Las contracciones de Nasima empezaron a fines de diciembre de 2025. Tenía 30 años, era madre de dos hijos y vivía en una aldea remota del distrito de Ashtarlay, provincia de Daikondi, en el centro de Afganistán. Como muchas mujeres de zonas rurales de este país, pensaba parir en casa.
Pero después de dos días de contracciones cada vez más intensas, la familia de Nasima la llevó a la clínica del distrito. El personal de salud le informó que tenía la presión arterial muy alta, señal de preeclampsia, una complicación grave que requiere intervención médica, pero la clínica no tenía equipo para asistir el parto. Así que instaron a la familia a que trasladara a Nasima urgentemente al hospital provincial de Nili, a tres horas de distancia.
"Murió en el auto antes de que llegáramos al hospital", nos dijo por teléfono la hermana de Nasima, Noria*, de 47 años. "Ella y su bebé".
La muerte de Nasima era evitable. El control de la presión en el embarazo es de rutina y permite identificar riesgos apenas aparecen. Pero la atención materna básica es un lujo para millones de mujeres afganas. Trabajadores de salud de todo el país relataron que el sistema sanitario ya precario se vino abajo por la escasez de personal femenino, las restricciones impuestas por el régimen Talibán a la educación y el empleo de las mujeres, y la suspensión de la ayuda que entregaba la USAID (la agencia para el desarrollo internacional del gobierno de EEUU), que eliminó importantes programas humanitarios de salud y forzó el cierre de cientos de clínicas. El resultado fue catastrófico en las provincias rurales de Afganistán.
"No tenemos personal, no tenemos equipo, no tenemos espacio", nos dijo un médico de uno de los hospitales públicos más grandes de Afganistán, que pidió no revelar su nombre. "Nuestro hospital tiene 100 camas, pero estamos recibiendo más de 200 pacientes al día. Estamos ingresando a tres o cuatro pacientes por cama".
El desastre es más visible en las salas de maternidad. El hospital de este médico atiende alrededor de 90 partos al día, más del doble de su capacidad, en medio de una "enorme escasez" de equipo y personal. El doctor estimó que, por mes, mueren unos 80 bebés bajo cuidado del hospital; y que un promedio de 10 de esas muertes deben atruibuirse a la falta de recursos hospitalarios.
La crisis se enmarca en el colpaso de la atención de salud reproductiva en Afganistán. El acceso a anticonceptivos cayó notablemente en los últimos años, las clínicas cierran y la pobreza y la desnutrición se agravan.
Testimonios de mujeres obtenidos este año por el sitio de periodismo de investigación Zan Times dan cuenta de un círculo vicioso de embarazos forzados, complicaciones sin tratar y violencia. Las mujeres dijeron que no podían buscar atención ni prevenir riesgos.
En este contexto, y sin atención prenatal adecuada, el embarazo puede convertirse en un factor de riesgo de vida, ya que infecciones, trombosis o complicaciones como la preeclampsia escalan rápidamente y terminan en muerte materna.

Este espiral está documentado en el último informe del relator especial de la ONU sobre los derechos humanos en Afganistán, Richard Bennett, que se publicó en febrero. Fuentes del sistema de salud relataron a Bennett que "la escasez de medicamentos esenciales, sumada a insuficiente personal capacitado, instalaciones inadecuadas, sistemas de derivación débiles y falta de trabajadoras de salud, particularmente en zonas rurales, están contribuyendo a muertes maternas y neonatales prevenibles".
La cantidad de mujeres que trabajan en el sistema de salud se redujo rápidamente desde que los talibanes prohibieron a las mujeres asistir a la universidad, en diciembre de 2022. La escasez de personal ya estaba bien documentada incluso antes de los cortes de asistencia de la USAID, ordenados por Donald Trump el año pasado.
De los 367 médicos especialistas que trabajan en hospitales del gobierno en 16 de las 34 provincias, solo 66 eran mujeres, según un informe de 2023 de la agencia de noticias afgana Pajhwok, basado en datos de directorios de salud pública. Dos provincias – Nuristán y Panshir, donde viven 365.000 personas – no tenían doctoras especialistas. Pajhwok encontró una escasez de al menos 107 especialistas en esas 16 provincias, y destacó escasez de medicinas y equipo médico. Un funcionario talibán sostuvo que solo 90 de los casi 400 distritos de Afganistán tenían hospitales distritales.
Al año siguiente, el relator Bennett señaló que "la escasez aguda de personal médico esencial, sobre todo trabajadoras mujeres, causó un debilitamiento sistemático de funciones esenciales de la salud pública". Como resultado, dijo, dos de cada tres mujeres afganas no tienen atención médica confiable.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la tasa de mortalidad materna en 2023 fue de 521 mujeres muertas por cada 100.000 nacidos vivos, más del doble del promedio mundial. Al año siguiente se llegó a 638 muertes por cada 100.000 nacimientos, según el informe de Bennett.
