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Rún Rún vs. Tic Tac

En sólo un año y pocos meses de existencia, Podemos ha obligado a incorporar su repertorio de ideas, métodos y metáforas a todos los partidos preexistentes. English.

Daniel Rodríguez Cao
16 December 2015

La perdurabilidad de un movimiento social no pasa tanto por su capacidad operativa, organizativa o auto-reproductiva como por su capacidad de ir mutando acompañando a los tiempos. En ese sentido, el movimiento 15-M, surgido de la declaración de intenciones reflejada en el manifiesto Democracia Real Ya, que llevó a cabo un ciclo de movilizaciones con pocos precedentes en España durante el año 2011, se plantea como caso paradigmático.

El 15-M, surgió como fruto del hartazgo popular con un sistema político que vivía completamente de espaldas a los problemas socio-económicos de la mayoría social y a sus demandas. La toma de las plazas de las ciudades de toda España supuso el principio de este movimiento social que, a posteriori, vivió diversas mutaciones. Consideradas mutaciones no por estar planificadas desde aquellas asambleas que se vivían en calles y plazas, sino por encajar precisamente con todo el repertorio que emanaba de aquellos encuentros.

La proliferación de los llamados centros sociales, de editoriales críticas o la apertura de centros de cultura alternativa fueron las primeras fases de lo que luego cristalizaría en movimientos de desobediencia a los miles de desahucios que casi diariamente se producen por todo el territorio. Aún siendo una concepción netamente liberal la separación de lo social y lo político, lo cierto es que todo este movimiento, toda esta nueva cultura política, no se había traducido aún en una opción que buscara influir sobre el sistema institucional y/o de partidos más de allá de la presión directa sobre quien lo ocupaba.

El 15-M no pide un partido político, dibuja un sistema político, uno en el que solo caben determinadas opciones, y Podemos es quien mejor sabe introducirse en ese dibujo desde su nacimiento. El motivo es sencillo: el 15-M demanda una nueva institucionalidad, si, pero también una nueva forma de ocuparla, y solo Podemos tuvo la habilidad suficiente para acomodar al paradigma surgido de las plazas su arquitectura organizativa.

Podemos, en los términos gramscianos de los que tanto se alimenta, lleva a cabo una auténtica guerra cultural: recoge el paradigma salido de las plazas, sus conceptos clave, los dota de nuevos significados y los “interclasiza”. La victoria de Podemos en su particular guerra es absolutamente incontestable: en el año y algunos meses transcurridos tras su nacimiento, todos los partidos preexistentes a Podemos han incorporado su repertorio o parte de el. Con mayor o menor credibilidad, los partidos españoles han aplicado o proyectado sistemas de elección interna mediante primarias, han aplicado o proyectado mecanismos de rendición de cuentas ante la militancia o el electorado, han aplicado o proyectado nuevas formas para la elaboración de programas electorales de forma participativa. Y un largo etcétera de medidas inclusivas de cara a involucrar militancia y ciudadanía en las decisiones importantes, al menos de forma estética.

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Caption: Asamblea de Marea Atlántica, A Coruña

Esta victoria, y esta apropiación del repertorio “podemita” coinciden con los meses anteriores a las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2015. Justo en ese momento, Podemos decide un  cambio de estrategia. El tic-tac al que hace referencia el título de este texto no es sino uno de los lemas utilizados por Pablo Iglesias para anunciar que la caída de Rajoy de la presidencia del gobierno estaba más cerca. Y para anunciar que desde ahora esa iba a ser su estrategia: la confrontación directa con el Partido Popular, relegando todo su recorrido discursivo previo.

El abandono de la retórica por una nueva institucionalidad coincide en el tiempo con la aparición de plataformas ciudadanas de corte municipalista. Plataformas en las que cientos de personas no organizadas, sin militancia, y diversos partidos de izquierda, entre ellos Podemos, confluyen con el objetivo puesto en las elecciones del 24 de Mayo de 2015.

El centro discursivo de estas iniciativas en precisamente un repertorio completamente democratista, de radicalismo procedimental y que se plantean a sí mismas como un agente que opera fuera del marco establecido de la competición entre partidos políticos ya representados. De ahí su lema que forma parte del título de este texto, “el rún rún”. El “rún rún” fue el lema escogido por Ada Colau para uno de sus vídeos que corrió como la pólvora por las redes y que anunciaba la llegada de algo nuevo al ayuntamiento de Barcelona, algo que, como se decía, no competía ni confrontaba, era algo distinto no identificable en los marcos clásicos.

En paralelo a su auge, durante los meses de marzo y abril, una vez consolidadas las candidaturas de Madrid y Barcelona, Podemos como organización cae en su propia trampa. Intensifica su lenguaje de contienda, buscando la confrontación continua y, en la percepción generalizada, empieza a diferenciarse de forma no intencionada con las plataformas ciudadanas de las que forma parte.

O lo que es lo mismo, empieza a salirse de los marcos que construyó durante su guerra cultural. La caída en los índices de popularidad de sus líderes, la caída cada vez más acentuada en las encuestas de intención de voto. Los resultados de unos y otros, de las candidaturas ciudadanistas y de Podemos, mostraron de forma nítida las diferencias entre ambos. Sirva como ejemplo la Comunidad de Madrid: la candidatura municipalista en la ciudad de Madrid obtuvo un magnífico resultado que la llevó a gobernar en solitario, mientras la candidatura de Podemos a la comunidad de Madrid apenas consiguió ser tercera fuerza, a mucha distancia de la primera.

Evidentemente, el relato no es el factor determinante o, mejor dicho, no es el único factor determinante para explicar resultados electorales o índices de popularidad, pero lo cierto es que tanto Podemos, como las candidaturas municipales a las que se ha hecho referencia dan de sí una serie de muestras sobre el estado de la opinión pública en España.

En primer lugar, el espacio político del democratismo o el neo-institucionalismo, es más grande que otros como el socialista y no mucho más pequeño que el conservador. Se puede afirmar entonces que, más allá del incremento del número de movilizaciones en España, el movimiento 15-M y sus demandas perviven en el imaginario colectivo.

En segundo lugar, el espacio político democratista o neo-institucionalista no se mueve nunca en marcos de confrontación directa, de hecho, la confrontación no forma parte como constante de su repertorio político ni discursivo.

En tercer lugar, y por último, Podemos puede llegar a encontrarse en los próximos meses ante una gran diatriba al respecto de lo expuesto, ya que debe escoger si es una fuerza política que busca un cambio real o simplemente algo nuevo pero no distinto.

De lo contrario, ante la multiplicidad de opciones que existen jugando en el campo de la confrontación, se verá excluido, obligado a aceptar su rol de desear ser un partido más y con todo el riesgo que eso supone en un sistema de partidos de coto vedado como es el español.

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