
La derrota militar del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, el suicido de Hitler en Berlín, la exhibición del cuerpo vejado de Mussolini en una plaza pública en Milán, sellaron la supuesta desaparición del fascismo.
A tal punto, que el término pasó a ser símbolo de lo más repudiable en política. Ahora sabemos que el fascismo no ha muerto, que siempre ha estado allí, aunque no quisiéramos verlo.