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Papúa Occidental lucha por la independencia

Los papuanos occidentales lo tienen mucho más difícil que los escoceses o los catalanes. En Papúa Occidental es ilegal ondear la bandera de la independencia. English

Papuanos occidentales en una manifestación en contra del gobierno indonesio en La Haya. Wikipedia. Dominio Público.

Las guías para viajeros se refieren a él como la última frontera. Es un extenso territorio ocupado mayormente por zonas vírgenes y escasamente poblado. Consta de bosques inmensos y altísimas montañas cubiertas de glaciares.

Al viajar a la región desde las zonas más pobladas del país, es habitual encontrarse con colonos y personal de empresas mineras y madereras. Uno no puede evitar darse cuenta de la presencia de soldados estacionados allí para protegerles de los nativos.

A oídos norteamericanos, esta descripción suena a frontera del lejano oeste. Suena a antigua. Recuerda las historias de frontera de Australia, Canadá, Rusia y otros muchos lugares del mundo. Pero la descripción corresponde a Papúa Occidental, una región fronteriza contemporánea en Indonesia.

Papúa Occidental, cuya superficie es aproximadamente como la de California, es la denominación con la que se conoce a la mitad occidental de la isla de Nueva Guinea (la mitad oriental la ocupa el estado independiente de Papúa Nueva Guinea). Se trata de un lugar extraordinariamente diverso, con cientos de idiomas y culturas.

El concepto mismo de Papúa Occidental es, en muchos sentidos, producto del colonialismo. Se le conoció como Nueva Guinea holandesa cuando formaba parte de las Indias Orientales holandesas. Entre 1949 y 1963 fue colonia holandesa por cuenta propia. Más tarde se denominó Irian Jaya tras quedar bajo control de Indonesia en la década de 1960. Desde entonces, ha sido escenario de una lucha por la independencia y separarse de Indonesia.

El independentismo, o Movimiento Papúa Libre, tiene hoy 60 años de historia. Se cree que unas 100.000 personas han muerto en el conflicto, aunque las estimaciones varían mucho. Pero las informaciones de casos de tortura, de ejecuciones extrajudiciales y de violaciones de los derechos humanos son algo habitual.

La estrategia de los secesionistas (que no han constituido nunca un grupo unificado) ha oscilado históricamente entre la insurgencia directa – dando pie a veces a enfrentamientos entre rebeldes armados con arcos y flechas y soldados provistos de armamento moderno -, formas de resistencia civil no violenta y protestas, e iniciativas de alcance diplomático.

El independentismo, o Movimiento Papúa Libre, tiene hoy 60 años de historia y se cree que unas 100.000 personas han muerto en el conflicto.

Al igual que otras culturas históricas situadas en la frontera de un gran estado expansivo, los habitantes de Papúa Occidental se sienten cada vez más marginados en su propia tierra.

Este sentimiento lo alimenta principalmente el programa indonesio de transmigración, con el que el Estado intenta trasladar población desde las islas centrales de Java, Bali y Madura hacia las islas exteriores, menos pobladas y menos desarrolladas.

La inmigración ha alterado drásticamente la estructura poblacional en Papúa Occidental. Mientras que los papuanos no occidentales representaban aproximadamente el 4% de la población en 1971, y el 32% en 2000, hoy son casi mayoría

Sea o no esto un intento por parte del Estado de cambiar la composición étnica de la región en lugar de una mera transferencia de ciudadanos indonesios a provincias menos pobladas, la reacción por parte de los nativos es fácil de adivinar: lo ven como una forma de imperialismo que los aliena de su propia tierra. Algunos observadores lo han llamado un "genocidio a cámara lenta".

Pero es que además de las consecuencias de las tendencias demográficas, los habitantes de Papúa Occidental se sienten marginados de la economía y excluidos de la prosperidad relativa de la que disfrutan los no-papuanos.

Los papuanos son desproporcionadamente más pobres y tienen tasas más altas de encarcelamiento y alcoholismo. Y las diferencias étnicas, lingüísticas y religiosas se combinan con estereotipos del atraso ancestral de Papúa Occidental para perpetuar formas de racismo. Al igual que los grupos indígenas marginados de Australia y de Estados Unidos, existe una brecha aparentemente insalvable que da lugar a la desesperación. Muchos papuanos temen desaparecer como pueblo.

La inmigración ha alterado drásticamente la estructura poblacional en Papúa Occidental. Mientras que los papuanos no occidentales representaban aproximadamente el 4% de la población en 1971, en el 2000 es del 32%.

El entorno es lo que determina el carácter de un movimiento independentista. Los chipriotas del norte y los abjasios poseen su propio estado independiente, aunque no reconocido, y para ellos la vida no es muy  diferente de la de las naciones con estado reconocido.

Los escoceses y, hasta cierto punto, los catalanes han democratizado sus movimientos independentistas y su actuación política se parece a otras formas de contestación política formal.