Con la eliminación de la ayuda de USAID, la tendencia se agravó, según personal de salud afgano. Las clínicas suspendieron operaciones de forma abrupta y se dejó de realizar la encuesta nacional anual de mortalidad materna, con lo que la escala real de la crisis queda enmascarada.
El Fondo de Población de las Naciones Unidas advierte que, por esta vía, la tasa de mortalidad materna de Afganistán puede llegar a 1.200 muertes por cada 100.000 nacidos vivos para 2028.
‘Si estuvieras aquí, ella estaría viva’
Trump ordenó suspender las actividades de la USAID y desmantelar en gran medida la agencia en enero de 2025. Para el 27 de mayo de ese año, habían cesado actividades o cerrado 422 centros de salud en 30 provincias, afectando a 3,08 millones de personas. Siete meses después, ya había 445 centros cerrados en 33 provincias, con 3,79 millones de personas afectadas, según dos actualizaciones del mapeo que realiza el Clúster de Salud de la ONU (una iniciativa liderada por la OMS para atender emergencias humanitarias) en Afganistán.

El acceso a tratamiento médico varía entre provincias, pero los distritos rurales están más desatendidos. Aproximadamente 13,2 millones de personas no tienen atención primaria de salud a una distancia de una hora de caminata, según un análisis de ACNUR de 2024.
Esas áreas remotas dependían en gran medida de los Equipos Móviles de Salud y Nutrición (MHNTs, por sus siglas en inglés), que solían ser los únicos proveedores de salud materna. Suministraban atención prenatal, atendían partos y hacían derivaciones de emergencia. Pero para mayo del año pasado habían cerrado 153, y en diciembre ya eran 203.
Banafsha*, de 27 años, era partera de un MHNTs que atendía a 13 aldeas remotas en el distrito de Yaftal (noreste), y que dejó de funcionar en febrero del año pasado. Cada equipo incluía una doctora, una partera, una vacunadora, una consejera, una trabajadora social y un conductor, que viajaban desde la ciudad de Faizabad a aldeas rurales hasta 90 kilómetros de distancia. Pernoctaban una noche en cada aldea y atendían a mujeres embarazadas que llegaban desde lugares distantes a pie, a caballo o incluso en escaleras acondicionadas como camillas.
Banafsha recordó que en 2024 una mujer casi muere dos días después del parto por no haber expulsado la placenta. El MHNTs logró extraer la placenta y frenar la hemorragia. La mujer sobrevivió. "Ahora nos llaman para contarnos que las mujeres están muriendo", dijo. "Nos dicen: 'Si estuvieras aquí, ella estaría viva'".

Los bebés también mueren por falta de atención. En Baglán – una provincia del norte que perdió 14 centros de salud, 10 de ellos, MHNTs –, una clínica distrital registró unos 500 partos el año pasado, con 10 recién nacidos muertos.
En la provincia de Tajar (noreste) – que se quedó sin cinco centros de salud, incluyendo dos MHNTs –, una clínica que sirve a más de 24.000 personas registró 960 partos en 2025. La clínica no tiene camas de internación, y el personal de salud incluye apenas 19 integrantes, entre ellos cuatro parteras. En enero de este año, dos bebés murieron minutos después de nacer por falta de oxígeno, reportó una fuente.
En Daikundi, provincia del centro del país, el daño se ve. Hasta que la financiación se detuvo el año pasado, Laila*, de 28 años, trabajaba como partera en un MHNTs en Ashtarlay, el mismo distrito donde murió Nasima. El equipo de seis personas de Laila atendía hasta 150 mujeres y niños por día. Tomaban la presión arterial, controoban embarazos de alto riesgo y derivaban pacientes antes de que las complicaciones escalaran.
"Cuando la clínica cerró, todo se detuvo", dijo Laila. "Las mujeres no tenían a nadie que las atendiera". Nasima fue una de estas mujeres. Sin las visitas del equipo móvil de salud materna, no había nadie para detectar los primeros signos de preeclampsia.
Los cierres también abarcaron las Casas de Salud Familiar. Se trata de pequeñas clínicas comunitarias que ofrecen servicios de salud materna, infantil y reproductiva, especialmente en áreas rurales y de difícil acceso. Por lo general trabajan en ellas parteras profesionales y trabajadoras de salud, y son vitales para mujeres que no pueden acceder fácilmente a hospitales. Solo en Daikundi, 21 de los 24 centros cerrados eran Casas de Salud Familiar, así que la atención prenatal de rutina pasó a ser inaccesible para miles de mujeres.
