Jean De Munck https://www.opendemocracy.net/taxonomy/term/22067/all cached version 15/12/2018 06:43:47 en La tentación liberal-populista de los europeos https://www.opendemocracy.net/democraciaabierta/jean-de-munck/la-tentaci-n-liberal-populista-de-los-europeos <div class="field field-summary"> <div class="field-items"> <div class="field-item odd"> <p>¿Dónde quedaron las bellas jornadas del euro, las fiestas financieras, las alturas líricas que celebraban las nupcias entre democracia y mercado?&nbsp;</p> </div> </div> </div> <p><a href="https://opendemocracy.net/openmovements"><img src="//cdn.opendemocracy.net/files/openmovements-banner.jpg" alt="open Movements" width="460px" /></a><br /><b>La serie <i><a href="https://opendemocracy.net/openmovements">openMovements</a></i> invita a politólogos líderes en sus campos de investigación para compartir sus resultados y sus perspectivas sobre luchas sociales contemporáneas.</b></p> <p><span class='wysiwyg_imageupload image imgupl_floating_none 0'><a href="//cdn.opendemocracy.net/files/imagecache/wysiwyg_imageupload_lightbox_preset/wysiwyg_imageupload/557099/leganord_0.jpg" rel="lightbox[wysiwyg_imageupload_inline]" title=""><img src="//cdn.opendemocracy.net/files/imagecache/article_xlarge/wysiwyg_imageupload/557099/leganord_0.jpg" alt="" title="" width="460" height="340" class="imagecache wysiwyg_imageupload 0 imagecache imagecache-article_xlarge" style=""/></a> <span class='image_meta'><span class='image_title'>Caravana electoral de Lega Nord en Firenze. Wikimedia Commons.</span></span></span></p><p>Se desvaneció el estado de gracia neoliberal que hizo perder la cabeza al viejo continente en los años 1990. </p><p>Recuerden ustedes cuando en 1989, el Oeste triunfante creyó poder relegar a las mazmorras de la historia 150 años de conflictos anti-capitalistas. </p><p>Así, la desaparición de la amenaza exterior de la Unión Soviética pasaba por la abolición de las contradicciones del sistema. Todos los círculos dirigentes se unían a la <em>“</em><em>globalization</em><em>”</em> (con un “z” al ¡estilo americano!). </p><p>En esa época, ellos se comprometieron precipitadamente con la implementación del euro, soltaron la banca central europea de todo control democrático y permitieron la desregularización de los mercados. </p><p>Sin hacerse de rogar los socialistas europeos saboreaban el champán y participaban de los ágapes organizados. Borrachos como soldados embriagados por el enemigo, ellos cantaban y vociferaban e incluso en voz alta loas al mercado, sin darse cuenta que ellos preparaban su propia ruina.</p> <p>La crisis del 2008-2010 interrumpió la prematura fiesta. Desde entonces, empezaron el espiral de la deuda, el estancamiento del crecimiento, la subida espectacular de las desigualdades, el riesgo ecológico. </p><p>La crisis despertó a los sonámbulos que se obstinaban - a media somnolencia - en negar la evidencia de una nueva y profunda crisis del capitalismo. </p><p>En menos de diez años, el empeoramiento de la situación minó la confianza de las instituciones públicas, desclasó a más de la mitad del personal político, reanimó el racismo y precipitó conflictos sociales de gran envergadura. </p><p>De tal forma, la socialdemocracia entró en descomposición y tendencias autoritarias emergieron en Occidente. Se comprometió el diagnóstico vital de la <em>Unión Europea</em> (como proyecto de cooperación que sobrepasa a las naciones). Nadie puede decir aún cómo se terminará el prolongado estado de coma en el que ella se encuentra.</p> <p>Nuevamente sobria, la clase dirigente europea está desde ahora acorralada. Ella busca, por cierto, a toda prisa y con precipitación soluciones de recambio al añejo neoliberalismo desacreditado. </p><p>Desde entonces, una construcción ideológica y política totalmente nueva se abre paso en Europa, y ésta puede conducirnos a una salida no solamente del <em>Estado Social</em>, sino incluso del <em>Estado de Derecho</em>. </p><p>Ya que, torciendo una célebre frase de Paul Valéry, sabemos bien que “las democracias son -ellas también- mortales”.<strong><br /> </strong></p> <h3><strong><em>La tentación del compromiso liberal-populista</em></strong><em></em></h3> <p>La idea que está emergiendo al interior de la clase dirigente europea arranca desde la constatación de una muerte: después del <em>Brexit</em>, después de la victoria de Trump, seguido de las victorias electorales del populismo europeo, el neoliberalismo al menos en su versión de la década de los 90’ está clínicamente muerto.</p><p class="mag-quote-center">Durante 15 años, las élites no propusieron nada más a los pueblos europeos que la adaptación masoquista a la ley del mundo.</p><p>Las élites finalmente comprendieron que se desacreditaron repitiendo <em>ad nauseam</em> que “el repliegue sobre sí no era la solución” y que “hay que aceptar la globalización”. </p><p>Durante 15 años, las élites no propusieron nada más a los pueblos europeos que la adaptación masoquista a la ley del mundo; lo que constituía, convendremos sin dificultad, exactamente en lo contrario a la autodeterminación popular prometida por la democracia. </p><p>Los pueblos votan simplemente por aquellos que prometen regresarles el poder de decisión. El rechazo al neoliberalismo de la vieja escuela es definitivo e irremediable.