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La vigilancia digital y el fin de la democracia

Los activistas de derechos civiles están ocupados en subrayar hasta qué punto la vigilancia digital ha acabado con nuestras democracias. Su verdadero enemigo, sin embargo, es el miedo y la delegación del poder. English. Português.

Manuel Arriaga
3 November 2015
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Feliz vigilancia. Flickr/Wrote. Algunos derechos reservados

En informática, un "fallo de segmentación" ocurre cuando un programa intenta acceder a una información a la que no tiene porqué tener acceso.

Emoción contra razón. Instinto contra análisis. Corazón contra cerebro. Todavía no hay, en nuestra historia intelectual, una dicotomía que ejerza tanto dominio sobre nosotros como ésta. Desde muy temprana edad, se nos enseña a diseccionar todo lo que se nos pasa por la cabeza, y a compartimentarizarlo ágilmente en uno de estos dos cajones. Al analizar los desafíos a los que se enfrentan hoy nuestras democracias, es fácil caer en los viejos hábitos.

Las revelaciones de Julian Assange, Chelsea Manning, Edward Snowden y otros héroes contemporáneos presentan una imagen sombría de la relación entre los ciudadanos y el Estado. Muchos de nosotros somos ahora dolorosamente conscientes de hasta qué punto los gobiernos son capaces de invadir, registrar y documentar nuestras vidas. Para un buen número de observadores, la imagen distópica resultante es la de una situación en la que las libertades políticas y civiles han sido secuestradas por una compleja red de poderosos ordenadores, algoritmos de búsqueda de datos de última generación y las distintas agencias que los operan, entre cuyas responsabilidades no figura la de rendir cuentas de su actuación públicamente.

Es fácil sentirse angustiado. ¿Cómo pueden sobrevivir nuestras libertades más fundamentales a una tal embestida tecnológica?

Como pienso argumentar en el Foro Mundial para la Democracia de este año, al dejar que nuestro pensamiento tome estos derroteros, estamos haciéndole un flaco favor a nuestras democracias. Por supuesto, en el año 2015 es difícil zafarse de la tecnología. Los ordenadores, en sus múltiples (y cada vez más discretos) disfraces, están sin duda en todas partes. Pero su capacidad de penetración en el mundo de hoy sólo es comparable a su ubicuidad en nuestras mentes.

A la tecnofilia que caracteriza nuestra cultura no le cuesta dotar a los algoritmos "inteligentes" y a las poderosas máquinas de algo que se asemeja a la acción humana. Cualquier historia en la que la tecnología sea uno de los protagonistas – cuando no la protagonista – de la eliminación o desaparición de valores que consideramos esenciales consigue siempre convencer al público. Al parecer, nos encontramos ahora en la etapa de documentar colectivamente hasta qué punto la vigilancia digital está provocando el fin de nuestras democracias.

Quisiera sugerir que el verdadero enemigo de nuestras democracias está en otra parte. Evidentemente, el ojo siempre atento de los algoritmos y los supercomputadores constituye una seria amenaza - pero ¿qué fue lo que creó las condiciones que hicieron posible su existencia en el primer lugar? La respuesta es doble, pero en ambos casos no tiene  que ver con la irresistible seducción de la tecnología, sino con el ámbito inevitablemente mucho más oscuro de las emociones y las creencias humanas.

En primer lugar, un mundo en el que máquinas operadas por los brazos incontrolables del Estado van por libre "recogiéndolo todo", sólo es posible si los ciudadanos viven con miedo. Nuestros líderes políticos nos han enseñado a tener miedo de un cajón de sastre lleno de amenazas externas e internas mal definidas. Sin eso, todas esas luces parpadeantes ubicadas en lo más profundo del estado de  Utah no podrían ir registrando hasta los detalles más nimios de la vida de los ciudadanos de a pie.

Un elenco siempre cambiante de enemigos, junto con un perfecto manejo de la opinión pública por parte de los políticos y el afán siempre presente de gran parte de los medios de comunicación por explotar el miedo como método más eficiente de generar emociones, mantiene alto el nivel de amenaza percibida y lo justifica prácticamente todo. Un público temeroso es aquel que busca fácilmente la protección paternal del Estado, con independencia de lo invasivo que resulte el comportamiento de esa figura paterna en su afán por "mantenernos a salvo." En otras palabras, un público temeroso es aquel que ha olvidado el significado de la palabra libertad.

En segundo lugar, una cuestión más amplia, que tiene que ver con la forma en que nos relacionamos con el mundo de la política, ha facilitado también en gran medida el crecimiento de este aparato orwelliano. En lo que a la política se refiere, hemos desarrollado una creencia poco saludable acerca de la delegación de poder. Concretamente, hemos asimilado el mito según el cual votar cada dos años asegura de alguna manera un nivel razonable de rendición de cuentas.

No importa cuántas evidencias de lo contrario se nos muestren (y, para ser justos, en los últimos tiempos las muestras en este sentido han sido extraordinariamente generosas), seguimos alimentando la creencia que disponemos de mecanismos de supervisión eficaces para mantener a los políticos bajo control.

Las prácticas abusivas de vigilancia no son más que una consecuencia de este grave error. Esta realidad sólo cambiará cuando vayamos más allá de la noción obsoleta de que las elecciones son como el patrón oro de la representación política y abracemos colectivamente formas innovadoras que den poder político real a los ciudadanos de a pie, que es precisamente de lo que trata mi breve libro Rebooting Democracy: A Citizen's Guide to Reinventing Politics (Reiniciando la democracia: guía ciudadana para reinventar la política).

En resumen, cuando hablamos de vigilancia generalizada y del formidable aparato tecnológico que la hace posible, creo que estamos confundiendo los síntomas con la raíz del problema. La tecnología es, sin duda, muy atractiva, pero el verdadero problema radica en la infantilización del público – es decir, en convertir a los ciudadanos en menores temerosos, dispuestos a delegar su poder.

Es obvio que deberíamos adoptar sistemas de lenguaje cifrado y abogar por la adopción de medidas reguladoras como las que propone el Tratado Snowden. Estas medidas tecnológicas y reguladoras podrían ayudarnos a recuperar parte de la(s) libertad(es) que hemos perdido.

Pero lo que no deberíamos perder de vista es lo que se halla en la base de este panóptico de silicio y fibra óptica del siglo XXI. Se trata de una tarea ardua y difícil, pero no hay duda de que cuando consigamos crear una ciudadanía informada y autónoma, esas poderosísimas máquinas se vendrán abajo rápidamente.

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Este artículo se publica como parte de una asociación editorial de openDemocracy con el World Forum for Democracy (Foro Mundial por la Democracia). Las ideas recogidas durante la reunión anual del Foro en Estrasburgo informan la labor del Consejo de Europa y sus numerosos socios en el campo de la democracia y la gobernabilidad democrática.

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