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¿Somos todos Guatemala?

Jimmy Morales, un cómico televisivo, ha sido elegido para sustituir al presidente Otto Pérez Molina, quien renunció a su cargo el 3 de septiembre bajo una gran presión popular. Guatemala es la expresión radical de una crisis que afecta a casi todos los países de América Latina. English. Português.

Pedro Abramovay
2 November 2015
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Miles exigen la renuncia del presidente en Guatemala. La Opinión. All rights reserved.

Como parte de los acuerdos de paz en aquel país, fue instalada una comisión de las Naciones Unidas: la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala – CICIG. La Comisión tenía la función de auxiliar al Estado guatemalteco en la realización de investigaciones y posibilitar la punición de culpados por vías institucionales, en un país acostumbrado a resolver conflictos con balas.

La combinación de la existencia de la CICIG con una Procuradora-General extremadamente virtuosa, Claudia Paz y Paz, provocó una verdadera revolución institucional en el país. Homicidios pasaron a ser punidos, el Ex-Presidente Ríos Montt fue el primer jefe de Estado en ser condenado por una corte de su país por el crimen de genocidio y, finalmente, casos de corrupción, por primera vez, comenzaron a ser investigados.

Removieron el avispero. Claudia Paz y Paz no fue reelegida al cargo y el gobierno de Guatemala amenazó con pedir la extinción de la CICIG.

Una enorme movilización de la población, el trabajo heroico de medios periodísticos independientes y una intensa presión internacional fueron elementos fundamentales para permitir la continuación de los trabajos de la CICIG y garantizar la atención pública a los escándalos que se revelaban.

Se descubrió, finalmente, un esquema de corrupción que se llevó a la Vice-Presidenta. Grandes manifestaciones tomaron las calles de la capital. Ella renunció. La investigación del esquema llegó al Presidente Molina. Él dijo que no saldría. Las movilizaciones alcanzaron niveles inéditos. El Congreso retiró la inmunidad del Presidente y él, por fin, también, renunció. Fue preso enseguida.

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"Si se-pudo, si se pudo". Guatemaltecos celebran la renuncia de Otto Pérez Molina. El Tiempo. All rights reserved.

Para completar el cuadro emocionante, las elecciones presidenciales estaban en pleno desarrollo durante esta crisis. El candidato de Molina, franco favorito antes de las movilizaciones, no consiguió ni llegar a la segunda vuelta. ¿Y quién llegó primero (la segunda vuelta es en octubre) como probable ganador? Jimmy Morales, un comediante.

Difícil describir quien es Morales. Su campaña, basada en su popularidad en la televisión, enfocó la idea de una campaña contra el establishment, contra políticos, contra la política. Lo que pasa es que Jimmy Morales entró para el partido de militares de extrema derecha. Y recibió apoyo – y dinero, claro- de los empresarios que apoyaron y participaron del gobierno de Pérez Molina. La gran movilización estudiantil que llevó a la caída de la Vice y, después, del Presidente no quería ese desenlace, evidentemente. ¿Qué aprender con todo eso?

Guatemala es la expresión radical de una crisis que afecta a casi todos los países de América Latina. Las últimas décadas fueron marcadas por enormes avances (en mayor o menor grado, de acuerdo al país) en políticas de transparencia, por el fortalecimiento de las instituciones anti-corrupción y por un nuevo tipo de movilización pública exigente y autónoma, independiente de partidos o movimientos tradicionales. La gran promesa era la de que ese tipo de cambio, por sí solo, alteraría la cultura política de corrupción de nuestros países. Esto no ocurrió. Ni en Guatemala, ni en Chile, ni en México, ni en Brasil.

Todos estos países – y otros – pasan, en el fondo, por crisis similares. Es la crisis del choque entre nuevas instituciones de combate a la corrupción y una vieja cultura política. La convivencia entre ellas es insostenible. Muchos apuestan por que la cultura política necesariamente cederá a esas nuevas instituciones. Es una apuesta arriesgada. La próxima ola muy bien puede ser una de retrocesos institucionales capitaneados por viejos coroneles de la corrupción.

Movilizaciones basadas en la justa indignación contra la corrupción son esenciales para el cambio en la política. Pero no bastan. Si no hubiera un esfuerzo para una verdadera transformación de la cultura política, modificando radicalmente las formas de financiamiento de campaña y creando nuevas formas de compromiso ciudadano en la política, esas movilizaciones pueden ser capturadas por aprovechadores que prometerán cambios, para que todo permanezca igual.

Este artículo, traducido del portugués por Ana Clarice Oliveira, fue publicado previamente por Asuntos del Sur.

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