</p> <p>Así, tardíamente, las clases dirigentes europeas tomaron conciencia de la dimensión del fenómeno populista. Fue muy meritoria la estrategia de confrontación directa con la extrema derecha, en el caso de Emmanuel Macron. </p><p>Pero no puede ser considerada como suficiente. En ciertos países el populismo está a las puertas del Estado y el sistema electoral no permite establecer una cuarentena; en Austria, en Italia, ya está la extrema derecha en la coalición de gobierno. </p><p>Una parte significativa de las clases dirigentes europea piensan que ellas deben involucrarse en una nueva estrategia de compromisos. Esto significa la construcción de una nueva línea ideológica y política.</p> <p>¿Pero cómo hacerlo? Una alianza parece difícil, pero no imposible. Ya que el populismo parece contradecir frontalmente al neoliberalismo. </p><p>Pues primero, el neoliberalismo es cosmopolita y libre, cuando por su parte el populismo es nacionalista y proteccionista. En segundo lugar, el neoliberalismo es “pro- derechos del hombre” mientras que el populismo es xenófobo. </p><p>Tercero, el neoliberalismo es favorable a un individualismo exacerbado, mientras que el populismo en revancha pretende dar voz a la mayoría silenciosa, presentando sin mayor dificultad algunos acentos comunitaristas.</p> <p>La imaginación política no conoce límites cuando se trata de saborear lo esencial: las posiciones de poder y los márgenes de beneficio. </p><p>Ya que, se trata más bien de poder y beneficios, antes que de ideas y valores. Si el <em>soberanismo</em> tomara el gobierno de los Estados, entonces una amenaza verdadera asecharía al capitalismo europeo. </p><p>¿Quién sabe cómo se comportaría Marine Le Pen o Geert Wilders frente a la deuda pública? ¿Quién puede predecir el comportamiento de Matteo Salvini ahora que penetró con sus tropas en los ministerios italianos? De ahí la necesidad de una respuesta flexible y compromisos dolorosos. </p> <p>En este escenario, una nueva escuela toma forma: aquella que implementa una mezcla liberal-populista. Sus principales portavoces son la administración Trump en los Estados Unidos, una franja activa del partido conservador británico liderada por Boris Johnson, la derecha flamenca unida detrás de la figura de Bart De Wever, el austriaco Sebastien Kurz, el italiano di Maio, el francés Laurent Wauquiez. </p><p>En Bélgica, tomó la forma de un gobierno de ruptura, hecho totalmente inédito en la historia del país. El gobierno de Charles Michel ofrece, desde el exterior, el espectáculo entretenido de una jauría de lobos dirigido por un pato. </p><p>Pero merece ser tomado en serio. El constituye el laboratorio de una nueva forma de gobierno.</p> <h3><strong><em>Los cuatro pilares del liberal-populismo</em></strong><strong></strong></h3> <p>El liberal-populismo no se deriva de una doctrina coherente. Se construye pragmáticamente sobre la reducción de ayudas sociales, la reducción fiscal, la acción policial, los discursos ambiguos. </p><p>Sin embargo, se puede desde ya discernir cuatro puntos de ensamblaje estructural que permiten aplacar, sin apagarlo, el fuego populista.</p> <p>1. Primero, la política seguritaria. Es cierto que en teoría el autoritarismo de los populistas es contradictorio con el <em>laisser-faire</em> de los neoliberales. </p><p>No obstante, una temática escapa a este antagonismo, y constituye un punto de encuentro posible : la seguridad de las personas y los bienes. Sobre este aspecto, la centralidad del aparato represivo estatal no ha sido jamás puesto en duda, ni de un lado ni del otro. </p><p>No obstante, el sueño de los liberales de disminución del Estado, ellos jamás han abandonado la idea del papel policial del Estado; por otra parte, el populismo penal tiene más de treinta años de edad en Europa. </p><p>Le ha servido a Maggie Thatcher y Jean-Marie le Pen, Nicolás Sarkozy, como a Vlaams Blok. </p><p>Ésta tendencia está bien identificada, radiografiada, en todos los países occidentales<a href="#_ftn1">[1]</a>. Mucho antes de pasar a la municipalidad a concretar este matrimonio, el flirteo entre liberalismo y populismo secretamente debutó al interior de una comisaría de policía.</p> <p>Si bien, la seguridad <em>física</em> es celebrada, se observará en revancha que la seguridad <em>social</em> no es central en ninguno de los dos programas. </p><p>La privatización de los sistemas de protección social se encuentra desde siempre en los programas del nuevo capitalismo. Después de 1980 se ha dado como objetivo la colonización de los servicios públicos (educación, pensión de vejez, seguro de cesantía, créditos universitarios, etc.).</p><p class="mag-quote-center">El liberalismo político no tuvo y no tiene mayor interés en defender un sistema fundado en la solidaridad. Los populistas no otorgan mucho valor a las complejas misiones de prevención y reparación, que fueron en el centro del&nbsp;<em>Estado social</em>.</p><p>Entonces, el liberalismo político no tuvo y no tiene mayor interés en defender un sistema fundado en la solidaridad. Los populistas no otorgan mucho valor a las complejas misiones de prevención y reparación, que fueron en el centro del <em>Estado social</em>. </p><p>En esos programas, cuan justificados sean ellos, el populismo no ve más que la arrogancia de expertos y un <em>lobby</em> de protección a delincuentes. </p><p>La extrema derecha ha crecido y se ha nutrido, desde 1990 en el “suelo de la tolerancia cero” y las sanciones incomprensibles. Hoy en día estamos al final de ese proceso: liberales y populistas se ponen de acuerdo sin dificultad para sobrepoblar las cárceles, destruir los programas de rehabilitación, demoler los sistemas de acompañamiento social y de acción preventiva. </p><p>Haciendo de la clase más pobre, una clase “peligrosa”. De esta forma, los populistas entregan a los liberales una arma inesperada para la gestión del conflicto de clases.