Pero las condiciones en Papúa Occidental son otras. Es ilegal ondear la bandera de la independencia (La Estrella de la Mañana), se reprimen sistemáticamente las manifestaciones y la policía o el ejército suelen allanar los actos públicos relacionados con la independencia.

El acceso de los medios de comunicación a la región es, además, limitado. Lo que hace este tipo de supresión por parte del Estado es convertir el movimiento de independencia en una lucha de resistencia.

Tuve la oportunidad de viajar recientemente a Papúa Occidental para participar en unas jornadas de construcción de unidad y práctica de métodos no violentos para la autodeterminación. Se trataba de unas jornadas clandestinas y me advirtieron de que no debía llevar conmigo documentos físicos o electrónicos relacionados con la secesión por si me detenían.

Es ilegal ondear la bandera de la independencia (La Estrella de la Mañana), se reprimen sistemáticamente las manifestaciones y la policía o el ejército suelen allanar los actos públicos relacionados con la independencia.

Los participantes, procedentes de distintas partes de Papúa Occidental e Indonesia, incluían a estudiantes, ex insurgentes y ex presos políticos, y religiosos. Más de la mitad de los participantes habían recibido maltratos de la policía, varios habían sido torturados y todos conocían a personas asesinadas por las fuerzas de seguridad del Estado.

Yo pienso que, a corta distancia, todos los movimientos de independencia tienen algo de inspirador. Suele haber en ellos un sentido de esperanza, de entusiasmo por la misión y de celebración de la identidad y la cultura propias.

Pero los movimientos de independencia que toman la forma de resistencia llegan a ser realmente conmovedores. Me sorprendió el nivel de camaradería y devoción con el que me encontré en esas jornadas.

Los participantes empezaban las sesiones agarrándose de las manos y entonando canciones religiosas. Hacían ejercicios rituales de unidad que implicaban una gran carga emocional. En uno de esos ejercicios, formaban un círculo, unían las manos, cerraban los ojos y se turnaban para invocar los nombres de quienes, vivos o muertos, les inspiraban.

Después de cada nombre, el grupo murmuraba "presente" (en indonesio). Me dijeron que esta era una forma de invitar a la comunidad en sentido amplio (la de los vivos y los muertos) a dar fe de su lucha, y que la práctica la habían tomado de antiguos grupos de resistencia latinoamericanos.

Cualquiera que visite Barcelona se dará rápidamente cuenta de la ubicuidad de la bandera independentista de Cataluña. Pero en Papúa Occidental vi la bandera de la Estrella de la Mañana una sola vez, pintada en el lateral de una bolsa en un puesto del mercado.

Le pregunté a un amigo si el vendedor se exponía a ser detenido, y me respondió que los papuanos hacen agitación así, a pequeña escala, de maneras sutiles como esta – a fin de cuentas, se trataba de una bolsa, no de una bandera. Actos como este constituyen formas cotidianas de resistencia.

El reparto de cartas no favorece para nada a los papuanos. Indonesia tiene toda la intención de quedarse con la provincia, y es un estado fuerte que cuenta con poderosos aliados como Estados Unidos, Australia y las corporaciones mineras transnacionales, que tienen todo el interés del mundo en mirar hacia otro lado.

El ejército y la policía están involucrados en negocios locales y la creciente población no papuana es leal al Estado. Las actividades relacionadas con la secesión se castigan con penas de prisión o peores. Y los habitantes de Papúa Occidental se están viendo cada vez más marginados.

Indonesia tiene toda la intención de quedarse con la provincia, y es un estado fuerte que cuenta con poderosos aliados como Estados Unidos, Australia y las corporaciones mineras transnacionales.

Los papuanos sufren una modalidad de imperialismo de frontera que se ignora y pasa por alto con demasiada frecuencia fuera de Papúa Occidental. Sin embargo, se trata de algo que ocurrió hace varias generaciones en otras fronteras. De seguir la dinámica actual, los habitantes de Papúa Occidental están destinados a convertirse en una pequeña minoría en su propio país.

Al igual que los nativos americanos o los aborígenes australianos, sus idiomas podrían perdurar en pequeños enclaves y en topónimos y términos que serán apropiados por la población de colonos. Y luego un día, tras un período de casi asimilación, forzada o no, incluso podrían darse intentos sinceros de reconciliación social que, para muchos, llegarían demasiado tarde.

En toda lucha por la independencia hay siempre dos caras. El gobierno de Indonesia ha hecho algunas cosas bien y sería un error echar la culpa de lo sucedido a los inmigrantes no papuanos que simplemente buscan una vida mejor para ellos y los suyos.

Pero siempre debe haber espacio para el diálogo, para el derecho a la libertad de expresión y para abrir canales democráticos. La solución, antes de que sea demasiado tarde, no puede ser otra que empoderar a los papuanos, reconocer su lucha, y darles mayor autonomía.

About the author

Ryan Griffiths is a Senior Lecturer in the Department of Government and International Relations at the University of Sydney. His research focuses on the topic of secession.

Ryan Griffiths es Profesor Senior del Departamento de Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad de Sídney, Australia. Su investigación se centra en el tema de la secesión.


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