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Estar tan atareado perjudica seriamente la salud

Nuestro orden económico y político alimenta un estado de actividad constante que perjudica el bienestar individual y social. English

Joyce Dalsheim Jackie Smith
9 July 2019
Pixabay/B_me. Pixabay Licence.

No parece que tengamos nunca tiempo suficiente para conseguir hacer todo lo que tenemos que hacer. Estamos cada vez más atareados. Pero, ¿qué nos aporta todo este ajetreo?

La cultura dominante dice que estar ocupado es una virtud y por eso queremos estar ocupados - aunque nos quejemos. Estar atareado es señal de que somos personas productivas y de que tenemos un propósito en la vida. Ideas como "el tiempo es dinero" y "manos ociosas son el patio del diablo" han contribuido a definir nuestra cultura. Ambas actúan como colaboradoras de la economía capitalista, que depende de que estemos y nos mantengamos atareados para incrementar la productividad, expandir mercados y fomentar el hiperconsumismo. El ajetreo también ayuda a evitar que nos cuestionemos las premisas y los valores que impulsan el propio ajetreo.

El ajetreo es parte de un conjunto más amplio de factores que limitan nuestras opciones y que podamos sentirnos satisfechos. Lo que se da en llamar la "hegemonía de la actividad exagerada" hace referencia a dos procesos interrelacionados. En primer lugar, el ajetreo es producto de una intensa presión cultural. En segundo lugar, y lo que es más importante, perpetúa un sistema social que tiende a enriquecer a los ricos y a crear un número creciente de personas económicamente vulnerables. Se nos empuja a hacer más cosas y a querer hacer más cosas, pero la propia actividad limita nuestra capacidad para conseguir ser más felices, promover una mayor equidad, o salvar nuestro planeta en peligro de extinción.

Nuestro orden económico y político global alimenta un estado de actividad constante que afecta tanto al bienestar individual como social. Se nos sumerge en tanta información, que no sabemos por dónde empezar. La pobreza de tiempo limita las posibilidades que tenemos de poder hablar con los vecinos y de participar en nuestra comunidad. Si el tiempo es oro para algunos, también es lo que da sentido a nuestras vidas. El ajetreo nos desconecta de nuestros hábitats sociales al tenernos ocupados en tareas interminables y sumidos en montañas de información sin sentido.

El resultado es que esta actividad exagerada socava nuestra salud física y mental, así como nuestra capacidad de pensar y de aprender. La sociedad moderna ha transformado el homo sapiens en lo que la ex tecnóloga y fundadora de Consciously Digital, Anastasia Dedyukhina, llama homo distractus: personas continuamente inundadas de información y permanentemente distraídas.

Existe un número cada vez mayor de investigaciones que demuestran que nuestro mundo on line y multitarea socava nuestra capacidad de concentración y de pensar en profundidad. Con los ojos fijos en las diminutas pantallas que llevamos encima, nos estamos habituando a “leer por encima” y nuestra capacidad de atención se ha reducido a entre 40 y 60 caracteres. Si bien esto beneficia a las compañías que compiten por nuestro espacio mental, debilita nuestra capacidad de escucha y empatía.

El tiempo que pasamos ante una pantalla está relacionado también con el aumento de los niveles de ansiedad y depresión. Todo lo cual no augura nada bueno para el funcionamiento de una democracia sana en la medida en que limita nuestra capacidad para abordar las profundas divisiones sociales y las urgentes crisis ecológicas de nuestros tiempos. Estamos perdiendo nuestra capacidad de escucharnos unos a otros y de concentrarnos el tiempo suficiente para poder entender y analizar problemas complejos, lo que nos deja desarbolados ante los problemas urgentes con los que nos enfrentamos.

La velocidad de la comunicación digital, junto con los sistemas de entrega de información de que disponen las grandes corporaciones, está socavando las normas y prácticas democráticas. A pesar de la capacidad de internet para democratizar el acceso a la información, la gente se está dividiendo cada vez más - tanto on line como off line -, lo que nos convierte en blancos fáciles para los difusores de noticias falsas. Se nos está segregando en función de nuestros gustos, preferencias y tendencias ideológicas.

Las plataformas digitales necesitan mantenernos clicando nuevos contenidos y les importa muy poco si esto promueve o no interacciones sociales saludables. El resultado es que estamos menos en contacto con personas de tendencias políticas y con intereses y experiencias distintos de los nuestros. La democracia requiere sin embargo que los ciudadanos compartan un sentido de propósito común y tengan voluntad de diálogo y de compromiso - porque son esenciales para abordar los conflictos sociales y garantizar la equidad y la justicia para todos.

Más aún, la hegemonía de la actividad exagerada ha despojado a la esfera pública de su ingrediente clave: ciudadanos atentos, comprometidos y con tiempo suficiente para participar en proyectos comunes. La economía moderna lo que hace es extraer atención y energía de la esfera pública, con lo que reduce nuestra capacidad para exigir responsabilidades a los dirigentes políticos en relación a las prioridades y normas acordadas.

Pero, ¿qué es lo que nos lleva a estar tan atareados? Hay tres factores que impulsan nuestro frenético nivel de actividad: unos mercados laborales competitivos, la tecnología y la cultura consumista. Según la economista Juliet Schor, estamos sobrecargados de trabajo y también de gastos. Y, para compensar, nos "estamos divirtiendo hasta la muerte" - es decir, sedándonos a base de entretenimiento electrónico y consumo. La tecnología acelera e intensifica continuamente estas tendencias.