</p> <p>2. El segundo punto de alianza liberal-populista es aún más sólido que el primero. Se consolidó fraguado en el odio al fisco. </p><p>La protesta popular de la derecha siempre tuvo como blanco privilegiado el impuesto fiscal, símbolo y medio de intervención de las élites estatales en el disfrute de cada uno. </p><p>En esta perspectiva, la denigración de “los que se aprovechan” y la lucha contra la fiscalidad no constituyen en el fondo más que un solo y mismo combate. </p><p>Incluso cuando el populismo no estaba más que en su estado primigenio, en los años 1980, esta temática era central. La denuncia respecto a “las tenazas del recaudador” estaba en el centro de la rabia populista. Ahora, por razones parcialmente diferentes, el liberalismo también destruye la fiscalidad. </p><p>Ésta última representa para él una forma de asignación sub-óptima de recursos, ya que el mercado es siempre más eficaz. Sobre este plano se abre una vasta zona de&nbsp; convergencia entre liberales y populistas, es decir respecto al impuesto a la fortuna, a la renta, al patrimonio, a las regalías, a las cargas sociales, a la TVA<a href="#_ftn2">[2]</a>. </p><p>Pues, la eterna crítica al Estado fiscal es susceptible de movilizar cada cinco años un nuevo contingente de electores, que por turnos se sienten estafados. ¿Qué importa si de pronto se vacían las arcas del Estado y se agravan las desigualdades?</p> <p>3. Pero no solo existen convergencias. Incluso si se conceden los dos puntos anteriores, las diferencias entre populistas y liberales son aún grandes. Entramos inevitablemente -&nbsp;de aquí en adelante&nbsp;- en la ambigüedad y la negociación.</p> <p>Los derechos fundamentales constituyen un punto particularmente delicado a este respecto. El neoliberalismo había puesto a los DD.HH. en el corazón de su ideología; mientras que el populismo se burlaba de ellos.</p> <p>No obstante, los liberales pueden al respecto poner un poco de agua en su copa de vino. En realidad, desde el punto de vista de la acumulación capitalista no tienen la misma importancia todos estos derechos. </p><p>La libertad del trabajo, de comercio, de libre circulación de capitales, de protección de la propiedad privada, son por cierto determinantes. </p><p>Aunque no es el mismo para la libertad de las personas, la lucha en contra de la discriminación étnica o religiosa, pues estos son relativamente secundarios desde la lógica de la acumulación del capital. </p><p>Desde esta perspectiva, los derechos sociales y económicos (educación, habitación, ayuda social, etc.) aparecen <em>a fortiori</em> como insignificantes y contra-productivos.</p> <p>Por lo tanto, el acuerdo con el populismo de derecha consistirá en aceptar y limitar selectivamente los derechos de las personas, a condición de que sean preservadas la libertad de circulación de capitales y la protección de la propiedad (es decir, el mercado). </p><p>¿Las primeras víctimas de esta negociación? Son los grupos más débiles de la clase popular: los inmigrantes. Así, nos encaminamos en lo que a ellos concierne a modelos de ciudadanos de geometría variable: tal tiene derecho de residir pero no a trabajar; tal otro a trabajar pero no a traer a su familia; este de acá, puede cotizar pero no votar; o puede ir al hospital pero no al colegio, etc. </p><p>Por el contrario, los capitales disponen de todos los derechos de circulación sin excepción en Europa, e incluso en el mundo, ellos son acogidos -&nbsp;en todos lados&nbsp;- como si estuvieran en su propia casa.</p> <p>Este comercio entre vendedores sobre los derechos fundamentales, ciertamente habría parecido inaceptable hace quince años, es decir a la vieja generación liberal de Louis Michel o Alain Juppé. </p><p>Así, confrontados a la extrema derecha, los hijos mimados del neoliberalismo-padre aprenden rápidamente el costo del realismo. ¡Qué difícil es ser liberal, en este mundo ingrato!</p> <p>4. El cuarto componente de la alianza en formación, está también sometido a fuertes tensiones. Es aún más difícilmente negociable que la precedente.</p> <p>A saber, populismo y liberalismo se ponen de acuerdo para criticar la configuración de la sociedad civil que funda el Estado Social, integrada por grupos socio-profesionales politizados, es decir por sindicatos y mutuales. </p><p>Esta representación de la sociedad civil “organizada” no es útil en ninguna forma a los liberales, que no quieren reconocer más que los individuos atomizados. </p><p>Ella no conviene tampoco a los populistas que confunden gustosamente la sociedad civil con el pueblo, y al pueblo con una cultura compartida (nacional, ver étnica).</p> <p>Entonces, brevemente los liberales y populistas adoran detestar a los sindicatos y otros grupos civiles. Ellos sueñan con derrocar los sistemas de negociación colectiva que les impusieron las sociedades industriales en el curso de su historia.</p> <p>Sin embargo, este rechazo común no desemboca en una creencia positiva compartida. Es difícil para la postura neo-conservadora aceptar los presupuestos individualistas del culto neoliberal a los derechos fundamentales. </p><p>Por su lado, el neoliberalismo encuentra también mucha dificultad en aceptar el culto al “pueblo” que supuestamente se expresa a través de los líderes carismáticos de los partidos populistas. </p><p>No obstante, la clase dirigente liberal puede reconocer que el discurso nacionalista es útil para ocultar intereses de clase, pero este uso táctico del nacionalismo, que fue tan importante en el siglo XX, ya no permite el desarrollo de la clase dirigente que ahora se piensa como cosmopolista.</p><p class="mag-quote-center">Los gobiernos liberal-populistas se dirigen directamente al individuo sin pasar por las organizaciones civiles, comunicando por las nuevas redes sociales, de manera emocional y agresiva.