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La vía portuguesa no vale para Grecia

Portugal, según se desprende de las palabras de su primer-ministro, se enorgullece de haber contribuido a una decisión que supone un golpe a la soberanía griega, en detrimento del sueño Europeo. English. Português.

Manuel Nunes Ramires Serrano
8 September 2015
Protesta contra la Austeridad. 2015. Flickr. Algunos derechos reservados.

Pedro Passos Coelho, primer-ministro de Portugal habló, en conferencia de prensa, después del acuerdo europeo alcanzado con Grecia, sobre la creación de un fondo de privatización de activos públicos. Se refirió a la ejecución previa de garantías inmobiliarias, hasta alcanzar un valor de 50 mil millones, y a que la mitad, 25 mil millones, pudiese ser usada para “privatizar los bancos que están ahora siendo recapitalizados”. El primer ministro dijo lo siguiente: “Debo decir incluso que, curiosamente, la solución que acabó por desbloquear el último problema planteado – que era justamente la solución en cuanto a la utilización del fondo – partió de una idea que yo mismo sugerí. Por casualidad.” La frase se hizo viral y fue compartida miles de veces a través de las redes sociales, sobre todo a través de Twitter. Pero pocos se pararon a analizar la gravedad de lo dicho.

Portugal, según se desprende de las palabras del primer-ministro, se enorgullece de haber contribuido a una decisión que supone un golpe a la soberanía griega, en detrimento del sueño Europeo. La Unión Europea, otrora símbolo de la libertad, de los derechos humanos y de la justicia, peligra como tal. Pero políticos como Passos Coelho piensan que la austeridad es la solución, que el empobrecimiento de la población, que las reformas hechas y que la erosión de la soberanía son necesarios para que Europa pueda sobrevivir, para que el euro pueda prosperar y para evitar el caos y la “barbarie”, representada por partidos de izquierda radical como Syriza o su primo español, Podemos. Sin embargo, dichos políticos no explican, o no quieren explicar, que la soberanía monetaria de los países miembros fue abandonada al entrar en el euro, sin decirles a los ciudadanos que una de las consecuencias de adoptar la moneda única implicaba renunciar a una política monetaria propia e independiente. Parecen querer obviar también que el Eurogrupo ejemplifica en sí mismo lo que se ha venido a denominar el “déficit democrático” de muchos de los entes constitutivos de la UE, sólo responde ante sí mismo. Se reúne, delibera y toma decisiones a puerta cerrada, sin que hayan actas de reuniones ni se pueda saber lo que se discute dentro del mismo, salvo a través de las posteriores conferencias de prensa. Mientras políticos como Mariano Rajoy en España o Passos Coelho en Portugal critican a Syriza por atentar contra el bienestar de sus ciudadanos y contra el futuro de la Unión Europea, el Eurogrupo decide, autónomamente y sin mecanismos de rendición de cuentas, buena parte del futuro del proyecto europeo y del de sus integrantes.

Las políticas de austeridad no funcionan, o por lo menos no en la mayoría de los casos, tal como se desprende del análisis de los recientes datos macroeconómicos. No sirve para solucionar problemas como la falta de competitividad, la creación de empleo, la reducción de la deuda y el crecimiento económico. Esto es de sobra conocido por Alemania, y consecuentemente por los otros países del Eurogrupo. El nuevo acuerdo no tiene como objetivo reducir la deuda o recuperar empleos, sino dar ejemplo y en este sentido se parece más a un castigo moral que a una receta eficaz para solucionar los enormes problemas de la economía griega. En materia de política monetaria, Alemania manda en Europa, y tras Alemania se encuentran una serie de estados subsidiarios, incapaces de hacerse oír ante lo que puedan considerar como una injusticia, aquellos que miran para el otro lado o, como en el caso de Portugal, parecen contribuir activamente a una política equivocada.

Grecia, como Portugal, aplicó medidas draconianas, para intentar cumplir los objetivos establecidos por la troika. Pero la fórmula no funcionó y el peso de la deuda acabó por destruir buena parte de la economía Griega, lo que limitó su capacidad para pagar a los acreedores o emplear sus ciudadanos. Esto obligó a Grecia a pedir a los países del Eurogrupo y al Fondo Monetario Internacional más ayuda, que tuvo como contrapartida medidas de austeridad que acabaron por dañar aún más la economía griega. Se cayó entonces en una espiral negativa de la que será muy difícil salir. De los 240.000 millones de euros que supuso el rescate total, solamente el 10% llegó a las arcas del gobierno griego. 140.000 millones fueron destinados a pago de deudas e intereses, 48.200 mil millones fueron destinados a salvar los bancos griegos, 34.000 millones costaron las medidas tomadas para renegociar a deuda y solamente 24.000 millones fueron destinados al gobierno griego. Una vez hechas las cuentas, el rescate sirve para rescatar a los acreedores, no al deudor.

