En medio de una ola mundial de reacción violenta contra los derechos y la autonomía corporal, los movimientos sociales están abocados a una adaptación urgente, casi siempre sin margen para pensar sobre lo que realmente funciona.
Gran parte de los medios que cubren las luchas sociales siguen reduciendo el activismo a historias individuales o “victorias” bien definidas, incluso cuando las propias activistas rechazan esos marcos interpretativos.
Esta entrevista forma parte de un esfuerzo de openDemocracy por intentar algo diferente: tratar a los movimientos no solo como objetos de reporteo, sino como fuentes de conocimiento, y sacar a la luz el pensamiento práctico de las luchadoras sociales para gestionar los riesgos, construir poder y entender diferentes contextos en tiempo real.
Nana Darkoa Sekyiamah es una escritora y activista feminista africana, autora de Seeking Sexual Freedom. También es una galardonada podcastera y coordinadora de festivales centrados en las sexualidades africanas. Le apasiona crear espacios comunitarios donde las mujeres africanas documenten y compartan sus experiencias sobre el sexo, la sexualidad y el placer, construyendo un archivo colectivo en contextos donde estas conversaciones suelen ser silenciadas.
Aquí, reflexiona sobre lo que significa militar en circunstancias que ella califica como “interrupción”, y cómo los movimientos pueden apelar a historias mayores de resistencia para vislumbrar lo que puede ser el futuro.
¿Qué significa, en la práctica, aprender del pasado para movilizarse hoy en día?
En mi nuevo libro recurro al concepto de Sankofa, un principio [del pueblo y la lengua] Akan de Ghana, de donde soy. Es algo que siempre he sabido y que se traduce más o menos como “vuelve atrás a buscarlo”, o aprender del pasado para dar forma al futuro. Esa es la base de mi forma de pensar sobre la liberación, la memoria y lo que los movimientos deben aprovechar.
En la práctica, Sankofa es un acto de recuperación descolonial. Debemos conocer nuestras historias para poder construir sobre los cimientos que dejaron las luchas de generaciones anteriores, en vez de estar reinventando la rueda constantemente. Como escritora, crear un archivo es un acto político. Contrarresta el borrado colonial que intenta decirnos que no tenemos historia de resistencia. Al documentar nuestras vidas, nos aseguramos de que los movimientos futuros tengan un suelo sobre el que apoyarse, en lugar de un vacío que llenar.
En tu libro describes el momento actual como una “interrupción”, arraigada en las historias coloniales. ¿Cómo deberían pensar los movimientos ese legado para organizar y enmarcar sus luchas?
Si consideramos el proyecto colonial como un estado permanente, nuestra organización se vuelve defensiva. Pero si lo vemos como una “interrupción”, recuperamos la línea temporal. Los movimientos deberían enmarcar su activismo como la continuación de una historia mucho más antigua de la agencia africana y la autonomía corporal, que se mide en eones [mil millones de años]. Esto cambia el objetivo de “protestar contra el Estado” a “reimaginar nuestras realidades y futuros”. También nos permite organizarnos desde un espacio de posibilidades infinitas.
Para ser sincera, esta fue la parte más deprimente de mi investigación. La mentalidad colonial trajo consigo ideas muy puritanas sobre el sexo, el cuerpo y el papel de la mujer en la sociedad. En muchos casos, desplazó prácticas más expansivas. En Senegal, por ejemplo, descubrí la tradición del Xarxar, que se pronuncia “jaj”. Antes de las ceremonias nupciales, los griots [narradores depositarios de la tradición oral] encabezaban cánticos en los que las personas expresaban lo que querían que sus amantes les hicieran. Esto era intencional, para que la gente pudiera aprender sobre el sexo antes de casarse. Hoy en día, los Xarxars son cuestionados por ser contrarios al Islam. Incluso si se celebran, tienen lugar después del matrimonio formal, y, en general, los convirtieron en una versión mucho más anodina que la ceremonia tradicional, atrevida y chispeante.
En lugares donde hablar de sexo o sexualidad conlleva un peligro real, ¿qué has visto que ayude a la gente a lidiar con eso?
Cuando tu propia existencia e identidad implican riesgo, el acto de ser “plenamente humano” es un acto de rebeldía.
He visto movimientos que van más allá de la mera identidad y la asociación hacia un profundo cuidado comunitario. Esto implica construir redes de apoyo que proporcionen no solo solidaridad, sino protección física, legal y digital. Se trata de crear “zonas liberadas” donde podamos decir nuestras verdades con seguridad mientras trabajamos para cambiar el panorama general. Yo también lo hago en comunidad con otras personas a través de los festivales sexopositivos que he organizado en Ghana, Kenia y, próximamente, en Benín.
Es una práctica diaria. Me educaron como cristiana, y eso incluía el miedo a las religiones tradicionales africanas como demoníacas, un miedo que adquirí a través de la cultura popular y de las representaciones negativas en la pantalla. Hace poco me di cuenta, y lo confirmé con mi investigación, de que las religiones tradicionales africanas siempre dieron espacio a una complejidad mayor en lo que respecta al género y la sexualidad.
A lo largo del libro, te mueves entre contextos africanos muy diferentes. ¿Qué sentiste como algo compartido entre las diferentes luchas, y qué no siempre se traslada de un país a otro o de un movimiento a otro?
El hilo conductor es la creatividad incansable y la capacidad de pasar de las protestas callejeras contra proyectos de reformas financieras en Kenia o el Galamasey [la minería ilegal] en Ghana y los festivales a espacios íntimos y subversivos como los bares clandestinos. Sin embargo, aún debemos confrontar la infraestructura colonial que sigue dividiéndonos, como las barreras lingüísticas entre el África anglófona y francófona. Hace poco viajé con una amiga feminista de Ghana a Benín, y ella se sintió profundamente conmovida durante el viaje al oír hablar la lengua ewe a su alrededor, incluso en Togo, el país por el que pasamos. Esto fue otro recordatorio de que nuestras fronteras actuales son artificiales y que nuestras conexiones indígenas y actuales son anteriores a esas “interrupciones” y las sobrevivirán. Nuestros movimientos deben trabajar activamente para desmantelar estas divisiones artificiales.
¿Qué te ha mantenido en pie frente a la violenta reacción contra los derechos, y qué momentos de resistencia o cambio se te han quedado grabados?
Lo que me hace seguir andando es ver el rechazo activo a la “interrupción”. El hecho de que las personas trans de Benín hayan logrado que el Estado cambie los marcadores de género en los documentos de identidad es una victoria monumental. Demuestra que, incluso en sistemas diseñados para excluirnos, estamos encontrando grietas. Escribo sobre esto en Seeking Sexual Freedom porque necesitamos celebrar estos momentos de cambio tangible. Son la prueba de que el futuro que estamos construyendo ya está aquí.