</p><p>El culto al “pueblo nacional” es un límite a la apertura de los mercados, de los productos, del trabajo, de los capitales. Es decir que el rechazo común de los “cuerpos intermediarios” no conduce a una ideología única y coherente de sustitución. </p> <p>Entonces, en este escenario piensan, se debe urdir y desordenar, antes todo sembrar la confusión. Aquí se detiene la racionalidad del discurso. Y una nueva práctica política aparece el mundo occidental. </p><p>Los gobiernos liberal-populistas se dirigen directamente al individuo sin pasar por las organizaciones civiles, comunicando por las nuevas redes sociales, de manera emocional y agresiva. </p><p>Los Tweets racistas valen cien veces más que los discursos racionales; las medidas provocadoras aisladas son preferibles a los programas de leyes que articulan una política compleja; los escándalos sexuales son más interesantes que las discusiones de fondo con representantes civiles. </p><p>Se sustituyen los debates políticos por los <em>Talk-shows</em> conducidos por animadores engañosos. Así, se reconfigura, sea cual sea la circunstancia, una sociedad civil despolitizada.</p> <p>De tal suerte, las zonas de intersección entre el populismo y el liberalismo son reales, incluso si no desaparecen las dificultades de esta nueva alianza <em>contra naturam</em>. </p><p>Un punto contencioso suplementario reside en la suerte del librecambismo comercial, eje fundamental del neoliberalismo de los años 1990-2010. Ésta pregunta continua siendo un debate central en el seno de la alianza en gestación. </p><p>Debemos, no obstante, observar sobre este punto una nueva plasticidad de la clase dirigente europea, sin duda convencida de la necesidad de lograr concretar la alianza y, por ende, dispuesta a realizar concesiones: el francés Laurent Wauquiez recientemente se pronunció sobre una forma de proteccionismo, como lo había ya hecho el partido conservador británico. </p><p>Esta ruptura de la derecha con el librecambismo puro es extremamente elocuente de la recomposición en curso.<strong><em>&nbsp;</em></strong></p> <h3><strong><em>Inquietante deriva del Estado democrático en Europa</em></strong><em></em></h3> <p>Esta configuración liberal-populista toma cuerpo progresivamente bajo nuestros ojos. El propósito es la introducción de una dosis (supuestamente controlada) de populismo en el capitalismo. </p><p>Debemos preguntarnos cuáles son y serán las consecuencias en nuestras democracias de esta nueva forma de Estado.</p> <p>Primero, si llegara a implementarse, este modelo significaría sin dudarlo el fin del proyecto de <em>Estado social</em> que fue articulado después de la <em>Post-guerra</em>. </p><p>En un campo político así creado, devendrían simplemente imposibles la creación de un vasto sistema de servicios sociales y educativos de monopolio fiscal y la negociación colectiva. </p><p>El estado liberal-populista no conoce ni la socialización de las riquezas, ni la redistribución de los recursos. Las organizaciones sociales serían desmanteladas en beneficio de una sociedad de individuos, vagamente unidos por una <em>pseudo</em> comunidad de valores culturales. </p><p>La práctica del gobierno de Michel es a éste respecto bastante instructiva: ella busca romper sistemáticamente las intervenciones asociativas y las negociaciones colectivas, pero los <em>lobbies</em> privados son más que bienvenidos en las ante-cámaras ministeriales para forjar los <em>“public-private partnerships”</em>.</p> <p>En segundo lugar, podemos preguntarnos hasta qué punto el Estado de Derecho podrá resistir los impulsos autoritarios de este modelo.</p> <p>En el fondo, el modelo en gestación introduce en la política europea un nuevo dirigismo estatal. Un Estado neoliberal en su estado puro supone al menos un poder judicial fuerte y un integrismo de los derechos fundamentales, protegidos constitucionalmente (e incluso internacionalmente). </p><p>En la práctica liberal-populista, la hipertrofia del poder ejecutivo del Estado arriesga con poner en peligro la independencia de los jueces. </p><p>Esta transformación se puede verificar &nbsp;en la política de Trump en el campo de lo judicial, o en el rechazo gradual de los gobiernos europeos de derecha a reconocer la primacía de los tribunales en ciertos asuntos (por ejemplo, los inmigrantes).</p><p class="mag-quote-center">Los derechos socio-económicos van a ser alisados en beneficio de un mercado desregulado de trabajo y de servicios. Como lo vemos afuera en otras partes del mundo, ésta disminución de los derechos se acompañará de un aumento del poder de la policía.</p><p>Así, nos arriesgamos a asistir a una disminución de estos derechos y de su protección. Estos van a padecer no ataques frontales, pero si reducciones selectivas, minoría tras minoría, grupo tras grupo. </p><p>Los derechos socio-económicos van a ser alisados en beneficio de un mercado desregulado de trabajo y de servicios. Como lo vemos afuera en otras partes del mundo (por ejemplo, en los Estados Unidos o en América Latina), ésta disminución de los derechos se acompañará de un aumento del poder de la policía (y, seguramente, de un aumento de la seguridad privada).