El caso de Portugal no es tan diferente al de Grecia. Tras haber recibido asistencia internacional valorada en 78.000 millones en 2011, el  17 de mayo de 2014 señaló el fin de la asistencia externa. Portugal había “hecho los deberes”. Pero la salida de la troika no acabó con las medidas de austeridad, que continuaron implementándose. Los resultados hablan por sí solos. Portugal se encuentra en el número 41 (Grecia está en el 29), de un total de 187 países en el Índice de Desarrollo Humano (ONU), según el ranking realizado para el año 2014. Sin embargo, pese a algunas señales de recuperación económica (el PIB portugués creció el 0,9 % en 2014), el índice considera que la desinversión en educación y en el área de la salud plantea riesgos no desdeñables. Esto no sólo pone en peligro las mejoras alcanzadas en las últimas décadas, sino que supone también una transferencia de los gastos del estado hacia los ciudadanos, lo que implica un aumento de la desigualdad y una nociva reducción de las prestaciones sociales. En este sentido, cabe llamar la atención sobre el hecho de que en Portugal un tercio de los menores de 25 años están desempleados, mientras que la mitad de los licenciados con menos de 35 años recibe menos de 900 euros al mes. La tasa de emigración está a niveles sólo comparables a los de 1960 y los derechos económicos y sociales fueron dura y sistemáticamente recortados. Resulta especialmente preocupante el hecho de que el número de personas en riesgo de pobreza alcanzó en el año 2014 la cifra récord de 2,8 millones de personas (EUROSTAT), siendo sobre todo vulnerables las familias con niños y los parados.

Mientras Passos Coelho se congratula, Hollande reitera que el acuerdo no es una humillación y Rajoy avisa de que Podemos es una simple copia de Syriza, Ángela Merkel y el atormentado Wolfgang Schäuble destruyen la idea de justicia y de cohesión social sobre la cual se erigió el sueño de un proyecto llamado Europa. Sí, Grecia se equivocó cuando falsificó sus cuentas para entrar en el euro. Sí, Syriza puede no ser el modelo ideal de gobierno para un país europeo, si es que dicho modelo existe. Pero, a un nivel cualitativamente distinto, está la posición tomada por los diferentes países de Europa, que se arrodillaron ante el régimen bancario internacional y no intentaron siquiera oponer resistencia. El sometimiento de Atenas, la erosión de su soberanía y la aquiescencia de países como Portugal demuestran que el proyecto Europeo falló. Antes que las instituciones, los gobiernos y los bancos, están las personas. Los ciudadanos europeos, si tal concepto alguna vez existió ante los ojos del neoliberalismo, no pueden ser usados como medios para alcanzar un fin.

Las decisiones políticas deben tener costes políticos y el estado deplorable de Grecia, en lo que a su sistema fiscal se refiere, necesita urgentemente de reformas. Es exigible que las autoridades griegas actúen responsablemente. Pero dichos costes no pueden ser cobrados a una población empobrecida, en muchos casos al borde de la desesperación, que poco o nada debe personalmente a nadie, y mucho menos a los gobiernos y a los bancos europeos.

Según una investigación de Barclays de abril del 2015, publicada por el Berlin Policy Journal, los gobiernos de la eurozona poseen el 62% de los créditos y letras del gobierno griego, el sector privado el 17%, el FMI el 10% y el Banco Central Europeo el 8%. El 3% restante pertenece al banco central de Grecia. Dentro de la eurozona, los países que le han prestado más Grecia son Alemania, con 92.000 millones de euros; Francia, con 70,300 millones; Italia, con 61.500 millones, España, con 42.300 millones, y Holanda, con 19.800 millones. Si, obviando el 10% del FMI, por lo menos el 73% del total de la deuda griega es de titularidad pública europea, los ciudadanos europeos deberían ser mucho más exigentes con sus gobiernos a la hora de negociar condiciones de pago razonables y estar dispuestos, llegado el momento, a condonar parte de la deuda con sus propios impuestos.

El derecho a una vida digna, como tal, nació y se cristalizó en Europa. Desde los griegos a los alemanes, pasando por los portugueses o españoles, la gran mayoría de las personas, ya se identifique con la izquierda o la derecha, tiende a defender que la dignidad es innegociable, que los griegos tienen derecho a decidir cómo quieren vivir. También existen voces discordantes, que acusan a los griegos, de huir de la austeridad, de continuar trabajando poco y pidiendo mucho, de querer vivir a costa de los otros estados miembros.

Passos Coelho parece encuadrarse dentro de esta segunda categoría, algo que es libre de hacer como individuo. Pero como primer-ministro de Portugal, como representante de los portugueses ante griegos y alemanes, debería ser más cuidadoso con sus comentarios y no alardear de ser el campeón de lo que muchos perciben como un castigo insoportable al pueblo griego. La Unión Europea fue y continúa siendo una idea, un sueño. Hubo y sigue habiendo momentos en los cuales todos, o la gran mayoría, sentimos orgullo de ser europeos, en la democracia, en los derechos humanos, en la solidaridad, en la justicia, en el bienestar de las personas y en la rendición de cuentas por parte de los políticos ante los ciudadanos. Pero hoy, personalmente, no siento orgullo en ser europeo y siento, eso sí, vergüenza por las palabras de Passos Coelho.

Una Europa distinta es posible, pero su construcción depende de los ciudadanos y de su capacidad de ser solidarios con los demás pueblos de Europa. No debe, ni puede, ser impuesta por un banquero alemán, italiano, holandés, portugués o griego. Debe ser construida activamente por todos los estados miembros, siendo la legitimación otorgada por cada ciudadano europeo el motor de una idea de Europa a día de hoy casi irreconocible. Una idea que ha sido, una vez más, corrompida. Para que pueda sobrevivir, tiene que ser re-conceptualizada sobre los pilares de la igualdad y de la democracia, de la justicia y de los derechos humanos, pero sobre todo fundamentada en un concepto de Unión como tal, y como tal solidaria. Europa debe despertar de un sueño neoliberal que parece haberse convertido, definitivamente, en una pesadilla bien real para muchos de sus ciudadanos.


Derechos de imagen: Flickr, 2015. Algunos derechos reservados.

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