo del proyecto neoliberal de Reagan y Thatcher. Refiriéndose al incremento de los votantes de Le Pen en los barrios empobrecidos de las ciudades medianas francesas, escribió: los perdedores de la globalización están abrazando a demagogos de la extrema derecha. Es un voto de protesta, de miedo y de desesperación.

Y además de todo esto, un voto para salir de la UE iba inevitablemente a mezclarse con el espejismo de las glorias del pasado imperial, y con la incomprensión de lo que significa, en realidad, la soberanía en este mundo tan altamente interdependiente e integrado como el del siglo XXI. En definitiva, el Brexit ha sido un trágico error, que puede costar por lo menos una generación corregir.

El eslogan “recuperemos el control”, pidiendo que se devuelva a “la gente decente”, sonaba Orwelliano. Incluso en el caso de que, como muchos queremos pensar, el Reino Unido no acabará invocando el Artículo 50 del Tratado de Lisboa para salir de la UE, el Brexit desencadenará una crisis política profunda, hasta que los políticos de Westminster tengan las agallas de reconocer su catastrófico error y empiecen a dar marcha atrás.

Impacto en España

En las elecciones generales del pasado domingo, quizás desconcertados por el miedo a las consecuencias del Brexit para su propia estabilidad, muchos españoles auto-traicionaron sus propias perspectivas de ver un cambio político progresista en su país. Uno de cada tres de los que votaron el 26 de junio, votaron conservador. Y así, el Partido Popular, enfangado en una corrupción tremenda, habiendo aprobado leyes muy represivas, y liderado durísimas políticas de austeridad (rebautizadas como “reformas”), ganó las elecciones.

Militantes derechistas celebraron esta victoria con un entusiasmo nacionalista sin precedentes, vitoreando a su líder ante el cuartel general del partido en Madrid, hasta bien entrada la noche. Nuevamente, la ocasión nos recordó el porqué no hay un partido populista de extrema derecha en España: porque ya está integrado en la filas del Partido Popular. Y esto, en el fondo, es la buena noticia, porque mientras el ala moderada de los conservadores se siente junto a los ultranacionalistas en el mismo partido, de alguna manera los contiene y neutraliza. 

En las próximas semanas, y si las cosas no descarrilan (puesto que una nueva convocatoria de elecciones sería indigerible), es muy probable que el PP acabe formando un gobierno en minoría. El acceso al poder seguirá frenando al ala populista de extrema derecha dentro del partido, evitando la amenaza de que se produzca un brote que pueda hacer aparecer en España un partido de corte xenófoba y euroescéptica, similar a los que hemos venido viendo surgir en el continente, en el Reino Unido, y también más allá.  Aún así, los cánticos nacionalistas en la sede del PP el domingo pasado son un síntoma inquietante, que habrá que seguir de cerca.

Sin “sorpasso”, no hay referéndum

Atribulados analistas y politólogos están ahora intentando descifrar el impacto real que el resultado del referéndum británico haya tenido en los resultados de las elecciones españolas. No está claro en qué medida las noticias del Brexit han tenido alguna influencia, pero podemos especular que el miedo a la tormenta económica y a la desintegración territorial jugaron un papel al espantar a la gente, arremolinándola alrededor del PP, que sumó a sus resultados de Diciembre 600.000 votos y 14 escaños. Esto fue una auténtica sorpresa, puesto que todas las encuestas les daban una victoria ajustada, pero no esperaban una distancia de hasta 50 escaños con el PSOE, que finalmente acabó segundo y perdió 5 diputados..

En España, y por toda Europa, la izquierda tenía muchas expectativas de alcanzar una victoria liderada por Podemos, que se presentaba en coalición con los antiguos comunistas del Izquierda Unida. Las encuestas predijeron unánimemente que Unidos Podemos (el nombre que se dio a la coalición) iba a ganar numerosos escaños y conseguir el sorpasso de los viejos (y conservadores) socialistas del PSOE. Pero no hubo sorpasso. Muchos y complejos factores podrían explicarlo, pero uno de ellos podría muy bien ser el uso electoral de una cuestión política muy espinosa en España: el referéndum sobre la independencia de Cataluña.