</p> <p>Este proceso previsible de destrucción de los derechos fundamentales puede crear situaciones de gran tensión. No es absurdo, si éste proceso persiste, que podamos anticipar formas de desobediencia civil. </p><p>Ya que, éstas surgen cuando las condiciones de legitimidad de la acción del Estado son puestas significativamente en peligro. A este respecto, el episodio del Parque <em>Maximilien</em> fue más que elocuente. </p><p>En este parque en el centro de Bruselas, no lejos de las instituciones europeas, se juntan y duermen los inmigrantes sin papeles, con el apoyo de ciudadanos que no dudan en avanzar hacia la desobediencia civil a fin de prestarles ayuda. </p><p>Dentro de un ambiente extremadamente conflictual, vimos a ciudadanos ordinarios desafiando abiertamente al Estado que era acusado de organizar el sabotaje de los derechos fundamentales. </p><p>Tal episodio merece ser destacado con rotulador. Anuncia un futuro posible, donde la lucha de la sociedad <em>contra</em> el Estado se torna nuevamente central para la continuación del proyecto democrático. </p> <p>Todo esto da al siglo XXI recién comenzado, un melancólico perfume de inicios del XIX.&nbsp;</p> <hr size="1" /> <p><a href="#_ftnref1">[1]</a> Cf. Para una síntesis de estas temáticas, ver los notables trabajos de John Pratt, <em>Penal Populism</em>, New York, NY : Routledge, 2007.</p> <p><a href="#_ftnref2">[2]</a> Impuesto de Valor Agregado (Taxe sur la valeur ajoutée, TVA) es un impuesto indirecto sobre los gastos de consumo.</p><fieldset class="fieldgroup group-sideboxs"><legend>Sideboxes</legend><div class="field field-related-stories"> <div class="field-label">Related stories:&nbsp;</div> <div class="field-items"> <div class="field-item odd"> <a href="/democraciaabierta/pablo-stefanoni/antiprogresismo-un-fantasma-que-recorre-am-rica-latina">El fantasma que recorre América Latina hoy se llama antiprogresismo</a> </div> <div class="field-item even"> <a href="/democraciaabierta/civil-society-organisations/carta-abierta-sobre-el-discurso-de-noticias-falsas-y-e">Fake news y elecciones en América Latina</a> </div> <div class="field-item odd"> <a href="/democraciaabierta/jessica-ram-rez/migrantes-y-refugiados-en-las-am-ricas-una-crisis-de-solidaridad">Migrantes y refugiados en las Américas: una crisis de solidaridad</a> </div> </div> </div> </fieldset> <div class="field field-country"> <div class="field-label"> Country or region:&nbsp;</div> <div class="field-items"> <div class="field-item odd"> EU </div> </div> </div> <div class="field field-topics"> <div class="field-label">Topics:&nbsp;</div> <div class="field-items"> <div class="field-item odd"> Civil society </div> <div class="field-item even"> Conflict </div> <div class="field-item odd"> Culture </div> <div class="field-item even"> Democracy and government </div> </div> </div> <div class="field field-rights"> <div class="field-label">Rights:&nbsp;</div> <div class="field-items"> <div class="field-item odd"> CC by 4.0 </div> </div> </div> DemocraciaAbierta DemocraciaAbierta EU Civil society Conflict Culture Democracy and government openmovements Jean De Munck Tue, 23 Oct 2018 14:01:50 +0000 Jean De Munck 120244 at https://www.opendemocracy.net The dilemma of the European Left https://www.opendemocracy.net/jean-de-munck/dilemma-of-european-left <div class="field field-summary"> <div class="field-items"> <div class="field-item odd"> <p>We must, without ceding to the old myths of totalitarianism, restore meaning to the ideal of sovereignty.</p> </div> </div> </div> <p><a href="https://opendemocracy.net/openmovements"><img src="//cdn.opendemocracy.net/files/openmovements-banner.jpg" alt="open Movements" width="460px" /></a><br /><b>The <i><a href="https://opendemocracy.net/openmovements">openMovements</a></i> series invites leading social scientists to share their research results and perspectives on contemporary social struggles.</b></p> <p><span class='wysiwyg_imageupload image imgupl_floating_none caption-xlarge'><a href="//cdn.opendemocracy.net/files/imagecache/wysiwyg_imageupload_lightbox_preset/wysiwyg_imageupload/500209/PA-22006148.jpg" rel="lightbox[wysiwyg_imageupload_inline]" title=""><img src="//cdn.opendemocracy.net/files/imagecache/article_xlarge/wysiwyg_imageupload/500209/PA-22006148.jpg" alt="" title="" class="imagecache wysiwyg_imageupload caption-xlarge imagecache imagecache-article_xlarge" style="" width="460"/></a> <span class='image_meta'><span class='image_title'>Italian PM Matteo Renzi speaks during the panel on "Transformational Leadership" in Davos, January, 2015. Michel Euler / Press Association. All rights reserved.</span></span></span>No doubt remains: the European left is in serious crisis. The compromise between capitalism and the state that emerged in the wake of the Second World War is definitively over, and as the world has globalized, the role of the state has undergone radical change. This is the central reason for the left’s current predicament. Globalized capitalism brought with it the structural erosion of state resources, leaving the European left between a rock and a hard place, faced with a choice between two equally unsatisfactory strategies. </p> <h2><strong>The loss of state investment power </strong></h2> <p>Let us begin by stating the obvious: the investments we make today set our course for the future. The left’s vocation is to orient collective investment towards the least advantaged in our societies by making choices that correct or complement private investments. To do this requires a state that is able to invest according to goals other than the ones selected by the market. </p> <p>And yet, over the past thirty years, the state has lost a great deal of its capacity to take initiative in this regard, and continues to do so. To be certain, states still retain an exclusive hold on taxation, a source of financial accumulation that, in principle, should allow them to make autonomous choices.