En el trabajo, tenemos que hacer frente a cada vez más presiones. Algunos de nosotros nos enfrentamos al desempleo o al subempleo, mientras que otros están pluriocupados, o trabajan más y más horas. La categoría laboral que más está creciendo hoy es el "precariado": trabajadores que carecen de seguridad laboral y de prestaciones y que a menudo trabajan por mucho menos que un salario digno. La fragilidad del puesto de trabajo intensifica la competencia y aumenta la presión de los asalariados, y esta presión afecta tanto a los más jóvenes como a los mayores.

La cosa empieza ya con los niños, incluso antes del parvulario. Los padres se ven presionados a usar todos los recursos y ventajas a su disposición para intentar garantizar que sus hijos dispongan del capital cultural y consigan las notas necesarias para tener éxito en la vida. Y mientras las generaciones más jóvenes presencian cómo la movilidad económica va en descenso, los recortes en beneficios laborales y los salarios estancados implican que los trabajadores de hoy en día deberán jubilarse más tarde, con pensiones menos seguras y menos generosas.

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¿Hay manera de salir de esta situación?

Al aceptar las narrativas dominantes que priorizan la riqueza y convierten el tiempo y otros recursos disponibles (entre ellos, las relaciones interpersonales) en medios para acumular más riqueza, estamos perpetuando un sistema que genera crisis ecológicas y sociales sin precedentes. Somos cómplices de él a través de nuestro ajetreo, permitiendo que continúe sin pausa la extracción de energías sociales en detrimento del bienestar de la comunidad y en beneficio de la acumulación de cosas que terminan en los vertederos.

Hay que llamar a las cosas por su nombre: estar tan atareados es una patología social. Ha llegado la hora de desafiar las narrativas dominantes y crear espacios para que el mayor número de personas posible participe en conversaciones que tengan sentido sobre cómo organizar la sociedad. Para lograrlo, tenemos que cambiar la historia de nuestra relación con el tiempo. Esto implica participar en conversaciones críticas con grupos diversos sobre el uso que hacemos de la tecnología y las características de nuestras comunidades y de nuestros sistemas de gobierno. Crear espacios donde puedan tener lugar tales conversaciones requiere acción por parte de todos. Las conversaciones pueden tener lugar en espacios públicos, librerías, cafeterías o lugares de culto. Pero lo primero que se requiere para poder crear tales espacios y comprometernos con nuestros vecinos es tiempo.

A nivel individual, salir de nuestros silos ideológicos requiere que nos desaceleremos, nos desconectemos y que hablemos con personas que no comparten nuestros puntos de vista. Necesitamos voluntad para hacer una pausa y escuchar realmente las palabras de los demás absteniéndonos de pensar, mientras les escuchamos, en qué vamos a responder. Las conversaciones no son ni deben ser espectáculos propios de las redes sociales: son una actividad esencial para poder abordar conflictos y construir comunidades. Recuperar nuestra capacidad de conversar y de sentir empatía es lo que nos ayudará a enfrentar los desafíos críticos que tenemos planteados en la actualidad.

Pero deben compartir este esfuerzo las organizaciones y los movimientos sociales, desafiando la normalización de la saturación digital y ayudando a la gente a recordar las habilidades de comunicación - perdidas o atrofiadas - que son esenciales para poder hablar con personas distintas de nosotros. Los gobiernos y las escuelas pueden y deben liderar y apoyar iniciativas para fomentar diálogos democráticos y restaurar valores y prácticas culturales orientadas a la comunidad.

Desacelerarnos nos ayuda a ver más cosas. Nos ayuda a pensar, y pensar nos ayuda a analizar los problemas sociales, económicos y políticos con los que nos enfrentamos tanto a nivel local como global. Por supuesto, pensar es también peligroso, principalmente para aquellos que detentan posiciones de poder. Por lo tanto, no debe sorprendernos que los que se sitúan en la parte superior de la pirámide social continúen fomentando nuestra actividad exagerada, inundándonos de manera incesante con tareas, diversiones y sonidos que interfieren con nuestra capacidad de pensar en profundidad y de actuar conjuntamente para el beneficio mutuo.

Así que el cambio requiere trabajo no solo a nivel individual sino también a nivel de la política, la sociedad civil y la economía. Necesitamos crear políticas y prácticas para gobernar lo que da en llamarse cada vez más la "economía de la atención". Tim Wu, autor de The Attention Merchants, aboga por ejemplo por un "proyecto de recuperación humana" para restablecer el control sobre nuestras vidas. En Estados Unidos, el candidato presidencial demócrata Andrew Yang ha propuesto la creación de un Departamento Federal de Economía de la Atención. Y las feministas vienen reclamando desde hace tiempo reconocimiento y apoyo material para el trabajo asistencial que se precisa para la reproducción de familias y comunidades.

Con una asignación más consciente de nuestro tiempo lograríamos preservar más y mejor este precioso recurso de que disponemos y que es esencial para la tarea de construir una sociedad más igualitaria, sostenible y democrática como base de nuestro bienestar.

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