Durante toda la campaña, Podemos, en lo que algunos vieron como un gesto valiente, continuaron defendiendo la necesidad de celebrar un  referéndum en Cataluña. Es urgente superar una persistente tensión territorial y, siguiendo su argumentario, sólo a través de la celebración de un referéndum sobre la independencia se zanjará la cuestión. Declarando, en nombre de un remozado “patriotismo”, que votarían en contra y no a favor de la independencia, parecían convencidos que esa opción ganaría y que, de esta manera, la cuestión de la independencia catalana quedaría resuelta de una vez por todas. Pero esta visión podría resultar demasiado optimista para sus intereses de mantener a España unida..

Una vez concedido el referéndum, lo probable es que se repita, si es que los partidarios de la independencia no ganan (véase Escocia). También cabe recordar que el mismo Cameron, cuando en Bruselas le rogaban que abandonase su intención de celebrar un referéndum sobre la salida del Reino Unido de la UE, insistía enfáticamente: “no hace falta, puesto que los que se quieren ir sólo obtendrán el 30% de los votos”. Se equivocó, y mucho. Y no tenía un plan B.

Aceptar un referéndum es considerado algo muy riesgoso, y no está en la agenda de los otros tres partidos de ámbito nacional en España, cuyas propuestas van, desde una reforma de la constitución en sentido federal (PSOE), a un acuerdo “constitucionalista" (Ciudadanos), hasta a no hacer nada de nada (PP). La narrativa de una España diversa, de una “nación de naciones”, puede resultar atractiva a muchos españoles de mentalidad abierta, pero cuando se trata de conceder el derecho a la autodeterminación, esos “muchos” se quedan en “unos cuantos”. Después de todo, no hay estado-nación moderno que contemple en su constitución su desintegración a través de referéndums de separación, excepto el Reino Unido, que no tiene constitución escrita, y Canadá (con su Ley de Claridad).

Se dice que la cuestión del referéndum catalán bloqueó la posibilidad de un gobierno de centr-izquierda, propuesta por el PSOE y Ciudadanos en la corta anterior legislatura. Probablemente fueron muchos y más importantes los factoresque bloquearon ese pacto, pero innegablemente el referéndum catalán tuvo algo que ver.

Lo mismo puede decirse del fracaso (por lo menos en comparación a las expectativas generadas) de la izquierda radical el pasado domingo: hay muchos factores –encuestas infladas, una campaña débil, dudas sobre el liderazgo, dudas sobre la virtud de incorporar a Izquierda Unida, el echar agua al vino recio del izquierdismo en pos de una socialdemocracia de color de rosa– pero, en mi opinión, la cuestión del referéndum puede muy bien haber sido una de ellas.

Abrir la puerta a la posibilidad de la desintegración no vende mucho en España, ni a izquierda ni a derecha. A fin de cuentas, las coaliciones moradas de Podemos sólo ganaron en los dos territorios donde el nacionalismo regional es hegemónico: País Vasco y Cataluña. El resto de España se tiñó del azul PP.

Y aquí estamos pues, con una resaca fortísima, valorando el gran hachazo a la posibilidad de que el Reino Unido y la Unión Europea continúen unidos, con referéndums secesionistas encima de la mesa, que inflaman el nacionalismo, la identidad única y el interés particular, por encima del cosmopolitismo  las identidades múltiples y la solidaridad.

Obligados a especular si el Brexit contribuyó o no a frustrar la esperanza de un gobierno progresista en España, muchos de nosotros nos sentimos indispuestos, mientras que los movimientos de extrema derecha están brindando con el champán de Le Pen o el vodka de Putin. Toca ahora levantarse, trabajar unidos y reconstruir esa Europa democrática, que constituye nuestra única opción de un futuro en paz, en libertad y en fraternidad.

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