</p> <p>This power has lost all significance, however. There are two reasons for this: first, states are saddled with astronomical debt, forcing them to submit to austerity measures imposed upon them by their lenders. This has made lenders to states into private governments in their own right; they decide, <em>de facto</em> and <em>de jure</em>, on policy measures for indebted countries. Second, European agreements linked to the restructuring of global capitalism have drastically limited state power to decide and to act. <span class="print-no mag-quote-left">European agreements linked to the restructuring of global capitalism have drastically limited states’ power to decide and to act. </span>States can no longer intervene directly in markets without being charged with limiting or distorting competition; they no longer have the power to issue currency; they have agreed to place their budgets under tight surveillance. </p> <p>For all these reasons, the state is no longer a significant investment instrument. Even when Jean-Claude Juncker sought to establish a public investment fund, the result was a complicated instrument that still struggles to attract any significant funding. This is of little concern to the traditional right, whose policy positions favor privatizing government functions, even when that means placing them outside national control. It is, on the other hand, a preoccupation of the Euro-skeptic and nationalist right, and has thrown the entire European left for a loop. </p> <h2><strong>The left’s two options</strong></h2> <p>For parties on Europe’s left, the option remains of seeking out alliances with globalized private funds in order to attract and orient investments in their home countries. Leaders in what we shall call the “government left,” such as François Hollande, Emmanuel Macron, Sigmar Gabriel, and Matteo Renzi have chosen this option, under the constant threat of “investment strikes” (as Wolfgang Streeck calls them) by the private sector’s global government forces when profit conditions in a given country are not favorable to them. They bend over backwards to ensure that public goals are included in the boardroom agendas of multinational corporations, even to the point of including these corporations in state decision-making processes. The calculus in this strategy is evident, even when it is deployed with the most praiseworthy of economic intentions: a threatened elite is clinging to the sliver of room at the table that has been left to it by the global governing class. What would they <em>not</em> do for their invitation to Davos? <span class="print-no mag-quote-right">A threatened elite is clinging to the sliver of room at the table that has been left to it by the global governing class. What would they not do for their invitation to Davos?</span></p> <p>This option may well turn out to be a deadly choice for the left, however, one that leaves it distinguishable from the reform-oriented right in not much more than name. The left-wing parties that have followed this path are foundering in indefensible compromises, as François Hollande’s France clearly shows. Departing from this dead end, we may identify a second option in the reaffirmation of goals that are diametrically opposed to those of private governments. The “Indignados,” “Nuit Debout,” and Occupy movements as well as the movements that have coalesced around environmental and consumption-based activism have all made this choice in opposition to the government left. </p> <p>This other left, which we shall call the “activist left,” is seeking fundamental changes to our approaches to social welfare investments. Its primary goals are to move beyond the obsession with growth at any price, to dismantle inequalities, and to radically alter the place of work in our society. Behind this first set of goals is an aspiration to shift our relationship with our environment, not through cosmetic changes, but by radically re-orienting investments in transportation, energy, agriculture, health, and other public and social services. For this reason, the activist left privileges lifestyle choice over full employment as a priority, prefers shortening the food supply chain to Monsanto-style large-scale agriculture, and favors public transportation over private car use. </p> <p>This activist left is often characterized by an anti-state ethos and has found it tempting to leave the system entirely, circumventing the state through what is known as the “third” or “citizen” sector. But by turning its back on state power, is this half of the left not in danger of slipping back into a revolutionary vision that is far too romantic to be effective, and in this way condemning itself to impotence? </p> <p>The second left accuses the first left of betrayal; the first left sees the second left as a herd of Bourgeois-bohemians who are not so much Occupying as occupied by daydreams. The first left has established fragile connections to crucial means, but, with its complacent policy positions, has lost sight of its ends. The second left is highly imaginative with regard to end results, but is desperate for the means to pursue them. </p> <h2><strong>Old dilemma; new circumstances </strong></h2> <p>It has most likely occurred to the reader that this is nothing new in the history of the left: proponents of compromise have always met with opposition from those in favor of radical alternatives. Relations between political parties and grassroots movements have always been complicated and even fraught. But there is a salient difference between the debates that shook and shaped the left in industrial societies and what is happening now – a difference that has remapped the issue entirely. Before the 1980s, the central role of state in social regulation was never called into question. Whatever their differences, reformists, revolutionaries, socialists, and communists could at least all agree that control over the apparatus of the state was necessary to transform society. At the beginning of the 1980s, however, legal and factual arguments began to call this idea into question, throwing off sparks that ultimately exploded into a conflagration. <span class="print-no mag-quote-left">The undeniable reality we face today is that state sovereignty is becoming an illusion, more so every day.