En Badajshán, otra provincia del noreste, cerraron sus puertas 29 centros de salud, entre ellos 17 Casas de Salud Familiar. Allí la situación se agrava por la escasez de servicios y una geografía montañosa y de difícil acceso.
Zainab*, de 32 años y embarazada de su quinto hijo, empezó su trabajo de parto una noche en la aldea de Sabzdara. Una partera tradicional – rol que suelen cumplir mujeres ancianas sin capacitación médica formal – intentó controlar el sangrado, pero advirtió a la familia de Zainab que se necesitaba un médico. No había electricidad ni señal de teléfono, y la clínica más cercana, a tres horas de distancia, carecía de personal y estaba cerrada de noche.
Por la mañana, encontraron a alguien que la condujo a la clínica, pero Zainab se desmayó cuando llegaron. No había partera, un médico varón se vio obligado a intentar una cirugía ante una situación desesperada, ya que los hombres en Afganistán no intervienen en el parto excepto cuando es muy urgente. Zainab y su bebé murieron.
"Si hubiera habido una clínica y un doctor esa noche, mi esposa estaría viva", dijo el marido.

En el distrito de Tagab, donde viven unas 40.000 personas, hay historias similares. Un anciano local nos dijo que solo hay una clínica, que cierra de noche y no tiene personal especializado, desde que el Talibán retomó el poder en 2021. Esto implica que la mayoría de las mujeres tienen que parir en casa. El hombre dijo que en los últimos meses, cinco mujeres y recién nacidos habían muerto solo en Sabzdara.
Allí donde los servicios de salud aún funcionan, están desbordados. Un claro ejemplo es Herat, una provincia de 3,7 millones de personas en el oeste del país, que tiene 23 centros de salud clausurados o suspendidos. Un hospital grande de Herat atendió 9.600 partos, incluyendo derivaciones de distritos cercanos, entre marzo de 2025 y principios de febrero, según datos de un médico del hospital que pidió no revelar su nombre. En ese lapso, fallecieron 420 recién nacidos – más del 4% – y 13 madres.
En marzo de 2025, unos seis meses después de que cerrara la clínica de la aldea de Gharibabad, Khatera*, de 23 años, empezó el trabajo de parto. La maternidad más cercana estaba en la ciudad de Herat, aislada de Gharibabad por un río que se desborda eninvierno y primavera. Sin transporte, su esposo la ayudó a cruzar las aguas turbulentas, ambos sumergidos hasta los hombros. Les tomó más de 12 horas llegar al hospital; cinco horas más tarde, los médicos informaron al esposo que Khatera y el bebé habían muerto por complicaciones de un parto prolongado.
El médico con el que hablamos en Herat atribuyó las muertes maternas y neonatales de la provincia a la caída de la ayuda internacional, que dejó las clínicas locales sin suministros, y a la desnutrición materna, la inseguridad alimentaria, el transporte limitado, los embarazos adolescentes y la falta de conocimiento sobre atención pre y posnatal.
El director de una ONG en la provincia de Bamiyán, en el centro del país, señaló que 28 centros de nutrición que proporcionaban suplementos esenciales a mujeres embarazadas e infantes, cerraron después de los cortes de financiamiento estadounidense. En esa provincia apenas una de cada cuatro mujeres recibió atención prenatal el año pasado.
Un trabajador de salud local nos dijo que la pobreza agrava más la crisis después del parto; la atención posnatal falla porque las madres no pueden pagar el transporte para las consultas médicas.
En todo el país se repite el mismo patrón: cada vez menos acceso a la salud, infraestructura colapsada y una fuerza laboral en picada.
La escasez de trabajadoras de la salud, ya severa, se profundizó desde que los talibanes prohibieron a las mujeres ser parteras y enfermeras, en diciembre de 2024. Las clínicas que dependían del personal femenino no pueden reemplazarlas. Las ONG dicen que esta brecha se agravará por años.
El rumbo es claro, aunque el costo en vidas sigue siendo desconocido; las muertes maternas e infantiles ya no se registran en ninguna base de datos nacional. Como tantas otras, la muerte de Nasima existe solo en la memoria de su familia.
"Cuando Dios se lleva nuestras vidas, morimos. Si no, vivimos", dijo su hermana, resumiendo una realidad donde la supervivencia ya no depende de la atención médica, sino de la suerte.
* Los nombres de algunas protagonistas y fuentes fueron cambiados para proteger su privacidad y seguridad. Azada Azada, Atia FarAzar y Rad Radan son seudónimos de tres periodistas freelance de Zan Times.
Hamasa Haqiqatyar, Farshid Aram y Mahdi Hashemi contribuyeron a este artículo.
Este reportaje del medio independiente afgano Zan Times contó con el apoyo del programa Impact Reporting del Institute for War & Peace Reporting (iwpr.net), que ayuda a periodistas locales de todo el mundo a marcar la diferencia.