Hace apenas 15 años, la apropiación de tierras a gran escala llegaba con frecuencia a los títulos de la prensa internacional, a medida que gobiernos de países ricos adquirían predios en zonas fértiles de países pobres para cultivar y exportar alimentos para sus propias poblaciones.
Fue parte de un fenómeno que implicó la adquisición de 30 millones de hectáreas de suelos agrícolas desde comienzos de los años 2000, según Land Matrix, una iniciativa independiente que monitorea las compras de tierras en todo el mundo.
Pero esas adquisiciones espectaculares encabezadas por estados parecen haber sido reemplazadas por otras formas de expropiación, silenciosas, con frecuencia pequeñas y graduales, en las que el capital extiende su frontera para expandir tanto las propiedades agrícolas, como las áreas de conservación, las inversiones en carbono y los proyectos de energía.