&nbsp;</span></p> <p>The undeniable <em>reality</em> we face today is that state sovereignty is becoming an illusion, more so every day. There are two reasons for this. The first is that we now live in interlocking networks of states; they vary in size and scale but all transfer the management of matters once dealt with on a national level to the supra-state level. This includes functions attributed to the state by centuries-long tradition, including defence, “foreign” affairs, currency, and public budgets. </p> <p>There is no great “sovereign” in these transnational networks, only a series of highly fluid and constantly changing power relationships that arise from temporary coalitions among pseudo-sovereigns. (A close look at the details of any European Council summit meeting provides ample evidence of this.) </p> <p>The second reason is the tremendous autonomy of civil society. The state is no longer the only organization working within our societies; it is not even the only umbrella organization. Schools, businesses, research fields, religious establishments, sporting activities, and the media all have their own independent lives. State power exerts less and less gravitational pull on these spheres. <span class="print-no mag-quote-right">We should note that we are witnessing the state’s loss of social and economic initiative, while its security role is maintained.</span></p> <p>The state’s predominance has been called into question in <em>normative </em>terms as well. Neo-liberal ideology, of course, has led this charge, highlighting the state’s inefficiencies and the loss of liberty implied by state sovereignty. It has, however, been backed from the left, for there are legitimate democratic critiques to be leveled at what Weber called the “iron cage” of bureaucracy. It is not unreasonable to raise doubts as to whether it is actually possible or desirable to change society by decree, to mistrust experts and civil servants who embrace planning over debate. Nor is it illegitimate to fear excessive paternalism on the part of the state in realms such as education or social welfare, or to recall how national sentiments that foster solidarity may transform overnight into nationalist sentiments that foment discrimination and exclusion. </p> <p>In other words, the state’s central role has not eroded away merely for want of sufficient financial resources. The forces behind this erosion are political and normative, as well. Not for all that, however, should we conclude that globalization is causing the total evaporation of the state. We should rather note that we are witnessing the state’s loss of social and economic initiative, while its security role is maintained. Even the most fanatical free-market advocates are not yet arguing against the state’s monopoly over violence. </p> <h2><strong>Critiquing illusions, relinquishing ideals </strong></h2> <p>Today’s European left is post-national: whether it has chosen the route of government or taken up the banner of civic engagement, along the way it has given up the illusion of state sovereignty. But we should beware of tossing the baby out with the bath water: in critiquing our illusions, we risk losing sight of our ideals. Scrapping the ideal of the sovereign state means scrapping democratic practice. The goal of forming a socially and environmentally just society presupposes an established sovereign government. <span class="print-no mag-quote-left">Scrapping the ideal of the sovereign state means scrapping democratic practice.</span></p> <p>The dramatic situation in which Europe finds itself today arose from a justifiable critique of national sovereignty. But when the European Union’s member states transferred certain of their powers to the Union, the result, in the eyes of their citizens, was not stronger sovereignty on a greater scale. It ended up being the legal enactment of a loss of political voice that was already under way. </p> <p>Europe’s government left ratified a critique of the illusion of state and nation without energetically providing a new, more vigorous ideal of European sovereignty. And the activist left has never seen the construction of a robust sovereign state as a central concern. Anticipating a phase that Marx envisioned within a classless society, the activist left dreams of a society with no state and no bureaucracy, which bears a certain resemblance to the utopias of the nineteenth century. </p> <h2><strong>Can the left rebuild its platform? </strong></h2> <p>How do we extricate ourselves from the horns of this dilemma? For the time being, it is impossible to sketch out a complete agenda. We can nevertheless accurately identify two conditions necessary to redefining the ends and means of a left-wing policy platform. </p> <p>The first condition concerns the ends: the left has no chance of making a difference if it does not agree to engage in the imaginative thinking that characterizes its activist half. Without any doubt, any enduring policy platform the left offers must propose a path away from productivism and consumerism as they exist today. Europe’s social democrats are no longer accustomed to this kind of imagining; it will require a deep change in their thinking. They must therefore break with their old habits, a break that will begin with the task of coming up with a new and viable vision for the future of culture and education. Happiness cannot be found in growth alone; our schools must be maintained as political priorities and protected from the market; freedom of lifestyle is of more pressing concern than full employment; protecting biodiversity is of urgent importance: those are a few potential watchwords for tomorrow’s left. <span class="print-no mag-quote-right">The left has no chance of making a difference if it does not agree to engage in the imaginative thinking that characterizes its activist half.