En la edición de esta semana:
- Exclusiva: Chatbots de IA difunden contenido antiabortista como si fuera asesoramiento médico
- Plazos arbitrarios para el derecho al aborto en México y América Latina
- Afganistán: Atención materno-infantil en vías de extinción. ¿Culpables? El Talibán y Trump
Una democracia en la que la mitad de la población no tiene derecho a decidir sobre su cuerpo no es democracia. Y, sin embargo, esta es la realidad en buena parte de los países del mundo – tengan o no un sistema de elección democrático. Esa mitad de la población que puede gestar tiene su autonomía corporal prohibida, restringida o limitada por innumerables leyes, controles, protocolos, supervisiones, escrutinios, prejuicios y mitos.
Por eso esta semana te traigo una edición casi monográfica sobre el aborto y la salud sexual y reproductiva. Nuestra reportera Angelina de los Santos se dedicó a desmenuzar uno de esos prejuicios – el mito de que el aborto solo es seguro (y aceptable) en las primeras 12 semanas – y a explicarnos cómo se coló en legislaciones y hasta en prácticas médicas, aunque no tenga sustento científico ni estadístico.

Los prejuicios y los sesgos no desaparecen con la tecnología ni con la IA; al contrario, se pueden potenciar. Una rigurosa investigación liderada por la periodista Carlotta Dotto expone cómo ChatGPT, Gemini, Claude y Grok recomiendan contenidos antiabortistas a mujeres con embarazos no deseados.

En Afganistán, las mujeres y las niñas hace ya años que perdieron su autonomía, desde que en 2021 el régimen Talibán se impuso y Estados Unidos debió reconocer el fracaso de su continuada ocupación militar. Les prohibieron estudiar, cantar, hablar en público y hasta dejarse ver a través de una ventana.
En su fanatismo, los talibanes incurrieron en una política suicida. En un país donde los médicos varones tienen vedado atender partos, prohibieron a las mujeres formarse como parteras o enfermeras – es decir que cada vez hay menos personal que pueda ocuparse de la salud de embarazadas, puérperas y recién nacidos.
Esto ya es una catástrofe, porque ocurre en medio de una pobreza y una desnutrición generalizadas. Pero el golpe de gracia lo dio Donald Trump cuando cortó de cuajo, el año pasado, los programas de asistencia humanitaria de la USAID. Cientos de clínicas cerraron; los controles de rutina son un lujo, y aumenta la mortalidad materna e infantil.
El reportaje de un grupo de periodistas afganas (cuyos nombres no publicamos para protegerlas de represalias), cuenta historias reales de sufrimiento y de muertes fácilmente evitables. Pronto no podremos ni siquiera contar las víctimas, porque las muertes maternas e infantiles ya no se registran en ninguna base de datos.

Como siempre, gracias por leernos y hasta la semana que viene.
Diana Cariboni, Editora de América Latina
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