Juan Almeda* se despierta cada mañana en una villa del suroeste de Buenos Aires antes de que la ciudad termine de desperezarse. Son las seis, y le espera un largo trayecto – un ómnibus, dos subtes – para llegar a su trabajo, un lugar que lo ayudó a aliviar la carga de un diagnóstico que suele ser sinónimo de exclusión.
Hasta hace dos años, cuando cruzó la puerta del bodegón La Pascana en busca de empleo, la vida de Almeda, de 35 años y padre de un niño de nueve, era inestable. Trabajaba esporádicamente como demoledor en obras de construcción, pero no contaba con el acompañamiento que necesitaba como usuario de los servicios de salud mental para sostener una rutina, garantizar un ingreso y poner comida en la mesa.
Hoy, poco antes de que el reloj marque las nueve, Almeda se ata el delantal blanco en la espalda, se ajusta la bandana bordó en la cabeza y se pone a preparar nueve kilos de masa para pizza, empanadas y pan. Empezó lavando los platos. Ahora estudia para ser maestro pizzero. Quiere coordinar el equipo de trabajo del bodegón.