</span></p> <p>The second condition is a question of means: the government half of the left is correct in asserting that policy cannot be executed outside of the state. It must be acknowledged, however, that the current state apparatus is not actually capable of deploying any truly new forms of policy.</p> <p>In accepting the neo-liberal institutional transformations of the 1980s and 1990s, Europe’s government left committed an historic error. It accepted the dismantling of financial regulation without batting an eyelash, it voted to do away with the European Central Bank’s accountability to democratically elected political institutions; failing to give the European Parliament any real say in the matter, it did not create any democratic economic governance in the Euro zone. </p> <p>Europe’s government left would fall even further into error if it were to believe that the current situation is irreversible. Despite the prevailing economic orthodoxy, it is possible to regain control over currency creation and the regulation of public finance. Doing so would require that all of Europe’s left-wing parties, new (Podemos, Ecolo, Syriza) and old alike (Europe’s socialist parties), make it their urgent business to agree on an agenda for rebuilding the European Union on a platform that includes revising its treaties. </p> <p>Its first goal would necessarily be to restore states’ powers to invest independently of private governments. The left’s most pressing need, therefore, is for a new theory of the state. We must, without ceding to the old myths of totalitarianism, restore meaning to the ideal of sovereignty. Without this ideal, there is no future for the European left in the twenty-first century.</p> <p><em>Translation into English by Miranda Richmont Mouillot.</em></p> <div style="background-color: #f9f3ff; width: 100%; float: right; border-top: solid 3px #DAC2EA;" class="partnership-in-article-banner-infobox"> <div style="margin-bottom: 8px; padding: 14px;" class="partnership-in-article-banner-infobox-inner"><span style="font-size: 1.2em; margin-bottom: 8px;"><b>How to cite:</b></span><br />De Munck J.(2016) The dilemma of the European Left, Open Democracy / ISA RC-47: Open Movements,5 July. https://opendemocracy.net/jean-de-munck/dilemma-of-european-left</div><a href="https://opendemocracy.net/openmovements"><img style="width: 460px;" src="//cdn.opendemocracy.net/files/openmovements-banner.jpg" /></a> </div><fieldset class="fieldgroup group-sideboxs"><legend>Sideboxes</legend><div class="field field-read-on"> <div class="field-label"> 'Read On' Sidebox:&nbsp;</div> <div class="field-items"> <div class="field-item odd"> <p><a href="https://opendemocracy.net/od-partnerships/openmovements"><img src="//cdn.opendemocracy.net/files/openmovements-banner-small_1.jpg" alt="" /></a></p><p>More from the <a href="https://opendemocracy.net/od-partnerships/openmovements">openMovements</a> partnership.</p> </div> </div> </div> </fieldset> <div class="field field-country"> <div class="field-label"> Country or region:&nbsp;</div> <div class="field-items"> <div class="field-item odd"> EU </div> </div> </div> <div class="field field-topics"> <div class="field-label">Topics:&nbsp;</div> <div class="field-items"> <div class="field-item odd"> Civil society </div> <div class="field-item even"> Conflict </div> <div class="field-item odd"> Culture </div> <div class="field-item even"> Democracy and government </div> <div class="field-item odd"> Economics </div> <div class="field-item even"> Equality </div> <div class="field-item odd"> International politics </div> </div> </div> <div class="field field-rights"> <div class="field-label">Rights:&nbsp;</div> <div class="field-items"> <div class="field-item odd"> CC by NC 4.0 </div> </div> </div> Can Europe make it? EU Civil society Conflict Culture Democracy and government Economics Equality International politics openmovements Jean De Munck Tue, 05 Jul 2016 13:25:01 +0000 Jean De Munck 103638 at https://www.opendemocracy.net Jean De Munck https://www.opendemocracy.net/content/jean-de-munck <div class="field field-au-term"> <div class="field-label">Author:&nbsp;</div> <div class="field-items"> <div class="field-item odd"> Jean De Munck </div> </div> </div> <p>Jean De Munck is professor at the Catholic University of Louvain. His work focuses on the epistemology of evaluative sociology, specially applied to institutions; on changes to normativity in contemporary societies in the legal and political fields. He has also conducted research on the critical discourse of consumerism and on a sociological account of participation inspired by a discussion of the Capability Approach of Amartya Sen and the communicative turn of Jürgen Habermas.</p> Jean De Munck Tue, 05 Jul 2016 12:43:09 +0000 Jean De Munck 103639 at https://www.opendemocracy.net